Hoy por hoy, Rajoy; mañana, lo que haya…o sea, X

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/11/14

Puede que algunos juzguen este comentario políticamente incorrecto, con la que está cayendo. Algún miope pensará que incurro en peloteo: no será por lo que frecuento los aljibes monclovitas. Mariano Rajoy ni siquiera me da la palabra en las escasas ruedas de prensa que protagoniza, y soy de los pocos discriminados. Así que, si defiendo a Rajoy, tan alanceado en estos momentos, sobre todo por algunos de los suyos, no es, desde luego, por interés propio, ni, menos aún, por diferenciarme de tantos como ahora, desde una especie de ‘tea party’ en versión ‘popular’, exigen más acción al presidente del Gobierno; en el sentido, claro está, de que emplee la mano dura contra Artur Mas, contra cualquiera que hubiese abierto el domingo los colegios para votar en Cataluña y, si me apuran, hasta contra quienes figuraban en las colas de votantes que yo ví en Barcelona aguardando para depositar su voto.

Me congratula que Mariano Rajoy se muestre mucho más templado que sus críticos internos. Empieza a darse la paradoja de que la oposición que representa Pedro Sánchez, el aún bastante flamante secretario general del PSOE, está más cerca del jefe del Ejecutivo que algunos de los suyos, al menos en cuestiones como lo que haya de hacerse a partir de ahora en y con el llamado ‘problema catalán’. O sea, con Artur Mas y los suyos y, desde el domingo, con casi dos millones de personas que dijeron ‘sí-sí’ a la independencia en una votación claramente sin garantías y con ribetes absurdos, pero que, sin embargo, no la invalida moralmente. No del todo, al menos.

Si yo tengo alguna crítica que hacerle a Rajoy –y tengo bastantes—comenzaría por achacarle lo mismo que sus detractores desde las posiciones más duras de la derecha: su inmovilismo. Pero yo lo critico en sentido contrario: ha de movilizarse a favor de una negociación mientras aún sea tiempo y la intransigencia poco cerebral de Artur Mas y sus mentores de Esquerra no cierren cualquier posibilidad siquiera de contacto. ¿Es correcto agotar los tiempos, como hace el presidente, dando la sensación de que no se hace nada? ¿Es eso lo que le aconseja el denostado –por los que digo—Pedro Arriola?¿Es lo que critica a su sucesor, sin decirlo ante los micrófonos, José María Aznar?

Pero, hoy por hoy, Rajoy. Aunque suene a mal pareado. Ya llegarán las elecciones y el tiempo de ajustar las cuentas que haya que ajustar. El Partido Popular, con un grupo parlamentario probablemente más sólido que su propia estructura partidaria y aunque se perciban claras vías de agua bajo el casco del elenco ministerial, sigue siendo la formación más consecuente…todavía. Y Rajoy sigue siendo probablemente el único que puede liderarla, el único que puede llegar a acuerdos con el PSOE y, acaso, también con Convergencia i Unió. El tiroteo interno, ya sea a cuenta de la no-ley del aborto o de su ‘blandura’ el domingo en Cataluña, me parece peligroso y poco razonable. Confío en que todo esto no esté haciendo mella en su ánimo, de la misma manera que confío –lo hago desde hace tiempo, procurando no desmayar ante lo que veo, o, mejor, no veo—en que perciba la urgencia de gobernar de otro modo. No para que suban sus bajos índices de aprecio entre los ciudadanos, como muestran las encuestas, sino por el bien de todos nosotros. En una ocasión escribí lo mismo, dedicado a Pedro Sánchez, y ahora se lo digo, sin demasiada esperanza en que lo lea, al presidente del Gobierno: Mariano, no nos falles…más.

(por cierto: tras haber publicado este comentario, La Moncloa anuncia, pasadas las ocho de la tarde, que Rajoy dará una rueda de prensa este miércoles. ¿Me dejará preguntar esta vez? Este editorial de urgencia se publicará mañana en Diariocritico:

Rajoy, en el cabo de las tormentas

Tres días ha tardado Rajoy en reconocer su error y comparecer –lo hará este miércoles, a mediodía, en Moncloa—ante los medios para hablar, se supone, de lo que, a su entender, ha significado la jornada del pasado domingo, 9 de noviembre. No parece que vaya, en todo caso, a apartarse mucho de lo que ayer dijo la vicepresidenta Sáenz de Santamaría en el Senado: las decisiones ahora, acerca de si hubo ilegalidades, cuántas y de quiénes, en la convocatoria del 9-n, corresponden a la Fiscalía, a la que se pone, de paso, en un brete. El Gobierno está dispuesto a negociar con Artur Mas, pero no dará un solo paso para facilitar la marcha de Cataluña hacia la independencia. Y, por cierto, insistirá Rajoy, votaron el domingo dos millones doscientos cincuenta mil, y se quedaron en casa cuatro millones.

Si esta es, en efecto, la repuesta –tardía–, no llega solamente tarde: es insuficiente. Todo lo que no sea abrir un proceso de diálogo en el que, sin ceder nada de lo que no se pueda constitucionalmente ceder, se tiendan manos de acuerdo a la Generalitat. Claro que aún es posible hacerlo, pese al patente empecinamiento de Artur Mas, que cada día aparece más rehén de Oriol Junqueras y de Esquerra. Hay fórmulas de entendimiento, incluyendo esa reforma constitucional de la que hablan el PSOE, otros partidos y no pocos dentro de un PP alborotado.

Escuchemos atentamente a Rajoy. Al menos, ha dado marcha atrás en su pertinaz silencio y, antes de irse a las antípodas, nos habla.

Una quiebra para el Estado

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/11/14

Escribo agotado, recién llegado de Barcelona, de madrugada. Rehago el editorial que escribí esta mañana, y que, tras los resultados del 9-n, ya apenas sirve de nada. Así que este es el resultado:

Las cifras de las urnas son inapelables: a Artur Mas le salió bastante bien la jornada del 9-n. Una votación de más de dos millones doscientas mil personas, de las que el ochenta por ciento dijeron ‘sí’ a la independencia, tiene que hacer meditar al atribulado inquilino de La Moncloa. Y a todos nosotros. Que Mariano Rajoy se la jugó este domingo de extraña, atípica, no oficialmente reconocida, votación en Cataluña, es obvio. Aunque no se la ha jugado tanto como Artur Mas, de quien nadie sabe muy bien qué hará a partir de este lunes, una jornada que habría de marcar el inicio ‘formal’ de una negociación entre la Generalitat y la Presidencia del Gobierno central (porque informalmente siempre ha existido tal negociación, claro está). ¿Se lanzará ahora Mas de cabeza a la búsqueda de la independencia? Creo que no podría cometer mayor error. También creo que es bastante probable que lo cometa.

En apariencia, los dos, Rajoy y Mas, han logrado salvar la cara para llegar más o menos vivos hasta el 9-N: el primero ha logrado que no se dé ese ‘referéndum secesionista’ que el president de la Generalitat anunció incluso por carta a los primeros ministros europeos; Mas ha salido mejor parado: consiguió que, al menos, hubiese urnas en los colegios, que no se reprimiese a los voluntarios que organizaron la jornada electoral y tampoco a los catalanes que quisieron ejercer su ‘derecho al voto’, impulsado por las instancias oficiales y por los medios de comunicación ‘catalanistas’. Al final de la jornada, el president de la Generalitat, acompañado por la vicepresidenta, Joana Ortega, pudo salir triunfante ante los micrófonos: era su momento de exigir, ahora sí, un referéndum ‘formal’ a Madrid, cuya “miopía política” lamentó.

En Madrid, tan solo aparecía ante los medios, y sin responder a pregunta alguna, el flamante ministro de Justicia, para tachar el 9-n de “simulacro estéril” sin validez. Una reacción muy liviana y descomprometida ante la avalancha de votantes que pude ver en las largas colas que aguardaban para ejercer su ‘derecho al voto’ en los colegios catalanes. Pienso que el Gobierno central no se esperaba estos resultados de un lluvioso 9 de noviembre. Alguien cercano al Ejecutivo me confesó anoche que el Estado, al menos en su concepción tradicional, acababa de sufrir un quebranto. Es la hora de los estadistas para remendarlo.

Pero ninguno de los dos, ni Mas ni Rajoy, ha mostrado ser un estadista. Tendrán que procurar serlo ahora, tras la jornada ‘electoral’ de suficiente normalidad y bastante escasez de incidentes de este domingo, en el que casi lo de menos ha sido el alto grado de participación de la gente en un acto sin trascendencia jurídica alguna, pero con un significado indudable: lo más llamativo es que sí se votó y que se ha sentado un precedente. Ambos, Rajoy y Mas, se han dejado pelos en la gatera, como no podía ser de otra manera. Rajoy ha hecho gala de prudencia, de contención, de mesura, pero no de ideas para liderar una situación que, reconozcámoslo, le ha estallado en las manos sin haberla provocado, más allá de sus errores de comunicación con Mas ya a raíz de aquella Diada de 2012. Artur Mas se ha alejado de sus socios, Esquerra republicana e ICV, ha provocado grietas en la coalición con Unió y tensiones internas en su partido, Convergencia, que ahora aparece en las encuestas como claramente minoritaria frente a Esquerra, una Esquerra recelosa y mosqueada ante las informaciones que hablan de que la negociación entre Generalitat y Gobierno central no se ha interrumpido en ningún momento.

Si Artur Mas logra evitar una convocatoria anticipada a unas elecciones autonómicas, que es de temer que ganaría Esquerra, se podrá ir tejiendo un mantel de normalidad que tape tensiones secesionistas y otorgue algunas ‘cosas buenas’ a Cataluña: ahí están, sobre la mesa e intocadas, las veintitrés peticiones que Mas se llevó a Madrid en su cita monclovita de finales de julio pasado. Hay que hacer algo, desde ‘Madrid’, que le sirva a Mas para blandirlo ante el electorado, ahora que ha salido bastante triunfante de la prueba, recuperando terreno frente a la intransigencia de ERC, que es el auténtico peligro para Convergencia, para Unió, para el Estado central y, desde luego, para la empresa, la burguesía y las clases medias catalanas: ¿qué sería de Cataluña con un Govern exclusivamente en manos de Esquerra? Eso, en Barcelona, desde donde escribo, se lo preguntan todos. Menos, claro está, ciertos portavoces institucionales, algunos medios y las sedicentes representantes de una parte de la sociedad civil.

Esa será precisamente una de las bazas negociadoras: que las ‘esteladas’ en los balcones sirven, lo mismo que la Diada, para una jornada festiva en la que la gente se acerca a los ‘colegios electorales’ en medio del paseo dominical. Pero luego viene la dura realidad, la economía, la necesidad de mantener el estado de bienestar, la ‘marca Cataluña’ en el mundo, las buenas relaciones con los vecinos aragoneses, valencianos, con el resto de los españoles, que compran productos catalanes, establecen oficinas en Barcelona y hasta, como ha ocurrido este fin de semana desde un recinto especializado en Madrid, ‘exportan’ ejemplares de aves en peligro de extinción a las montañas catalanas. Las relaciones, a todos los niveles de la vida civil, existen y florecen, pese al clima enrarecido oficialmente.

Es decir, ahora habrá que gestionar, desde la anormalidad máxima que hemos vivido, la normalidad. Que el Rey pueda visitar cualquier localidad catalana sin incidentes ni gritos, que Rajoy pueda acudir a Sant Jaume lo mismo que Mas a La Moncloa, que los ministros inauguren cosas en tierras catalanas, que los parlamentarios catalanes en las Cortes se produzcan sin estridencia alguna. Que funcionen las instituciones autonómicas, todo lo reforzadas que ustedes quieran, pero que son parte del Estado autonómico al fin. Y que las familias catalanas puedan, de nuevo, hablar de política en la paz del hogar entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanos, entre amigos de toda la vida que ahora callaban ante ciertos temas o se enemistaban por esos mismos temas.

¿Qué hace falta para conseguirlo? No mucho, la verdad. Diálogo, diálogo, diálogo, sin aferrarse a ese incómodo ‘legalidad, legalidad, legalidad’ tan empleado por Rajoy, ni a ese ‘sí o sí’, tan cazurro, de Mas, el hasta ahora rehén de Oriol Junqueras…aunque negociaba secretamente, bajo cuerda, con ‘Madrid’, es decir, con, entre otros, el todopoderoso asesor de Rajoy, Pedro Arriola. Dígame usted, amable lector, si no hay motivos para un cauto optimismo: nada puede ser peor, por lo que tendrá que mejorar a partir de ahora. Mucho depende, claro, de ese Rajoy de quien los viajeros a La Moncloa dicen que está acorralado y pensando no tanto ya en las elecciones municipales y autonómicas cuanto, mucho más a corto plazo, en esa comparecencia parlamentaria del próximo día 27 –otra valla en la carrera—para detallar cómo diablos va a luchar contra la corrupción quien no ha podido lograr ni la dimisión del viajero extremeño Monago.

Y mucho depende también, desde luego, de ese Artur Mas desgastado –aunque, con la euforia del domingo noche, él no se haya dado cuenta aún–, que no ha hecho, contra lo que él piensa, ningún favor a Cataluña con todo lo que ha montado, aunque aún pueda obtener algunas ventajas para esta Comunidad. Realismo, realismo, realismo, ha de ser ahora, por fin, la consigna. Aunque, vistas las cosas sobre un pedestal de dos millones doscientos cincuenta mil votos, la realidad pueda deformarse un tanto.

Lo de Mas es de locos

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/10/14



Lo de Mas es de locos

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/10/14

Esto de Artur Mas es ya de locos.. Esa consulta no llega ni a encuesta con un mínimo valor demoscópico. ¿Cuánto dinero malgastará la Generalitat en esa charlotada? . Y conste que a Rajoy se le puede acusar de muchas cosas. Pero el desgobierno que le critica Pedro Sánchez ya no abarca a las insanias del molt honorable, que está para que le encierren. En cuarenta años de mirón político no había visto cosa semejante.

Cuando un Gobierno decide (o no) tomar la iniciativa…

Enviado por Fernando Jáuregui | 11/10/14


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(la vicepresidenta, figura sin duda de valía, ¿va para alcaldesa?¿para primera ministra cuando se produzcan, si se producen, acontecimientos?¿saldrá con bien –espero que sí– de la prueba de la lucha contra el ébola? Atención a los próximos días)
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Da la impresión de que el Gobierno reconoce implícitamente que ofrece la sensación de haber perdido el control en temas importantes, y no solamente en la gestión de la crisis del ébola. Ha decidido impulsar la imagen de que pasa a la ofensiva. La creación de un comité especial de seguimiento para prevenir la extensión de cualquier contagio de ébola, presidida nada menos que por Soraya Sáenz de Santamaría, ha sido un primer aldabonazo. Como la presencia, con cuatro días de retraso, de Mariano Rayoy en el alterado hospital Carlos III, ha sido una segunda llamada de atención. Aseguran fuentes gubernamentales que probablemente, pese a la alergia de Rajoy a los cambios en su elenco ministerial, se producirá un ‘segundo cambio’, incluso a corto plazo, en el Ejecutivo, tras el aún reciente abandono del titular de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. Es decir, que la titular de Sanidad, Ana Mato, que está en horas bajas, incluso anímicamente, dimitirá o será elegantemente cesada.

Claro que la ofensiva gubernamental va más allá del Carlos III o del feo edificio que alberga al Ministerio de Sanidad en las cercanías del Congreso de los Diputados y en el que Mato pasea su desconcierto. “No queremos que parezca que el país entero se paraliza porque se haya dado un caso, todo lo lamentable que se quiera, de una enfermera contagiada de ébola”, me dijo este viernes un alto cargo gubernamental, que no ahorró críticas a la gestión ‘de comunicación’, solo de comunicación, advirtió, de la tragedia que afecta a Teresa Romero. Por ello, es previsible que el Gobierno dé un impulso a otros aspectos de la gestión del país, desde la consulta catalana hasta la pretensión de celebrar un referéndum sobre prospecciones petrolíferas que alienta el Gobierno canario que preside el cada vez más ‘nacionalista’ Paulino Rivero.

Mariano Rajoy ha querido que el control del principal problema, al menos mediático, que afecta ahora al país pase a buenas manos: a las de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la ‘número dos’ que se va convirtiendo, además de en una bastante eficaz portavoz gubernamental en un Gobierno en el que abundan los silencios, en un parche para casi –casi—todas las heridas. Es ella la que viaja a Cataluña para dar la imagen de que existe una presencia del Estado, ella la que ataja rumores, ella la que se desmarca de algunas acciones que proceden del partido, el PP, con cuya secretaria general es obvio que no mantiene una buena sintonía, por decir lo menos. Así, fue notable la frialdad con la que la ‘número dos’ del Ejecutivo trató el relevo en la presidencia de RTVE, que desde la Moncloa insisten, distanciándose, en que “es cosa de Génova”.

Me parece posible que este domingo, cuando se producen los fastos de la fiesta nacional, tengamos nuevos indicios de por dónde van los pasos futuros del Gobierno que preside, desde la extrema discreción, Mariano Rajoy. La recepción posterior al desfile congregará en torno al Rey Felipe VI a todo el poder político, jurídico, militar y mediático del país cuando faltan poco más de tres semanas para la teórica celebración de la consulta secesionista convocada por Artur Mas para el 9 de noviembre. ¿Qué se puede hacer en tres semanas para evitar el choque de trenes? Esa va a ser la gran pregunta en los pasillos del Palacio de Oriente, una pregunta a la que, en los corrillos inevitables, Mariano Rajoy y la propia Soraya Sáenz de Santamaría tendrán, seguramente, que responder, aunque no estoy seguro de que tengan las respuestas preparadas. De momento, es cierto que la consulta da la impresión de irse diluyendo, más por la incapacidad ‘técnica’ del equipo de la Generalitat que por las acciones que se emprenden desde el Ejecutivo central, empeñado en mantener una actitud de exquisita (y, a mi juicio peligrosa) distancia del mayor problema político planteado ahora en España.

Crece la impresión, no obstante, de que sí hay acciones emprendidas desde La Moncloa y otros centros oficiales u oficiosos para atajar la sensación de descontrol en muy diversos ámbitos, desde Cataluña hasta la corrupción. Resulta impensable que no se estén dando contactos acelerados entre el Gobierno central y la Generalitat catalana para, de alguna manera, amortiguar el golpe del 9-n, que será, sin duda, mucho mayor para Artur Mas que para Rajoy, para no hablar ya de la ciudadanía en Cataluña o/y la del resto de España, embarcadas en los vagones tras una u otra locomotora.

Como, en muy otro orden de cosas, resulta imposible no ver alguna ‘mano oculta’ oficial, u oficiosa, en la filtración de datos exhaustivos que afectan a los usuarios –sobre todo, los que tenían alguna representación política o institucional– de las ya internacionalmente famosas ‘tarjetas B’ de Caja Madrid: el linchamiento, no digo yo que no merecido, está siendo espectacular. Y no me atrevería yo a decir que no sea con la complacencia de un Gobierno que sin duda está manteniendo una actividad en la oscuridad mucho mayor de la que traslucen sus comunicados y pasos a la luz. Afortunadamente, supongo. O no, que diría Rajoy…

La crónica que me gustaría escribir este domingo: ahí queda la utopía

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/10/14

Hubiese dado algo, mucho, por haber podido escribir, con visos de realidad, esta crónica que he enviado, como Carta a la Utopía, a la agencia Off the Record:

“El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras reunirse con el Rey y con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ante la grave situación política que vive el país, ha convocado al president de la Generalitat de Catalunya, Artur Mas, a La Moncloa. Con el objetivo, manifiestan fuentes de Presidencia, de “llegar a una solución política” en el conflicto abierto por la convocatoria unilateral de una consulta sobre la independencia de Cataluña, que tendría lugar el próximo 9 de noviembre, dentro de poco más de un mes, aunque haya sido desautorizada por el Tribunal Constitucional. Mas ha respondido afirmativamente a la convocatoria de Rajoy, que se concretará muy probablemente en un encuentro esta misma semana.

Aunque el presidente del Gobierno central ha insistido en que la vulneración de la legalidad es imposible, las fuentes consultadas reconocen que hay ‘vías paralelas’ y ‘secundarias’ para, sin desviarse de la ley, tratar de llegar a un acuerdo que salve las posiciones, que en ámbitos nacionalistas catalanes reconocen que empiezan a ser desesperadas, de Mas y de Convergencia Democrática de Catalunya. El ‘plan Rajoy’ pasa, obviamente, por la decisión que tome el Tribunal Constitucional, que, al aceptar el recurso del Ejecutivo, ha paralizado los preparativos de la consulta por parte de la Generalitat. Donde, a título anecdótico, hay que subrayar que algunas fuentes admiten el ‘relativo fracaso’ de la convocatoria de la Asamblea Nacional catalana en la campaña ‘puerta a puerta’ por la independencia llevada a cabo este fin de semana, con la presencia de algunos ‘famosos’ como la periodista de programas televisivos Karmele Marchante.

El Alto Tribunal considerará separadamente la pregunta que sería sometida al referéndum ilegal del 9-n, el decreto de convocatoria de esta consulta y la propia ley de consultas aprobada por el Parlament catalán, una ley que podría llegar a ser constitucionalmente admitida en el futuro próximo si se somete a algunas modificaciones, como evitar alusiones directas al término ‘independencia’. Este paso podría llevar a alguna reforma constitucional de escaso peso, que ya estaría siendo abordada en conversaciones informales entre Rajoy y Pedro Sánchez. El desbloqueo de esta ‘reforma constitucional’, de menor calado que la ‘federalista’ genéricamente propuesta por el PSOE, constituiría un primer paso ‘de gigante’ en el encuentro entre Rajoy y Mas de esta semana, ya que serviría para que el president de la Generalitat se presentase en Barcelona con un logro importante –acompañado del ‘sí’ a buena parte de las 23 propuestas presentadas el pasado mes de julio en La Moncloa–. Y serviría también para que Rajoy, sometido a un fuerte castigo en las encuestas de este domingo, se presentase ante el electorado como un estadista capaz de acabar con un bloqueo político que, hasta ahora, se viene considerando muy peligroso. Casi un previsible choque de trenes, en cuyos vagones viajamos todos.

Medios cercanos al Tribunal Constitucional indicaron que el desbloqueo de la reforma de la Carta Magna “no supone un excesivo problema”, al no necesitarse siquiera la ‘reforma agravada’, que supondría la disolución de las cámaras, un referéndum y una nueva convocatoria de elecciones. Lo cual, para abordar otros supuestos de reforma también considerados necesarios, como la estructura y funciones del Senado o la sucesión al Trono, tampoco sería excesivamente complicado, dado que, de cualquier forma, dentro de poco más de un año concluye necesariamente la Legislatura, y podría aprovecharse la disolución de las Cortes para convocar el preceptivo referéndum de reforma constitucional, una vez pactada esta entre las fuerzas políticas. Un pacto al que se unirían, sugieren sus máximos responsables, formaciones como Izquierda Unida, UPyD, Ciudadanos e incluso ‘Podemos’, cuyos seguidores, por cierto, se han mostrado, en las últimas encuestas, fuertemente reticentes a la independencia de Cataluña.

En el caso, considerado por todos los portavoces como probable, de que se llegase a un acuerdo esta misma semana o, como máximo, a comienzos de la próxima, La Moncloa ha escenificado ya la presentación del mismo: Rajoy, Sánchez y Artur Mas saldrían a la puerta del palacio presidencial para dar cuenta conjunta del nuevo ‘pacto’, que tendría connotaciones similares al nunca del todo oficialmente suscrito entre Tarradellas y Adolfo Suárez o el tácito entre Jordi Pujol y todos sus sucesivos interlocutores monclovitas, entre ellos el José María Aznar de su primera Legislatura, cuando se llegó al denominado ‘pacto del Majestic’. El acuerdo sería saludado, no sin alivio, como ‘positivo’ por el lehendakari Iñigo Urkullu, según aventuran medios cercanos a Ajuria Enea.

Naturalmente, Esquerra Republicana de Catalunya expresó su radical oposición ante cualquier expectativa de acuerdo en el sentido que anticipamos. Una fuente de Unió Democrática de Catalunya, el partido liderado por Josep Antoni Duran i Lleida, y que, ante las posibilidades de auge de una ‘tercera vía’ para resolver el llamado ‘problema catalán’, ha suspendido sus proyectos de ruptura de su coalición con Convergencia, subrayó que “en estos momentos, todo lo que le parezca mal a Esquerra, es bueno para el futuro de Cataluña” y recordó que ERC ha sido la principal, ya que no la única, culpable “de todos los males históricos que han padecido los catalanes en un siglo””.

Usted, amigo lector, sabe cuánto me gustaría escribir hoy, ahora, esta crónica, o una similar a esta, en términos reales. Pero hoy, ante esta semana que comienza, solo nos queda, a usted y a mí, soñar y quién sabe si instalarnos en la utopía, de la que casi –casi– siempre uno se despierta dándose de bruces con la cruda realidad. Yo, por si acaso, inveterado y acaso sin remedio optimista, dejo estas líneas escritas, por si algún día tengo que rescatarlas ‘de verdad’ en todo o en parte, Dios lo quisiera.

Ay Carmele, Ay Carmele

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/10/14

Me dicen que, aunque se suspenda formalmente la campaña electoral catalana de cara a lo que iba a ser el referéndum del 9 de noviembre, siguen haciéndose otras cosas, porque quién sabe dónde termina una campaña y dónde comienzan esas otras cosas, a las que, por ejemplo, podríamos llamar ‘recorrido’. Lo digo porque me aseguran que, a partir de este fin de semana, lo que sí se hará es ir ‘puerta a puerta’ por los pueblos y ciudades catalanes, explicando a los vecinos las ventajas de ser independiente de España. Y me cuentan que una de las personas que se han declarado voluntarias para este menester es la muy conocida periodista Karmele Marchante, a quien parece que le ha dado un ataque de independentismo, a lo está en todo su derecho. Como lo tiene, me parece a mí, para golpear puertas con los nudillos o a llamar a timbres desconocidos, como si vendiese enciclopedias o prédicas mormonas.

Parece –yo no lo he visto, pero conste que no abomino de programa televiso alguno: si existe la ‘telebasura’ es porque alguien la consume—que, en el espacio de la pequeña pantalla donde se desempeña doña Karmele, hubo un vivo debate, no sé si de altura, entre algunos de los personajes que allí ejercen de tertulianos, como Don Kiko Matamoros o doña Belén Esteban, y la mentada señora Marchante, debate en el que abundaron calificativos como ‘fachas’ dedicados a quienes, contra lo que doña Karmele predica, abominan de la independencia de Cataluña. ¿Son, somos, ‘fachas’ quienes pensamos que mejor será para los catalanes, para el resto de los españoles y para todos los europeos, dejarse de locas aventuras independentistas?

Hace algunos meses que no viajo a Cataluña –ahora, lo políticamente correcto sería decir que me encanta Cataluña, lo que es la pura verdad–, pero me dicen que el clima se ha adensado no poco. Amigos de hace tiempo me aseguran que ya no hablan ‘del tema’ –no hay otro—ni siquiera con familiares cercanos, no digamos ya con los vecinos, deudos, comilitones, transeúntes o encuestadores. En los medios públicos catalanes acabó la controversia, porque todo se inclina hacia el mismo lado. No me extraña, por tanto, que en sitios donde la ‘bronca’ es paraje obligado para atraer audiencia, tener una tertuliana que se proclame abiertamente ‘indepe’, en lo que no deja de tener valor, provoque animada controversia, por decir lo menos de lo menos, porque parece que controversia sí hubo y animación, incluso acalorada, no poca.

Se me ocurrió escribir la noticia de mi compañera Karmele en un tweet, porque su recorrido puerta-a-puerta por la independencia me pareció noticioso. Madre mía la que se armó: hubo quien, con notoria exageración, dijo incluso que hasta preferiría la visita de Marta Ferrusola. Entre otras gracietas cañís. Ya se sabe: las cosas de twitter…

Pero me temo que todo este ‘affaire’ de la tentación secesionista de la Generalitat, que hoy tanto nos angustia, acabará con una inmensa risotada en la que alguien habrá dado el campanazo sin haber podido hacer la campañaza soñada; ese alguien, a más a más, habrá hecho el ridículo e iniciará, o acelerará, su particular hundimiento político. Conste que espero que ocurra algo de esto, porque no sería lo peor que podría pasar, desde luego. Lo peor es lo que pueda suceder tras las risas, el ridículo y el hundimiento, que serían la parte ‘light’ del relato. No quiero ni volver la cabeza en busca de la Historia, que es eso que debe aprenderse para no repetir jamás sus partes negativas. Lástima que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, que hace que los pasajes trágicos sean un ‘deja vu’ y que llama dos voces a la misma puerta en la que no le responden, ay Karmele, ay Karmele.

Adiós, Gallardón, adiós

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/14



Gallardón tenía que marcharse

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/14

Tenía que dimitir. Pero ¿a quién voy a criticar yo ahora? http://www.diariocritico.com/opinion-analisis/fernando-jauregui/462857

A Rajoy todo esto le suena a chino

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/09/14


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(he elegido una imagen ‘graciosa’, entre las que he encontrado, pero la cosa no tiene ni pizca de gracia: es muy seria)
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El ‘no’ al independentismo en Escocia se conoció el mismo día en el que el Parlament catalán aprobaba la ley de consultas con la que Artur Mas pretende celebrar ‘legalmente’ su propio referéndum el día 9 de noviembre. Ajeno a los ecos, unánimemente favorables, que el rechazo a la independencia de Escocia ha cosechado en el mundo entero, el president de la Generalitat mantiene su rumbo hacia algo que incluso sus asociados de Unió admiten que es bastante similar a un suicidio político. Así que lo importante ahora es dilucidar los efectos del terremoto generado por el voto escocés en la ‘otra parte’ del conflicto catalán, es decir, en Madrid. Y todo indica que, aunque de modo prudente y hasta timorato, el Gobierno de Mariano Rajoy está dispuesto a dar algunos tímidos pasos. Sobre todo, porque ya son bastantes las voces que en la UE empiezan a señalar sus paralelismos (y sus obvias diferencias) con el ‘premier’ británico, Cameron.

Lo menos que puede decirse del rumbo político del Gobierno español en las últimas semanas es que parece algo errático: marcha atrás en la reforma del aborto –dejando abierta la puerta de la dimisión al titular de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón–, marcha atrás en los planes de reforma de la normativa electoral para que el alcalde sea directamente el más votado. Muchos primeros ministros salieron el viernes a la palestra para explicar sus reacciones ante un acontecimiento político de primer orden a escala europea, como el referéndum escocés. Mariano Rajoy se conformó, como suele, con el vídeo. Plasma en lugar de afrontar las preguntas, que tanto parecen aburrirle, de los periodistas. Nada de dar la cara.

Me encuentro entre quienes piensan que David Cameron ha hecho una buena labor: algunos le critican haber permitido el referéndum. Yo discrepo: no había legalidad en contra y él creía que un debate convenientemente conducido podría, junto con la tozuda realidad de los intereses –bancos que amenazan con cambiar de sede, empresarios que amenazan con cortar inversiones, las presiones de la propia UE–, llevar a la derrota del ‘si’. Incluso, dicen que se barajó en el 10 de Downing Street, por más de diez puntos, como así fue. Pero donde Cameron ha dado muestras de grandeza política ha sido en el momento de las reacciones tras el veredicto de las urnas, que daba la razón a las tesis unionistas: fue generoso con el derrotado y consecuente con la hora de cumplir sus promesas de más autonomía para Escocia. Y dijo, y esto es lo que más me interesó, que se ha abierto una “oportunidad” para que los ciudadanos sean gobernados de otra manera.

¿Han entendido Rajoy, Pedro Sánchez y demás componentes de la ‘clase política’ (yo nunca la llamaré, pese a que a veces estoy tentado, ‘casta’) el mensaje? De momento, no hemos escuchado del secretario general del PSOE una explicación convincente al hecho de que los socialistas catalanes votasen el viernes ‘sí’ en el Parlament catalán a la ley de Consultas, que, como dijo el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, abre la puerta a los intentos secesionistas, cosa que todos saben menos, al parecer, los dirigentes del PSC, comenzando por Miquel Iceta. Espero que comprenda Sánchez que no basta con arriesgados –y por otra parte bien diseñados—gestos mediáticos para convencer al cada día más exigente, más confundido, más enfadado, electorado español.

En cuanto al PP, sus dirigentes han recibido instrucciones, parece evidente, para tratar con exquisita prudencia el ‘tema escocés’, o sea, dejémonos de disquisiciones, el ‘tema catalán’. Pero son bastantes las voces que critican el ‘dolce far niente’ de Rajoy, que previsiblemente va a afrontar la convocatoria del referéndum y el consiguiente recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional…en China. Visita importante, sin duda, y fijada con mucha antelación, pero altamente inoportuna en estos momentos en los que conviene saber qué tiene que decir el jefe del Ejecutivo, el hombre que más poder tiene en España para hacer y deshacer, pactar o no pactar, conversar o no conversar, ceder algo o tirar de las riendas en todo. Estoy deseando escuchar a Rajoy decir un día, aunque sea ante los enviados especiales a China, como Cameron a los británicos, que se abre una oportunidad para gobernar a los ciudadanos españoles de otro modo, no a base de aburrirlos con falta de participación y parsimonia máximas. ¿Cómo se dirá eso en chino mandarín? Porque a veces parece que el clamor en busca de otras formas de incorporar a los ciudadanos a la tarea política, a Rajoy –y a tantos otros—les suena a chino.

Puede que el próximo Consejo de Ministros extraordinario, para estudiar las reacciones a la convocatoria formal, ley de Consultas en mano, del referéndum, tenga un carácter deliberante además de ejecutivo. Y eso, aunque Rajoy acuda a la reunión con la maleta lista para irse a Pekín. El mundo entero está ahora, tras el adiós de Salmond, pendiente de lo que ocurra entre Madrid y Barcelona. Nos jugamos esta semana algo más que la ‘marca España’.

Y claro que la victoria tiene un precio. Que se lo digan a David Cameron. Pero la derrota tiene un precio mayor aún. Y, más que ambas, el caos. Y puede que, aún más que eso, tiene un alto coste el ‘laissez faire, laissez passer”, actitud que en política acaba siempre, siempre, pagándose.