Nos quedan ya muy pocos históricos

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/04/12

No quiero dejar fuera de mi blog un homenaje personal a Antonio Mingote. El penúltimo grande histórico que se nos va. Su viñeta, aunque estuviese en un periódico que hoy me parece algo cuestionable, nos era muy necesaria, estuvieses o no de acuerdo algún día u otro con lo que se decía.
¿Qué nos queda vivo del recuerdo de los años de penitencia? Bueno, muerto Fraga nos queda Carrillo, o el Rey –que es de otra época aunque sea mucho más joven que los citados–, ya no quedan grandes escritores históricos vivos, ni filósofos, ni, si me apuran, periodistas. Nos hemos insertado, de la mano de la informática, de las prisas, de la comodidad –”la pereza es un elemento motor de la humanidad”, dijo Pompidou–, en la mediocridad, y Mingote no era un mediocre. Cierto que este es un país de grandes ‘cartoonist’, desde Forges a Peridis, pasando por Gallego y Rey, Ricardo, los de La Vanguardia…Son dignos herederos, pero ello no obsta para que podamos decir que Mingote era irrepetible. Una de esas pérdidas que dejan un hueco.

¿Comparecerá algún día Rajoy ante los ciudadanos?

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/04/12

Los cien primeros días de gobierno de Mariano Rajoy y su equipo han pasado, diría yo, con algo más de gloria que de pena, al menos si hacemos la media de los comentarios periodísticos que este período emblemático ha suscitado. Cierto es que a Rajoy y a su ‘entorno de hierro’, en el que sobresalen la viepresidenta Sáenz de Santamaría y el equipo económico compuesto por el cuarteto Guindos-Montoro-Soria-Báñez, se les puede acusar de muchas cosas, pero no, desde luego, de pereza a la hora de afrontar la reforma: parafraseando a John Reed –y/o a Alfonso Guerra–, han sido estos cien días que mucho han cambiado a España y que auguran que, al final del proceso, no va a reconocer a este país ni la madre que lo parió. Confiemos en que, pese a todo, sea para biena

Me comentaba un ministro la semana pasada, caminando por los pasillos del Congreso, que no hay que seguir la máxima ignaciana, según la cual en tiempos de crisis no se debe hacer mudanza; “es lo contrario, los cambios hay que hacerlos cuando la crisis aprieta”. Y la crisis, la parte del iceberg que no conocemos los simples mortales, debe ser muy gorda cuando, en una misma rueda de prensa tras el Consejo que dio ‘luz verde’ a los Presupuestos, tanto la vicepresidenta como el ministro de Hacienda hablaron de “situación límite” y “crítica” para referirse a la economía del país y a la necesidad de ajustarse, un poco más aún, el cinturón.

Con este lenguaje que no da lugar a esperanzas edulcoradas está gobernando Mariano Rajoy, y lo hará en las semanas venideras, en las que algunas fuentes que le son cercanas prometen acelerones y un cierto cambio de estrategia, o quizá solamente de táctica. Es el caso que, ante las dificultades o ante el rechazo ciudadano a unas políticas, siempre se acaba culpando a la comunicación de todas las culpas: comunicamos mal, han dicho y dicen todos los gobiernos e instituciones que en el mundo han sido y son, mientras, de reojo, miran con enfado hacia el pobre encargado de elaborar las líneas comunicacionales.

Me parece que señalar con el dedo acusador a, por ejemplo, la Secretaría de Estado específica, desempeñada por Carmen Martínez de Castro, atribuyéndole cualquier responsabilidad de que los votantes asturianos y andaluces se retraigan a la hora de echar su papeleta en la urna favoreciendo al PP, sería una notable injusticia y una muestra de miopía preocupante. Me parece que ya va siendo hora de que, entre los aciertos de su gestión, Rajoy incluya una más frecuente y normalizada aparición pública personal ante la ciudadanía –televisiones, ruedas de prensa, encuentros con los medios– para explicar lo que hace, por qué lo hace y las razones que le han forzado a incumplir mucho de lo que dijo en la campaña electoral que haría y que no haría. Pensar que la vicepresidenta, o que la secretaria general María Dolores de Cospedal o, en su ámbito, el siempre presente Ruiz Gallardón, puedan bastar para cumplir este papel, es, creo, muy desacertado.

Y es que Rajoy, a quien cabe atribuirle la tarea de acelerar el tremendo ritmo reformista, permanece como alejado, como por encima de lo que sus más activos y eficaces ministros actúan. Tendría que haber sido él quien compareciese en la sala de prensa de La Moncloa, la jornada posterior a la huelga, para dar la primera noticia sobre los Presupuestos, de la misma manera que tendría que haber dado alguna explicación más completa sobre las razones que, a su juicio, hacen perder votos al PP. En política, las formas cuentan tanto como el fondo; ¿cuántos días más esperará el presidente, a quien hay que reconocerle que se está fajando en Europa y ante el mundo, para que los españoles le vean la cara, comprueben que está ahí, que tiene una hoja de ruta definida?

Me parece que el aprecio ciudadano por Rajoy se ha incrementado desde aquellas encuestas, tremendas, de hace poco más de un año en las que más del ochenta por ciento de los sondeados decían fiarse poco o nada del entonces candidato a presidente. Es verdad que el maillot amarillo, conseguido con mucho esfuerzo, da alas; pero los ciudadanos, que no son meros espectadores, quieren, me parece, algo más.

El Rajoy de los ciento tres días de mandato tiene la oposición más en Bruselas que en la calle Ferraz, donde un Rubalcaba desdibujado hace lo que puede para contener la marea del desánimo. Cuenta con mayores críticos entre los de su partido que en las filas socialistas. Tiene presiones más fuertes entre los grandes empresarios y banqueros, para no hablar ya de las agencias de ‘rating’ o de las viejas damas grises en las que se han convertido los grandes diarios anglosajones, que entre los sindicalistas que solo aspiran a que los reciba, o entre los medios de comunicación. Que, por cierto, hasta el momento, le aplauden mucho más de lo que le critican. Y ello, por mucho que algunos en el cuartel de Génova se empeñen en acusar a la radio y la televisión públicas de ejercer maniobras, que patentemente no existen, contra este Gobierno. Algunos deberían aprender que las voces disidentes, críticas, no siempre son desleales o vendidas al enemigo. Si alguna vez hubo ‘comandos Rubalcaba’, que lo dudo, desde luego que ya no queda ni rastro de ellos. También en esto es afortunado Rajoy: sigue teniendo al país mayoritariamente tras él, aunque las desconfianzas y la angustia, más que el rechazo o la ira, llenen las calles de manifestantes contra algunos aspectos, sin duda mejorables, de la reforma.Sea como fuere, el Rayoy de los doscientos, o de los mil cuatrocientos –es lo que queda de Legislatura– días, no puede seguir siendo el icono frío, silente y distante de estos cien primeros. Es preciso que la esfinge, además de moverse, hable.

Por supuesto, no podían ser sino estos Presupuestos

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/03/12


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(el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker y Luis de Guindos se han acogotado amistosamente varias veces en sus encuentros. Ya me gustaría a mí que el comisario de Asuntos Económicos, el exigente Olli Rehn, finlandés él, fuese tan bromista)
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Yo diría que estos “presupuestos más austeros de la democracia”, como tanto se ha repetido desde el propio Gobierno, podrían haber sido peores: se podría haber subido el IVA, o haber tocado las prestaciones al desempleo, o recortar más en Sanidad y en Educación, aunque algo de eso último haya habido. El caso es que la semana, tan intensa, concluía con la aprobación, al fin, de estos PGE’2012, en medio de la expectación de una Europa cuyos periódicos publicaban en portada fotografías de las salvajadas provocadas el día de la huelga por una pandilla de indeseables en Barcelona. Podría pensarse que la huelga general del día 29, pacífica excepto en el baldón de la Ciudad Condal, ayudó no poco a que el Gobierno de Rajoy fuese aplaudido el día 30 en el Eurogrupo: Luis de Guindos y Juncker ya hasta se hacen bromas, acogotándose mutuamente para deleite de los fotógrafos, e incluso el comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, que no se distingue precisamente por la benevolencia hacia nuestro país, tuvo que elogiar el “compromiso” mostrado por el Ejecutivo de Rajoy a la hora de efectuar recortes.

Era importante el aprobado de ‘comando vigilancia’ europeo; en la UE han gustado los Presupuestos españoles, aunque aquí, en casa, se los haya acogido con mucha menos euforia: ¿qué otra cosa podía ocurrir? La verdad es que las condiciones de los ciudadanos españoles, de los inmigrantes, de los discapacitados, de los que buscan ayuda oficial para su vivienda, empeoran. Como va a empeorar el servicio exterior de España tras el recorte del 54 por ciento al gasto del MInisterio que comanda, dicen que en este cuarto de hora algo irritado, un José Manuel García Margallo que habló de “presupuestos de guerra” para justificar la cuasi supresión, puira y simple, del que un día fuera ambicioso programa de cooperación internacional de Rodríguez Zapatero. Se acabó, y eso tendrá consecuencias en las relaciones con Iberoamérica, sobre todo. Pero de donde no hay no se puede sacar, y ya lo dijeron el viernes, tras el Consejo, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el ministro Cristóbal Montoro: estamos en “situación límite”, en momentos “críticos”. Calificadas así las cosas desde el propio Ejecutivo, ¿se podían esperar unos presupuestos menos duros? Por supuesto que no.

Tengo para mí que incluso ha existido, de manera planificada o no, una campaña previa dando a entender que estas cuentas públicas serían aún más drásticas en cuanto a recortes, y, por tanto, en algunos ámbitos se ha respirado con cierto alivio al escuchar lo que nos desgranaban tras el Consejo de MInistros. Pero también es verdad que se nos han ofrecido solamente las líneas maestras, y veremos algo de la letra pequeña cuando, en su comparecencia del martes, el Gobierno explique al Parlamento, punto por punto, qué se va a suprimir en cada Ministerio –desde luego, a mucho personal contratado y muchas oposiciones a cuerpos de elite–, cuánto, de verdad, se espera aflorar con la amnistía fiscal –medida injusta, pero probablemente necesaria o, al menos, conveniente– y qué obras públicas se van a congelar con el drástico tijeretazo a Fomento. Pongo todo esto como ejemplo, porque a mí aún me quedan muchas dudas: ¿de verdad alguien piensa que, más allá de contener las alarmas europeas, estos Presupuestos, o esta reforma laboral, van a servir para crear empleo?

Claro que no. Y lo malo va a ser que los sindicatos, comenzando ya por las manifestaciones del 1 de mayo, van a tener que mantener esta línea de hostigamiento que culmninó en la huelga general del jueves. No, no hay diálogo, ni con la oposición socialista, prácticamente desaparecida por otro lado, ni con los agentes sociales que rpresentan (oficialmente) al mundo del trabajo. Y de nada sirve colocar como portavoz gubernamental a una directora general en el Ministerio del Interior que no fue capaz de dar la imagen que se pretendía: que el Gobierno minimizaba el alcance de este paro, tan inconveniente, por lo demás, para los intereses económicos y de imagen de España, pero seguramente inevitable, como ya previó hace semanas Mariano Rajoy.

Así, con todo lo que ha ocurrido en estos siete días trepidantes, ¿quién se acuerda ya de las elecciones andaluzas y asturianas? Los contactos, algunos bien extraños, en busca de acuerdos de gobierno han pasado a ser noticia ‘de página par’, es decir, secundaria. Y ni siquiera el gesto de un diputado almeriense, Luis López, que dejó el escaño porque no se siente “útil” en el Congreso, ha recibido el aplauso que merece, porque todos los altavoces estaban colocados en otra parte, es decir, en la huelga y en la aprobación de los Presupuestos. Con ello, esta semana que concluye se ha dado un paso más, un paso importante. Pero ¿hacia dónde?

No, no haré huelge en este día triste

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/03/12

No, no haré huelga, pero tampoco abominaré de los sindicatos. Los culpables de un día tan triste como el de hoy somos todos. Adjunto el editorial que he enviado esta mañana a mi periódico.

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Editorial.

Un día muy triste, un fracaso general.

Toda jornada de huelga general –y van ocho en la democracia– tiene un componente de tristeza. Porque es un fracaso general en lo que debe ser el entendimiento y la concordia nacional. Un fracaso en el que todos tienen, tenemos, un poco de participación. Sería absurdo e injusto atribuir, como algunos han hecho, a la “ceguera” y “tendenciosidad” de los sindicatos toda la culpa de lo que en un día como hoy esté ocurriendo: algunas –muy aisladas afortunadamente– escenas de violencia, surrealista guerra de cifras sobre el seguimiento de la huelga, tensiones internas en algunas empresas…También entendemos que sería poco equitativo señalar al Gobierno y a su reforma laboral como los exclusivamente responsables de estas horas tensas, por suerte excepcionales en nuestra democracia. La reforma laboral, lo hemos repetido, es muy mejorable, aunque era necesaria, y el Ejecutivo de Mariano Rajoy, atrapado entre la espada de las exigencias europeas y de los mercados y la pared de la insatisfacción ciudadana ante la situación, ni siquiera tiene plena capacidad de actuación en estos momentos. Y algo semejante podríamos decir de los sindicatos: ¿era esperable que no se diese la protesta global ante una nueva normativa que impone una auténtica revolución en los que eran usos y costumbres en el ámbito de trabajo individual y colectivo?

Eso sí, la inflexibilidad de una y otra parte, la insuficiencia del diálogo entre los llamados sectores sociales, la excesiva dureza en los planteamientos gubernamentales, nos han llevado a esta situación. Los propios sindicalistas admiten que una huelga no deja de ser una anomalía social que a nadie conviene. Máxime, y eso no lo dicen los sindicalistas, cuando esa huelga patentemente no va a servir para modificar el componente principal del texto legal de la reforma, porque el Gobierno, que aún no tiene ni cien días a sus espaldas, ya lo ha dicho. Es más: se lo ha dicho a quienes dictan ahora las normas, que son las implacables autoridades europeas, que un día tanto ayudaron al desarrollo de las infraestructuras españolas y ahora son percibidas por los ciudadanos de a pie como unas dictadoras que pretenden hacernos pasar por unas horcas caudinas de difícil aceptación.

Ya lo dijo Cambó: para propiciar el desastre, nada hay como pedir lo imposible o retrasar lo inevitable. Una frase que puede, lamentablemente, definir la situación que vivimos en este angustioso, tremendo, final de marzo en el que todo se precipita. Porque precipitado es que, en la jornada siguiente a una huelga general, el Gobierno, quizá para celebrar –es un decir– el cumplimiento de esos días días de mandato, haya de anunciar a los españoles unos Presupuestos que seguro que no van a gustar demasiado a la ciudadanía, aunque puede que sí gusten en Berlín, Bruselas, Washington o en las redacciones de esos periódicos anglosajones tan influyentes y tan exigentes con nuestro país. Eso sí, no solamente pretenden unos y otros influir en el contenido de esos PGE 2012, sino que, de manera no siempre razonable, se ha presionado al Ejecutivo para que acelere al máximo la presentación de esas cuentas públicas, cosa que, por otro lado, puede que el Gobierno haya ido aplazando hasta después de esas elecciones autonómicas que en Andalucía y Asturias han dejado al PP –y a todos– un sabor más bien amargo.

Y esta es la situación: una ciudadanía desconcertada, pesimista. Un Gobierno –tuvimos ocasión de comprobarlo el miércoles en algún contacto ‘de pasillos’ con ministros– obviamente tensionado, y no es para menos. Unos sindicatos que saben que, al margen del mayor o menor seguimiento de la huelga, han jugado su última carta. Una patronal que se ha proclamado, al margen de toda conveniencia estratégica o táctica, ganadora de la situación. Y una Europa, a la que pertenecemos y a la que seguimos, es de esperar, queriendo pertenecer, que nos mira, o esa sensación tenemos, como un científico mira al insecto raro y potencialmente molesto cuando le aplica la lupa.

Es preciso, en medio del oleaje, mantener el optimismo y seguir pensando que el barco llegará a buen puerto. Pasará la jornada de huelga, conoceremos los Presupuestos más restrictivos de la Historia de la democracia –nada será lo mismo tras este mes de marzo– y es de temer que sigamos escuchando los tambores de guerra de una clase política que parece condenada a no entenderse, de unos agentes sociales más distanciados que nunca. Pero puede también –aferrémonos a la utopía– que el efecto de este repetimos que triste día de paro más o menos generalizado tenga algo de vacuna. Puede que la sociedad en general, comenzando por la clase política, continuando por la patronal y los sindicatos y concluyendo por todos nosotros, entendamos que es necesario el pacto, el acuerdo para remar juntos. Mirar hacia aquellos pactos de La Moncloa, que se desarrollaron en circunstancias pensamos que aún más difíciles que las actuales, produce algo de nostalgia. Y no poca envidia. ¿Seremos, todos, aún capaces de afrontar el reto?

Por lo que se refiere a nuestro periódico, hay que decir que el seguimiento de la huelga ha sido escaso. La mayor parte de la redacción ha pensado que una jornada histórica no podía pasar sin que, en cumplimiento de un deber profesional, se atendiese a la urgencia informativa. Pero, al tiempo, expresamos nuestro respeto hacia aquellos compañeros que han entendido que su contribución al servicio del desarrollo de una sociedad mejor, más justa, era no acudir hoy a su puesto de trabajo. .

Lamentables elecciones, lamentables consecuencias…

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/03/12

Esto es lo que pienso de las lamentables elecciones tras una lamentable campaña y con las lamentables consecuencias que van a tener. Ya sé que no voy a hacer muchos amigos, pero qué le vamos a hacer. País…

Sobre Monti, Rehn, el editorialista del NYT y otros ‘cabezas de huevo’

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/03/12


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(Monti, encantado de que España se estrelle. Así, lo suyo se nota menos)
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Hay quienes se molestan cuando escribes que, en el fondo, lo del cambio en Andalucía –y más aún en Asturias—tiene poco significado en relación con la que se nos viene encima. Para mí, los titulares se centran, más bien que en los resultados en ambas comunidades, en esas palabras del primer ministro italiano, Mario Monti, señalando –le dijo la sartén al cazo—que “España da motivos de gran preocupación a Europaâ€. Luego, ante las presiones diplomáticas, ha rectificado, pero el mal ya está hecho: resulta que los pasajeros del furgón de cola se pelean entre ellos para ver a quién le va peor. Lo que faltaba. Y, encima, lo del financiero-primer ministro de Italia llega cuando el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, acusa al Ejecutivo español de “relajarse†en su programa de reformas (todo porque los Presupuestos no se anuncian hasta el próximo viernes, contra lo que el señor comisario demandaba). Y aún, por si fuera poco, la UE nos envía una nueva y severa ‘comisión de vigilancia’, el ‘New York Times’ equipara a España con Grecia…y el presidente de la Generalitat, Artur Mas, lanza su exigencia de que Cataluña ha de tener “las estructuras y el poder de un Estadoâ€. ¿Un Estado europeo más, señor Más? No me extraña que, pese a su miedo a volar, y pese a sus buenos resultados en las autonómicas, Rajoy se marche casi feliz a pasar un par de días en Seúl.

Ah, y, por cierto, la huelga general…

Me parece que, ante la avalancha de malas noticias que poblaban el primer párrafo de este comentario, huelga decir –y nunca mejor o peor empleado este término, según se mire—que el paro general decretado para el jueves por los sindicatos no va a mejorar precisamente el aprecio que nos muestran las debilitadas estructuras de la UE, ni los colegas europeos de Rajoy, ni algunos sesudos periódicos anglosajones que últimamente parecen tenerla tomada con nosotros, los españoles, a los que se nos insta a apretarnos el cinturón un par de agujeros más. No, no soy, en lo personal, partidario de ir a la huelga, pero comprendo que una política poco dialogante ha obligado a los sindicatos, cada vez menos representativos, a lanzarse por un camino que, sin embargo, saben que no les va a conducir al éxito precisamente. Casi la mitad de los españoles, de acuerdo con un sondeo aparecido este domingo, no está de acuerdo con esta iniciativa de UGT y CC.OO, solo muy tibiamente apoyada por la oposición del PSOE, que bastantes problemas tiene ya. Y apenas el treinta por ciento de quienes tienen trabajo dicen que piensan secundar este paro.

Si a ello le añadimos que el PP, crecido en las urnas y en su poder territorial, ha dicho por activa y por pasiva que no piensa dar ni un paso atrás en su reforma laboral, y que, al día siguiente de la huelga, el Consejo de Ministros exhibirá unos Presupuestos que han de gustar, por lo que se ve, en la austera Europa, a los excesivamente finos analistas de Standard&Poor’s y hasta al severo editorialista jefe del ‘Financial Times’, tendremos una radiografía de para qué ha servido esta ‘jornada de lucha’. Temo que para nada, excepto para dar munición a los enemigos de los sindicatos, a los que tanto les gustaría suprimirlos casi por decreto. Y, claro, para que los microscopios de los entomólogos de los ‘cabezas de huevo’ eurócratas sigan permitiéndose darnos una colleja cada lunes y cada martes.

Sí, claro, no olvido el cambio en Andalucía, el ajuste de las cosas en Asturias…¿qué quiere usted que le diga? Que lo importante ahora será que las autonomías, como un todo, se sumerjan en el espíritu de los ‘Presupuestos para 2012’, dejando atrás la era de los virreynatos. Pero, claro, dígaselo usted a Artur Mas, lanzado a la pendiente del soberanismo, o a Iñigo Urkullu, que ya se prepara para ocupar, dentro de un año, Ajuria Enea. ¿Cómo quiere usted que no vea el panorama con preocupación?

Y a mí qué diablos me importa el futuro de Griñán, o el de Cascos, o…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/03/12

Confieso no sentirme demasiado apasionado ante las elecciones andaluzas y asturianas de este domingo. Primero, por lo previsible del resultado, al menos en el primer caso. Segundo, porque nada nuevo se ha visto bajo el sol mitinero de estas semanas, dominadas por un debate más bien garbancero, por las insidias de baja estofa, por los vídeos y contravídeos de rigor y por las acusaciones cruzadas de corrupción. Mi interés no está en saber si Griñán seguirá de presidente de la Junta –que previsiblemente no— y del socialismo andaluz. Ni en conocer si, victorioso en su tierra, Javier Arenas dejará caer su pasión por la política nacional, es decir, si ya no pretenderá ser un referente de futuro en las hoy tranquilas, a medio plazo agitadas, aguas del PP. Menos aún me fascina conocer si Alvarez-Cascos revalidará la presidencia asturiana o las combinaciones para que alguno de los dos Fernández, el socialista o la popular, se hagan con el sillón. Lo que aguardo con inquietud es lo que pueda ocurrir a partir de este lunes.

Mariano Rajoy, que se marcha a Seúl, no comparecerá, excepto ante los periodistas que le acompañen, para analizar los resultados de estas dos elecciones autonómicas, la una en las antípodas de la geografía nacional respecto de la otra. Pero puedo imaginar perfectamente lo que van a decir los unos y los otros: las reacciones van a durar veinticuatro horas antes de que los titulares sean ocupados por cosas de mucho mayor fuste, buena parte de las cuales tienen que ver con el hecho de que Bruselas y los ‘cabezas de huevo’ de la UE hayan puesto a España bajo vigilancia, para comprobar cómo se cumplen los planes de ajuste. Buen momento para vigilar es este, me temo, puesto que los anuncios del ajuste ‘de verdad’ llegan ahora, en los días inmediatos; veremos cómo son esos temibles y temidos Presupuestos para 2012, veremos si el copago farmacéutico es o no un hecho, veremos cómo quedan los funcionarios, los trabajadores de las empresas públicas…Y veremos cómo reaccionan los ciudadanos a la llamada de los sindicatos a una huelga general que no cambiará el texto de la reforma laboral, pero que sí hará que España esté en los informativos de las televisiones de todo el mundo, y no estoy seguro, ay, de que sea para bien.

Qué quiere usted que le diga: ante lo que nos espera en la última semana de marzo y las primeras de abril me parece bastante secundario cuál vaya a ser el futuro de Griñán, de Arenas, de Cascos o de los mentados Fernández, unidos todos ellos en la escasa calidad de sus campañas y de sus propuestas. Todos ellos, en cualquier caso, tendrían que gobernar de acuerdo con los parámetros de máxima austeridad (y transparencia, esperemos) dictados por el Gobierno. Cualquiera que sea el próximo presidente de ambas comunidades sabe que se acabaron las posibilidades de mirar para otro lado ante los fraudes, que concluyó la era de las iniciativas ‘personalistas’ del virrey autonómico de turno. Y eso, si bien se mira, no es algo necesariamente malo. Que el cambio es algo más que la mudanza en el rostro de quien ocupe el sillón en la sede presidencial de una autonomía, y conviene que ellos, y nosotros, tomemos conciencia de eso; estas pueden ser las últimas elecciones antes del gran pacto nacional que, en mi opinión, cada día resulta más inevitable como inicio de una nueva forma de gobernar.

Los casos Cospedal, Saez de Santamaría, Salgado…

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/03/12

Quizá no todos sean iguales. Me refiero a los casos de los maridos de la vicepresidenta Soraya Saéz de Santamaría, de la presidenta castellano-manchega María Dolores de Cospedal o de la ex vicepresidenta Elena Salgado. Pero en todos ellos subyace una cierta indignación popular, natural o sobrevenida, ante lo que podríamos llamar ‘cultura del chollo’: un buen puesto ‘conseguido’ para los familiares o para uno mismo (el de la señora Salgado).

Pienso que tanto el marido de Cospedal, Ignacio López del Hierro, que ciertamente parece un personaje polémico, como el de doña Soraya, que de polémico no tiene nada, son personas preparadas, con una rayectoria profesional tras sí. No sé si es muy justo privarles de la posibilidad de tener un buen puesto porque sean parientes de una persona con alto cargo político, ni sé si es muy veraz decir que han obtenido ese puesto precisamente por ser ‘maridos de’, especialmente en el segundo supuesto.

En el caso de Salgado, lo cierto es que la asesoría de la empresa hispano-chilena, dependiente de Endesa, ha sido autorizada por todos los organismos competentes y no cae dentro de las incompatibilidades previstas para ex altos cargos.

Es de temer que la vigilancia frente a posible tráfico de empresas pueda convertirse en una guerra de competencias empresariales o en ‘vendettas’ y envidias contra determinados personajes. Hay que luchar contra todo abuso de poder y contra ese tráfico de influencias que ha sido una constante en la vida nacional, de acuerdo; pero no nos pasemos demasiados pueblos en esa lucha, porque acabará, entonces, teniendo un efecto ‘boomerang’ y haiendo buena la adaptación de la frase de María Antonieta: “anti corrupción, anticorrupción, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.

Vaya m… de campañas

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/03/12

Se cierran este viernes las campañas electorales asturiana y andaluza, y todos ventean los resultados, especialmente en esta última Comunidad. El propio José Antonio Griñán, presidente de la Junta andaluza y candidato a lo mismo, ha admitido que algún caso de corrupción relacionado con el ERE –alguno tan llamativo como el del ex director general de Empleo— es susceptible de pasar factura a los socialistas en las urnas. No estoy tan seguro: la historia demuestra que el votante español castiga poco, o nada, una corrupción que fue rampante en la Comunidad Valenciana, donde para nada se alteró el voto, y en Baleares, donde se llegó a pasar de la sartén de Jaume Matas al fuego directo de la señora Munar. O recuerde usted aquel episodio del ‘tres por ciento’ en Cataluña. En fin… De lo que sí estoy seguro es de que lo que los ciudadanos no perdonan son las querellas internas, la ineficacia y la incapacidad de convencer a los electores de que la propia opción significa, aun en la continuidad, el cambio.

Tengo la impresión, sustentada en lo que dicen las encuestas, de que el español medio está bastante harto de su clase política, en general, y las campañas andaluza y asturiana no deben haberle hecho variar sustancialmente esta opinión. Hemos vuelto a las batallas de los vídeos absurdos y a los ataques de sal gorda: he escuchado a relevantes socialistas recordar que Mariano Rajoy elogió la manera de gobernar de Jaume Matas –lo que ocurrió cuando aún no había saltado escándalo de corrupción alguno—y también que el candidato del PP en Andalucía, Javier Arenas, fue compañero de gobierno de Matas en tiempos de Aznar. No cabe, en mi opinión, insidia más burda. Claro que igualmente insidioso resulta que algunos ‘populares’ pretendan mezclar directamente a Griñán en los asuntos del mentado director general, de su chofer y de su cohorte. No: Griñán es personalmente una persona honrada, mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario. Como lo son Rajoy o Arenas. No se puede aventar la basura de manera que a todos salpique, porque ni ello es verdad ni es justo. Y contribuye a que los españoles empeoren más todavía su opinión acerca de quienes nos representan.

Otra cosa es que, tras treinta y dos años de gobierno socialista, Andalucía siga siendo la Comunidad de menor renta, menos industria y más desempleo. Otra cosa es que el candidato Griñán no haya sabido ofrecer un programa de actuación realmente novedoso. Cierto que tampoco Arenas lo ha hecho, con la que está cayendo, pero él significa, pese a su veteranía, lo nuevo, lo por llegar. En el fondo y pese a todo, significa el cambio, que es lo que prima en esta nueva era sobre cualquier idea de continuidad. Para colmo, Griñán ha tenido que hacer una campaña algo desvaída, en la que Pérez Rubalcaba no se ha volcado precisamente, y lo mismo ha ocurrido con ‘históricos’ como Felipe González y, sobre todo, Alfonso Guerra; han dejado a Griñán bastante solo, la verdad, vaya usted a saber por qué (aunque yo lo sospecho).

Lo de Asturias, donde celebran sus terceras elecciones en menos de un año, ha sido de aurora boreal. Alvarez Cascos ha demostrado que no es capaz de aunar fuerzas con otras opciones políticas, que no ha sabido sacar adelante unos presupuestos para la región y, para colmo, no ha advertido a los electores acerca de cuáles son sus intenciones de pacto, en el caso de que el Foro sea necesario para formar un gobierno de socialistas o de ’populares’. Y, claro, de propuestas nuevas, de ideas que revolucionen el desanimado panorama, también nada de nada. Y todo eso, aun repugnándome las prácticas corruptas que están saliendo a la luz, me parece aún –aún– más grave que el hecho de que algunos sinvergüenzas metan la mano en la caja pública.

¿Está corrompida toda, toda la política?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/03/12

Tras ver ‘Los idus de marzo’ te quedas con la idea de que siempre hay algún gato encerrado tras toda promesa de dedicación a la cosa pública. Gran película –la de enteros que está subiendo Clooney–, gran argumento y gran inquietud la que te suscita; hoy, sin ir más lejos, en un periódico nacional veo un reportaje sobre cierto candidato… en familia. Y piensas en la enorme hipocresía de ese ser tan ‘familiar’ cuyas andanzas, sin embargo, conocemos. No quiero ser juzgador –no juzguéis y no seréis juzgados–, pero no puedo dejar de asombrarme ante la cara de cemento de algunos de los que nos quieren gobernar (y nos gobiernan). Tampoco digo que sean todos iguales, conste; sigo, en mi fondo, valorando a quienes se dedican a la labor de representarnos; no se trata de ningún sacerdocio, y no podemos exigirles que sean ascetas y misioneros; pero sí que no estén totalmente podridos.