Un ‘éxito’ de Barberá: protagonista en Bratislava

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/09/16

Este país nuestro sigue sorprendiéndonos cada día: que nombres como los de Rita Barberá, Manuel Chaves o José Antonio Griñán, que pertenecen al pasado ya inoperativo y hasta algo rancio, hayan sido los que hayan protagonizado los titulares de la semana, resulta, cuando menos, sintomático. Máxime si la ex alcaldesa valenciana se convirtió nada menos que en la protagonista de las preguntas de los medios a Mariano Rajoy en la importante ‘cumbre’ de Bratislava, que se celebró en medio de una justificada alarma por el futuro de una Europa que ha venido funcionando razonablemente bien…hasta ahora.

Hace tiempo que tengo la tesis de que nuestros próceres políticos necesitan de esa corrupción pretérita –la actual ni es tan importante ni discurre por los cauces de la que imperó hace diez, cinco, tres años—para lanzársela a la cabeza, en ese juego aberrante del ‘y tú más’ que les sirve de pretexto para no hacer pactos que redunden en bien del progreso de España. Creo que ni Barberá, cuyas actitudes poco elegantes a favor de su decía que querido partido son evidentes, ni los ex presidentes andaluces y del PSOE, que bastante están pagando sus negligencias políticas, se han llevado ni un euro, ni una peseta, a sus bolsillos particulares. Y si alguien puede demostrar lo contrario, que lo haga de una vez. Y conste que evito mostrar la menor simpatía por ellos: simplemente, me gustaría dejar las cosas en las dimensiones que creo que tienen, que sean los jueces los que actúen, y no esas legiones de juzgadores profesionales cuya dedicación primordial en la vida es lapidar el árbol caído, que de los poderosos bien se cuidan.

Lo que ocurre es que la a mi juicio desmesurada petición fiscal contra Griñán ha servido al PP para sugerir que ya está bien de ver la paja en el ojo ajeno y nada de la viga en el propio. Que Pedro Sánchez ya no puede escudarse en la corrupción del PP para mantener su ‘no, no y no’ a facilitar una investidura de Rajoy, que, con todos sus claros y oscuros –que vaya si los hay; de ambas cosas hay bastante—ha sido quien ha ganado las elecciones y quien, aún por mayor distancia, volvería a ganar, dicen las cuestionadas encuestas, unos terceros comicios en un año, Dios (y Sánchez) quieran evitarlos.

Así que ahora se entiende aún menos qué diablos tiene el secretario general del PSOE en la cabeza cuando dice que ni quiere esos terceros comicios –su círculo pretoriano le tiene convencido de que mejorarían en escaños y darían la puntilla a Podemos, contra lo que evidencian otros sondeos–, ni quiere liderar una opción alternativa, lo que también es falso. Y cuando sabe tan bien como usted o como yo que no va a poder jamás tejer esa alternativa juntando a Podemos y Ciudadanos, y que necesitaría a nacionalistas vascos, a separatistas catalanes y a Bildu para, con Podemos, sumar los votos suficientes para destronar a Rajoy de La Moncloa en una sesión de investidura.

También sabe Sánchez que ese ‘Gobierno de progreso’ no podrá formarlo jamás con la anuencia de los dirigentes, ni de las bases, ni de los votantes socialistas. Y menos con los del ‘viejo testamento’, como el ex presidente extremeño Rodríguez Ibarra, guardando las esencias. Ya ha advertido Susana Díaz, que controla el mayor granero de escaños y votos socialistas y que es persona calculadora y de sentido común, que, tras las elecciones vascas y gallegas, en las que presumiblemente el PSOE cosechará sendos malos resultados (esto lo digo yo, no ella), habrá un comité federal –parece que el secretario general y los que le quedan fieles en la ejecutiva se resisten a convocarlo, pero tendrán que hacerlo—en el que dirá ‘lo que tenga que decir’.

Y da la impresión de que tanto ella como otros ‘barones’ y miembros del comité que no son ‘barones’ tienen mucho que decir, muchas cuentas que pasar –Sánchez no se habla con varios de esos ‘barones’ territoriales—y una política que rectificar: el PSOE debe permanecer en la oposición, que es lo que han querido los votantes, y por tanto facilitar, con su abstención y condiciones, la investidura de alguien del PP, referiblemente de alguien menos viscoso que Rajoy.

De manera que nos hallamos ante el último fin de semana de campaña autonómica en Galicia y en Euskadi de cara a las elecciones del domingo 25, fecha tras la que se empezará a montar el gran castillo de fuegos artificiales, el ruido de un centenar de mascletás barberianas y los efectos de un tsunami devastador para los intereses de alguno(s). Lo que no puede ocurrir de ninguna manera es que todo siga igual en un mundo cambiante, mire usted, si no, a Europa o a los Estados Unidos, en una sociedad anhelante y con un Gobierno que lleva nueve meses en funciones y funcionando, por tanto, a medio gas, como mucho. ¿MI apuesta? Me arriesgo, pero no creo que demasiado: esas terceras elecciones no se celebrarán, cueste lo que cueste, haya que cambiar los rostros y las actitudes que haya que cambiar. Y pido a Dios que no me equivoque, como tantas veces me ocurre por culpa de un inveterado optimismo. Porque lo peor que nos puede pasar no es que se marchen Sánchez, o –muy improbable a corto plazo—Rajoy: lo peor serían esas terceras elecciones por las que todo el mundo, más divertido aún que alarmado, preguntaba el viernes a Rajoy en Bratislava. Y no, por Barberá solamente le preguntábamos nosotros, los periodistas españoles, claro.

¡Menos mal! Volvemos al ‘y tú más’ que tanto bien nos ha hecho…

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/09/16

¡Qué alivio! Llegué a creer por un momento que empezábamos a perder las buenas costumbres, iniciando un camino de acuerdos constructivos de cara a posibles pactos que nos saquen del marasmo. Pero no: volvemos a donde solíamos. Al ‘y tú mas’. ¿Rita Barberá? Juego de niños comparado con lo de Chaves y Griñán; pues anda que tú, que tienes el juicio por el ‘caso Gürtel este otoño…; Nada que ver con la magnitud del escándalo de los ERE andaluces… En fin, estoy seguro de que todo esto le suena a usted a ‘deja vu’. Más de lo mismo y tiro porque me toca.

Más de una vez he dicho que hay que cerrar las hemerotecas. Que los jueces han de ejercer su trabajo, castigando conductas corruptas y que ni los medios pueden ejercer de otra cosa que de meros –nada menos—descubridores de presuntos escándalos, y no de juzgadores, ni los máximos dirigentes políticos pueden tirarse a la cabeza corruptelas que ya están en los tribunales utilizándolas como pretexto para no pactar un futuro regeneracionista. ¿Cómo vamos a entronizar en La Moncloa a Rajoy, con todo lo que tiene en la mochila? dice Sánchez, y sin duda no le falta razón. Pues ya me dirá usted quiénes son los socialistas para dar lecciones, con lo que tienen en Andalucía, replican en el PP, igualmente no faltos de motivos. Y ahí andamos, en la parálisis.

Lo que ocurre es que todas esas son cosas que responden a un pasado lamentable, no a un presente en la que aquellas formas corruptas ya no tienen una fácil repetición: han mejorado las leyes para luchar contra los corruptos y ha crecido la vigilancia, al tiempo que la exigencia pública de transparencia y honradez se ha vuelto mucho más inquisitorial, puede que en exceso en algunas ocasiones.

Nunca he hecho leña del árbol caído, ni la voy a hacer ahora, máxime cuando mi impresión es que ni Barberá, ni Chaves, ni Griñán, por citar apenas los tres casos más sonados, se han llevado un euro a sus bolsillos particulares. Otra cosa es la sanción política que sus negligencias merezcan. Y lo mismo puedo decir del ex ministro José Manuel Soria y sus ‘mentirijillas’, por citar un ejemplo más.

Para mí, la corrupción más grave, y no estoy pidiendo ‘mano blanda’ contra nadie que haya robado, malversado, mentido, etc., es la que consiste en cachondearse –con perdón de la palabra—del respetable. Cuando tú contratas a alguien para que te saque las castañas del fuego, para que administre tu vida política y económica y sales con la impresión de que te han estafado. Como si llamases a Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, para que te arreglen las cañerías y te salen con que tienen que irte de elecciones el día de Navidad. Que estos señores a los que votamos y pagamos no hayan llegado aún a un acuerdo para ponerse a gobernar me parece, sí, mucho peor que cualquiera de las andanzas de la ex presidenta valenciana o de los ex presidentes del PSOE, y conste que tampoco pongo la mano en el fuego por nadie en unos casos que en profundidad desconozco.

Creo que la ciudadanía tiene que tomar conciencia de que la auténtica corrupción que está demostrando el sistema es el desprecio al voto que, por dos veces ya, hemos emitido los españoles. LO demás no lo minimizaré, pero me parece que es bastante secundario. Cosa de jueces, no de tribunas parlamentarias, que deberían albergar mayor amplitud de miras que los mil euros de Rita o los ‘despistes’ –ejem—de Griñán. Confío en que usted me entienda; estoy seguro de que me entiende.

¿Me permite salir en presunta defensa de Rita, Chaves, Griñán y Puerto?

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/09/16

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((talento ‘juzgador’ de los medios: no han sido condenados, pero colocamos a según quhién en fotografías tras los barrotes. ¿Dónde quedan las máximas de Concepción Arenal? ¿Dónde la presunción de inocencia?¿Dónde la verdadera lucha contra los verdaderamente corruptos, que son los poderosos, no los caídos?)) Pregunto??

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Dicen que en este país nuestro llamado España cada habitante lleva en su alma un seleccionador de futbol, un político…y un juez. Es este un país lleno de juzgadores, sin toga ni conocimientos jurídicos. Capaces de convertir en villanos a señores a los que jueces influidos por factores ambientales han decretado que deben ser imputados (investigados, perdón) por prevaricación, malversación, cohecho o por apropiación indebida que en muchos casos no ha existido.O, simplemente, por haberse equivocado pensando que hacían lo correcto o, al menos, lo que en ese momento estaba permitido y luego fue prohibido.

Espero que usted me entienda: naturalmente que no estoy pidiendo hacer la vista gorda contra el corrupto, contra aquel que ha desviado dinero público hacia su bolsillo: tolerancia cero con esos. Lo que sí pido es un trato diferente, que no incluya la pena infamante, con quienes se hayan equivocado de buena fe en el ejercicio de su cargo, con aquellos a los que una apuesta que pensaban en favor de su comunidad les ha salido mal, con aquellos que quizá por pereza, negligencia o simplemente mala pata, no se llegaron a enterar de que otros, subordinados suyos, abusaban o, sin más, robaban. O con quienes actuaron en una coyuntura que luego, merced a esa inseguridad jurídica tan made in Spain, cambió de pronto.

Ignoro el grado de culpas de Rita Barberá, tan cruelmente tratada pos los suyos y los ajenos. Y lo mismo puedo decir de Manuel Chaves y José Antonio Griñán; conozco a los tres y reconozco que puedo ser un ingenuo de tomo y lomo, pero no estoy nada seguro de que merezcan pasar por el infierno por el que están pasando, mientras otros, ya sea en la vida pública, en la privada, o en ambas, se han ido de rositas o han visto injustificadamente prescritos sus casos gracias a tribunales cortos de vista.

No, insisto: no estoy abogando por mirar hacia otro lado ante la corrupción, sino por todo lo contrario: porque nos centremos en la verdadera corrupción, y que no convirtamos a esta en un pretexto para no hacer los pactos políticos que necesitan los españoles.

Ni tampoco estoy disparando contra un presuntamente excesivo celo judicial: creo que los jueces están, eso sí, sometidos a una presión mediática, ambiental, que en alguna ocasión –no siempre, desde luego– les impide actuar con plena libertad. Lo que quiero decir, en resumen, es que no me gustan ciertas actuaciones de Barberá, ni de Chaves, ni de Griñán, ni de Soria, ni la de mi paisana la ex alcaldesa de Santoña, Puerto Gallego, que ha tenido que dejar su escaño por una antigua denuncia falangista, ni la de mi amigo Abel Caballero, a quien se pretendió imputar por un no demostrado ‘soborno’ de un bolígrafo y un reloj.

No los defiendo, porque tribunales hay que actuarán espero que correctamente. Lo único que digo es que hemos vuelto a instaurar la pena de la picota y de ahí a la pira purificadora puede que haya un paso. Que una cosa es un país limpio, honrado y justo, y otra una nación llena de dazibaos acusatorios que, encima, sirven de pretexto para tirarse a la cabeza las hemerotecas, mientras seguimos con un Gobierno en funciones en el que todos llaman ‘corruptos’ a todos, mientras no hay un solo funcionario que quiera desatascar un papel no vaya a ser que aparezca, merced a vaya usted a saber qué ‘vendetta’, en los papeles. Lo de Concepción Arenal: odia el delito y compadece al delincuente. Y compadece aún más al presunto inocente a quien nadie le reconoce esta presunción.

Aquí no va a quedar títere con cabeza

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/09/16

Me preocupó bastante la sesión de la comisión de Economía celebrada el martes en el Congreso de los Diputados, en la que el ministro de Economía (y de no sé ya cuántas cosas más) en funciones, Luis de Guindos, fue severamente vapuleado por diputados de la oposición, a cuenta de sus explicaciones por el fallido nombramiento del ex ministro José Manuel Soria como director ejecutivo del Banco Mundial. Socialistas y Podemos no solamente pidieron la dimisión de Guindos, sino que solicitaron también la de la presidente de la Cámara Baja, Ana Pastor, por el hecho de que Guindos compareciese en comisión, y no en un pleno de control parlamentario al Gobierno.

Pensando, como pienso, que un Gobierno en funciones está obligado, a reserva de lo que diga el Tribunal Constitucional tras sus elefantiásicas deliberaciones, a someterse a las sesiones de control parlamentario, no puedo, sin embargo, reprobar la actuación de la señora Pastor que, a petición de Mesa y portavoces, convocó un pleno, para que, a continuación, el Ejecutivo, que niega que, estando en funciones, haya de someterse al control parlamentario, rechazase la comparecencia de Guindos. Comparecería, eso sí, en comisión, pero no en el pleno. Es decir, dando las mismas explicaciones, sometiéndose a todas las preguntas de los parlamentarios de la oposición, teniendo frente a sí a todas las cámaras de televisión que cubren estos ‘espectáculos’ (que no son pocas cámaras) e incluso siendo transmitido en directo por el Canal 24 horas y por varias emisoras de radio y periódicos digitales.

No era tan grave el hecho concreto de que el ministro de Economía en funciones permaneciese cuatro horas en la comisión –otra cosa es que a mí no me convencieran sus nada autocríticas explicaciones sobre la fallida designación del dimitido y polémico Soria—y no acudiese al pleno. Lo que me parece indignante es el retraso del Constitucional en dictaminar acerca de si el Ejecutivo, estando en funciones, tiene obligación (o no, como sostiene firmemente la vicepresidenta y abogada del Estado Sáenz de Santamaría) de someterse al control parlamentario de rigor. Que Ana Pastor, al saber que Guindos no acudiría al pleno dedicado en exclusiva a analizar su gestión, suspendiese esta sesión plenaria, parece coherente, por cuanto hubiese resultado ridículo convocar un pleno de la Cámara Baja sin que se presentase el personaje a ser interrogado.

Me parece, por tanto, prematuro y propio de una forma de hacer oposición nerviosa, pedir que dimita quien encarna el número tres en el protocolo del Estado, es decir, Ana Pastor. Tampoco entendía muy bien la exigencia de dimisión de Guindos, que puede ser el máximo responsable técnico de la designación de Soria –que sin duda Rajoy conocía–, pero que, con su marcha atrás en este ‘affaire’, mostró reflejos y una cambio de opinión que, pese a ser cosa de sabios, no hizo palpable, sin embargo, en su comparecencia ante Sus Señorías.

Poco a poco, en este período tan políticamente aberrante, vamos arrasando con todo, entre las cicaterías y los errores del Gobierno, las frivolidades en el Legislativo y la forma de actuar destructivamente contra lo que se mueva de algunos en la oposición, empeñada siempre en sacar a pasear las peores hemerotecas ajenas. Y, así, estamos creando un conflicto entre el Ejecutivo y el Legislativo, para no hablar ya de las cosas que se dicen del Judicial: hay que ver, sin más, la que se ha montado porque vaya a ser el magistrado y ex fiscal general Cándido Conde Pumpido (“un tipo afecto al socialismo”, clamaba un diputado ‘popular’) quien vaya a dictaminar en el ‘caso Rita Barberá’. Aquí, simplemente, no se respeta la presunción de inocencia no ya de la ex alcaldesa de Valencia, sino ni siquiera la de los jueces.

Si a todo ello le añadimos el desgaste que las fuerzas políticas están imponiendo al jefe del Estado, limitado al máximo su papel por una Constitución que hay que reformar urgentemente –sí, pero ¿quién?, ¿con qué Gobierno?—y la nula función que desempeñan otras importantes instituciones, como el ya mentado Tribunal Constitucional, nos encontramos con un pavoroso panorama político verdaderamente desolador, que merma el prestigio de España como nación, que socava la unidad territorial –dentro de medio mes se va a producir un hecho claramente ilegal, inconstitucional, desde la Cataluña oficial—y acabará teniendo repercusión también, aunque ahora no lo parezca, sobre la economía, como sugiere un Luis de Guindos bajo los focos. Y que este miércoles lanzaba multitudinariamente su libro ‘España amenazada’, presentado y prologado por Mariano Rajoy: un acto en el que callaron muchas de las voces críticas que, desde el partido en el que trabaja pero en el que no milita, atacan estos días inmisericorde, pero subterránea y arteramente, a Guindos.

Un hombre que, por cierto, llegó a sonar como posible vicepresidente económico e incluso como ‘presidenciable’ en el caso de que la figura de Rajoy acabase siendo completamente inaceptable para llegar a un acuerdo de investidura con la oposición, que presenta un duro frente de batalla al presidente ‘popular’. Tal vez por todo eso los afilerazos a Guindos. Tal vez por eso todo el barullo a cuenta de su comparecencia parlamentaria por un caso lamentable, erróneo, impresentable, pero, en comparación con otros asuntos, menor, como la designación de José Manuel Soria para el Banco Mundial.

Bueno, por todo eso, y por hacer sacado un libro –un librito, en realidad—atribuyéndose méritos a la hora de evitar el rescate económico, que son méritos que a veces se quieren atribuir otros. En España, decía Larra, escribir es llorar. Sobre todo, si eres ministro y estás en funciones en medio del torrente y, sin embargo, eres el único que parece tener iniciativas. Y, para colmo, vas y escribes un libro –no he concluido de leerlo, así que me ahorro la crítica—en cuya multitudinaria presentación la gente ‘de orden’ se pelea por encontrarse en los pasillos del cotilleo, que es lo que se lleva ahora en es Villa y Corte atenazada por las incertidumbres y por muchas cosas más, aún peores.

si quieres cambio, no hagas lo mismo…

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/09/16

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((entiendo que el ‘no, no y no’ no vale siempre ni para todo. Y que la política es el arte de hacer posible lo imposible. Polémico, lo sé…))

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Nos lo decía Einstein, en una de sus célebres frases-fórmula para andar por la vida: “no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo”. Lo que ocurre, y ni quiero ni puedo, desde luego, puntualizar para nada a un hombre por muchos motivos admirable, es que a veces el cambio llega independientemente de la voluntad de las gentes. Y, así, puede ocurrir que en un país todos –bueno, casi todos– digan que quieren cambios y, sin embargo, siguen haciendo las mismas cosas de siempre: que parezca que algo cambia lampedusianamente para que todo, o casi, siga igual. Y me refiero, claro, a Mariano Rajoy, a Pedro Sánchez, a Pablo Iglesias y, aunque en menor medida, a Albert Rivera y a todos sus estados mayores. Faltan ideas nuevas, iniciativas valientes y revolucionarias. Falta el impulso por El Cambio.

Lo digo mientras escucho a Mariano Rajoy dirigirse a sus parlamentarios aplaudidores, y cuando aún resuenan los ecos de una Diada en la que tampoco hemos encontrado a nadie que nos diga cosas verdaderamente inéditas para desatascar algunos de los muchos problemas que taponan nuestro futuro. Me voy a fijar, por tanto, en apenas un asunto: el referéndum de Cataluña. Que es el único punto que, aunque de manera poco clara, ha puesto en el tablero el president de la Generalitat, Puigdemont, para sugerir, a cambio, su apoyo a una investidura para elegir a un presidente del Gobierno central. Y evitarnos, y evitarse, unas nuevas elecciones, catastróficas para todos. Menos, acaso, para uno.

Hace años, con perdón, que me he mostrado partidario de modificar la ley hasta donde haya que hacerlo –¿por qué no una disposición transitoria en la Constitución ‘a la navarra’?—para que los catalanes puedan decidir de alguna manera, y bajo la supervisión del Estado, qué destino desean. En un debate franco, abierto, en el que el Estado ofrezca a Cataluña nuevas interlocuciones, más facilidades, podría fijarse un plazo no inmediato para celebrar ese referéndum, que no tiene por qué responder a una pregunta tipo “¿quiere usted la independencia, sí o no?”, sino que podrían utilizarse, como sugieren voces notables en el socialismo catalán que quiere tomar el poder en el PSC relevando a Iceta, fórmulas más sibilinas, menos comprometidas y tajantes. Fórmulas referentes, por ejemplo, al alcance del Estatut de autonomía, o al encaje del territorio catalán en una España federal, una nación, sí, pero dentro de la nación española y enmarcados todos en una Europa cada vez más absorbente.

Hay que ganar tiempo para pensar serenamente, y acumular argumentos, para que quienes no se sientan independentistas en Cataluña –que creo que son mayoría—puedan expresarse, organizarse en sociedad civil, sentirse plenamente a gusto dentro de España como Estado, y para que las fuerzas políticas constitucionalistas se reorganicen allí, fusionándose algunas de ellas, incluso recuperando a figuras como Duran i Lleida o el propio Miquel Roca para la causa del ‘nuevo estatus’ de Cataluña. Una Cataluña que, como dijo recientemente un filósofo notable, está llena de gentes capaces de votar al independentismo sin ser independentistas: a ver cómo se explica esto, tan cierto, tan contradictorio y surrealista como la propia situación política catalana.

Pero de lo que me caben pocas dudas es de que, en algún momento, habrá que convocar ese referéndum, algún tipo de consulta, y que más vale que sea bajo los auspicios de un Gobierno central fuerte, cómplice a la fuerza de un nacionalismo que sabe que no podrá llegar la independencia a Cataluña, pero que un referéndum podría cambiar de alguna manera, para mejor, el ‘statu quo’ de la Comunidad, ya digo que dentro de la nación española. Estoy convencido de que esa consulta sería ganada, de manera mucho más amplia de lo que pensamos, quienes se muestran, nos mostramos, contrarios a una independencia absurda y perjudicial para todos.

Lo que de nada sirve es seguir amenazando con el peso del Tribunal Constitucional y del artículo 155, de nada sirven las advertencias del ministro de Justicia en funciones, para acallar un proceso, el iniciado por Mas y continuado por Puigdemont, por los chiflados de la CUP y por los malapata de Esquerra, lleno de defectos, divisiones, incongruencias y falta de talento; pero, a la vez, un ‘procés’ que me temo que está resultando, ante las vacilaciones, debilidades y dejadez del Estado, imparable.

Sé a lo que me arriesgo con lo que estoy ahora predicando. Comprendo las dificultades, desde las legales hasta las de imagen, con las que una política pragmática y rupturista se encontraría. Ninguno de los ‘cuatro grandes’, quizá con una cierta licencia por parte de Podemos, quiere el verdadero Cambio en este terreno. Pero Cataluña se ha convertido, dentro del calendario enloquecido de problemas que nos aguardan, en el primero de esos problemas y no valen ni tisanas, ni apósitos, ni calmantes y, menos aún, la fuerza porque sí, al estilo de la ensayada en 1934 –vade retro–, para acallar lo que, en la mente y en los espíritus de algunos catalanes, es un estado de espíritu, quizá poco racional, pero sí muy íntimo.

Hay que abrir el país a soluciones radicales, comenzando por lograr un Gobierno central fuerte y coherente, que haga frente al reto catalán, al europeo, al económico, al tecnológico, a lo que pueda ocurrir en un mundo en el que pueden ocurrir demasiadas cosas malas. Y ya digo: es Einstein.

¡Que no, que no habrá terceras elecciones! (¿o sí?)

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/09/16

Los sondeos dominicales coincidían: más del setenta por ciento de los españoles no quiere unas terceras elecciones. Luego está la letra pequeña: a quién se culpa más de una eventual repetición de los comicios en diciembre, qué políticos se dejan más plumas que otros en este proceso, que por cierto recibe los calificativos más duros por parte de los encuestados…Bien, el valor de los sondeos es el que es: quizá no siempre dan plenamente en la diana, pero marcan una tendencia. Y convendrá usted conmigo en que lo lógico es que las tres cuartas partes de los españoles rechacen volver a las urnas, y que al menos un cuarenta por ciento –y poco me parece— asegura que no piensa acudir a votar.

Solamente estos datos, y la percepción de que lo que están haciendo algunos líderes de la oposición solo serviría para aumentar algo la votación para el PP de Rajoy, aunque siempre sería insuficiente y nos abocaría, con la actual legislación, a unas cuartas elecciones, deberían bastar para asegurar que no habrá esas elecciones. Ni el 25 de diciembre –locura total–, ni el 18, una vez que se realicen los encajes de bolillos en la LOREG –ley electoral—para, forzando mucho las cosas, acortar en una semana el proceso preelectoral. Perjudicando, por cierto, los derechos de más de dos millones de españoles que viven en el extranjero y desde allí votan. Pero eso, claro, es ya casi lo de menos: la verdad es que perjudicados, lo que se dice perjudicados, saldríamos los cuarenta y cuatro millones de españoles, seamos o no votantes.

Todo ello me convence de que, en este once de septiembre en el que escribo, con los manifestantes de la Diada lanzados en sus varias versiones de convicción independentista a las calles de Barcelona –como los sondeos, tampoco la Diada da en la diana–, se inauguran cuatro semanas que van a ser, perdón por el tópico, de infarto político.

Lo primero que ocurrirá será que Núñez Feijoo e Iñigo Urkullu revalidarán bastante previsiblemente, su mandato en las urnas el 25 de este mes. Y que tanto los socialistas como las distintas versiones de Podemos –Ciudadanos cuenta poco en ambas autonomías históricas—sufrirán un cierto revolcón.

Lo cual abrirá nuevos debates internos en ambas formaciones. Pero sobre todo en un PSOE que siente el dedo acusador –dicen las encuestas, oiga, no mate usted al mensajero—de una opinión pública que, dividida pero mayoritariamente, responsabiliza al partido de Pedro Sánchez de esas eventuales y ya digo que confío que improbables terceras elecciones. Improbables porque algo va sin duda a suceder en el PSOE tras la previsible catástrofe –se han puesto todos los ingredientes para lograrlo— en Euskadi y Galicia. Los del ‘viejo testamento’ incrementarán sus críticas: ¿se imagina usted a Felipe González haciendo campaña a favor de un Pedro Sánchez cuya retirada, junto con la de Rajoy, ha pedido en público si el PSOE no cambia su ‘no’ a la investidura por una abstención, obligando a las terceras elecciones? Pues amplíe eso a ciertos ‘barones’ que ya no disimulan su descontento: había, por ejemplo, que ver el rostro del presidente asturiano, Javier Fernández, cuando un ugetista local alababa sin freno la estrategia de Sánchez, allí presente. Y para qué hablar de Fernández Vara, de García-Page…O de Susana Díaz, que dicen que afila cuchillos, pero muy callada.

Así que el comité federal que habrá de convocarse tras un 25-s que será triste para el PSOE –futuro aliado del PNV para que Urkullu llegue a Ajuria Enea—no va a ser lo que habitualmente: una cámara de aplausos en la que no se vota ni se debate verdaderamente, más allá de los fragmentos algo críticos de Madina y compañía, que nos filtran a los medios informativos para cabreo de la Ejecutiva. No; esta vez habrá leña al mono para Sánchez, para Luena, para Hernando, para Oscar López y para todos esos miembros de la Ejecutiva que se empeñan en representar en exclusiva a los ciento setenta ml militantes y a los cinco millones y pico de votantes del PSOE. Y digo yo que, entonces, suponiendo que todo esto ocurra –si no ocurre, apaga y vámonos a otros predios–, el superviviente Sánchez se aferrará a alguna de las oportunidades que deben abrírsele, incluyendo desde La Moncloa, para rectificar, que es de sabios.

Lo que ocurre es que La Moncloa está muy torpe en esto de las estrategias y las tácticas –no hay más que ver lo ocurrido con la ‘operación Soria’—. Ylas instituciones, comenzando por una Zarzuela que se considera atada de pies y manos, los poderes fácticos y la sociedad civil, están muy cansados del ‘deja vu’. Así que, salvo las propuestas de Albert Rivera para que la gobernación se haga desde el Parlamento, con los socialistas y Ciudadanos cooperando, ocasionalmente también con Podemos, para sacar adelante las reformas necesarias, esto es un secarral político.

Comprendo, en este marco, lo contentos que debían estar los de la Diada y quienes mueven los hilos de tales manifestaciones: el Estado es incapaz de buscar soluciones para la pervivencia de España. O sí…que diría un optimista inveterado que, como quien suscribe, piensa que no, que no habrá terceras elecciones, porque lo que no debe ser, en la mayor parte de los casos, no es. Aunque en alguna circunstancia histórica, que luego deviene en trágica, sí lo haya sido.

Crónica de un país más allá de la Villa y Corte

Enviado por Fernando Jáuregui | 09/09/16

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((que digo yo que necesitamos unos cuantos urkullus, feijoos, Javier Fernández, Pablos Casado, Cristinas Cifuentes, Sorayas y hasta Susanas Díaz para arreglar esto. Lo que hay, como acaba de decir Felipe González, no puede arrostrar unas terceras elecciones. Así que más vale que espabilen. O que vayan haciendo las maletas))

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Escribo desde Bilbao, tras haber asistido a un acto de campaña del lehendakari Iñigo Urkullu. Le pregunto si la inestabilidad política que vive la política nacional afecta, para bien o para mal, a esa Euskadi, que acaba de iniciar su campaña electoral con apenas una certeza: que Urkullu seguirá siendo quien gobierne en Ajuria Enea. Me responde sin la menor vacilación: “la situación en España nos viene perjudicando mucho ya desde antes de las elecciones de diciembre; no tenemos interlocutor efectivo”. Un par de días antes, tuve oportunidad de preguntar lo mismo a Alberto Núñez Feijoo, presidente de la Xunta de Galicia y candidato a lo mismo cuando, el día 25, se celebren las elecciones autonómicas vascas y gallegas. La respuesta de Feijoo fue, más o menos, la misma, aunque obviamente su interlocución con el presidente del Gobierno central en funciones sea distinta a la de Urkullu: lo que está pasando en la política española afecta de manera muy grave a lo que ocurra en una eventual, futura y no demasiado probable normalización del Estado de las autonomías.

Y no puedo olvidar, claro, que escribo casi en vísperas de una Diada que, en Cataluña, va a significar el principio de todos los males del infierno para quienes, catalanes y resto de españoles, deseamos un país, España, sólido, unido, moderno, próspero y más justo.

Lo que ocurre es que la política nacional ya no se hace en los cenáculos y mentideros de la Villa y Corte. Ya no depende de las llamadas telefónicas con mayor o menor clandestinidad y/o transparencia entre los líderes, esa llamada ‘banda de los cuatro’ que piensa que, con sus líneas rojas, vetos, pequeñas ambiciones, grandes enfados y falsas proclamas patrioteras contribuye a la solución de lo que han estropeado. No: la crónica de este país llamado España, o Estado español como quieren los nacionalistas con los que he desayunado en el foro Nueva Economía en torno a Urkullu –elegantes, con sus trajes oscuros y sus corbatas; sí, son parte de ‘las derechas’, como quiere simplificar Pedro Sánchez, pero nada tienen que ver con una cierta derecha a la que ya no representa ni siquiera Rajoy–, no pasa ya necesariamente por las ruedas de prensa en el Congreso de los Diputados; ni por las maniobras que se hacen en Ferraz o en Génova; ni por las manifestaciones en la Puerta del Sol, que tan anticuadas han quedado ya apenas dos años después, verdad Pablo Iglesias.

En el desayuno de Urkullu nadie, excepto alguna pregunta periodística, habla de Otegi, o de referéndum de autodeterminación, ni de soberanía, ni de ETA. Y felicité al lehendakari y casi seguro próximo lehendakari –las encuestas pueden equivocarse, pero no tanto—porque, ante su auditorio, mayoritariamente empresarial, habló de lo que a la gente le interesa: el paro, el crecimiento económico, el estado de bienestar, la reforma educativa, que nada tiene que ver con la LOMCE… Nada que ver esta Euskadi por la que ando estos días con la de hace poco más de un lustro: he paseado por las calle con la candidata socialista, Idoia Mendía, y con el candidato del PP, Alfonso Alonso, así como con el ex consejero de Interior, Juan María Atutxa y con Javier Madrazo, ex dirigente del comunismo vasco y cercano a una fracción de Podemos. Nadie lleva ya aquí escolta, que se perciba. El clima entre los aspirantes a la lehendakaritza es bueno, habrá acuerdos seguros con otras fuerzas para que Urkullu siga siendo presidente. No hay incertidumbres.

Ninguna relación con el aberrante pasado que hubimos de vivir en mi querida Euskadi, donde mi abuelo paterno fue presidente de la Diputación de Vizcaya. Y no puedo evitar una cierta nostalgia al comparar el clima que aquí percibo ahora con la exasperación que se palpa en Madrid, donde resido, y en Barcelona, que tan frecuentemente visito. Definitivamente, hay otras formas de hacer política para el ciudadano, y no están, y quizá ni se las espera, en esa Villa y Corte que hemos logrado emponzoñar entre todos. Ni en esa plaza de Sant Jaume a la que tan ajenos son tantos barceloneses, tantos catalanes. Pues nada: que venga un vasco, un gallego, un andaluz, y nos lo arregle, porque me parece que, con lo que tenemos hoy por hoy instalado en los centros de poder de la capital, nos vemos votando –o quizá dejando de votar—el próximo día 18, que la propuesta de reforma legal para evitar que sea el día de Navidad ya está redactada y hasta, me temo, pactada. Lo único que tienen pactado, manda carallo.

Pero ¿qué están haciendo con la cuarta potencia de Europa?

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/09/16

Cuando, en estas horas, los colegas que asisten al G-20 en China, que ya se han acostumbrado a tenerle a él al frente del Gobierno de España, pregunten a Rajoy qué diablos ha pasado en nuestro país y, sobre todo, qué diablos va a pasar, supongo que nuestro presidente en funciones lo va a tener complicado para explicar lo que muchos nacionales, la mayoría, no comprenden. Quizá ni él ha entendido cabalmente lo que le/nos ha pasado. Uno mismo, que se dedica a esto desde hace demasiados años –he asistido a todas las sesiones de investidura, menos a la famosa de Calvo Sotelo el 23-F–, ha de confesar que salió de la sesión de (no) investidura del vienes bastante, muy, confundido –aunque todo se esperaba–, y que los diversos titulares de los medios a lo largo de las últimas horas demuestran que son muchos los que comparen mi perplejidad.

Porque, ahora, lo que puede suceder, a tenor de lo escuchado en las breves intervenciones de esta jornada parlamentaria, y siguiendo el rumbo que marcan los diversos titulares, es lo siguiente. Tome nota y desanímese un poco más:

-Que, a partir del comité ejecutivo del PP de este sábado, empiece a abrirse la veda para una sustitución de Mariano Rajoy, al fin y al cabo derrotado en la investidura, al frente del PP, partido ganador de las últimas elecciones, aunque haya sido por mayoría insuficiente, pero muy destacada sobre el segundo, el PSOE. No creo que esto ocurra: no he escuchado una sola voz—en alto—dentro del PP que acepte una sustitución de Rajoy. Cosa que, por otro lado, sería muy difícil y, salvo dimisión de parte –eso no se lo cree ni él–, exigiría la convocatoria al fin de ese congreso nacional que lleva año y medio posponiéndose, que alguien se presentase arrostrando la lapidación, y que ganase al de Pontevedra.

-Que, tras la última serie de ‘noes’ acumulada por Pedro Sánchez, empiecen a levantarse voces en el PSOE pidiendo un congreso federal, no ya solamente un comité federal, que diga de una vez por dónde quiere la militancia que vaya el partido, si por la ruta incierta marcada por el secretario general o por la no menos neblinosa que nos parecen marcar algunos ‘barones’ y miembros del ‘viejo testamento’, ruta que podría incluir una abstención para que Rajoy salga investido, contando con el pacto con Ciudadanos…o no, que ya se vio el viernes que ese pacto no es demasiado sólido, como bien se encargó de poner de manifiesto la desastrosa última intervención de la sesión, a cargo del portavoz ‘popular’ Rafael Hernando.

En todo caso, una sustitución de Sánchez al frente del PSOE parece, en estos momentos, tan improbable como la de Rajoy, aunque vaya usted a saber: ambos no se entienden, ni se entenderán, por muchos extraños compañeros de cama que haga la política. Con otros/as dos al frente, ya tendríamos Gobierno desde hace meses. En todo caso, es seguro que vamos a ir empezando a escuchar posiciones más comprometidas contra las tesis oficiales en la Ejecutiva de las que hasta ahora hemos oído dentro del que es el principal partido de la oposición, donde hay mucho miedo a manifestarse públicamente.

-Sánchez lo va a intentar. Va a intentar su segunda pirueta imposible. Como no puede contar con la aquiescencia de los independentistas, porque se lo comerían vivo en su partido, volverá al ‘deja vu’: tratar de conciliar a los inconciliables Podemos y Ciudadanos frente a Mariano Rajoy, a quien seguirá presentando como el culmen de todos los males. Desde Podemos se ensayarán todos los cantos de sirena para que Pablo Iglesias, que ya sabe que no puede decir las mismas majaderías que dijo aquel 22 de enero cuando se entrevistó con el Rey, vea cumplido su sueño de ser vicepresidente de Gobierno de España, nada menos, aunque tenga que abandonar otras pretensiones sobre control de los servicios secretos y los medios públicos de comunicación. En fin, creo que, por mucho que repitamos eso de los extraños compañeros de cama, a Ciudadanos no le veremos con Podemos en un mismo saco, ni quiera compartiendo un ‘sí’, desde la oposición, a la investidura de Sánchez. La verdad es que, a base de tratar de pactar con Rajoy y Sánchez, ensayando actuar como eslabón entre ambos, el partido de Rivera se ha quedado algo descolgado. Un admirable fracaso, un magnífico intento, el suyo. Puede que le recompensen los electores, llegado el caso. Quién sabe.

-¿Y entonces? Escuché por los pasillos del Congreso el vienes hablar con demasiada normalidad de las terceras elecciones en el plazo de un año. Y de ese pacto (unánime) que ya se va empezando a delinearse bajo cuerda para reformar la ley electoral en lo tocante a la duración de las campañas, de manera que esos comicios no tengan que celebrarse el 25 de diciembre, lo que sería la debacle total, sino el 18, que será solamente el ridículo absoluto, que siempre es mejor, parece, que la debacle.

-Todo ha fracasado hasta el momento: los llamamientos de Rajoy a la gran coalición, los de Rivera a una oposición unida’ para hacer las reformas necesarias manteniendo dos años a Rajoy al frente del Ejecutivo, las sugerencias para que Rajoy deje paso a otro, y lo mismo puede decirse del PSOE. Nadie ha cedido un milímetro: el que exigía referéndum para la secesión, sigue haciéndolo; el que dice ‘no’ a todo, en su negativa permanece; el que más cambios y regeneración debería ofrecer, coloca ‘de tapadillo’ en el Banco Mundial al amigo desprestigiado, quizá como postrer acto de gobierno. Solamente quien antaño andaba en el despropósito más absoluto, y me refiero, claro, a Pablo Iglesias, parece haber moderado un poco el tono, tratando de mantener como sea sus pactos territoriales y sus cinco millones, entre todas las formaciones agrupadas, de votantes, que no es poco. Pero Iglesias es lo que es y nunca será otra cosa y, desde luego, nada tiene que hacer en el Gobierno de España, sea cual sea ese Gobierno.

Quedan dos meses menos cuatro días para que hayan de convocarse nuevas elecciones, Sin haber reformado la legislación para impedir que haya pronto unas cuartas, que serían, como decía Einstein, una guerra con palos y con piedras. Y quizá ya sin electores, a los que no se puede mantener en un mayor grado de escepticismo, de desprecio hacia sus representantes y hasta burla de lo que se les está haciendo. ¿Qué tiene que hacer un jefe del Estado, que encima tiene las manos atadas, en una situación como esta, en la que las gentes a las que hemos, con votos e impuestos, otorgado nuestra representación, se han mostrado ya reiteradamente incapaces de solucionar los problemas que ellos mismos nos han creado? ¿Qué hará lo que queda de sociedad civil, que apenas existe más allá de la magnífica organización hostelera que es el sustento de la economía nacional?¿Esperar resignadamente a que lleguen, vísperas de Navidad, como en 2015, nuevas oportunidades de introducir la papeleta en la urna y comprobar que, esta vez tampoco, en virtud de esta Constitución y de esta normativa electoral no reformadas, tienen nuestros males remedio?

Pues eso: que a ver cómo se lo explica Rajoy a sus colegas del G-20, a los medios internacionales que por allí andarán, y que, entre divertidos y alarmados, contemplan lo que está ocurriendo en la que seguramente es, turismo y Brexit mediante, la cuarta potencia económica de Europa.

Salvemos al suboficial Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/09/16

Si yo fuese Pedro Sánchez, que afortunadamente, para mí y para el mundo, no lo soy, haría caso de lo que dice Albert Rivera. Que, desde mi punto de vista, con todas sus contradicciones pasadas y presentes, fue el orador más razonable en la primera votación de la sesión de investidura que concluirá este viernes con la derrota del candidato Rajoy.

Y lo que yo entiendo que Albert Rivera le está diciendo a Sánchez es: no seas ahora tú el tapón para desbloquear la situación, que es de lo que antes tú acusabas a Rajoy. No permitas que rencores personales o ambiciones sin sustancia nublen tu juicio. Conviértete en oposición al Gobierno de Rajoy, que es quien ha ganado las elecciones, que nosotros, Ciudadanos, también estaremos en esa oposición, y forzaremos al Ejecutivo del PP a completar la gran era de los cambios durante una Legislatura que será breve.

O sea, que nos quedarían, como mucho, dos años de Rajoy, que es, por cierto, quien ganó las elecciones de diciembre y, más aún, aunque siempre de manera insuficiente, las de junio. Y volverá a ganarlas en diciembre, si la estulticia general no lo impide, que ha de impedirlo. Y, para cuando Rajoy, en virtud de un acuerdo sobre limitación de mandatos, se haya retirado, tendremos otras elecciones, con una legislación –y una Constitución—reformada, con un nuevo sistema electoral en el que cada voto y cada escaño valgan lo mismo, con un PP regenerado y alguien nuevo a su cabeza. Y entonces, ante esas nuevas elecciones, pongamos en 2018, cada cual que se presente con sus siglas y sus potencialidades, con su trayectoria y su historial, y a quien Dios se la dé, los electores se la bendigan.

Entretanto, conviene que en el PSOE entiendan que hay que salvar al soldado Sánchez de su propio suicidio inadvertido. Garantizándole la permanencia en la secretaría general tras el inevitable congreso federal, y que sería él el candidato en esas elecciones de, pongamos, 2018. Y en ese tiempo, desde el Congreso de los Diputados, sería la oposición, más o menos en diálogo con el Gobierno, quien impulsaría las reformas más necesarias, ambiciosas y beneficiosas para el país. Entre otras cosas, los cambios legales necesarios para impedir que estas situaciones de bloqueo, en un país que ya no es bipartidista, y en el que han crecido las ansias independentistas de algunas formaciones antes solo nacionalistas, se mantengan: reformas del artículo 99 de la Constitución ( entre otros), del sistema electoral para hacerlo más presidencialista, de los reglamentos del Congreso y del Senado (que también ha de ser profundamente reformado)…Todo ello se puede hacer en año y medio o dos años, como Adolfo Suárez, en condiciones mucho más complicadas, fue capaz de dar la vuelta al Estado en once meses.

Y al soldado Sánchez, empeñado en salvarnos de Rajoy, hay que decirle, desde sus propias filas, que ha sido Rajoy aquel a quien los españoles han votado más. Que dejarle que gobierne no significa, como tantas veces le ha repetido Rivera, ayudarle a gobernar, sino imponerle, desde el Parlamento, una manera de gobernar. Porque el soldado Sánchez –a ver si un día de estos logramos ascenderle a oficial—puede vender muy caro, en términos de beneficios para el país, sus votos abstencionistas, sean once o los de todo su grupo parlamentario.

Si yo fuese Pedro Sánchez, y conste que este comentario no es un consejo –quién es uno para andar aconsejando–, sino un análisis, consultaría también a los ‘viejos’ del PSOE; a ver qué opinan de su ‘no, no, no’. Y organizaría una votación secreta en el comité federal, al que sin duda habrá que reunir tras las elecciones vascas y gallegas para analizar la previsible debacle del partido en ambas comunidades históricas (en Cataluña, esto ya se ha producido); y pediría a mis asesores de comunicación que analicen a fondo lo que, de manera casi unánime, están diciendo los medios españoles (y extranjeros), a lo mejor no todos ‘vendidos’ a otras opciones. Y que se vaya a la calle y, sin selfies ni pelotas en torno, pregunte a la gente. Y que tenga mucho cuidado con lo que sugieren los sondeos encargados a quienes quieren que les gusten tus sondeos, y con lo que prescriben esos expertos en imagen que tantas veces no dan una, porque consultan a los astros y no a los ciudadanos de a pie, esos de los que Pablo Iglesias quiere apropiarse. Gente.

Si yo fuese Pedro Sánchez, Dios nos libre, votaría ‘no’ por última vez este viernes. Y sonreiría un poco más, que parece que se le va olvidando. Ay, estos asesores de imagen, o lo que sean, que no hacen más que repetirle ‘pero qué guapote eres, mechachis…’

Dos españas que se embisten, pero nunca se invisten, o duelo a garrotazos

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/08/16

Salí de la primera jornada de la sesión de investidura francamente desanimado: hasta horas antes, albergaba la esperanza de que no se llegasen a celebrar esas terceras elecciones en un año, allá por las navidades o prenavidades; ahora pienso que el único acuerdo inminente que habrá entre las fuerzas políticas será el de impedir que la votación sea el 25 de diciembre, forzando –unánimememte, eso sí—la ley para anticipar en una semana la fecha, a base de acortar la campaña electoral. Lo cual no deja de ser una radiografía en toda regla de la situación a la que nos ha conducido no sé si la mal llamada ‘clase política’ o la peor llamada ‘vieja concepción de la política’: los partidos, por encima del interés nacional; las personas, por delante de la ciudadanía. Un desastre, en todo caso. Disfrazado, eso sí, de ideología, y utilizando mucho más las hemerotecas que los proyectos de futuro.

Vimos en el debate de este miércoles un bipartidismo que se atizaba con el ya clásico ‘y tú más’, presentando las ya dos desesperantes Españas, la que casi todo lo ve bien, porque está en el Gobierno, y la que todo lo ve mal, porque está en la oposición. Se embestían con ferocidad, haciéndonos perder casi toda esperanza no ya de que la investidura sea ahora posible, que no lo será, sino que tampoco lo será, con estos mismos protagonistas, si se celebra una nueva sesión de investidura allá por finales de septiembre o comienzos de octubre.

La distancia –dialéctica, que no tanto real—es tanta, la hostilidad de tal grado, las descalificaciones al candidato tan absolutas, que sería impensable que el mismo Pedro Sánchez que atribuyó a Rajoy todos los males del infierno tuviese dentro de un mes credibilidad para permitirle, con su abstención presente o futura, seguir en La Moncloa, sea a cambio de lo que sea. Tampoco creo que, a estas alturas, Sánchez sea sensible a las peticiones del centrista Albert Rivera, que era el único que trataba de impartir algo de concordia, tratando de ser puente entre las orillas incompatibles, y dé su brazo a torcer: ya solamente una revuelta en el PSOE contra su secretario general y parte de su Ejecutiva, que no me parece algo fácil, podría evitar esas terceras elecciones.

Ví este miércoles en los pasillos, poco antes de que se iniciase la votación –los métodos de la misma, por cierto, son arcaicos—que tuvo los resultados previsibles, que ese desánimo mío era compartido por casi todos los diputados con los que pude hablar, fuesen del grupo que fuesen: las elecciones de diciembre se admiten ya casi como un hecho. Ví a Rajoy resignado, casi divertido ante la catástrofe de la que tanto nos ha advertido; solamente perdió los nervios, y hasta cierto punto me pareció comprensible, con el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, ese Tardá que nos tiene acostumbrados a las mayores demasías en sus intervenciones en el hemiciclo: no puede haber un Gobierno ‘de progreso´ en el que los postulados de Esquerra condicionen una hipotética investidura del candidato socialista, si es que llega a presentarse: aceptar las tesis de Tardá desvirtuaría por completo al PSOE que conocemos.

Con Sánchez, Rajoy estuvo simplemente en modo oídos sordos; con Iglesias, hasta se intercambiaron piropos, tan lejos están. Y con Rivera, su aliado coyuntural, no deja de advertírsele incómodo, y a la recíproca, pero qué remedio. La propuesta del líder naranja, para que los socialistas se unan a ellos en la oposición parlamentaria, pero permitiendo la formación de un Gobierno que dejó claro que no le gusta, cayó en barbecho: nunca más se podrá ya dar alguna entente entre socialistas y Ciudadanos, básicamente porque Sánchez ya no comprende, o no quiere comprender, lo que Rivera dice.

Claro, así, el debate, que era más bien ya un guiño al electorado de diciembre, no sirvió de gran cosa. El resultado estaba anunciado, las razones y sinrazones que se expusieron eran de sobra conocidas, las intuiciones sobre lo que iba a decirse se cumplieron. La radiografía del país sería, por tanto, la que se enuncia en el titular de este comentario: siguen las dos Españas, que se embisten y nunca se invisten y, en medio, alguien que quiere hacer de bisagra y resultará atropellado por ambas partes, aunque él confíe, muy justamente, el llegar a presidir el Gobierno, otro muy diferente Gobierno, algún día. Mientras, los que no quieren estar en ninguna de las dos Españas miran complacidos el deterioro de lo que llaman ‘el Estado español’; así, encuentran más pretextos para predicar la salida. Para llorar, por muy optimistas que queramos sentirnos: no nos dejan espacio para el optimismo.