Lo confieso: no entiendo a Sánchez

—-

((Lo confieso: de los cuatro, que ya se ve que muy guapos y estilizados, a Sánchez es al que menos entiendo))
——

Comprendo que el hecho de que uno, que no es nadie, diga que no entiende a Pedro Sánchez, al secretario general del PSOE y candidato a lo mismo y a la presidencia del Gobierno de España, eso le importe un pito. Aunque, la verdad, seamos legión los que, desde posiciones que algún día fueron de simpatía hacia él, afirmamos ahora nuestra incapacidad de saber a qué diablos responden sus salidas.

Cierto que uno, en su ignorancia, creyó, desde hace años, que una gran coalición entre Partido Popular y PSOE, ahora con el aditamento de Ciudadanos, hubiese sido una buena fórmula para resolver incluso problemas territoriales (y económicos, y sociales, y meramente legales) enquistados en el cuerpo nacional.

Cierto también que, a la vista de la coyuntura lamentable, y oído reiteradamente el ‘no, no y no y qué parte del no, etc’, uno hubo de acomodarse a la propuesta de Albert Rivera, consistente en permitir la investidura de Rajoy y, desde el Parlamento, con una mayoría de oposición PSOE-Ciudadanos, contando ocasionalmente para cuestiones puntuales con Podemos (o con los nacionalistas, por qué no), obligar al Ejecutivo minoritario de Rajoy a realizar las grandes reformas, incluso constitucionales, que el país necesita. Desde esa mayoría de oposición se hubiese podido reformar la Constitución, forzar negociaciones con los nacionalismos en busca de soluciones territoriales, cambiar la normativa electoral…e incluso, a medio plazo –año y medio–, sustituir al propio Rajoy por otra figura al frente de su partido y del Gobierno. Y luego, entonces sí, nuevamente a elecciones, pero ahora con las cañerías legales y constitucionales reforzadas y reformadas, para que nunca vuelva a ocurrir lo que ahora nos está ocurriendo.

Hasta ahora, todo eso lo he comprendido y compartido. Mi incomprensión comienza en ese ‘no’, inicialmente sin abrir puertas alternativas. Y continúa ahora, cuando la alternativa propuesta por Sánchez, de manera algo difusa –ha evitado los contactos demasiado ‘explicativos’ con los medios de comunicación–, es la de un Gobierno ‘de progreso’ para echar al del PP, aunque sea este último quien ganó las elecciones de diciembre y de junio.

Ese Gobierno alternativo no podría ser uno presidido por el PSOE, completado con Ciudadanos, antigua aliado de los socialistas y luego de los ‘populares’, y con Podemos, que tiende las manos que haya que tender…excepto a Ciudadanos, con el que nada tiene que ver la formación morada. Y viceversa. O sea, imposible esa fórmula.

Así que el ‘Gobierno alternativo’ tendría que contar con PSOE, Podemos, PNV, Partido Demócrata catalán (antigua Convergencia) y la abstención ‘pactada’ de Esquerra Republicana y quizá de Bildu…suponiendo que pudiese contar con el disputado voto de Coaliciòn Canaria, que hasta ahora se lo ha venido dando a Rajoy.

La gente cuenta y recuenta en esa amalgama de escaños socialistas, morados, de formaciones asociadas con Podemos, nacionalistas y separatistas, a ver si sale la mayoría para la investidura. Nunca se han hecho, en el mundillo político, tantas sumas y restas. Como dice Rajoy, las matemáticas apoyarían esta solución que Sánchez contempla: tendría un voto más, en el mejor de los casos, que el conglomerado PP-Ciudadanos.

La lógica de lo que debe ser un Gobierno cohesionado, en cambio, no la apoya. Puede que la realidad tampoco, porque he escuchado a Iñigo Urkullu mostrarse muy reticente a la ‘fórmula Sánchez’, y a los nacionalistas catalanes –no digamos ya a Esquerra—negándose a apearse de la exigencia de un referéndum de autodeterminación para Cataluña, una exigencia que el Comité Federal del PSOE rechaza con una tajante ‘línea roja’. Así que imposible de toda imposibilidad. Salvo que el máximo órgano socialista entre congresos cambie de opinión, que no creo.

¿Entonces? Pues puede que Sánchez esté desafiando a la ley de la gravedad, que está a punto de hacerle caer, a base de juegos en el trampolín. Puede que quiera afianzar, ya que no el sillón en La Moncloa, sí al menos el de su despacho de secretario general en Ferraz, porque se cree respaldado mayoritariamente por la militancia, que apoyaría suficientemente sus tesis en una consulta o/y en un congreso, que los ‘barones’ rechazan de manera tajante. Porque hemos descubierto estos días el imparable enfrentamiento, hasta ahora más bien soterrado, entre Sánchez y algunos de los presidentes regionales de su partido: Asturias, Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura, quizá Valencia. Le queda como aliada territorial la presidenta de Baleares, además de los secretarios/as de Euskadi, Galicia y Castilla y León. De los demás tenemos noticias difusas y confusas.

Un lío, vamos. Nada menos que el secretario general enfrentado a los ‘barones’, a los veteranos, a una parte de su propia ejecutiva federal y a varias federaciones. Haciéndose fuerte en la comisión permanente de esa Ejecutiva, en algunos asesores…y en la militancia, que vaya usted a saber por dónde saldría si le presentasen las cosas de una manera completa, con todos los pros y los contras, y no con una mera pregunta que redactaría el preguntante, o sea, Sánchez, tipo ‘¿apoya usted que hagamos lo posible por echar a Rajoy de La Moncloa’?. Es lo malo de esas consultas: que, a veces, según los intereses de quien las plantea, todo se simplifica demasiado.

Añádase a todo esto el haber cosechado los peores resultados electorales en la historia del PSOE y la previsión de que, si hubiera unas nuevas elecciones en diciembre –de lo que se culparía mayoritariamente a los socialistas–, el partido de Sánchez podría empeorarlos aún más: dejaría, así, al país en manos de Rajoy, sin posibilidad de que la oposición interviniese en posibles reformas, unas reformas que tanto cuestan al inmovilista presidente ‘popular’. Y potenciaría el papel de acicate ‘reformista’ de Ciudadanos.

Mézclese todo ello y tendremos el balance de dos años al frente de la secretaría general de un partido que, en las dos próximas semanas, o menos, se juega hasta la supervivencia como formación importante. Eso sí, con Sánchez al frente. Ni Artur Mas, en sus momentos más errados, fue capaz de causar tanto destrozo. Lo digo, claro, desde la incomprensión. Porque digo yo que por algo aplaudirán los suyos tanto a Sánchez en los mítines electorales: pensarán que, por fin, ‘las izquierdas’ –Sánchez dixit, contraponiéndolas a ‘las derechas’– van a mandar en España. Pues con estos mimbres, insisto, sigo sin entenderlo. Limitado que soy, limitados que somos unos cuantos, puede que muchos.

fjauregui@diariocritico.com

Deja una Respuesta