Dos españas que se embisten, pero nunca se invisten, o duelo a garrotazos

Enviado por Fernando Jáuregui | 31/08/16

Salí de la primera jornada de la sesión de investidura francamente desanimado: hasta horas antes, albergaba la esperanza de que no se llegasen a celebrar esas terceras elecciones en un año, allá por las navidades o prenavidades; ahora pienso que el único acuerdo inminente que habrá entre las fuerzas políticas será el de impedir que la votación sea el 25 de diciembre, forzando –unánimememte, eso sí—la ley para anticipar en una semana la fecha, a base de acortar la campaña electoral. Lo cual no deja de ser una radiografía en toda regla de la situación a la que nos ha conducido no sé si la mal llamada ‘clase política’ o la peor llamada ‘vieja concepción de la política’: los partidos, por encima del interés nacional; las personas, por delante de la ciudadanía. Un desastre, en todo caso. Disfrazado, eso sí, de ideología, y utilizando mucho más las hemerotecas que los proyectos de futuro.

Vimos en el debate de este miércoles un bipartidismo que se atizaba con el ya clásico ‘y tú más’, presentando las ya dos desesperantes Españas, la que casi todo lo ve bien, porque está en el Gobierno, y la que todo lo ve mal, porque está en la oposición. Se embestían con ferocidad, haciéndonos perder casi toda esperanza no ya de que la investidura sea ahora posible, que no lo será, sino que tampoco lo será, con estos mismos protagonistas, si se celebra una nueva sesión de investidura allá por finales de septiembre o comienzos de octubre.

La distancia –dialéctica, que no tanto real—es tanta, la hostilidad de tal grado, las descalificaciones al candidato tan absolutas, que sería impensable que el mismo Pedro Sánchez que atribuyó a Rajoy todos los males del infierno tuviese dentro de un mes credibilidad para permitirle, con su abstención presente o futura, seguir en La Moncloa, sea a cambio de lo que sea. Tampoco creo que, a estas alturas, Sánchez sea sensible a las peticiones del centrista Albert Rivera, que era el único que trataba de impartir algo de concordia, tratando de ser puente entre las orillas incompatibles, y dé su brazo a torcer: ya solamente una revuelta en el PSOE contra su secretario general y parte de su Ejecutiva, que no me parece algo fácil, podría evitar esas terceras elecciones.

Ví este miércoles en los pasillos, poco antes de que se iniciase la votación –los métodos de la misma, por cierto, son arcaicos—que tuvo los resultados previsibles, que ese desánimo mío era compartido por casi todos los diputados con los que pude hablar, fuesen del grupo que fuesen: las elecciones de diciembre se admiten ya casi como un hecho. Ví a Rajoy resignado, casi divertido ante la catástrofe de la que tanto nos ha advertido; solamente perdió los nervios, y hasta cierto punto me pareció comprensible, con el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, ese Tardá que nos tiene acostumbrados a las mayores demasías en sus intervenciones en el hemiciclo: no puede haber un Gobierno ‘de progreso´ en el que los postulados de Esquerra condicionen una hipotética investidura del candidato socialista, si es que llega a presentarse: aceptar las tesis de Tardá desvirtuaría por completo al PSOE que conocemos.

Con Sánchez, Rajoy estuvo simplemente en modo oídos sordos; con Iglesias, hasta se intercambiaron piropos, tan lejos están. Y con Rivera, su aliado coyuntural, no deja de advertírsele incómodo, y a la recíproca, pero qué remedio. La propuesta del líder naranja, para que los socialistas se unan a ellos en la oposición parlamentaria, pero permitiendo la formación de un Gobierno que dejó claro que no le gusta, cayó en barbecho: nunca más se podrá ya dar alguna entente entre socialistas y Ciudadanos, básicamente porque Sánchez ya no comprende, o no quiere comprender, lo que Rivera dice.

Claro, así, el debate, que era más bien ya un guiño al electorado de diciembre, no sirvió de gran cosa. El resultado estaba anunciado, las razones y sinrazones que se expusieron eran de sobra conocidas, las intuiciones sobre lo que iba a decirse se cumplieron. La radiografía del país sería, por tanto, la que se enuncia en el titular de este comentario: siguen las dos Españas, que se embisten y nunca se invisten y, en medio, alguien que quiere hacer de bisagra y resultará atropellado por ambas partes, aunque él confíe, muy justamente, el llegar a presidir el Gobierno, otro muy diferente Gobierno, algún día. Mientras, los que no quieren estar en ninguna de las dos Españas miran complacidos el deterioro de lo que llaman ‘el Estado español’; así, encuentran más pretextos para predicar la salida. Para llorar, por muy optimistas que queramos sentirnos: no nos dejan espacio para el optimismo.

…pues vaya preparándose para el 18 de diciembre…cuatro días antes de la lotería

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/08/16

De: Columnistas [mailto:columnistas@europapress.es]
Enviado el: lunes, 29 de agosto de 2016 17:50
Para: Fernando Jáuregui
Asunto: Re: jauregui va, por favor confirmasd. Gracias

Recibido, muchas gracias.

From: Fernando Jáuregui

Pues nada: vaya usted preparándose para ir a votar el 18 de diciembre, que es probablemente el único punto en el que habrá un acuerdo político por unanimidad en los próximos meses: en forzar las normas para que, en lugar de ir –o no ir, que sería lo que muchos elegiríamos—a las urnas el día de Navidad, hacerlo una semana antes. Porque, tras lo escuchado este lunes a Mariano Rajoy y sobre todo, a Pedro Sánchez tras su meteórico encuentro de menos de media hora, podemos dar por seguro algo de lo que no dudábamos: que la investidura de Rajoy, que este martes interviene para abrir la larga sesión parlamentaria que concluye, con la segunda votación, el viernes, va a ser un fracaso. Pero, después de asistir a la rueda de prensa del secretario general socialista, casi –casi– cabe incluso dejar de lado cualquier esperanza de que, en una posterior sesión, allá por finales de septiembre o comienzos de octubre, los socialistas acaben absteniéndose a cambio de algo y faciliten, con esta medida, que Rajoy sea investido y pueda formar Gobierno.

Y así estamos: el PSOE sigue instalado en el ‘no’ y su secretario general no parece demasiado dispuesto a cambiar de actitud tras el más que previsible fracaso de la votación del 2 de septiembre. Los acuerdos reformistas que suscribieron el domingo PP y Ciudadanos le parecen a Sánchez conservadores, casi más de lo mismo, y ello pese a que el pacto de Rivera –con el que este martes Sánchez ha consumado, con sus palabras, la ruptura— con el PP contempla la mayor parte de las medidas que suscribieron en marzo Ciudadanos y el propio PSOE, en su acuerdo de también fallida investidura de Sánchez.

Y, si Rajoy fracasa, como fracasará, en la votación de esta semana, ¿intentará Sánchez formar un Gobierno alternativo ‘de progreso’ con Podemos, el PNV, los nacionalistas catalanes y Esquerra? Cuatro veces se lo preguntaron los periodistas al secretario general de los socialistas en su rueda de prensa de este lunes tras el encuentro con Rajoy. Y cuatro veces se escabulló Sánchez, a quien solamente le pudimos sacar eso de que el PSOE “quiere ser solución”. ¿Eso es decir sí a intentar un Gobierno alternativo, pese a la prohibición del comité federal socialista de pactar con ciertas fuerzas como los separatistas?

No lo creo. Sánchez no se atreverá a desafiar a su ‘barones’ de manera tan abierta. Ni, por cierto, a sus votantes en Castilla y León, Castilla-La Mancha, Andalucía…a los que gustaría bien poco un pacto con quienes quieren separarse del resto de España. Entonces, ¿cuál es la alternativa que maneja Pedro Sánchez? Yo, sinceramente, no lo sé. Como tapoco entiendo que Rajoy no haya aprovechado la ocasión de este lunes para hacer al tozudo socialista una verdadera y profunda oferta de cambios. Así, ni uno los propone, ni el otro los acepta, con lo que los avances políticos pactados primero entre PSOE y Ciudadanos, y después entre Ciudadanos y el PP, se quedan en agua de borrajas: significaban un cierto avance para el país, modesto, a mi entender, porque la regeneración ha de ir mucho más allá, pero eran, al menos, avances.

Yo todavía albergo una tímida esperanza de que algo ocurra de aquí a que, el 31 de octubre, acabe el plazo para negociar y empiece el conteo hacia las inexorables elecciones…elecciones que ya veremos si se puede evitar, retorciendo las normas, y el espíritu y la letra de las leyes, que coincidan con el entrañable día de Navidad. Yo creo que, ante esta tesitura, el PSOE corre el riesgo de romperse, y que algún ‘rebelde’ en las filas del grupo socialista se abstenga. Es uno más de los muchos riesgos que corre Pedro Sánchez. Pero entiendo que esa no es sino una esperanza personal, convencido como estoy de que las catástrofes se pueden evitar, aunque sea pactando cosas que no son fácilmente pactables. A menos, claro, que prevalezca el ‘sostenella y no enmendalla’, porque los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los ciegan.

De lo que sí estoy seguro es de que en esta sesión de investidura, diga lo que diga Rajoy en su discurso de este martes –que seguirá, claro, tendiendo manos, aunque sin ofrecer muchas cosas concretas a cambio–, el presidente en funciones seguirá siendo lo mismo: presidente en funciones. Y también estoy seguro de que Pedro Sánchez no logrará encaramarse al principal sillón de La Moncloa, por muchas ofertas que le haga Iñigo Errejón –Pablo Iglesias sigue como en segunda fila–. Pero ya no estoy tan seguro de que no tengamos que ir a las urnas el 18 de diciembre. Bueno, yo ya anuncio que muy probablemente no iré: no se me ocurre otra forma de protesta ante esta locura en la que nos han metido.

Seis escaños que son una coña.

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/08/16

Vaya por delante mi contento por el hecho de que entre Ciudadanos y el Partido Popular se hayan acordado más de ciento cincuenta medidas reformistas, de lucha contra la corrupción y de mejora del estado de bienestar. Lo digo para que nadie me acuse de agorero ni de actuar como Don Pésimo cuando, a continuación, diga que muchas de esas medidas son inconcretas, algunas poco relevantes y que, en todo caso, Albert Rivera y su equipo no han logrado “arrancar” (el término es de Rivera) a Mariano Rajoy y su equipo los cambios de gran calado que el país necesita. Lo logrado es bueno para España, sí; pero eso no es el Cambio, con mayúscula, que, en el orden territorial, constitucional, electoral y administrativo precisa la nación para que, en el desdichado caso de que hubiese unas terceras elecciones, no nos demos de bruces con unas cuartas, y luego unas quintas, porque el sistema y las normas son las mismas, y las encuestas siguen insistiendo en que los españoles, cosa admirable, votaríamos más o menos igual que desde diciembre, escaño arriba o abajo. O sea…

Este que firmaron este domingo Ciudadanos y el PP no es un acuerdo de gobierno, evidentemente; es un acuerdo que, como dijo Rivera con acierto, cambia algo el funcionamiento del Parlamento, pero no el Ejecutivo, que se formaría exclusivamente por el PP y que ya se ve que sigue con sus reticencias a los cambios: en la rueda de prensa de Rajoy se evidenció su contento por el hecho de que ya cuenta con ciento setenta escaños, mientras que en la previa de Rivera la satisfacción era por los cambios “arrancados”, insisto, al PP. A ver cómo se concretan esos cambios, que esa es otra, porque la redacción, especialmente en temas como la comisión de reforma constitucional, es particularmente tímida, y ya nos dijo Rajoy que eso de la reforma de la carta magna es “un supuesto”.

En fin: bien venidos sean los acuerdos que suponen una cierta regeneración, aunque su puesta en marcha dependería de que la investidura de Rajoy saliese adelante, que desde luego esta semana no saldrá, y de la propia voluntad del PP, que siempre arrastra los pies cuando se habla de cambios, porque, en el fondo, Rajoy sigue pensando, y tiene derecho a ello, aunque quizá no tenga razón, que todo va bien, si bien puede ir mal, advierte, si la cosa sigue así.

Y entonces, ¿ahora qué? Pues ahora sucede que, al menos, esas ciento cincuenta medidas acordadas entre el PP y Ciudadanos son irreversibles: no tienen marcha atrás porque nadie se atrevería a volver grupas.

Este lunes, en su encuentro anunciado con el presidente en funciones, Pedro Sánchez responderá ‘no’ a la petición de Rajoy para que se abstenga y permita su investidura esta semana. Yerra Sánchez, desde luego, en su empecinamiento, pero también, a mi juicio, se equivoca Rajoy en los planteamientos que nos anuncio este domingo: le dirá a Sánchez, dijo Rajoy, que ya cuenta con 170 escaños para su investidura, cuando, según mi criterio, lo que habría de decirle es que ya tiene admitidos ciento cincuenta de los doscientos puntos que el propio PSOE negoció hace solo cinco meses con Ciudadanos.

Y es que Rajoy pone el acento en el desbloqueo de la situación, necesario por la elaboración del Presupuesto y las exigencias europeas (y para mantenerle a él en La Moncloa), entre otras muchas razones: y, sin embargo, lo importante son las reformas para la España más moderna, justa y razonable. Si, a cambio de la abstención socialista, Pedro Sánchez y Rajoy acordasen un calendario suplementario de medidas regeneracionistas que Rivera no logró “arrancar” (repito, lo dijo él) al PP, el secretario general del PSOE puede que decepcione a los ‘duros’ de su partido, pero alegrará mucho a la mayoría del país, de eso estoy seguro. Y haría un gran bien a la nación, que, ya digo, necesita cambios que conformen el Gran Cambio.

Porque lo pactado entre Ciudadanos y el PP ni es el ese Gran Cambio, aunque sea un avance, ni va a servir para que Rajoy logre la mayoría necesaria para seguir en La Moncloa. Por ahora, porque sigo siendo optimista: en una segunda sesión, allá por finales de septiembre u octubre, tendremos cambios en las posiciones socialistas. O eso, o ya saben: el vergonzante acuerdo, seguramente unánime, para retorcer la ley y no hacer las elecciones el 25 de diciembre, sino una semana antes. Y todo por seis escaños, lo que no deja de ser una coña. Marinera.

Sonrían para la cámara, por favor

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/08/16

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((¿se harán foto conjunta firmando el pacto? ¿No se la harán? Oh, terrible dilema político. Los saco estilizados, por lo fantasmal del tema))
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Parece que el gran contencioso ahora, tras las amenazas dando un plazo de 48, luego 24, horas para concluir el acuerdo entre el Partido Popular y Ciudadanos, es si Mariano Rajoy saldrá a rubricar el acuerdo para su investidura con Albert Rivera, para hacerse la foto, como quiere el primero, o más bien no, como desea el segundo. En estos niveles andamos.

Porque Rivera sigue considerando que Rajoy, que este sábado inauguraba “o no” un nuevo curso político en Cotobade –repitió puntualmente sus mensajes más recientes–, no es digno de ejercer el Gobierno de España, pero qué remedio si una mayoría –insuficiente, eso sí—de electores quiere otra cosa. Así que sospecho que habrá acuerdo, faltaría más –total, es un pacto de muy mínimos; poca cosa realmente si se compara con los avances democráticos que necesita el país–, pero posiblemente no habrá lo que los americanos, sobre todo en elecciones, llaman ‘photo opportunity’. O sea, que Rajoy sí quiere una foto con Rivera para escenificar el acuerdo. Y, si puede ser, también el lunes dándose la mano con Sánchez para escenificar que le quiere pedir la abstención en su (la de Rajoy, digo) investidura, sabiendo, no obstante, que el socialista permanece en su terco ‘no y no, qué parte del no no entiende’ y toda esa sublime dialéctica política que caracteriza a quienes quieren ser nuestros representantes.

Fotos, imágenes que valen más que mil palabras –nunca más cierto, dado el escaso nivel del discurso político—antes de la sesión de no-investidura que copará los titulares de la semana próxima, cuyos discursos ya preparan los ‘cuatro tenores’ que cantan la crónica de la discrepancia anunciada que nos lleva al desastre, que está siendo no menos anunciado.

Lo lógico, cuando se suscribe un acuerdo que, aunque a mi modo de ver tímido, significa un cierto progreso para el país, sería que los dos principales animadores del pacto saliesen juntos, satisfechos, a darse la mano ante las cámaras: algo hemos logrado. Que salgan por separado, que renuncien a la foto, significaría, al menos a mi entender, que ambas partes están decepcionadas por el alcance de los mini-acuerdos, cuyo contenido literal aún, cuando escribo este comentario, desconozco, porque nos van contando de qué se habla en pequeñas píldoras, no vayamos a indigestarnos con tanta insignificancia. Así que reitero mi satisfacción por el pacto, porque algo es algo, pero también mi extrañeza porque nadie, ni PP –a Rajoy le gustan poco los cambios, ya lo sabemos—ni C’s, que es mucho más reformista sobre el papel, hayan puesto sobre la mesa siquiera el esbozo de las enormes reformas de fondo y de calado necesarias. Nada: hemos llegado al reformismo ‘light’ al que hemos podido llegar. Así que ahora todo se reduce a que si ‘foto sí, foto no’.

Con Sánchez sí se hará probablemente una foto Rajoy. Con apretón de manos y hasta sonrisas al político modo, es decir, sin mirarse a los ojos. Total, para nada: para que Rajoy pueda culpar al socialista de que estemos en riesgo de repetir elecciones en Navidad –perdón, la semana anterior, que en esto seguro que habrá acuerdo para evitar una insumisión civil generalizada ante las urnas–, y para que Pedro Sánchez lo mismo: que el PSOE es la alternativa al PP y que, por tanto, no va a pactar con el enemigo, máxime cuando el enemigo ha procurado, con la fecha de la investidura, que los plazos para una hipotética marcha a las urnas sea nada menos que el día de Navidad, etcétera. Bla, bla a granell.

Yo creo que en el discurso inicial que prepara Rajoy para el martes tenderá una mano –con guantes—a Sánchez, y que, al día siguiente, que es el del rifirrafe con los portavoces, comenzarán las guantadas y los guantazos: ‘tú más culpable que yo de que tengamos que ir a unas elecciones’, y ese etcétera que usted y yo tan bien nos conocemos y que tan poco sirve al bienestar de la nación.

No, no habrá, al menos no hasta después del 2 de septiembre, esa foto de Rajoy, Rivera y Sánchez que es la única que desbloquearía la situación, aunque uno estuviese en el Gobierno y los otros dos en la leal oposición, impulsando más reformas, tras facilitar la investidura del primero. ¿Tendremos esa imagen antes de que, el 31 de octubre, nos manden de cabeza a otras elecciones, ya digo que, eso sí, el 18 y no el 25-D, porque sobre eso sí que habrá acuerdo oportunista? No lo sé, pero no estoy seguro de que un cierto acuerdo ‘in extremis’ no se produzca, en medio, claro, de las bravatas y descalificaciones habituales: yo creo que el PSOE no puede permitirse dos meses más instalado en el ‘’ mientras se le ofrecen reformas y regeneración.

Lo digo porque creo, sinceramente, que van a pasar muchas cosas, entre ellas dos elecciones autonómicas, alguna catástrofe en Cataluña, dos macrojuicios por corrupción, unos Presupuestos prorrogados y algún broncazo europeo, creo que sobre todo al líder socialista, de aquí hasta el 31 de octubre. Tantas cosas pasarán que hasta es posible un cambio de rostro/s de algún/os candidato/s. Y, mientras, tendremos al jefe del Estado, atado de pies y manos por la Constitución y por su propia extremada prudencia, y al país entero, amordazado por voluntad propia y constituido en inmensa mayoría silenciosa, en vilo. Y, eso sí, discutiendo todos, con la pléyade de leguleyos al frente, si somos galgos o podencos, lo que viene a ser la moderna definición de las dos Españas: ambas coinciden en apenas una cosa, en que aquí el que se mueve no sale en la foto.

Estamos pasando de escaño-castaño a muy oscuro

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/08/16

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((lo del reparto de escoños es de coña. Y hay muchos más ejemplos del surrealismo político que no sé a dónde nos va a acabar llevando: ¿a la insumisión generalizada?))
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Lo que está ocurriendo en la política española, al borde ya de la semana de la (no) investidura de Mariano Rajoy, es, simplemente, de no creer. Imposible ofrecer un espectáculo más completo de incompetencia, mala baba, rencillas cuarteleras y desdén por el pobre contribuyente/votante, que somos usted, yo y unos cuantos millones de españoles más. Ahí van algunos ejemplos (recientes) del desastre en el que estamos metidos y no por la culpa de usted, ni por la mía, ni por la de esos millones de españoles, cuya única responsabilidad en todo esto es no haber colmado aún su vaso de indignación ante el desmán permanente y no habernos organizado en una verdadera sociedad civil.

Ejemplo uno. La pelea de leguleyos en la que nos han enzarzado tratando de evitar que votemos el 25 de diciembre en unas hipotéticas terceras elecciones, que ya todos admiten incluso como probables, para sustituir el día de Navidad por el domingo anterior, es casi surrealista: están dispuestos a no dar su brazo a torcer cambiando su voto en la investidura y, en cambio, pretenden retorcer la normativa electoral, esa que tanto les cuesta reformar, para que el ridículo completo se convierta en solamente parcial. Porque yo, de entrada, suscribo la iniciativa pública del alcalde de un pequeño pueblo salmantino y, el día 25, no solamente no iría a votar, sino que me declararía insumiso si me tocase estar en una mesa electoral: que no voy, vaya. Y que luego tengan el valor de sancionarme. Por cierto, tampoco sé qué haré si la jornada de votación, porque el Congreso así lo ‘permite’ tras, ya digo, violar el espíritu (y la letra) de la ley, es el día 18 de diciembre, y no el de Navidad. Probablemente, tampoco vaya. Esa, y este comentario, son las únicas formas de protesta, pobre protesta, a mi alcance.

Ejemplo dos. Hay que ver la que se ha montado a cuenta de la colocación de los grupos parlamentarios en unos u otros escaños. Todos quieren estar en primera fila en el hemiciclo, no sé si para que las cámaras institucionales de la tele les sorprendan más fácilmente jugando al Pokemon. ¿De verdad esta es la reforma que importa? ¿Dónde se sienten los de Podemos, los de Ciudadanos o los del PNV? Maaadre mía…

Ejemplo tres.- La presidenta del Congreso, la por otro lado muy admirable Ana Pastor, anuncia que el discurso inaugural de investidura será el martes, a las cuatro de la tarde, interviniendo tan solo Mariano Rajoy y, al día siguiente, los restantes portavoces de los grupos. Olvidaba el Partido Popular la escandalera que montó cuando, en la brevísima Legislatura anterior, el predecesor de la señora Pastor, el socialista Patxi López, decidió el mismo orden: que el primer día interviniese solamente Pedro Sánchez, y al día siguiente los demás. ¡Las cosas que entonces se dijeron ante los micrófonos y fuera de ellos! Una muestra más de la inconsistencia del debate político español, en el que lo nimio sustituye siempre, siempre, a lo importante: pero ¿es que no saben todos que, sea cual sea el orden del debate, no habrá esta vez investidura?

Y lo importe es, son, las reformas de calado que hay que introducir en el texto constitucional y en la normativa electoral. No para que las elecciones no caigan, vaya por Dios, nada menos que en la entrañable Navidad, sino para que lo que está pasando desde el 20 de diciembre de 2015 no vuelva a repetirse jamás: hay que cambiar cuando menos el artículo 99 de la Constitución (entero) y ya aprovechar para cambiar algunos otros (bastantes) artículos, cambios que contribuyan, de paso, a solucionar el problemón territorial que se nos echa encima. Y hay que cambiar la normativa electoral no de un modo oportunista, sino para convertir el sistema parlamentario de elección del presidente por uno presidencialista, a dos vueltas. Entre otras cosas evidentes: porque ¿cómo presentar en público a un país en el que quien tiene más votos que otro tenga menos escaños?

Ejemplo cuatro. Que yo sepa, ninguno de estos cambios sustanciales se están debatiendo en esa comisión negociadora entre Ciudadanos y el Partido Popular que seguramente dentro de unas horas anunciará, tras los rifirrafes verbales de rigor, que ha llegado a un acuerdo para la investidura de Rajoy, que ya digo que será una no investidura, porque el PSOE se empeña, cada vez más contra la lógica de las cosas, en mantener su ‘no’. Más bien, lo que los naranjas y los azules negocian son cuestiones que, aun redundando en la mejora de la política lamentable de este país, tienen un tono menor: ¡pues claro que hay que reforzar las medidas anticorrupción, claro que hay que arreglar lo del Senado y lo de la Administración autonómica y local! Eso es tan obvio que es casi de Perogrullo y uno, por supuesto, saluda que tales reformas se pongan en marcha de una vez, junto con el desbloqueo de las candidaturas electorales, la limitación de mandatos y el eventual acortamiento –¿por qué no supresión? Si, en el fondo, ‘ellos’ siempre están en campaña…– de las campañas electorales, pero no solamente para que no tengamos que ir (o no ir) a las urnas el día de Navidad.

Tengo muchos más ejemplos en la cartera, pero he de dejarlos para otro día. Las limitaciones de espacio me lo imponen. Y no se pierdan los discursos en la sesión parlamentaria: el ‘y tú más culpable que yo de que tengamos que ir a unas nuevas elecciones’ va a ser la tónica de las intervenciones; no hace falta ser un adivino para pronosticarlo. Ni para denunciar la oportunidad que estamos perdiendo para, llegando a un acuerdo para una Legislatura abreviada –la última de Rajoy, según los acuerdos con Ciudadanos–, emprender las reformas regeneracionistas que, ya se ve solamente a través de los ejemplos chuscos que presento, tanto necesita nuestra España. Una auténtica Nueva Política. Pero nada, no hay nada que hacer: salvo sorpresas agradables que aquí jamás se producen, seguiremos donde estábamos, donde, ay, estamos.

‘Cambio’ es con ‘C’ mayúscula, no con ‘p’ de parches

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/08/16


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((perdón por poner nuevamente la prtada de nuestro último libro en este comentario. Pero es que del Cambio seguimos hablando. O no hablando, según se mire…))
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Ignoro si el acuerdo entre el Partido Popular y Ciudadanos para el ‘si’ de estos últimos a la investidura de Mariano Rajoy se firmará este viernes o el fin de semana, que parece ahora, por increíble que se nos antoje, la gran controversia entre ambas partes. Pero doy por hecho que, con todas las bravatas que escuchamos, las amenazas veladas, los faroles musísticos y las descalificaciones soterradas entre los negociadores, el acuerdo se dará: han ido demasiado lejos como para ahora volver grupas y que de lo dicho, nada.

Entre otras cosas, porque existe una cierta esperanza ciudadana no en que la investidura del próximo martes vaya a salir adelante –el ‘ no’ del PSOE, que es la clave, sigue siendo ‘no’– , sino en que esa negociación abra puertas, aunque sea en una primera instancia, al Cambio. Si PP y C’s acuerdan una serie de reformas útiles para el avance del país, difícil será que lo que venga después suponga un retroceso. Incluyendo en ese ‘después’ ulteriores negociaciones con el hasta ahora irreductible PSOE para que se avenga a abstenerse, allá por octubre, para permitir la investidura de Rajoy; todo lo contrario: al PSOE, para que empiece a pensárselo, habrá que ofrecerle más cambios, no menos.

Si hablamos de desbloqueo de candidaturas, limitación de mandatos o determinadas formas de lucha contra la corrupción –donde se ha impuesto, menos mal, el realismo, en lugar del maximalismo–, ya no habrá marcha atrás, suceda lo que suceda, aunque lo que suceda sea, esperemos que no, nuevas elecciones. Si entre todos determinan la reforma del obsoleto Senado, la reforma de las administraciones, la regeneración de ciertos órganos de la Justicia, la disminución temporal de las campañas electorales, seguro que no habrá vuelta al pasado, que de momento es el presente.

Por eso, el acuerdo entre PP y Ciudadanos en la mayor parte de puntos regeneracionistas que sea posible resulta sustancial, aunque no vaya a servir para asegurar que Rajoy siga en La Moncloa. Quizá eso sea ya lo menos importante: acaso, entre los cambios futuros a proponer al PSOE para que desbloquee esta inaceptable situación y se abstenga, haya de incluir la propia figura de Rajoy, por muy injusto que parezca que tenga que ser el ganador quien más haya de ceder. Puede que llegue a no haber, acaso, otro remedio: ¡es la razón de Estado, estúpido!, que dirían los clásicos.

Lo malo es precisamente eso: que los cambios que parece que se debaten en la mesa negociadora de PP y Ciudadanos no constituyen el Cambio. Son, a mi juicio, insuficientes, tímidos, incompletos: solo de pasada se habla de reformas constitucionales –yo hablaría de la Reforma de la Constitución–, los cambios en la normativa electoral son mínimos…

Y, desde luego, la presencia de Ciudadanos –y del PP—no va a resolver, por sí sola, el principal problema que tiene planteado España: el territorial. Cataluña, o el debate leguleyo sobre la candidatura de Otegi, son una buena muestra. Probablemente, los socialistas, incluidos en un futuro pacto de Legislatura, aunque sea como una parte de la oposición constructiva, como ha propuesto Albert Rivera, son esenciales para avanzar en la cohesión territorial y en el diálogo con los nacionalistas.

Pero para eso, claro, los dirigentes del PSOE habrán de replantearse muchas posiciones hoy, al parecer, irreductibles. Y tengamos en cuenta, a la vista de los resultados electorales en Cataluña y País Vasco, que incluso Podemos puede resultar muy importante, en su momento, para mantener, bajo los moldes que se acuerden, la unidad del país. Algo, algo, tendremos que ceder todos, sin olvidar la legalidad desde luego (pero sin que esa sea siempre la ‘maxima ratio’), para que la situación deje de ser tan indeseable, tan artificial, tan potencialmente explosiva, como sin duda lo es hoy.

Me alegrará mucho, como digo, la conclusión del pacto entre las fuerzas del centro-derecha y el centro, que sin duda será bueno, pase luego lo que pase, para el avance del país. Lo único que lamento es la falta de ambición reformista que muestran algunas fuerzas, y, aunque reconozco que se han hecho algunos esfuerzos, me refiero en este caso a varios de los que tienen la máxima responsabilidad en el Partido Popular, con Rajoy a la cabeza. Estamos, en suma, perdiendo una oportunidad de oro para, entre todos, hacer un país más justo, más moderno, más racional, más honrado…y menos surrealista. Para consolidar una sola España, y no diecisiete, con incitaciones, para colmo, a la división ehtre ‘derechas’ e ‘izquierdas’. Mucho hablar de cambios, pero el Cambio, con mayúscula, cada vez me parece que está más lejos. Sobre todo, de las cabezas de algunos de los que tendrían que propiciarlo.

No, no estaba Rajoy en el Garibaldi

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/08/16

Nada tienen que ver, obviamente, el revolucionario italiano y el ex etarra –vanos a llamarlo así– Arnaldo Otegi. Este último quiere fraccionar el Estado, y Garibaldi, por el contrario, luchó toda su vida por unificar la desmembrada Italia. Pero sucede que ambos estaban en las últimas horas en los titulares de los periódicos, y eso es lo que me preocupa: dos símbolos, y nos quedamos con el peor. Viendo cómo, a bordo del portaviones ‘Garibaldi’, los tres líderes europeos post Brexit, Merkel, Hollande y Renzi, discutían el futuro de la Unión Europea, uno se quedaba con la sensación de que faltaba un cuarto pasajero en el buque: el representante de la que es la cuarta economía de la Europa sin el Reino Unido. Es decir, España. Pero Mariano Rajoy, a quien le hubiese correspondido el cuarto atril en la conferencia de prensa en la cubierta de la nave, está, claro, en funciones. Y muy distraído, dicen, preparando su discurso en una investidura que perderá ante el ‘no’ tenaz de los que deciden ahora en el PSOE.

Y a nadie parece preocuparle mucho que el destino de esa Europa en la que a los españoles nos es imprescindible estar se debata, y se decida, sin nosotros a bordo. Ni estamos ni se nos espera. Porque el país está muy preocupado, al margen de esa no-investidura y de las cosas incomprensibles que hacen algunos de nuestros políticos, sobre si Arnaldo Otegi, el contrapunto de Garibaldi, podría o no presentarse a las elecciones como cabeza de lista de Bildu. Muchas veces he dicho que mal asunto cuando juristas, constitucionalistas y leguleyos de todas clases entran en el debate sobre el ser o no ser de la nación, que eso viene a ser, en el fondo, la legalidad o no de que la inhabilitación de Otegui le permita o no aspirar a ser lehendakari vasco, Dios nos asista. Y peor asunto aún cuando la desobediencia a las decisiones de las instituciones judiciales se instaura en determinados territorios de eso que catalanes, vascos y algunos gallegos llaman ‘el Estado español’ y no simplemente España: en Italia, que es la dueña del ‘Garibaldi’, héroe nacional, nadie habla del Estado italiano, no al menos con el sentido de evitar pronunciar la palabra ‘ Italia’, y eso que se trata de un país con mucha menor solera histórica que el nuestro. O quizá por eso. Y Francia y Alemania, lo mismo: piensan en Europa, no en Córcega, la Padania o en la marcha del Estado de los länder, que esos son temas ha tiempo resueltos, menuda suerte que tienen.

Pero así están las cosas. Como si, pasase lo que pasase, Otegi no fuese a convertirse en el símbolo electoral para que Bildu mejore esos resultados catastróficos que le auguran los sondeos, a manos, por cierto, de Podemos: menuda publicidad estamos haciendo, entre todos, con el pseudo debate jurídico, a quien tan falsamente se quiere el ‘Mandela vasco’. Bueno, y luego está lo de Cataluña y el Tribunal Constitucional, otro debate togado de cortos vuelos y larga trascendencia. Pues eso: aquí andamos entre galgos y podencos, debatiéndonos entre las ‘derechas’ y las ‘izquierdas’ –o, al menos, sobre eso se debate el secretario general socialista– y polemizando sobre si Ada Colau debe o no estar presente en la Diada. Las dos, tres o cuatro Españas. ¿Cómo vamos a pensar en una Europa unida si no somos capaces de consolidar una España unida?

Pocos países, como el nuestro, más ansiosos por tirar por la borda, ahora que hablamos de barcos, todo lo conseguido. Y estamos a punto de ello: una nación boquiabierta aguarda a que ‘ellos’ vuelvan definitivamente de sus vacaciones para ver si recuperan, sin el pantalón corto vacacional, las ideas largas, de altura.

Pero ya, de momento, no estamos en el Garibaldi, que andamos pendientes de Otegi y del discurso que, mientras trotaba por Ribadumia, preparaba Rajoy para solarlo en el Congreso el día 30. O del que, saliendo del baño en Ibiza, pergeñaba Pedro Sánchez. Total, ambos para lo mismo: para culpar al otro de ser el máximo responsable de que acaso tengamos que ir a unas hipotéticas elecciones ¡el 25 de diciembre! Eso, que, claro, no ocurrirá, se lo cuentas a los del Garibaldi y se parten de risa, vamos: ellos, ya se ve, en lugar de preocuparse de Arnaldo, Ada o el toro de la Vega, quieren arreglar Europa, los ilusos. Menos mal que nosotros no estábamos en tales fruslerías, sino en lo que importa: lo de Arnaldo o Ada, o preguntándonos qué tal ha pasado el veraneo Pablo Iglesias, ya te digo. Y Donald Trump, aún en libertad, maaaadre mía…

Rajoy y Sánchez se enseñan las piernas

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/08/16

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Pantalones cortos, ideas cortas: al menos, cuando se vean ya no se habrán ocultado nada. Bueno, excepto los ojos, a los que no se mirarán
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Fernando Jáuregui

Estoy un poco harto, la verdad, de ver las acreditadas piernas presidenciales subiendo y bajando la ruta da pedra e auga, algo que uno hizo tres años atrás, comprobando que hay que estar en bastante mejor forma de lo que uno está para trotar por la ruta de Ribadumia; o sea, que Rajoy está en forma o más que uno, al menos. Como Pedro Sánchez, que ya no teme ser cazado por los ‘paparazzi’ del ‘selfie’ bañándose en Ibiza y mostrando que no es Cristiano Ronaldo, hombre, pero tampoco tiene una barriguita cervecera.

Se les ve en forma (física), en suma, a los dos hombres de los que depende nuestro destino. Qué bien. Lo malo no es verlos con los pantalones cortos, piernas al aire como cualquier veraneante o como cualquiera de los hombres con los que me encuentro haciendo la compra en la gran superficie de mi pueblo: lo verdaderamente malo es cuando sospechas que también las ideas están acortadas, que no hay nada que hacer para que nos saquen de este surrealismo político en el que estamos metidos. Bueno, al menos los emergentes Rivera e Iglesias, que no son precisamente Petronio –especialmente el último, claro—no andan exhibiendo su ‘dress code’ de relax a los españoles que pueden, o no, tomarse unas vacaciones fuera de casa, pero que lo que piden a quienes aspiran a representarlos es que no nos creen más problemas, no que nos muestren lo bien que lo están pasando.

Está claro que en agosto no se pueden hacer planes políticos, porque la cabeza de ‘ellos’ está en la playa o en la montaña, y conste que no equiparo a Rajoy, que hace, con todas sus limitaciones, lo que puede en busca de un acuerdo, con Sánchez, que no sé muy bien qué hace, al margen de recorrer, turista nada anónimo, los pueblos y tierras de España. La investidura de finales de este mes no saldrá adelante, porque el ‘no’ del playero Sánchez (insisto: ¿quién fabrica la imagen de este hombre, quién?) parece inamovible. Pero ya llegará el otoño, ya llegarán las prisas por pactar y entonces el PP aceptará muchas de las cosas que le pedirá el PSOE a cambio de un giro en el rumbo terco en la negativa.

Básicamente, porque en otoño ya llevan todos los pantalones largos, y eso, y el alejamiento de los paraísos vacacionales, puede que les alargue algo las ideas. Eso y, claro, que se vaya acercando la fecha increíble, imposible, del 25 de diciembre para que nos lleven a votar, que puede que vayan a llevar a votar a Rita la cantaora. Pero, antes que eso, ocurrirán muchas cosas, ya verán. En cuanto se quiten los pantalones cortos y vean que empieza a hacer mucho, pero mucho, frío.

Otra de Gila: ‘¿Está Sanchez? Que se ponga…’

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/08/16

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((Gila: ‘Oiga ¿está el enemigo? Que se ponga. Oye, que cuándo vais a atacar, que es que esta tarde tengo una fiesta en Ibiza…’ etcétera))
¿Cómo diablos no aparece un nuevo Gil, una nueva Codorniz, un Hermano Lobo resucitado en este país tan dramáticamente gracioso?¿Cómo no tenemos un Canard Enchainé, cómo andan tan lentos los del Jueves?))
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Está muy bien que Rajoy, en su papel de dialogante negociador, llame esta semana, o vaya usted a saber cuándo, a Pedro Sánchez. Y estará bien que, si sus múltiples ocupaciones se lo permiten, Sánchez se le ponga al teléfono. Al fin y al cabo, los teléfonos están para eso: para comunicarse, no para estar todo el día comunicando. Pero, en el caso Rajoy-Sánchez, me da la impresión de que el presidente en funciones pierde el tiempo si cree que va convencer a su interlocutor (que Rajoy, viejo zorro, por supuesto no lo cree) para que abandone su posición de ‘no y no’ a facilitar ahora la investidura del líder ‘popular’: ha ido demasiado lejos el secretario general socialista como para que, así como así, y aunque le prometan el oro y el moro regeneracionista y anticorruptelas, dé su brazo a torcer. Ya digo que habrá que esperar hasta octubre para eso. Que ocurrirá –lo del cambio de postura del PSOE, digo–, vaya si ocurrirá.

Si se me permite, me arriesgaré a avanzar el calendario de lo previsible, de acuerdo con el sentido común (bueno, no tan común en estos tiempos que corren en nuestra clase política): Rajoy llamará a Sánchez, se verán educadamente no se sabe si en esa enorme casa de citas en la que se ha convertido el Congreso, y recibirá un no menos educado ‘no’, para variar. Luego, o al tiempo, a Sánchez le llamarán Rivera –“no te puedes quedar al margen de este proceso de reformas, Pedro”—y Pablo Iglesias –“todavía lo podemos intentar, Pedro”–. Y, claro, le llamarán, o le han llamado, o le están llamando, los ‘peces gordos’ del PSOE que aún mantienen interlocución con él, amén de las figuras institucionales, internacionales y económicas que imaginamos. O sea, que el teléfono de Pedro Sánchez debe de ser uno de los más marcados en estas fechas, aunque no estoy seguro de que todas esas llamadas sean respondidas: menudo lujo, pedazo de poderío, permitirte el no contestar a ciertas llamadas que te piden que reflexiones, te dejes de cabezonerías y varíes un rumbo que ya casi nadie, aparte del círculo de tiza caucasiano, comprende.

Pero, desde luego, no es Mariano Rajoy quien puede convencer a Sánchez, por mucho que se adapte (en teoría) al proceso fuertemente reformista que han comenzado ya a negociar a toda vela el PP y Ciudadanos. Los recelos y la antipatía mutuos son ya irreversibles. Creo que Sánchez, a fuerza de repetirlo, se ha convencido de verdad de que Rajoy representa todo lo malo que se puede representar, y que su misión sagrada es salvar a este país de esa especie de anticristo que es el presidente en funciones, y ello digan lo que digan los electores.

Así que nada que hacer: derrota del candidato en la sesión de investidura del 30 de agosto-2 de septiembre, una sesión parlamentaria que va a ser bronca de verdad y que sospecho que ganará moralmente, ante los telespectadores y ante los medios, un Albert Rivera que va a decir que no quiere nada para él, sino para el bien de los españoles, y por eso se apunta a ser gobierno –sin gobernar—con Rajoy y a ser oposición –sin serlo del todo—con Sánchez, dejando a Podemos, a los nacionalistas, independentistas y demás fuera de este juego de tronos. Buena mano la del líder naranja, al menos en este reparto de cartas.

Así que el día 2 vuelven a repartirse estas cartas, esta vez con mesas de juego paralelas en las campañas electorales en Galicia y Euskadi, donde los resultados pueden tener cierta relación con lo que pase en una sesión de investidura posterior. Porque fíjese usted lo que puede ocurrir si, por ejemplo, el PNV, para seguir gobernando en Ajuria Enea,, necesita del concurso de los socialistas y los ‘populares’ vascos…

Y hay una cuarta mesa de póker en este panorama: el comité federal del PSOE, que sin duda tendrá que ser convocado en algún momento del mes de septiembre, ya que Sánchez ha declinado hacerlo hasta ahora. ¿De verdad es pensable que el principal órgano decisorio del PSOE entre congresos siga siendo la cámara de los aplausos de cualquier cosa que diga Pedro Sánchez, sin nadie que levante la voz para expresar matizaciones, críticas más o menos acerbas, ideas nuevas, alternativas, para decir en alto lo que susurran en las cenas con los amigos? Si eso fuese así, apaga y vámonos. Pero no será así. Y comprobaremos que, con unos u otros pretextos o, más bien, razonamientos, el ‘niet’ perpetuo se tornará en ‘quizá’ coyuntural, a cambio de alguna de las muchas cosas que a Sánchez y compañía se les pueden ofrecer para lubricar el tránsito. Y, así, ocurrirá que Rajoy podrá seguir gobernando, en situación de equilibrista –no sabemos si sirve para eso, pero seguro que le pondrán una red–, ganando tiempo para otros dos años, un tiempo del que saldrá, por qué no esperarlo, un país mejorado, con caras nuevas y menos caótico políticamente, que eso tampoco es tan difícil. Lo difícil es lo contrario, aumentar aún más este caos y llevar a votar en Navidad a los pavos, que serían, los que sobreviviesen a las fiestas, los únicos que se acercarían por las urnas, si es que hubiese alguien para abrir los colegios electorales.

La inminente rebelión del ‘Viejo testamento’ del PSOE (creo)

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/08/16

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((¿qué piensn gentes como Abel Caballero, Felipe González, Guerra, V<lrinao Gómez, Solana, Bono, Almunia, Zapatero, Javier Fernández, Lambán, los disidentes de Madrid, la propia y silente Susana Díaz, de lo que está pasando en el PSOE? Preveo, a este paso, una rebelión contra Pedro Sábchez, inmerso en un tacticismo que nos está costando mucho tiempo, y quizá dinero, a los españoles))

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Es el nuestro un país conformista, y hablo por igual de las dos Españas, la de ‘las derechas’ y la de ‘las izquierdas’, según la etiqueta, tan pasada de moda, de Pedro Sánchez. Estamos encantados de recibir más turistas que nadie; del oro y plata cosechados en deportes tan hispanos como el badmington (perdón: bádminton) o el taekwondo, y conste que estoy orgulloso con el modesto medallero olímpico español; felices por el récord de ingresos hosteleros que hace que casi un cuarto de la población empleada lo sea en esa industria…En fin, los españoles estamos tan contentos de la vida, si atendemos a algunos comentaristas pletóricos y a la filosofía mariana de que todo va bien, que nos mostramos dispuestos a tragar con todo lo que nos hagan. Y ya hay quien, manso, se prepara para votar el día de Navidad por correo, porque tendrá que estar atendiendo obligaciones y devociones familiares fuera de su domicilio habitual. Como si fuese lo más normal del mundo, vamos, esa situación de locos a la que nos abocan algunos de quienes quieren erigirse en nuestros representantes.

Consciente como soy de que, simplemente, es imposible eso de las elecciones el 25 de diciembre –ahora hay leguleyos que dicen que, reduciendo la campaña electoral, la votación podría ser el 18–, anuncio desde ahora que, si contra todo sentido común, esas elecciones se celebrasen, y si me toca ser presidente de mesa o algo, desobedeceré la convocatoria, y que, en todo caso, no iría a votar o votaría clamorosamente en blanco. Y que haré todo lo posible para que no sean los personalismos de quienes nos han conducido a esta situación los que encabecen esas candidaturas: los responsables de traernos hasta aquí no pueden seguir siendo quienes aspiren a seguir conduciéndonos por las rutas del desastre.

Pero eso no ocurrirá, porque no habrá terceras elecciones: de aquí al vencimiento del plazo para disolver las cámaras –el 31 de octubre—, aquí tienen que pasar muchas cosas, además de la ‘conversión’ de Rajoy al reformismo, como Rivera se convirtió al ‘sí’ a la investidura de alguien a quien aprecia tan poco como Mariano Rajoy. Pablo Iglesias se ha convertido, cayéndose del caballo de la soberbia, al silencio y a la prudencia, a la espera de que el único no converso, Pedro Sánchez, se pegue el batacazo que sin duda se va a pegar. El viernes, desde Ibiza y con Francina Armengol riéndole las gracias (pero ¿quién fabrica la imagen de este señor?¿Algún enemigo personal?), Sánchez insistía, tras la firma del acuerdo entre PP y Ciudadanos, acertadamente bautizado como ‘contra la corrupción’, que él seguirá votando ‘no y no’ a la investidura de Rajoy en las votaciones de los próximos días 31 de agosto y 2 de septiembre. Y es más: que votará, en su caso, contra los Presupuestos, aún no elaborados ni presentados y que, por tanto, Sánchez desconoce (sí, definitivamente tiene que ser alguien del PP, o al menos de Podemos, quien le asesora).

Así que sospecho que una de las cosas que tienen que pasar tras la fallida sesión de investidura de dentro de once días y hasta ese 31 de octubre, que es la fecha tope para disolver las cámaras y convocar las elecciones del 25-D (o del 18-D, o lo que sea que puedan retorcer esos leguleyos los preceptos constitucionales), es, simple y llanamente, que Sánchez tenga que marcharse. O rectifica sobre sus posiciones, o preveo, aunque aún no se detecte, una rebelión en toda regla contra él y contra los miembros que más apegados están a él en su Ejecutiva.

Rebelión de los del ‘viejo testamento’, comenzando por Felipe González, por Guerra, por Solana, Maravall, Bono, Almunia, Valeriano Gómez y hasta Zapatero, que algo han significado para este país, para no hablar de algunos ‘barones’, como Fernández Vara, Lambán, Puig, Javier Fernández y, desde luego, Susana Díaz, que están que ya no pueden más con este estado de cosas. Y me extraña que mentes tan juiciosas como las de José Enrique Serrano o Jordi Sevilla, ‘ministros en la sombra’ que nunca saldrán de ella, no hayan alzado ya sus voces descontentas, alarmadas. Para no hablar, y yo no puedo hacerlo en representación de todos, pero sí de mí mismo, de quienes votaron al PSOE pensando que eso iba a ser otra cosa y que nos llevaría por un camino de prudente regeneracionismo, forzando a Rajoy a hacer cambios que nunca quiso hacer y que ahora hará de la mano de Rivera. Lo que ocurre es que el viejo sentido de disciplina callada y de que ‘el que se mueve no sale en la foto’ contienen muchas lenguas en las sesiones del comité federal socialista…hasta ahora. Por algo será que Sánchez no quiere convocarlo, ni consultar, como antes hizo cuando pactó con Ciudadanos, a la militancia.

Solo se me ocurre que lo que sucede es que Sánchez quiera vender muy cara su inevitable abstención en una siguiente votación de investidura –allá por comienzos de octubre, ya digo– que facilite a su enemigo Rajoy seguir, durante un par de años como máximo, en La Moncloa: por ejemplo, potenciar esa comisión parlamentaria sobre la corrupción del PP ue tan malos ratos va a hacer pasar al hoy presidente en funciones; o ser presentado como el impulsor de un reformismo a fondo; o que los suyos le mantengan en la secretaría general como el mal inevitable. O sea, tacticismo puro y duro que está haciendo perder el tiempo a todo el país, con los consiguientes perjuicios nacionales e internacionales que ya sabemos. Un país, repito, conformista hasta que se le hinchan demasiado las narices, que es una hipótesis con la que no conviene jugar demasiado. Y lo de Sánchez o es locura o es juego. Casi prefiero lo segundo, aunque pierda. Sobre todo, si pierde.