¡Es el sistema, estúpido!

Dicen que el miedo al cambio es el principio de la muerte, y que el cambio por el cambio, la muerte súbita. Yo diría que este, susto o muerte, es el dilema en el que se debate la España política cuando unas elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco inauguran un período en el que los españoles nos jugamos mucho más que comprobar si, efectivamente, Núñez Feijoo seguirá al frente de la Xunta e Iñigo Urkullu en la lehendakaritza vasca. Nos jugamos ni más ni menos que la supervivencia del sistema que nos dimos a partir de 1976, cuarenta años ya, cuando empezó a desmontarse el franquismo y a instaurarse la democracia. Nos tenemos, por tanto, que pensar muy bien qué es lo que vamos a hacer a partir de este lunes. Si es que a los de la sociedad civil, o llámela usted minoría silenciosa si quiere, nos dan la oportunidad de decidir qué es lo que queremos hacer, que no es que nos lo pregunten mucho, la verdad: porque ¿para qué diablos han servido las dos veces que nos han llamado a votar este año?.

La propuesta de ‘Gobierno alternativo’ de Pedro Sánchez es lo que va a sobrevolar nuestras vidas –bueno, acaso solo las de los cada vez menos que nos interesamos por el caótico devenir de esta política ‘made in Spain’–. Pero como el secretario general socialista ha evitado explayarse al respecto, porque huye de los medios de comunicación como de la peste, e incluso ha abierto un frente antimediático, no sabemos muy bien si en ese ‘Gobierno de progreso’ piensa limitarse a la ecuación imposible PSOE-Podemos-Ciudadanos, que ya le han dicho que no, aunque al menos ha logrado abrir una brecha interna en la formación morada, o va a ampliar su propuesta a unos ‘nacionalismos regenerados’.

O sea, a unos nacionalismos dispuestos, con tal de deshacerse de Rajoy y del PP en el Gobierno central, a ‘aparcar’ de momento sus exigencias de un referéndum secesionista en el caso catalán, que por cierto ya están aparcadas en el caso vasco: ¡quién nos iba a decir, no hace tantos años al fin y al cabo, que Euskadi se iba a convertir en un ejemplo de calma, cooperación y estabilidad para todo el resto de España! Y eso lo ha hecho un hombre, Urkullu, sin demasiada cooperación, por cierto, desde el Estado, más allá de no poner en cuestión concierto y cupo económicos.

Sobre lo que no se ha insistido lo bastante, a mi juicio, es en que ese ‘Gobierno Frankenstein’, como lo definió Pérez Rubalcaba (con cuyos editoriales periodísticos parece que está bastante enfadado Pedro Sánchez), acabaría de golpe con el sistema: hablamos de incluir en él, por acción o por omisión, a formaciones que ni siquiera acuden a las preceptivas consultas del Rey previas a la investidura, y cuyos intereses pasan, muy legítimamente por cierto, por el fin de la Monarquía y la desmembración territorial de España.

Eso será legítimo, pero no estoy seguro de que sea exactamente lo que votó la inmensa mayoría de quienes apoyaron al PSOE con su sufragio. Y debería pensar Sánchez en que ninguno de sus predecesores, ninguno, ni Felipe González, ni Almunia, ni Zapatero, ni Rubalcaba, ni un solo medio de comunicación que realmente cuente, ni una institución, ni uno solo de sus ‘barones’ territoriales, con la excepción casi anecdótica de la balear Francina Armengol, respaldaría ese plan. Ni respaldaría poner el futuro del PSOE en manos de una minoría de la cada vez más exigua militancia, porque la cuasi-mayoría ni siquiera acudiría a la llamada a votar los planes del secretario general. Y el tan pospuesto congreso, ahora, despedazaría al que sigue siendo, de manera crecientemente precaria, segundo partido de la nación.

Sánchez, lanzado a una actividad que él, y quienes le aplauden en sus mítines y una parte de su Ejecutiva, dicen beneficiosa para el país –librarnos de Rajoy y de la corrupción del PP, etc–, no parece darse cuenta de que estamos cayendo en el peligro del ‘tsiprismo’ o del ‘portugalismo’, con el agravante de que en España se dan problemas institucionales y territoriales que en Grecia y Portugal ni siquiera se plantean. Y que España es el cuarto país en importancia cuantitativa de Europa. Aquí, el riesgo es que se haga tabla rasa del conjunto del sistema, desde la Corona, cuya preocupación en este sentido es evidente, hasta algunas costumbres sociales establecidas desde hace tantos años.

Me parece que muchos, en el propio PSOE, piensan que estamos preparados para reformas en profundidad, pero no, desde luego, para eso. Yo creo que, más que a la militancia, Sánchez, si quiere ser justo, libre y benéfico en verdad, y no mirar simplemente a presuntos intereses personales, debería apelar también a los simpatizantes y votantes del PSOE: a ver qué opinan de la disyuntiva que, tal vez sin querer, está abriendo. Las dos Españas ahora se definen así: la que apuesta por el mantenimiento, con reformas más o menos en profundidad, del sistema, y la que quiere derribarlo.

En ese dilema del ser o no ser se debaten ahora Pedro Sánchez, que no tiene la suficiente talla de estadista como para protagonizar tal disyuntiva, el PSOE, que no parece tener claro por dónde tirar sin perder mucho de lo conseguido, que es cada vez menos, y creo que una parte de la sociedad española. No esos once millones y pico que votaron al PP y Ciudadanos, que parecen tenerlo claro. Pero sí una parte importante de quienes apoyaron en las urnas al propio PSOE y a otras formaciones, en las que incluyo a Podemos, como estamos viendo en el interesantísimo debate interno que aflora en la formación morada, y a la propia Convergencia Democrática de Catalunya, o como se llame ahora lo que dejó vivo la impericia y el personalismo de Artur Mas. Un ejemplo, por cierto, hacia el que yo creo que debería mirar con mucha atención el señor Sánchez, con perdón.

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