Siento vergüenza, y no culpo a todos de igual manera

Atrinchérese numantinamente cuanto quiera el ya no sé si aún secretario general del PSOE Pedro Sánchez, pero la suya es una muerte política cierta, y póngale usted un plazo de horas, más que de días. Heroica resistencia la suya, que, sin embargo, ahora se queda en empecinamiento de la nada y para nada. Su ‘no, no y no’ a la investidura de Rajoy, en la que el PSOE podría haber negociado ventajosamente -sobre todo para los intereses del país- una abstención, queda en agua de borrajas, en una tozudez que nos ha hecho perder a todos los españoles un año y que a Pedro Sánchez le va a costar figurar en las páginas negras de la historia de un gran partido, el que fundó Pablo Iglesias hace casi ciento cuarenta años, y a cuyo derrumbe asiste, seguro que con satisfacción, el ‘otro’ Pablo Iglesias.

Porque la desastrosa gestión de Sánchez en sus dos años y medio al frente del que sigue siendo el principal partido de la oposición ha sido tan nefasta que ha servido no solo para cuartear y crear odios irreconciliables en su propia formación, sino para fortalecer a las concurrentes, es decir, consolidar a Rajoy en el Gobierno -que es lo que él decía que trataba de evitar- y hacer feliz a Podemos con lo que ocurre en el interior del PSOE. Y, sin embargo, el horror de lo que está sucediendo en la sede de Ferraz y en las de todas las federaciones tiene al menos un lado optimista: se ha puesto fin al caos.

Sí, porque ahora el PSOE ya no puede, simplemente no puede, concurrir a unas elecciones, tal y como está: descabezado, desilusionado, dividido. ¿Quién sería el cabeza de cartel electoral? ¿Un Pedro Sánchez que se hace fuerte frente a los ‘barones’, frente a los veteranos, frente a parte de la militancia y frente, creo, a la mayoría de los votantes? ¿Dónde, con quién, haría Sánchez campaña electoral, en quién se apoyaría?

Pedro Sánchez, en efecto, se ha suicidado, pero que no espere que su guardia pretoriana también lo haga en masa. Pronto empezarán las deserciones de los más íntimos, convencidos de que la locura emprendida por su jefe -que no es de ahora- solamente les llevará al desastre, y poco ayudará al bienestar de la nación, que es mucho más importante que Sánchez, Luena, Hernando, Óscar López y todo el PSOE junto.

Así que no habrá terceras elecciones. Si se requiriese, porque la ‘rebeldía pedrista’ persistiese hasta un punto más allá de cualquier lógica, estoy seguro de que muchos diputados del grupo Socialista se abstendrían en una sesión de investidura de Rajoy, para facilitar que se forme Gobierno. Después, ya le llegará al PSOE el turno de regenerarse. De momento, ha perdido incluso la capacidad de ser una oposición constructiva, influyente, capaz de impulsar, en connivencia con Ciudadanos y ocasionalmente con Podemos, esas reformas que España tanto necesita. Esa ha sido la labor de ‘míster no’, que no halla sino palabras de reproche, unánimes, en los medios de comunicación, en los restantes partidos -que bastante conmiseración y elegancia, hay que decirlo, están teniendo, en general y pese a la locuacidad ocasional de alguno que yo me sé- y en los ámbitos internacionales. Que se vaya cuanto antes y deje que entre todos reconstruyamos una situación imposible.

Ahora es el turno de Mariano Rajoy. Una vez más, y confiemos en que no en vano, tenemos que pedirle que se muestre como lo que no ha sido hasta ahora, limitándose a ser un buen estratega: un estadista. Capaz de aglutinar un Ejecutivo que pueda hacer frente a esos desafíos que tan abiertamente lanza el independentismo catalán, que sea capaz de recuperar el prestigio perdido en el extranjero, la credibilidad de la clase política por parte de una ciudadanía literalmente, me parece, harta. Tenemos que lograr un Rajoy generoso, reformista al máximo, imaginativo, simpático para el votante y contribuyente. Que pueda aproximarse a la mejor parte del nacionalismo catalán, al Partido Nacionalista Vasco, que bastantes muestras ha dado ya de realismo, a Ciudadanos, incluso a Podemos*y a lo que salga de la lucha fratricida en la que los socialistas -y culpo básicamente a Sánchez en persona, para que nadie me acuse de ambigüedad- se han empantanado.
Creo, pues, que hay que ver esta situación como una oportunidad, no como una catástrofe. “La crisis en la mayor bendición que puede sucederles a personas y países porque la crisis trae progresos; la creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, dejó escrito Einstein. Pues eso, y digamos adiós, sin demasiada pena, es la verdad, a un Pedro Sánchez que ha pasado con bastante más pena que gloria, digan lo que digan esos que se reclaman, sin mayores títulos, como las voces de la militancia.

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