Lo que va de un 15-m a otro. Diossss…..

Enviado por Fernando Jáuregui | 14/05/12

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(¿llegarán estos dos a un pacto por fin?)
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(¿Ha leído usted la portada de nuestra www.europacritica.com de hoy? Glub…)
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Estamos de conmemoración. De un 15 de mayo, que tanto revuelo trajo consigo, a otro 15 de mayo, este. Conste que si titulo este comentario ‘el año que cambió nuestras vidas’ no me refiero tan solo, obviamente, al movimiento de los indignados, con todo lo que ha traído consigo. Me parece que esta ‘movida’ ha tenido, y tiene, su importancia, desemboque en lo que desemboque, por cuanto muestra la parte más extrema de la frustración y de la irritación social que, de todas formas, ya indican las encuestas. Pero ha habido más cosas. Muchas más cosas.

Pienso que este ha sido un año de cambio en muchas estructuras, y no estoy seguro de que haya sido para mejor. Ni, necesariamente, para peor. Depende de lo que aprendamos de las enseñanzas que estos doce meses, con unas elecciones, un cambio de signo político, un empobrecimiento general, nos han deparado. El acoso europeo ha sido asfixiante, obligando a improvisaciones –la última, me parece, la nacionalización parcial de Bankia—y, lo peor, a incrementar esa inseguridad jurídica que ya instalaron los socialistas en nuestras plazas.

La crónica del año de la desaparición de Zapatero y el ascenso de Rubalcaba al liderato de la oposición, del ascenso de Rajoy y de su equipo al poder, de una huelga general y de muchas manifestaciones de protesta, entre ellas algunas de estas protagonizadas por el movimiento ‘indignado’, es también la historia de la presencia de Amaiur en algunas instituciones, y del tambalearse de otras. Han pasado cosas –no necesariamente positivas, por cierto– en la Casa del Rey, en la presidencia del Tribunal Supremo y en el Consejo del Poder Judicial, en el Banco de España, en las televisiones públicas, en el acuerdo no escrito entre las dos grandes fuerzas no nacionalistas vascas…

Y lo peor, o lo mejor, es que todo lo anteriormente mencionado sigue abierto. Hay heridas no bien cerradas, incertidumbres no resueltas, reformas no culminadas o excesivamente cuestionadas, y no me refiero solamente al ámbito económico-laboral, porque el afán reformista del Gobierno, en principio loable, pero en no pocas aspectos cuestionable, ha incluido muchos ámbitos.

Hay amenazas de intervención en algunas comunidades autónomas, incluyendo la asturiana, donde no se ha cerrado la crisis política. Y España sigue mirando aprensivamente a Bruselas, o a Berlín, o a París, de donde en cualquier momento, piensa el ciudadano de la calle, nos puede venir un nuevo golpe. Los socialistas, que hasta diciembre ocuparon el poder, siguen lamiéndose las heridas, sin que su congreso poselectoral haya consolidado sus dañadas estructuras dirigentes. Los ‘populares’, que ocuparon el poder por mayoría absoluta, han iniciado una caída libre en los sondeos, derivada de la necesidad, impuesta desde el exterior, de imponer a los españoles cada viernes un ajuste duro sobre otros ajustes no menos duros.

Podría también, en esta crónica del desastre, hablar de la pérdida de influencia exterior, especialmente en América Latina –en Europa ya la habíamos perdido casi toda–. Y, buceando en causas más profundas, podríamos hablar del ensimismamiento de las fuerzas políticas y sociales, que ven con creciente claridad que los ciudadanos se sienten cada vez menos representados por quienes deberían representarles. Y, sin embargo, en esos ciudadanos, cada día más escépticos y más euroescépticos, en esa sociedad tan invertebrada como cuando Ortega así la denunciaba, está la solución. Y, para la clase política, el problema. Al menos, mientras se sigan ignorando las peticiones y aspiraciones de una ciudadanía que no acaba de entender muy bien por qué se hacen unas cosas y, en cambio, no se hacen otras que son demandadas por abrumadoras mayorías.

Creo tanto, dicho sea sin la menor ironía, en la buena voluntad y la honradez básica y general de la clase política española como en su desacierto a la hora de los grandes proyectos, de poner en marcha ideas elevadas y originales. Y temo que, a este paso, la crónica conmemorativa del 15 de mayo de 2013 podría resultar, si nadie lo remedia, aún más pesimista que esta; y ello, suponiendo que tengamos dónde escribirla, aparte de los ciento cuarenta caracteres del cabreo en las redes sociales. Dicen que lo bueno de estudiar la Historia es aprender a que la peor parte de ella no se repita. Este año, de 15-m a 15-m, me parece que ha sido una lección a no olvidar. Y, desde luego, a no repetir. El mensaje de esperanza es que, si así lo queremos y procuramos, no estamos necesariamente predestinados a esa repetición.

La Duquesa muestra que la España de siempre está ahí, quieta

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/05/12

(Anduve este fin por Jerez de la Frontera, asistiendo a una concentración propiciada por Volvo. Aproveché para darme un garbeo por la Feria y por la plaza de toros. Se me ocurrió, mientras los indignados tomaban la Puerta del Sol, esta reflexión soleada, quizá algo frívola, como la propia situación en la que me hallaba)

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La Feria del Caballo de Jerez de la Frontera es como cualquier otra feria andaluza, pero más reconcentrada en sí misma. Más…’señora’, que dice un lugareño. Las corridas de toros son benévolas –el sábado le dieron cuatro orejas inmerecidas, pero llenas de cariño, a un Juan José Padilla que no es artista, pero sí valiente y tiene, por culpa de un toro, un solo ojo y algunos tics corporales–, las casetas exudan vinos finos y generosos, las mujeres , ataviadas de gitanas señoritas, son bellísimas, sin excepción, los caballeros llevan pulseras con los colores de la bandera de España. Con la que está cayendo y nada parece haber cambiado en Jerez desde hace cincuenta años. Ni siquiera ‘ella’.

‘Ella’ es, claro está, la duquesa de Alba. Impertérrita, blanquísima, operadísima, en la primera fila de la plaza, que allá toreaban el lugareño Padilla, un Morante de la Puebla a quien, por su desgana, debería haberse llevado detenido la Guardia Civil y un Cayetano que fue de la familia y que sufrió un revolcón que dejó a Cayetana tan impasible como si hubiera estado tomando el té en Liria con su solícito compañero, acompañante, marido y quién sabe si enfermero.

Ella es la constatación de que la nueva era no ha llegado, ni falta que parece hacer, a Jerez. La respetan desde la distancia los caballeros que acuden al calor de la tarde en la plaza ataviados con corbata y sombrero de ala ancha, Cohiba en mano y rizos de almidón en la nuca. La respetan los jóvenes agitanados que quisieran ser toreros y se quedan en aspirantes a pijos. La respetan las damas escotadas y las aristócratas elegantes, que de todo anda por la plaza interclasista y superclasista. Se echó de menos, sí, al ministro lugareño, Arias Cañete, cuñado del ganadero que provee de toros la corrida, Juan Pedro Domecq, pero la verdad es que Don Miguel parece más aficionado a las carreras de coches que al coso taurino. También él, sin embargo, es un clásico del Jerez señor y señorito, tradicional siempre como esa Andalucía que ya se ve que se resiste a la mudanza. Puede que por ello no haya habido cambio el pasado mes de marzo.

No se torea mucho, quizá, diría un purista, pero la tarde resulta de lo más divertida. Quién sabe si ‘ella’ también se divierte. Como está inmóvil como una esfinge, blanquísima y artificial como Michael Jackson, puede que sí, que lo esté pasando bien. O no, que diría Rajoy. Pero a ‘ella’, la esencia de una época que no quiere morir, Rajoy y sus –nuestros—problemas le importan bien poco.

sobre sueldos públicos y otras ‘miserias’

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/05/12


Cuando se receta a la ciudadanía una buena dosis de recortes, bueno es predicar con el ejemplo. No quisiera situarme ni siquiera en el linde de una fácil (y comprensible) demagogia si digo que, no pocas veces, ese ejemplo se echa en falta. No hablo ya de los políticos en general, que, salvo excepciones que vienen a confirmar la regla, no tienen unos sueldos excesivos, y que tantas veces son inferiores a los de sus colegas europeos. Pero sí me refiero a algunos privilegios, viajes gratis total, tarjetas de crédito sin límites, coches y chóferes que constituyen los placeres paralelos de una vida dedicada al servicio público. Y dedicación al servicio público es también, por ejemplo, presidir una empresa o un banco nacionalizado.

Sí. Hablo, por supuesto, del caso llamativo de Bankia, cuyo anterior presidente, Rodrigo Rato, pasó de cobrar 2’3 millones de euros a ‘solamente’ seiscientos mil, a cambio de una gestión que ha sido considerada cuestionable. Que es, 600.000, el salario heredado por José Ignacio Goirigolzarri, un hombre que, al salir de BBVA, lo hizo con una ‘compensación’ vitalicia –vitalicia– que supera los tres millones de euros anuales. Bien podría el señor Goirigolzarri, persona competente e intachable por lo demás –ha tenido, eso sí, la mala suerte de servir de ejemplo para este comentario–, hacer el sacrificio de bajar sus estipendios hasta los de un ‘vulgar’ presidente del Gobierno, sin ir más lejos. Unos ochenta mil euros anuales, gastos del cargo –que son casi todos—excluídos. Ningún cargo público debería, por otro lado, ganar más que el jefe del Ejecutivo (tranquilos todos, que sin duda se encontrarían candidatos idóneos para todos los puestos).

Sucede que no resultan especialmente edificantes, para quienes tienen que conformarse con una subsistencia mileurista, algunos casos de salarios astronómicos percibidos por algunos capitanes de empresa y de la banca, aunque siempre puede argumentarse que se trata de entidades privadas, que reparten sus beneficios (o pérdidas) como les da la gana. Pero si esto último puede llegar a justificarse (no del todo, en mi opinión) en la discrecionalidad con la que un empresario o un banquero administra lo que no es público, resulta difícil entender que nada menos que un presidente del Tribunal Supremo pase facturas al erario público por sus descansos privados, y que considere “una miseria†las cantidades en cuestión, que, francamente, a mí tampoco me parecen tan miserables, todo considerado.

Vieja tradición hispana esta de considerar que lo público “no es de nadie†(la ex ministra Carmen Calvo dixit), entendiendo, así, que todo, viajes de placer, hoteles, restaurantes de lujo y algún que otro ‘regalito’, se puede colgar de la amplia manga de los Prepuestos del Estado. Mira por dónde un privilegiado como José Ignacio Goirigolzarri tiene ahora la oportunidad de darnos una lección de austeridad.. Quién se lo hubiera dicho.

Ir a Neptuno a hacer el bestia puede ser una salida cuando…

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/05/12


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(Una lástima que un gran partido de futbol, caballeroso y bello, degenere en los bestias, a los que no justifico, haciendo el cafre en Neptuno, o en Cibeles, o por doquier. La alegría es una cosa, los hooligans, otra)
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A veces, ir a Neptuno a hacer el bestia puede ser una forma de escapar de una realidad asfixiante, de la sensación de que se (nos) acaba el mundo. Yo la tengo en lo referente a la profesión periodística. Prometo ampliación.

Con un ojo en París y otro en Lorca…

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/05/12


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(Lorca: el 11 de mayo hace un año de la tragedia. ¿Cuántos la recuerdan aún?)
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Me impresionó, y por eso titulo este comentario con ella, la frase de un político en activo con el que compartí un par de horas este fin de semana: “algunos miran exclusivamente a París, hacen cábalas sobre Europa; yo prefiero mirar esta semana a Lorcaâ€. La maltratada ciudad murciana revive estos días el terremoto que, hace un año, el 11 de mayo, mató a nueve personas, dejó heridas a más de trescientas, sin casa a casi cinco mil y con pérdidas milmillonarias a repartir entre todos los habitantes. Los lorquinos han tenido que aguardar un año, sin hacer oír protesta alguna y en medio de un clima de solidaridad ejemplar, a que las autoridades desbloqueasen las ayudas públicas comprometidas a los damnificados. Parece que esta misma semana, en la que el Gobierno de Mariano Rajoy sigue cuestionando tantas estructuras territoriales, los damnificados por el seísmo cobrarán, algo al menos.

Estuve en Lorca hace pocos días, comprobando por mí mismo, en vísperas de este primer aniversario de la catástrofe, los trabajos de reconstrucción de una ciudad en la que las huellas de la tragedia aún perduran: templos cerrados, casas vacías por dentro y las marcas verdes, rojas o negras que perviven en muchas paredes de los edificios habitables, de los que habían de desalojarse por su peligrosidad y de los que iban a ser irremisiblemente derruidos. Ni un acto de pillaje en Lorca a lo largo de este año atroz, en el que tantas cosas han ocurrido en España, en Europa y en el mundo. NI una alteración del orden público reclamando esas ayudas que no llegaban. Muy pocas autoridades visitando la ciudad; y es que siempre había cosas más importantes que atender.

Quizá por eso, el político que fue mi interlocutor este fin de semana me dijo que él prefería mirar a Lorca antes que fijar exclusivamente su atención en lo que ocurra en Francia a partir de este lunes, en los reflejos de lo que pueda suceder en Europa o en cualquier otro tópico relacionado con la macropolítica y/o la macroeconomía. “En España nos ocupamos más de Siria que de Soriaâ€, me decía el diplomático Bernardino León cuando era jefe de la Secretaría General de Zapatero. Sospecho que estamos averiguado, todos, que acaso nos hayamos obsesionado demasiado con Europa, con los elogios tímidos y las exigencias descaradas que de Europa llegaban relativos a los recortes que aquí padecíamos. Y me parece que ahora está llegando el momento de ocuparse de las cosas de casa: de que los lorquinos cobren, de que las autonomías se armonicen y puedan llegar hasta el verano aunque sea a base de ‘hispabonos’, que es una intervención encubierta…Es posible, incluso, que los ciudadanos disfrutemos más frecuentemente de la presencia pública de un Mariano Rajoy parlante, una vez que dicen que ha entendido el mensaje de que hay que humanizar la política, sobre todo cuando vienen las duras y se alejan las maduras.

Y es que hace falta una nueva política, consistente en dar cariño a la ciudadanía. Compartí en Lorca una cena inolvidable con algunos emprendedores locales y con algunos miembros de la Corporación. Escuché quejas porque se sentían abandonados: a las víctimas de las tragedias se las olvida pronto, porque otras vienen a sustituirlas. También escuché, de quien podía emitirlas, protestas por la ineficacia de la superposición de administraciones –local, provincial, autonómica, central—a la hora de tomar decisiones en tiempos de crisis. Y tuve que oír la indignación provocada por los egoísmos de algunos políticos regionales, empeñados en salvarse ellos aunque fuese a costa de las indemnizaciones pendientes a quienes habían perdido su casa y su seguridad. Aquel relato de ‘real-politik’ me sonaba. Lo había escuchado en otras ciudades que no eran Lorca, donde los representantes públicos miraban más hacia los duelos entre Sarko y Hollande, o entre Obama y Clinton, o hacia las recomendaciones de Schäuble o Mario Draghi, que hacia los problemas tangibles de la población.

Dicen los británicos que la democracia es gobernar para todos y cada uno, uno por uno, de los ciudadanos. Como si cada uno de ellos, con sus problemas individuales, fuese la nación entera. No ha sido así, tradicionalmente, en Lorca. Ni en tantos otros puntos de España. Ni, ya que estamos, en el conjunto de este país nuestro, con cuarenta y cuatro millones de almas. De almas. Y caminando hacia los seis millones de parados, cuyos problemas me temo que nadie escucha con la suficiente atención.

Los periodistas, en la calle

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/05/12


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(buena la decisión de la FAPE y las asociaciones de la prensa de convocar manifestaciones en la jornada de libertad de expresión, con la que está cayendo. Pero ¿servirá de algo?)
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Jornada por la libertad de expresión. Fui, porque me parecía obligado, a la manifestación de periodistas en Madrid. Pero no creo que sirva de mucho. Los puestos de trabajo no se van a crear porque sí, de manera que tendremos que ensayar la vía de cambiar de mentalidad, hacernos autónomos, emprendedores, más rebeldes, más innovadoes, ofrecer cosas nuevas. Cierto, ni las empresas ni las administraciones ayudan demasiado, pero no menos verdad es que hay demasiados medios, mucha más oferta que demanda, y que la publicidad no es lo que más abunda en estos tiempos del llanto. En todo eso también deberíamos pensar.

Una reflexión sobre el 1-m y un ejemplo personal, con perdón

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/05/12

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(tengo gran respeto, como ellos saben, por Toxo, Ménez y los sindicatos en general. Pero creo que han de repensarse y repensar muy mucho sus estrategias)
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Transcribo la columna sindicada que acabo de enviar a OTR, para lo que sirva:

Si atendemos a los comentarios, a lo que se dice en las tertulias periodísticas y a lo que afirman algunos políticos, este 1 de mayo ha sido el ultimo en la Historia de los primeros de mayo. Al menos, como tal. Parece que solamente gusta esta efeméride a los sindicalistas, que mantienen una tradición obrerista que acaso no se compadezca bien con los tiempos que corren, en los que un auténtico huracán está revolucionando casi todo lo establecido.

Personalmente, siempre he pensado, desde el mayor respeto a los sindicatos y a lo que representan, que esta jornada, lejos de ser festiva, debería ser especialmente laborable; resulta absurdo, en tiempos de exigencia de una mayor productividad, que esta celebración sea el pretexto para un largo ‘puente’ en el que, según los empresarios, se pueden haber perdido más de mil millones de euros. Admito la posible ,o probable, exageración patronal, pero lo cierto es que parece difícil de justificar que, en la Comunidad de Madrid, por ejemplo, donde la fiesta autonómica se celebra este 2 de mayo, la semana ‘de trabajo’ comience…en jueves.

Los nuevos tiempos y la principal tragedia humana que vivimos, especialmente en España, impondrían un giro copernicano a la mentalidad con la que se celebra la Fiesta del Trabajo, que debería llamarse el Día del Desempleado. Parece que todos, con los sindicatos a la cabeza, pero con todos nosotros, los que sí estamos ocupados, secundándolos, miramos hacia otro lado: no nos gusta ver el ejército desesperado de quienes no tienen trabajo ni demasiadas esperanzas de conseguirlo a corto plazo y, por tanto, ven disminuir alarmantemente sus recursos. Y eso que el mordisco amenazante del desempleo ha llegado ya a las familias de muchos de nosotros, a nuestros amigos, a tantos compañeros de trabajo.

Celebrar –es un decir—el Día del Desempleado significaría que, al menos durante esa jornada, el terrible problema del paro ocupa la parte central de nuestros pensamientos y, así, tal vez podríamos llegar a esbozar algunas soluciones. Claro está que ni yo ni, parece, casi nadie tiene las recetas que nos permitirían salir de esta situación de postración, y estaría yo loco si pretendiera dar lecciones acerca de cómo escapar de una crisis que puede desembocar en consecuencias muy serias para todos, empezando por los afortunados que aún conservamos un empleo.

Sin embargo, no me resisto a hacer algunas consideraciones concretas, porque pienso que no bastan los diagnósticos sombríos para empezar a avanzar y que, entre todos, desde el seno de esa a veces parece que inexistente sociedad civil, tenemos que sacudir unos cimientos que se nos pudren.

-Es preciso un gran pacto por el empleo suscrito por todas las fuerzas políticas. Y unos nuevos pactos de La Moncloa entre patronal, sindicatos y esas mismas fuerzas políticas.
-Ese pacto debe servir para mejorar, con una mentalidad diferente, una reforma laboral que va a llevarnos de cabeza a superar los seis millones de parados antes de fin de año. La reforma actual, que no es mucho más esperanzadora que la precedente elaborada por los socialistas, admite modificaciones y, sobre todo, una legislación complementaria
-De la misma manera, ese pacto debería llevar a las fuerzas políticas, que al fin y al cabo son los representantes que hemos elegido y a los que pagamos para que nos procuren soluciones, a un debate en el Parlamento acerca de las dos vías que se propugnan como remedio a nuestros males: austeridad a ultranza ( “una teoría económica destructivaâ€, según el Nobel Paul Krugman). O introducir elementos de reactivación, tesis que va abriéndose paso en media Europa –aunque guste poco a nuestro ‘admirador’ Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas alemán– y que en España ni siquiera ha comenzado a debatirse en ámbitos gubernamentales, mientras que la oposición la emplea como simple arma arrojadiza.
-¿Quién dijo que ahora no sería preciso un debate sobre el estado de la nación? Ahora, por todo lo antedicho, parece más necesario que nunca. Pero no un debate de armas verbales arrojadizas, sino uno del que salgan resoluciones de calado y de obligatorio cumplimiento. Básicamente referidas a la creación de empleo.
-Por ejemplo, el pacto podría centrarse, entre otros puntos, no en abaratar los despidos –lo que no trae, a mi juicio, sino más paro– , sino, ya digo, en generar trabajo. ¿Cómo? Pues ahí va un ejemplo: reduciendo las cuotas que los autónomos han de pagar por serlo. Ello haría que al menos decenas de miles de jóvenes actualmente desempleados pudieran acogerse a este régimen laboral en busca de ocupaciones, aunque fuesen temporales, o aunque se tratase, inicialmente, de esos ‘mini jobs’ aún tan denostados por la ciencia de lo-políticamente-correcto: un ‘mini job’ es mucho mejor, en todo caso, que un ‘no job’
Puede que la próxima Ley de Emprendedores contemple esta posibilidad de abaratamiento sensible del régimen de autónomos, pero lo cierto es que el proyecto gubernamental, que se redacta en el mayor misterio, se retrasa sin que nadie parezca querer acelerarlo, mientras vemos que los recortes-sorpresa avanzan, en cambio, rápida e imparablemente, enfriando más una economía que se encuentra ya al borde de un ataque de neumonía.

Permítame concluir con un ejemplo personal: soy un modestísimo mini-empresario en el maltratado sector de la comunicación (podría dar conferencias acerca de lo que estamos pasando; de hecho, puede que elabore mi propio manifiesto de autónomo-trabajador-empresario de cara a esa manifestación nacional que los periodistas preparamos para este jueves y que no sé si servirá de mucho). Hace unos días, llamé a un colega, proponiéndole una colaboración en mi periódico. “¿Eres autónomo?â€, le pregunté. “No, estoy en el paroâ€, me dijo. “Pues date de alta como autónomo y así puedo contratarteâ€. “Imposibleâ€, me dijo, “con lo que tú me pagarías por la colaboración y teniendo que pagar doscientos cincuenta euros al mes de cotización como autónomo, me sale mucho más rentable seguir cobrando el desempleoâ€. La conversación concluyó de la manera más desalentadora: “¿no puedes pagarme en negro?â€, me preguntó él.

No cometeré la villanía de condenar a mi colega. Es más: le comprendo perfectamente. Pero me parece que esta conversación, que puedo prometer que transcribo casi literalmente, es una perfecta radiografía de muchas cosas que están pasando. Me parece que los gobiernos, las oposiciones, las patronales, las organizaciones sindicales, usted, yo, los que tenemos un empleo y los que no lo tienen, todos nosotros, tenemos que cambiar urgentemente nuestras mentalidades. O el río de las nuevas realidades acabará llevándonos por delante. Y eso ocurrirá tanto si nos manifestamos como si nos hemos quedado en casa este martes, ese mítico 1 de mayo que, forzosamente, ha de transformarse en otra cosa ya el año próximo.

¿Nos podemos permitir estos puentes tan largos?

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/04/12

La semana que concluye ha estado llena de malas noticias, nacionales e internacionales, desde la nueva operación en la cadera del Rey hasta el anuncio por el ministro de Economía, Luis de Guindos, de la próxima subida del IVA (sin citarlo expresamente, claro). Pero la peor nueva, no por esperada menos mala, fue la constatación de que en España se sigue destruyendo empleo a un ritmo vertiginoso. Nunca peor dato ante el 1 de mayo, fiesta del trabajo, que las cifras de Población Activa que conocimos este viernes: ya superamos los cinco millones y medio de parados, en lo que ya es una auténtica tragedia. Y lo peor de todo es que nadie, desde las variadas recetas y fechas que se dan para ello, es capaz de generar la más mínima ilusión de que seremos capaces de remontar la situación a corto o incluso medio plazo: De Guindos nos habla ya de ¡2020! como fecha de comienzo de una cierta recuperación. Abandonad, entonces, toda esperanza…
Tuve ocasión de discutir la cosa con Ignacio Fernández Toxo, el secretario general de Comisiones Obreras, un hombre que me parece inteligente y bienintencionado, que conoce mi respeto, aunque crítico, hacia los sindicatos: hay que replantearse el significado del 1 de mayo, le dije, lo mismo que el papel de las organizaciones de los trabajadores. Sustancialmente creo que estuvo de acuerdo conmigo. Pienso que el 1 de mayo es una conmemoración que deberíamos afrontar, los que tengamos la fortuna de poder hacerlo, trabajando, por aquello de la productividad. No en un día de asueto colectivo que a veces puede ser empleado como puente festivo o, como en el caso de Madrid este año, como acueducto, de manera que la semana próxima puede comenzar para los madrileños, laboralmente hablando, el jueves. Un ejemplo más de la España de charanga, feria y manifestaciones –como las de este domingo–, incapaz de adaptarse a las nuevas realidades.
No será meramente incrementando los controles para evitar fraudes en el cobro del paro, ni endureciendo las condiciones para que los estudiantes puedan lograr una beca, ni siquiera subiendo los impuestos indirectos –lo que reducirá el consumo–como entraremos en la nueva era requerida para poner coto a esta sangría mortífera que, cada mes, arroja una nueva estremecedora cifra de personas lanzada a la desesperación de no tener nada que hacer y muy poco de lo que vivir. Quiero, como todos, un país que se caracterice por su alegría y por nada del mundo desearía que España la perdiera; por eso mismo pienso que esta nación, que está teniendo un comportamiento ejemplar ante una crisis que ha empobrecido sensiblemente a los ciudadanos, tiene que recuperar la ilusión de una acción colectiva. Los parches no generan ilusión, sino que van haciendo brotar, en contacto con la contundencia de las cifras negativas, un desánimo que todo lo impregna.
Pienso que el Gobierno de Mariano Rajoy, con las continuas duchas de agua fría que desmienten promesas anteriores, tiene su parte de culpa, pero no toda la culpa, en el nacional-pesimismo. Como la sin duda mala situación heredada tiene su parte de responsabilidad, pero no toda, en lo que nos sucede hoy a los españoles. O como la tiene una a mi juicio bastante equivocada estrategia europea para meter en cintura a todos, excepto a los alemanes y, algo, a los franceses. Y puede que nosotros mismos, los de la España de charanga, acueducto –“millones†de desplazamientos para festejar el puente certifican las dos españas, la de la desesperación y la que escapa—y manifestación, también tengamos que darnos algunos golpes de pecho.
No todo puede ser ‘piove, porco Governo’, porque en contra nuestra irá desgastar a un Ejecutivo que lleva apenas cuatro meses ejerciendo. Un tanto a trancas y barrancas, es cierto, pero que me parece que, aunque sin muchas ideas en la cabeza, hace lo que puede y le dejan hacer. Tampoco puede ser todo maldecir a la ‘difícil situación heredada’ porque mirar atrás es ahora inútil; también necesitamos una oposición que no esté tan desdibujada como la actual, porque lo peor que nos puede ocurrir es que nos quedemos con la sensación de que no hay recambios.
Duele, en esta España que, pese a todo, no renuncia al derecho a la jacaranda, la falta de ideas elevadas. La falta de generosidad para pactar. ¿Pues no es verdad acaso que, tanto en materia de lucha contra el terrorismo como a la hora del seguidismo en la torpeza de los mandatarios europeos, el PSOE hubiera hecho casi lo mismo que el PP, como el PP está haciendo algunas cosas que comenzó el PSOE?¿No es cierto que un gran pacto nacional que evite algunas torpezas alegraría muchos semblantes de los ciudadanos y les infundiría algo de esperanza? Porque qué quiere usted que le diga: el espectáculo actual de rebatiñas, miopías y egoísmos es tan apabullante que no me extraña que todo aquel que pueda –que, ay, está lejos de ser todos—se largue de puente, se eche a la calle para gritar en contra, se mande unos rebujitos en una feria. Ya no buscamos la alegría, sino el escape.

¿Para cuándo los avances democráticos?

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/04/12

En tiempos de crisis (económica), sí hacer mudanzas (democráticas). Ese debería ser, retorciendo ‘sensu contrario’ el argumento ignaciano, el móvil del Gobierno de la mayoría absoluta que encabeza Mariano Rajoy. Que estamos retrocediendo veinte años en lo tocante a nuestro bienestar económico, pocos lo dudan; que los españoles somos acaso un cuarenta por ciento más pobres, en general, que hace cuatro años, es, me temo, patente. Y quizá también inevitable, quién sabe, porque las recetas que nos dan para salir del cataclismo son tan variadas y variopintas como los plazos en los que, según hablen unos ‘expertos’ u otros, comenzaremos a levantar cabeza.

Así que, al menos, ya que en lo económico parece haber escasas alternativas, podrían el Gobierno y la oposición aprovechar para pisar el acelerador en lo referente a reformas democráticas, desde cambios en la Constitución hasta ampliación de las libertades de información o de manifestación, pasando por retoques en algunas leyes restrictivas. No me siento demasiado optimista al respecto: ni me han gustado las declaraciones, demasiado tajantes, del ministro del Interior advirtiendo a los ‘indignados’ de que de ninguna manera podrán ‘tomar’ la Puerta del Sol cuando cumplan su aniversario, el próximo día 15, ni me han convencido los argumentos para limitar la mayoría precisa para elegir al presidente de la Corporación RTVE. No formo parte de colectivo 15-m alguno y creo que se han equivocado gravemente en no pocas cosas; pero más se equivocará el ministro Fernández Díaz si aplica la doctrina de la cachiporra a la menor salida de tono de los manifestantes. Y, en cuanto a RTVE, no quisiera precipitarme en mis juicios: esperaré a conocer el talante de los nombramientos y el grado de consenso en los mismos, pero reconózcame usted que el prólogo ha sido inquietante.

Ni, la verdad, y hablando en términos más generales, tampoco veo que exista, ni en el Ejecutivo ni en la oposición, un ánimo decidido de emprender reforma alguna en el en muchos aspectos anticuado arquitrabe legal español.

Sí me alegro, en cambio de que el Gobierno –a la fuerza ahorcan—haya decidido dar más facilidades para acercar al País Vasco a presos de ETA. Esta medida, tan combatida por algunas agrupaciones de víctimas, que ya claman contra el Ejecutivo, hablando de “traiciónâ€, no sería más que una aplicación de las previsiones constitucionales en este aspecto. Y sí, este paso, en el que implícitamente se reconoce que la banda del terror y del horror ha dejado de ser una amenaza, me parece un avance democrático, como lo es todo aquel que contempla la realidad tal cual es, y no como el legislador de turno quiera conformarla.

Creo que el Gobierno, que bastante tiene con lo que tiene complaciendo las exigencias económicas crecientes de mercados y ‘cabezas de huevo’ europeos, no debería meterse en algunos líos pisando charcos en materia de educación o de cuestiones sanitarias y morales y sí, en cambio, debería sentarse con las restantes fuerzas políticas –hasta el momento, Rajoy parece preferir a los propios para sus reuniones en Moncloa—para acordar ese avance democrático que temo que, a este paso, va a resultar, también en esto, un notable retroceso. Es que no nos dan ni una alegría en casa del pobre, vamos.

Valencia: el colmo de los colmos

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/04/12

“Situación límiteâ€. Es el diagnóstico que avanzan desde miembros del Gobierno central hasta portavoces oficiosos del PP y del PSOE para definir el estado de cosas en la Comunidad Valenciana. Hay responsables que aseguran que la suspensión de pagos podría llegar, si no hay ‘bonos patrióticos’ por medio, tan pronto como el mes de junio. Y el anuncio del despido de cinco mil funcionarios de empresas públicas puede que sea realista –y angustioso para el actual president, Alberto Fabra–, pero lo que no resulta, desde luego, es tranquilizador.

Las cosas se han gestionado mal, muy mal, en la Comunidad valenciana. Y es de temer que no solamente por el anterior gobierno de la Generalitat, encabezado por Francisco Camps; los polvos que traen estos lodos se generaron también en la etapa socialista, y no cabe ahora, en el momento de señalar corrupciones con el dedo, el ‘y tú más’ de unos frente a otros, por mucho que sobre mi mesa de trabajo tengo un informe ‘la corrupción en la Comunidad Valenciana’ elaborado hace un año por el PSPV.

El Fracaso valenciano, atribuíble al conjunto de la clase política, es más lacerante por cuanto se trata de una Comunidad rica, industrial y turísticamente hablando, con una clase media emprendedora y con enormes posibilidades de desarrollo. La Comunidad se ha convertido en uno de los principales quebraderos de cabeza autonómicos para el Gobierno de Mariano Rajoy. Por encima, comenta un ministro, de Cataluña, con un Artur Mas amenazante. Por encima, también, de Andalucía, donde se mercadea para formar un gobierno tras las elecciones de marzo, dos meses hace ya.

Ignoro cuál es la solución, más allá del brutal adelgazamiento del sector público –donde, por supuesto, ha habido derroches sin tasa; véase, si no, la nómina de Canal 9–, más allá de la lucha contra una corrupción que ha estado demasiado generalizada. No estoy seguro de que la emisión de ‘hispanobonos’ no sea el comienzo de una intervención económica interna, por mucho que Mariano Rajoy vaya diciendo ‘sotto voce’ que no figura en sus planes intervenir a autonomía alguna; ¿acaso figuraba entre sus planes subir los impuestos, amnistiar los delitos fiscales o ‘traspasar’ las líneas rojas en sanidad y educación? Claro que no. Tampoco subir el IVA y, no obstante, hay bastantes posibilidades de que haya que incrementarlo algo. El que manda, manda.

El Estado, más allá de la famosa Difícil Situación Heredada (DISH), pasa por momentos de apuro sin cuento, acaso, incluso, magnificados por las declaraciones gubernamentales señalando cosas como que ‘estamos al borde del abismo’, o en una situación ‘catastrófica’. ¿Quién vendrá a invertir del exterior si los propios responsables políticos y económicos se pronuncian en tales términos? Y puede que las autonomías –desde luego, la valenciana, la catalana, la balear y la andaluza—tengan bastante culpa de que aquí y así nos encontremos. Pero no toda la culpa es de un Estado autonómico que ha crecido desordenadamente, sin controles, duplicando funciones, cada una descoordinada del resto. Los gobiernos centrales no supieron, pudieron o quisieron embridar la situación. Ahora es el momento para que algunas de estas autonomías, señaladamente la valenciana, den ejemplo. No solamente de austeridad, sino también de solidaridad y de sentido del Estado; yo creo que Alberto Fabra y la mayoría de sus colaboradores lo tienen.

Prometió Rajoy convocar una conferencia de presidentes, al menos de los del PP, precisamente en Valencia. Ya está tardando demasiado, porque la Comunidad está ahora regida con mano prudente, pero acaso con demasiadas limitaciones en sus facultades y en el alcance de sus decisiones. No hay tiempo que perder.