¿SE nos está quedando Rajoy viejo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/12/14


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(lo de Daniel Pérez Berlanga, lanzando su coche contra la sede del PP ‘armado’ con un par de bombonas de butano, para así protestar ‘contra los políticos’, es de película de Torrente. O del propio Berlanga. Lo del ‘pequeño Nicolás’, negándose a declarar ante el juez y dando una rueda de prensa a la salida de los juzgados, está entre Almodóvar y Valle Inclán. Lo de Rajoy taponando el cambio tiene que ver con un personaje de Buñuel. ¿Por qué nadie se ajusta aquí a los moldes normalizados de Trueba o Garci, por ejemplo? Tenemos en España muestras que no pasan necesariamente por Dalí, ni por el absurdo ni por lo histriónico)
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Este es un país casi de Torrente. Entre lo surrealista y lo pánico, pasando por el teatro del absurdo. Todo lo que se nos va quedando viejo. Es impresionante el proceso de renovación que se está forzando –porque no se renueva desde el Gobierno, sino desde abajo– en este país nuestro. Ahora, quien está en riesgo de quedarse viejo es el propio Rajoy, que no propicia lo nuevo. Y eso, a mi entender, es peligroso. Porque, al fin y al cabo, Rajoy, que es una figura respetable aunque no sea un estadista, representa el poder: el Gobierno, el BOE, el Ministerio del Interior, el de Defensa, las relaciones exteriores, la acuñación de moneda…. Todo eso está ahí, y es Mariano Rajoy quien lo representa, dicen que en nuestro nombre. No en el mío: yo quiero un proceso de cambios mucho más acelerado, quiero ilusión en la gobernanza, quiero otra forma de gobernarnos a los ciudadanos, que no somos súbditos, a ver si se enteran. Y a ver si se enteran también de que estamos ya, hemos estado durante todo 2014, en una dinámica diferente, que no puede ser tratada como si no ocurriese nada.

(y si puedo decir esto, temer que Rajoy se nos esté quedando viejo, es porque acumulo ya algunos trienios como para poder opinar qué es lo viejo. Atención, que pronto lanzo mi libro de memorias, Dos mío, ya mis memorias…)

La felicitación del Rey

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/12/14


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Pues qué quiere usted que le diga: la felicitación navideña del Rey me ha parecido…correcta, pero no innovadora. Hay que aprovechar, en estos tiempos que corren, todas las oportunidades para comunicar. Y con esta felicitación no se comunica, creo

RAJOY: PLAN ‘SIMPATÍA EN SIETE DÍAS’

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/12/14

Me dicen que Rajoy va a tratar de mostrarse más simpático, más cercano. Están alarmados por el descenso en la popularidad del PP, en general, y de su presidente, muy en particular. Si realmente quiere, y parece que quiere, presentarse a las elecciones de dentro de un año, mucho va a tener que sonreir y no a través del plasma.

http://www.diariocritico.com/nacional/partido-popular/mariano-rajoy/elecciones/reforma-constitucional/artur-mas/gran-coalicion-pp-psoe/467929

Le ha tocado ahora a Sergio Martín; mañana…

Enviado por Fernando Jáuregui | 07/12/14

Este es el comentario que acabo de enviar, tras ver unas hojas sindicales que me parecen desafortunadas, a la sección de opinión de Diariocrítico:

Ahora atacan al mensajero

Fernando Jáuregui

Sí, quiero salir en defensa de Sergio Martín, director del Canal 24 Horas, atacado en estos momentos con dureza sin igual por uno de los sindicatos que operan en RTVE. Sí, soy uno de los ocasionales tertulianos –dos veces al mes voy por allí—del canal, no colocado por Sergio, ni por su estupenda antecesora, Ana Ibáñez, ni por el antecesor de la antecesora, mi amigo Xavi Fortes, ni por el antecesor del antecesor…Supongo que ahí estoy, ahora con menos frecuencia que antes, y que otras veces no he estado, porque las cosas son así: no me hablen de enchufes, ni de peloteo: creo llevar suficiente tiempo en esta profesión como para situarme por encima de alfilerazos y bajezas. Por mi parte, me siento cómodo en ese programa, prestigioso y prestigiado por noches de intenso debate, de entrevistas sin maquillaje. He dicho siempre allí lo-que-me-ha-dado-la-gana y con Sergio Martín las cosas no han sido diferentes.

Sabía, desde tiempo atrás, del deseo del director del Canal 24 Horas por llevar a Pablo Iglesias al programa. No ha sido, contra lo que dijo el propio Iglesias, una especie de imposición de los trabajadores de la ‘casa’ frente a los deseos de la ‘casta’. Estuvo allí el entrevistado mucho más tiempo de lo que suelen estar los representantes de otras formaciones políticas. Y los tertulianos que le hicieron preguntas no eran, contra lo que sugieren algunas hojas sindicales, unos especialmente elegidos por su afinidad con la dirección de la ‘casa’, sino los habituales de los viernes. Quizá unas preguntas fueron más afortunadas que otras, quizá algún tono más desabrido que otro, pero eso, señores, está en los papeles de la libertad de expresión: yo le pregunto a usted lo que me parece bien, aunque me equivoque, y usted me contesta lo que quiere, aunque yerre.

Me contaron luego dos participantes los entresijos del programa, dominado por una tensión que jamás provocaron, hasta ahora, los entrevistados (ni los entrevistadores): el clima siempre había sido bueno, preguntase lo que preguntase Sergio, preguntásemos lo que preguntásemos los tertulianos. No es posible, simplemente no es posible, desarrollar una tarea periodística bajo la presión que algunos quieren ejercer sobre quienes hacen los programas informativos, tengan la tendencia que tengan. Y no quiero referirme ya a las campañas que se montan, perfectamente organizadas, en las redes sociales.
Prefiero un programa bajo la sonrisa inteligente que con gestos hoscos y enfrentamientos desabridos: eso ni mejora la calidad del programa, ni la de la entrevista en cuestión, ni la de la libertad de expresión.

Siento el mayor de los respetos profesionales hacia Sergio Martín, y sospecho que esta defensa me traerá más problemas –que no busco—que ventajas –que tampoco busco–. Simplemente, reivindico mi derecho a ejercer el periodismo en libertad, y también el suyo, aunque sea en una casa en la que, entre unas razones y otras, el clima puede llegar a ser asfixiante. Y no es eso lo que los periodistas que trabajan allí, o los que esporádicamente colaboramos allí, quieren, queremos, o necesitan, necesitamos.

Véase que no entro aún en el fondo de la cuestión, por qué allí Pablo Iglesias y no en otros programas –él quiso aplazar su presencia en los desayunos, y estaba en su perfecto derecho–, o la, a mi modo de ver, discutible postura del líder de Podemos frente a los medios de comunicación, públicos y privados. Siento respeto por Podemos, una formación con un millón trescientos mil votos constatados en las urnas –otra cosa es lo que luego mejoren las encuestas las perspectivas—y, por eso mismo, espero que no se equivoquen más de lo que lo están haciendo, contribuyendo, de paso, a crear un marco revanchista en el seno de mi propia, ya bastante zarandeada, profesión, y en el conjunto de la sociedad. Es obvio que yo no les votaré, en principio y a menos que cambien mucho las cosas, y ya sé que yo tampoco les gusto a ellos (no me han dado ni una oportunidad informativa); pero creo que Podemos es un revulsivo necesario, un factor para acelerar que otras fuerzas promuevan cambios. Hasta ahí: no les quiero gobernando, porque me parece, la verdad, que serían un desastre.

Pero ahora no es esa la materia a tratar. Claro que me hubiera encantado ser uno de los entrevistadores de la noche del viernes. Pero temo que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, me hubiera caído encima el mismo tiroteo que les ha caído a mis compañeros, hayan preguntado mejor o peor, me caigan a mí mejor o peor. En determinados medios, ya no se sabe si la presión viene de los despachos o de los pasillos. O de los propios protagonistas políticos, a los que el victimismo les resulta bastante rentable. Iglesias cree que puede ser entrevistado, líder político y tertuliano en régimen de igualdad con quienes le preguntan. Y eso, señor Iglesias, usted ya no puede hacerlo. Son, como usted mismo dice, otros tiempos. Y, claro, ya no puede uno refugiarse exclusivamente en medios amigos, donde, por cierto, una entrevistadora también le ganó a usted la partida: ¿se pueden hacer cosas en las privadas que no se pueden en las públicas?.

Hoy he visto en una encuesta que Podemos retrocede algo en expectativa de voto. No me extraña, y me parece hasta lógico: no por lo que hayan hecho o dejado de hacer los Errejón –hemos exagerado no poco este episodio—de turno. Ni porque nos hayamos inventado no pocas maldades para echárselas encima a esta formación-milagro, capaz de colocarse a la cabeza del cartel electoral sin programa, con ideas cambiantes y con líderes no consolidados. Es que yo pienso que Podemos tiene que ocupar el sitio que le corresponde en el abanico partidario, y que acaso ya ha cumplido su papel de patada en las espinillas carcomidas de –está bien, lo acepto—‘la casta’. Ahora, sin duda va a redimensionarse, a pasar por el aro normativo que les toca a los demás, a tener que aceptar preguntas incómodas, molestas o, si usted quiere, hasta inconvenientes o desafortunadas. Pero así es la cosa, y no va a ser fácil, ni es deseable, hacer tabla rasa con todo lo existente, ni con el ‘corsé del 78’ que a muchos nos gustaría reformar, pero no derribar: costó mucho llegar hasta donde llegamos.

Por lo demás, Sergio, si me estás leyendo, adelante. El papel es difícil, pero como decía Goethe, a las estrellas se llega a través del camino áspero. Que es el que trazan los que observan pero nunca hacen, los que atacan pero jamás empujan el carro, los críticos que jamás escribieron obra alguna, los censores sin remedio. Puede que todos ellos sean precisos para mantener un equilibrio social y hasta moral, pero no por ello hay que apresurarse a tirar toallas.

Hoy por hoy, Rajoy; mañana, lo que haya…o sea, X

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/14

Puede que algunos juzguen este comentario políticamente incorrecto, con la que está cayendo. Algún miope pensará que incurro en peloteo: no será por lo que frecuento los aljibes monclovitas. Mariano Rajoy ni siquiera me da la palabra en las escasas ruedas de prensa que protagoniza, y soy de los pocos discriminados. Así que, si defiendo a Rajoy, tan alanceado en estos momentos, sobre todo por algunos de los suyos, no es, desde luego, por interés propio, ni, menos aún, por diferenciarme de tantos como ahora, desde una especie de ‘tea party’ en versión ‘popular’, exigen más acción al presidente del Gobierno; en el sentido, claro está, de que emplee la mano dura contra Artur Mas, contra cualquiera que hubiese abierto el domingo los colegios para votar en Cataluña y, si me apuran, hasta contra quienes figuraban en las colas de votantes que yo ví en Barcelona aguardando para depositar su voto.

Me congratula que Mariano Rajoy se muestre mucho más templado que sus críticos internos. Empieza a darse la paradoja de que la oposición que representa Pedro Sánchez, el aún bastante flamante secretario general del PSOE, está más cerca del jefe del Ejecutivo que algunos de los suyos, al menos en cuestiones como lo que haya de hacerse a partir de ahora en y con el llamado ‘problema catalán’. O sea, con Artur Mas y los suyos y, desde el domingo, con casi dos millones de personas que dijeron ‘sí-sí’ a la independencia en una votación claramente sin garantías y con ribetes absurdos, pero que, sin embargo, no la invalida moralmente. No del todo, al menos.

Si yo tengo alguna crítica que hacerle a Rajoy –y tengo bastantes—comenzaría por achacarle lo mismo que sus detractores desde las posiciones más duras de la derecha: su inmovilismo. Pero yo lo critico en sentido contrario: ha de movilizarse a favor de una negociación mientras aún sea tiempo y la intransigencia poco cerebral de Artur Mas y sus mentores de Esquerra no cierren cualquier posibilidad siquiera de contacto. ¿Es correcto agotar los tiempos, como hace el presidente, dando la sensación de que no se hace nada? ¿Es eso lo que le aconseja el denostado –por los que digo—Pedro Arriola?¿Es lo que critica a su sucesor, sin decirlo ante los micrófonos, José María Aznar?

Pero, hoy por hoy, Rajoy. Aunque suene a mal pareado. Ya llegarán las elecciones y el tiempo de ajustar las cuentas que haya que ajustar. El Partido Popular, con un grupo parlamentario probablemente más sólido que su propia estructura partidaria y aunque se perciban claras vías de agua bajo el casco del elenco ministerial, sigue siendo la formación más consecuente…todavía. Y Rajoy sigue siendo probablemente el único que puede liderarla, el único que puede llegar a acuerdos con el PSOE y, acaso, también con Convergencia i Unió. El tiroteo interno, ya sea a cuenta de la no-ley del aborto o de su ‘blandura’ el domingo en Cataluña, me parece peligroso y poco razonable. Confío en que todo esto no esté haciendo mella en su ánimo, de la misma manera que confío –lo hago desde hace tiempo, procurando no desmayar ante lo que veo, o, mejor, no veo—en que perciba la urgencia de gobernar de otro modo. No para que suban sus bajos índices de aprecio entre los ciudadanos, como muestran las encuestas, sino por el bien de todos nosotros. En una ocasión escribí lo mismo, dedicado a Pedro Sánchez, y ahora se lo digo, sin demasiada esperanza en que lo lea, al presidente del Gobierno: Mariano, no nos falles…más.

(por cierto: tras haber publicado este comentario, La Moncloa anuncia, pasadas las ocho de la tarde, que Rajoy dará una rueda de prensa este miércoles. ¿Me dejará preguntar esta vez? Este editorial de urgencia se publicará mañana en Diariocritico:

Rajoy, en el cabo de las tormentas

Tres días ha tardado Rajoy en reconocer su error y comparecer –lo hará este miércoles, a mediodía, en Moncloa—ante los medios para hablar, se supone, de lo que, a su entender, ha significado la jornada del pasado domingo, 9 de noviembre. No parece que vaya, en todo caso, a apartarse mucho de lo que ayer dijo la vicepresidenta Sáenz de Santamaría en el Senado: las decisiones ahora, acerca de si hubo ilegalidades, cuántas y de quiénes, en la convocatoria del 9-n, corresponden a la Fiscalía, a la que se pone, de paso, en un brete. El Gobierno está dispuesto a negociar con Artur Mas, pero no dará un solo paso para facilitar la marcha de Cataluña hacia la independencia. Y, por cierto, insistirá Rajoy, votaron el domingo dos millones doscientos cincuenta mil, y se quedaron en casa cuatro millones.

Si esta es, en efecto, la repuesta –tardía–, no llega solamente tarde: es insuficiente. Todo lo que no sea abrir un proceso de diálogo en el que, sin ceder nada de lo que no se pueda constitucionalmente ceder, se tiendan manos de acuerdo a la Generalitat. Claro que aún es posible hacerlo, pese al patente empecinamiento de Artur Mas, que cada día aparece más rehén de Oriol Junqueras y de Esquerra. Hay fórmulas de entendimiento, incluyendo esa reforma constitucional de la que hablan el PSOE, otros partidos y no pocos dentro de un PP alborotado.

Escuchemos atentamente a Rajoy. Al menos, ha dado marcha atrás en su pertinaz silencio y, antes de irse a las antípodas, nos habla.

Una quiebra para el Estado

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/11/14

Escribo agotado, recién llegado de Barcelona, de madrugada. Rehago el editorial que escribí esta mañana, y que, tras los resultados del 9-n, ya apenas sirve de nada. Así que este es el resultado:

Las cifras de las urnas son inapelables: a Artur Mas le salió bastante bien la jornada del 9-n. Una votación de más de dos millones doscientas mil personas, de las que el ochenta por ciento dijeron ‘sí’ a la independencia, tiene que hacer meditar al atribulado inquilino de La Moncloa. Y a todos nosotros. Que Mariano Rajoy se la jugó este domingo de extraña, atípica, no oficialmente reconocida, votación en Cataluña, es obvio. Aunque no se la ha jugado tanto como Artur Mas, de quien nadie sabe muy bien qué hará a partir de este lunes, una jornada que habría de marcar el inicio ‘formal’ de una negociación entre la Generalitat y la Presidencia del Gobierno central (porque informalmente siempre ha existido tal negociación, claro está). ¿Se lanzará ahora Mas de cabeza a la búsqueda de la independencia? Creo que no podría cometer mayor error. También creo que es bastante probable que lo cometa.

En apariencia, los dos, Rajoy y Mas, han logrado salvar la cara para llegar más o menos vivos hasta el 9-N: el primero ha logrado que no se dé ese ‘referéndum secesionista’ que el president de la Generalitat anunció incluso por carta a los primeros ministros europeos; Mas ha salido mejor parado: consiguió que, al menos, hubiese urnas en los colegios, que no se reprimiese a los voluntarios que organizaron la jornada electoral y tampoco a los catalanes que quisieron ejercer su ‘derecho al voto’, impulsado por las instancias oficiales y por los medios de comunicación ‘catalanistas’. Al final de la jornada, el president de la Generalitat, acompañado por la vicepresidenta, Joana Ortega, pudo salir triunfante ante los micrófonos: era su momento de exigir, ahora sí, un referéndum ‘formal’ a Madrid, cuya “miopía política” lamentó.

En Madrid, tan solo aparecía ante los medios, y sin responder a pregunta alguna, el flamante ministro de Justicia, para tachar el 9-n de “simulacro estéril” sin validez. Una reacción muy liviana y descomprometida ante la avalancha de votantes que pude ver en las largas colas que aguardaban para ejercer su ‘derecho al voto’ en los colegios catalanes. Pienso que el Gobierno central no se esperaba estos resultados de un lluvioso 9 de noviembre. Alguien cercano al Ejecutivo me confesó anoche que el Estado, al menos en su concepción tradicional, acababa de sufrir un quebranto. Es la hora de los estadistas para remendarlo.

Pero ninguno de los dos, ni Mas ni Rajoy, ha mostrado ser un estadista. Tendrán que procurar serlo ahora, tras la jornada ‘electoral’ de suficiente normalidad y bastante escasez de incidentes de este domingo, en el que casi lo de menos ha sido el alto grado de participación de la gente en un acto sin trascendencia jurídica alguna, pero con un significado indudable: lo más llamativo es que sí se votó y que se ha sentado un precedente. Ambos, Rajoy y Mas, se han dejado pelos en la gatera, como no podía ser de otra manera. Rajoy ha hecho gala de prudencia, de contención, de mesura, pero no de ideas para liderar una situación que, reconozcámoslo, le ha estallado en las manos sin haberla provocado, más allá de sus errores de comunicación con Mas ya a raíz de aquella Diada de 2012. Artur Mas se ha alejado de sus socios, Esquerra republicana e ICV, ha provocado grietas en la coalición con Unió y tensiones internas en su partido, Convergencia, que ahora aparece en las encuestas como claramente minoritaria frente a Esquerra, una Esquerra recelosa y mosqueada ante las informaciones que hablan de que la negociación entre Generalitat y Gobierno central no se ha interrumpido en ningún momento.

Si Artur Mas logra evitar una convocatoria anticipada a unas elecciones autonómicas, que es de temer que ganaría Esquerra, se podrá ir tejiendo un mantel de normalidad que tape tensiones secesionistas y otorgue algunas ‘cosas buenas’ a Cataluña: ahí están, sobre la mesa e intocadas, las veintitrés peticiones que Mas se llevó a Madrid en su cita monclovita de finales de julio pasado. Hay que hacer algo, desde ‘Madrid’, que le sirva a Mas para blandirlo ante el electorado, ahora que ha salido bastante triunfante de la prueba, recuperando terreno frente a la intransigencia de ERC, que es el auténtico peligro para Convergencia, para Unió, para el Estado central y, desde luego, para la empresa, la burguesía y las clases medias catalanas: ¿qué sería de Cataluña con un Govern exclusivamente en manos de Esquerra? Eso, en Barcelona, desde donde escribo, se lo preguntan todos. Menos, claro está, ciertos portavoces institucionales, algunos medios y las sedicentes representantes de una parte de la sociedad civil.

Esa será precisamente una de las bazas negociadoras: que las ‘esteladas’ en los balcones sirven, lo mismo que la Diada, para una jornada festiva en la que la gente se acerca a los ‘colegios electorales’ en medio del paseo dominical. Pero luego viene la dura realidad, la economía, la necesidad de mantener el estado de bienestar, la ‘marca Cataluña’ en el mundo, las buenas relaciones con los vecinos aragoneses, valencianos, con el resto de los españoles, que compran productos catalanes, establecen oficinas en Barcelona y hasta, como ha ocurrido este fin de semana desde un recinto especializado en Madrid, ‘exportan’ ejemplares de aves en peligro de extinción a las montañas catalanas. Las relaciones, a todos los niveles de la vida civil, existen y florecen, pese al clima enrarecido oficialmente.

Es decir, ahora habrá que gestionar, desde la anormalidad máxima que hemos vivido, la normalidad. Que el Rey pueda visitar cualquier localidad catalana sin incidentes ni gritos, que Rajoy pueda acudir a Sant Jaume lo mismo que Mas a La Moncloa, que los ministros inauguren cosas en tierras catalanas, que los parlamentarios catalanes en las Cortes se produzcan sin estridencia alguna. Que funcionen las instituciones autonómicas, todo lo reforzadas que ustedes quieran, pero que son parte del Estado autonómico al fin. Y que las familias catalanas puedan, de nuevo, hablar de política en la paz del hogar entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanos, entre amigos de toda la vida que ahora callaban ante ciertos temas o se enemistaban por esos mismos temas.

¿Qué hace falta para conseguirlo? No mucho, la verdad. Diálogo, diálogo, diálogo, sin aferrarse a ese incómodo ‘legalidad, legalidad, legalidad’ tan empleado por Rajoy, ni a ese ‘sí o sí’, tan cazurro, de Mas, el hasta ahora rehén de Oriol Junqueras…aunque negociaba secretamente, bajo cuerda, con ‘Madrid’, es decir, con, entre otros, el todopoderoso asesor de Rajoy, Pedro Arriola. Dígame usted, amable lector, si no hay motivos para un cauto optimismo: nada puede ser peor, por lo que tendrá que mejorar a partir de ahora. Mucho depende, claro, de ese Rajoy de quien los viajeros a La Moncloa dicen que está acorralado y pensando no tanto ya en las elecciones municipales y autonómicas cuanto, mucho más a corto plazo, en esa comparecencia parlamentaria del próximo día 27 –otra valla en la carrera—para detallar cómo diablos va a luchar contra la corrupción quien no ha podido lograr ni la dimisión del viajero extremeño Monago.

Y mucho depende también, desde luego, de ese Artur Mas desgastado –aunque, con la euforia del domingo noche, él no se haya dado cuenta aún–, que no ha hecho, contra lo que él piensa, ningún favor a Cataluña con todo lo que ha montado, aunque aún pueda obtener algunas ventajas para esta Comunidad. Realismo, realismo, realismo, ha de ser ahora, por fin, la consigna. Aunque, vistas las cosas sobre un pedestal de dos millones doscientos cincuenta mil votos, la realidad pueda deformarse un tanto.

Lo de Mas es de locos

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/14



Lo de Mas es de locos

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/10/14

Esto de Artur Mas es ya de locos.. Esa consulta no llega ni a encuesta con un mínimo valor demoscópico. ¿Cuánto dinero malgastará la Generalitat en esa charlotada? . Y conste que a Rajoy se le puede acusar de muchas cosas. Pero el desgobierno que le critica Pedro Sánchez ya no abarca a las insanias del molt honorable, que está para que le encierren. En cuarenta años de mirón político no había visto cosa semejante.

Cuando un Gobierno decide (o no) tomar la iniciativa…

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/10/14


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(la vicepresidenta, figura sin duda de valía, ¿va para alcaldesa?¿para primera ministra cuando se produzcan, si se producen, acontecimientos?¿saldrá con bien –espero que sí– de la prueba de la lucha contra el ébola? Atención a los próximos días)
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Da la impresión de que el Gobierno reconoce implícitamente que ofrece la sensación de haber perdido el control en temas importantes, y no solamente en la gestión de la crisis del ébola. Ha decidido impulsar la imagen de que pasa a la ofensiva. La creación de un comité especial de seguimiento para prevenir la extensión de cualquier contagio de ébola, presidida nada menos que por Soraya Sáenz de Santamaría, ha sido un primer aldabonazo. Como la presencia, con cuatro días de retraso, de Mariano Rayoy en el alterado hospital Carlos III, ha sido una segunda llamada de atención. Aseguran fuentes gubernamentales que probablemente, pese a la alergia de Rajoy a los cambios en su elenco ministerial, se producirá un ‘segundo cambio’, incluso a corto plazo, en el Ejecutivo, tras el aún reciente abandono del titular de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Es decir, que la titular de Sanidad, Ana Mato, que está en horas bajas, incluso anímicamente, dimitirá o será elegantemente cesada.

Claro que la ofensiva gubernamental va más allá del Carlos III o del feo edificio que alberga al Ministerio de Sanidad en las cercanías del Congreso de los Diputados y en el que Mato pasea su desconcierto. “No queremos que parezca que el país entero se paraliza porque se haya dado un caso, todo lo lamentable que se quiera, de una enfermera contagiada de ébola”, me dijo este viernes un alto cargo gubernamental, que no ahorró críticas a la gestión ‘de comunicación’, solo de comunicación, advirtió, de la tragedia que afecta a Teresa Romero. Por ello, es previsible que el Gobierno dé un impulso a otros aspectos de la gestión del país, desde la consulta catalana hasta la pretensión de celebrar un referéndum sobre prospecciones petrolíferas que alienta el Gobierno canario que preside el cada vez más ‘nacionalista’ Paulino Rivero.

Mariano Rajoy ha querido que el control del principal problema, al menos mediático, que afecta ahora al país pase a buenas manos: a las de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la ‘número dos’ que se va convirtiendo, además de en una bastante eficaz portavoz gubernamental en un Gobierno en el que abundan los silencios, en un parche para casi –casi—todas las heridas. Es ella la que viaja a Cataluña para dar la imagen de que existe una presencia del Estado, ella la que ataja rumores, ella la que se desmarca de algunas acciones que proceden del partido, el PP, con cuya secretaria general es obvio que no mantiene una buena sintonía, por decir lo menos. Así, fue notable la frialdad con la que la ‘número dos’ del Ejecutivo trató el relevo en la presidencia de RTVE, que desde la Moncloa insisten, distanciándose, en que “es cosa de Génova”.

Me parece posible que este domingo, cuando se producen los fastos de la fiesta nacional, tengamos nuevos indicios de por dónde van los pasos futuros del Gobierno que preside, desde la extrema discreción, Mariano Rajoy. La recepción posterior al desfile congregará en torno al Rey Felipe VI a todo el poder político, jurídico, militar y mediático del país cuando faltan poco más de tres semanas para la teórica celebración de la consulta secesionista convocada por Artur Mas para el 9 de noviembre. ¿Qué se puede hacer en tres semanas para evitar el choque de trenes? Esa va a ser la gran pregunta en los pasillos del Palacio de Oriente, una pregunta a la que, en los corrillos inevitables, Mariano Rajoy y la propia Soraya Sáenz de Santamaría tendrán, seguramente, que responder, aunque no estoy seguro de que tengan las respuestas preparadas. De momento, es cierto que la consulta da la impresión de irse diluyendo, más por la incapacidad ‘técnica’ del equipo de la Generalitat que por las acciones que se emprenden desde el Ejecutivo central, empeñado en mantener una actitud de exquisita (y, a mi juicio peligrosa) distancia del mayor problema político planteado ahora en España.

Crece la impresión, no obstante, de que sí hay acciones emprendidas desde La Moncloa y otros centros oficiales u oficiosos para atajar la sensación de descontrol en muy diversos ámbitos, desde Cataluña hasta la corrupción. Resulta impensable que no se estén dando contactos acelerados entre el Gobierno central y la Generalitat catalana para, de alguna manera, amortiguar el golpe del 9-n, que será, sin duda, mucho mayor para Artur Mas que para Rajoy, para no hablar ya de la ciudadanía en Cataluña o/y la del resto de España, embarcadas en los vagones tras una u otra locomotora.

Como, en muy otro orden de cosas, resulta imposible no ver alguna ‘mano oculta’ oficial, u oficiosa, en la filtración de datos exhaustivos que afectan a los usuarios –sobre todo, los que tenían alguna representación política o institucional– de las ya internacionalmente famosas ‘tarjetas B’ de Caja Madrid: el linchamiento, no digo yo que no merecido, está siendo espectacular. Y no me atrevería yo a decir que no sea con la complacencia de un Gobierno que sin duda está manteniendo una actividad en la oscuridad mucho mayor de la que traslucen sus comunicados y pasos a la luz. Afortunadamente, supongo. O no, que diría Rajoy…

La crónica que me gustaría escribir este domingo: ahí queda la utopía

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/14

Hubiese dado algo, mucho, por haber podido escribir, con visos de realidad, esta crónica que he enviado, como Carta a la Utopía, a la agencia Off the Record:

“El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras reunirse con el Rey y con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ante la grave situación política que vive el país, ha convocado al president de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, a La Moncloa. Con el objetivo, manifiestan fuentes de Presidencia, de “llegar a una solución política” en el conflicto abierto por la convocatoria unilateral de una consulta sobre la independencia de Cataluña, que tendría lugar el próximo 9 de noviembre, dentro de poco más de un mes, aunque haya sido desautorizada por el Tribunal Constitucional. Mas ha respondido afirmativamente a la convocatoria de Rajoy, que se concretará muy probablemente en un encuentro esta misma semana.

Aunque el presidente del Gobierno central ha insistido en que la vulneración de la legalidad es imposible, las fuentes consultadas reconocen que hay ‘vías paralelas’ y ‘secundarias’ para, sin desviarse de la ley, tratar de llegar a un acuerdo que salve las posiciones, que en ámbitos nacionalistas catalanes reconocen que empiezan a ser desesperadas, de Mas y de Convergencia Democrática de Catalunya. El ‘plan Rajoy’ pasa, obviamente, por la decisión que tome el Tribunal Constitucional, que, al aceptar el recurso del Ejecutivo, ha paralizado los preparativos de la consulta por parte de la Generalitat. Donde, a título anecdótico, hay que subrayar que algunas fuentes admiten el ‘relativo fracaso’ de la convocatoria de la Asamblea Nacional catalana en la campaña ‘puerta a puerta’ por la independencia llevada a cabo este fin de semana, con la presencia de algunos ‘famosos’ como la periodista de programas televisivos Karmele Marchante.

El Alto Tribunal considerará separadamente la pregunta que sería sometida al referéndum ilegal del 9-n, el decreto de convocatoria de esta consulta y la propia ley de consultas aprobada por el Parlament catalán, una ley que podría llegar a ser constitucionalmente admitida en el futuro próximo si se somete a algunas modificaciones, como evitar alusiones directas al término ‘independencia’. Este paso podría llevar a alguna reforma constitucional de escaso peso, que ya estaría siendo abordada en conversaciones informales entre Rajoy y Pedro Sánchez. El desbloqueo de esta ‘reforma constitucional’, de menor calado que la ‘federalista’ genéricamente propuesta por el PSOE, constituiría un primer paso ‘de gigante’ en el encuentro entre Rajoy y Mas de esta semana, ya que serviría para que el president de la Generalitat se presentase en Barcelona con un logro importante –acompañado del ‘sí’ a buena parte de las 23 propuestas presentadas el pasado mes de julio en La Moncloa–. Y serviría también para que Rajoy, sometido a un fuerte castigo en las encuestas de este domingo, se presentase ante el electorado como un estadista capaz de acabar con un bloqueo político que, hasta ahora, se viene considerando muy peligroso. Casi un previsible choque de trenes, en cuyos vagones viajamos todos.

Medios cercanos al Tribunal Constitucional indicaron que el desbloqueo de la reforma de la Carta Magna “no supone un excesivo problema”, al no necesitarse siquiera la ‘reforma agravada’, que supondría la disolución de las cámaras, un referéndum y una nueva convocatoria de elecciones. Lo cual, para abordar otros supuestos de reforma también considerados necesarios, como la estructura y funciones del Senado o la sucesión al Trono, tampoco sería excesivamente complicado, dado que, de cualquier forma, dentro de poco más de un año concluye necesariamente la Legislatura, y podría aprovecharse la disolución de las Cortes para convocar el preceptivo referéndum de reforma constitucional, una vez pactada esta entre las fuerzas políticas. Un pacto al que se unirían, sugieren sus máximos responsables, formaciones como Izquierda Unida, UPyD, Ciudadanos e incluso ‘Podemos’, cuyos seguidores, por cierto, se han mostrado, en las últimas encuestas, fuertemente reticentes a la independencia de Cataluña.

En el caso, considerado por todos los portavoces como probable, de que se llegase a un acuerdo esta misma semana o, como máximo, a comienzos de la próxima, La Moncloa ha escenificado ya la presentación del mismo: Rajoy, Sánchez y Artur Mas saldrían a la puerta del palacio presidencial para dar cuenta conjunta del nuevo ‘pacto’, que tendría connotaciones similares al nunca del todo oficialmente suscrito entre Tarradellas y Adolfo Suárez o el tácito entre Jordi Pujol y todos sus sucesivos interlocutores monclovitas, entre ellos el José María Aznar de su primera Legislatura, cuando se llegó al denominado ‘pacto del Majestic’. El acuerdo sería saludado, no sin alivio, como ‘positivo’ por el lehendakari Iñigo Urkullu, según aventuran medios cercanos a Ajuria Enea.

Naturalmente, Esquerra Republicana de Catalunya expresó su radical oposición ante cualquier expectativa de acuerdo en el sentido que anticipamos. Una fuente de Unió Democrática de Catalunya, el partido liderado por Josep Antoni Duran i Lleida, y que, ante las posibilidades de auge de una ‘tercera vía’ para resolver el llamado ‘problema catalán’, ha suspendido sus proyectos de ruptura de su coalición con Convergencia, subrayó que “en estos momentos, todo lo que le parezca mal a Esquerra, es bueno para el futuro de Cataluña” y recordó que ERC ha sido la principal, ya que no la única, culpable “de todos los males históricos que han padecido los catalanes en un siglo””.

Usted, amigo lector, sabe cuánto me gustaría escribir hoy, ahora, esta crónica, o una similar a esta, en términos reales. Pero hoy, ante esta semana que comienza, solo nos queda, a usted y a mí, soñar y quién sabe si instalarnos en la utopía, de la que casi –casi– siempre uno se despierta dándose de bruces con la cruda realidad. Yo, por si acaso, inveterado y acaso sin remedio optimista, dejo estas líneas escritas, por si algún día tengo que rescatarlas ‘de verdad’ en todo o en parte, Dios lo quisiera.