Pero ¿quién coño dice que este es un país normal?

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/07/16

Escucha usted los informativos y le hablan del colapso en las carreteras, del lleno casi total en hoteles y casas rurales, ve usted las imágenes de playas abarrotadas, contempla cómo el Rey se despide de los deportistas olímpicos añorando sus viejos tiempos –qué tiempos…– de abanderado del equipo en una Barcelona llena de banderas rojigualda y entonces usted siente la tentacion de pensar: ‘qué diablos; las panaderías abren, los bancos funcionan, los grandes almacenes siguen vendiendo cada vez más, lo mismo que las fábricas de coches…eso es la normalidad, y ya me dirá usted qué importa si el Gobierno está o no en funciones’. De acuerdo: la apariencia es de normalidad, casi de prosperidad. Claro que, al tiempo, se celebraba este viernes el Consejo de Ministros pidiendo al Tribunal Constitucional que abra la vía penal ante el desafío secesionista de una parte del Parlament catalán, lo cual ya abre una pequeña sospecha a la posibilidad de que la normalidad, bien miradas las cosas, no sea tanta.

Le voy a contar a usted mi verdad, que no tiene por qué ser ‘la’ verdad, que es algo inaprehensible: jamás, en toda mi desgraciadamente larga vida profesional, me he enfrentado a un mes de agosto con tanta anormalidad política, económica y social envuelta en el papel de plata de los caramelos ‘normales’. De hecho, los periódicos están llenos de titulares que, al parecer, importan poco al ciudadano medio, hartísimo de los avatares que protagoniza eso que se llama clase política, pero que evidencian cierta gravedad: el enorme debate de constitucionalistas –ya he dicho que mala cosa cuando los constitucionalistas se adueñan de la polémica—sobre si Rajoy está o no obligado, en virtud del tristemente famoso artículo 99 de la Constitución, a comparecer en una sesión parlamentaria de investidura tras haber aceptado, quién sabe con qué condiciones, la invitación del Rey.

Y de ahí pasamos a todo lo demás: si, fracasado Rajoy en sus proyectos de llegar a un pacto para ser investido, porque parece que nadie le quiere –ya veremos–, debe Pedro Sánchez intentarlo con un conglomerado de fuerzas que, desde Podemos al PNV, se llevan fatal entre ellas, y con el propio PSOE. Que si Ciudadanos tiene que revisar sus negativas, que si los socialistas han de variar el rumbo… En fin, todo apunta a que estamos repitiendo las polémicas de diciembre de 2015, y que, a la vista de lo que estamos viendo, o alguien hace algo, o hala, de cabeza a las terceras elecciones, mal supremo que ya algunos vienen admitiendo como inevitable, aunque quien suscribe se niega a ello: de ninguna manera. Las elecciones repetidas no pueden convertirse en lo normal en este país que se va desquiciando a base de acontecimientos sin precedentes.

Bueno, si todo esto, más las advertencias de la UE, más la proximidad de los juicios otoñales de Gürtel y de las tarjetas ‘black’ y de la sentencia contra una hermana de Rey, puede considerarse normalidad, venga Dios y lo vea. Y es que ocurre que agosto suele ser un espejismo, un escape colectivo –bueno, el que pueda escaparse, claro, que no son todos–, que sirve para olvidar las pesadillas que llegan hasta el último viernes de julio. Y que, como el dinosaurio de Monterroso, ahí seguirán en septiembre.

Bueno, pues eso: que llegan los Juegos Olímpicos y es posible, toma normalidad, que nos traigamos algunas –no muchas te advierten—medallas. Y que en la playa de mi pueblo no cabe un alfiler, así que, ante tanto éxito de aglomeración, yo celebro esta normalidad quedándome en casa por si hace falta echar una modesta mano, desde la crítica periodística, a la construcción de un país que debería ser como los demás y resulta que no siempre, no en todo, lo es. Menos mal que, para anomalías, nos quedan Trump, Le Pen y un par de chiflados más, que si no… El que no se consuela es porque –será anormal, el tipo en cuestión– no le da la gana.

¿Habrá ‘sorpresa Sánchez?’

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/07/16


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(aseguran que el Rey está, más que preocupado, cabreado. Pese a su prudencia, no me extraña, la verdad)
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Entre las muchas especulaciones nacidas de la falta de una información sólida sobre conversaciones ‘reservadas’, contactos ‘lejos de la indiscreción de la prensa’ y hasta posibles pactos ‘subterráneos’, proliferan, claro, los rumores y las hipótesis acerca de lo que vaya a ocurrir(nos) en el marco del desmadre político que vivimos. Y, así, en cenáculos y mentideros las cábalas y caldos de cerebro más peculiares se disparan, convencidos todos de que este ejemplo de impotencia política que nos ha traído hasta donde estamos no puede ya prolongarse mucho más y menos aún desembocar en unas nuevas elecciones. Y una de las especulaciones, presuntamente basadas en indicios tangibles, que me llegan habla de una posible ‘sorpresa’ que será aportada por quien puede desbloquear con mayor facilidad la situación, es decir, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.

Hace tiempo que no escondo mi convicción de que en el comité federal socialista, órgano inoperante donde los haya, y en el secretario general de este partido residen la clave y la responsabilidad de que no se haya llegado hasta el momento a un acuerdo de Gobierno. Primero, por el ‘no, no y no’ de Sánchez a cualquier pacto con el PP de Rajoy; y, segundo, por las veleidades del socialista de acercamiento a una formación que simplemente no puede, por múltiples motivos, ejercer tareas de gobierno en estos momentos en España, como es Podemos. Así, el acuerdo suscrito en la anterior y efímera Legislatura entre el PSOE y Ciudadanos fue simplemente un recurso extremo, papel mojado: ya nada queda de aquel entendimiento, excepto quizá la convicción de que, con Rajoy al frente del tinglado, no es posible llegar a acuerdo de Gobierno alguno.

Y aquí, precisamente, reside una de las varias sorpresas que Sánchez podría darnos tras su encuentro de este jueves con el Rey o en algún otro momento posterior. Quienes dicen conocerle bien aseguran que su silencio y su alejamiento de los focos últimamente responden a una reflexión acerca de los pasos a dar a continuación. Creo que comprende que su ‘no, no, no’ ya no es entendido por casi nadie, y que son muchos los que, dentro de su partido –especialmente entre los ‘veteranos’–, piensan que la salida más digna sería una abstención en la investidura de Rajoy, por la que los socialistas podrían pedir un elevado precio en cuanto a reformas, incluso constitucionales. O puede, incluso, y es un tema del que bastantes hablan estos días, pero que nadie puede certificar que así vaya a ocurrir, que Sánchez se una a la exigencia de Albert Rivera para poder llegar a algún acuerdo con el PP: que Mariano Rajoy desaparezca de La Moncloa, siendo sustituido por una figura más dialogante. Habrían, entonces, decidido cargar sobre Rajoy, demonizado por las razones que fueren, la responsabilidad de no llegar a un acuerdo de investidura que evitase otras elecciones.

Me parece, en todo caso, poco probable que esa acabe siendo una salida, aunque verdaderamente llegasen Sánchez y Rivera a plantearla conjuntamente o por separado. Es cierto que Rajoy, que no puede vencer su talante inmovilista, podría haber presentado ofertas más atractivas (bueno, alguna oferta concreta, en realidad) para ‘forzar’ o ‘seducir’ a los demás para pactar con él; pero también es cierto que ha sido él quien más reforzado ha salido de las elecciones del pasado 26 de junio (los demás salieron debilitados) y a quien, por tanto, le correspondería gobernar. Y no menos verdad es que, aparentemente, nadie en su partido le está pidiendo que dé ese ‘paso a un lado’ que, entre otras cosas, exigiría la convocatoria del ya tan aplazado congreso del PP (tan aplazado, por cierto, como el del PSOE), la presentación de algún candidato alternativo y, aunque tal cosa no existe en el PP, la celebración de unas primarias para ver qué quieren los militantes y votantes ‘populares’, si mantener a Rajoy o promover a otro/a.

Así que difícil nos lo pone este ‘grupo de los cuatro’, con el que, naturalmente por separado, se va a entrevistar este jueves el Rey. Mientras, la desesperación en La Zarzuela cada día parece mayor, lo mismo que el desaliento en una ciudadanía que ya solamente parece querer escapar hacia unas merecidas (por la ciudadanía, digo) vacaciones.

Parece que se hablan, pero ¿se dicen algo?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/07/16


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(Los cuatro nos prometieron, a Quevedo y a mí, hablar con nosotros para nuestro libro ‘¡Es el cambio, estúpido!’. Ninguno de los cuatro cumplió. Tampoco es que me extrañe mucho, la verdad…))
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A un tipo como el que suscribe no le cuentan demasiados cotilleos, porque saben que uno los cuenta; que esa, y no la de confidente, es su misión. Pero de cuando en cuando a uno le llegan retazos de información que le hacen concebir esperanzas en que esa peculiar fracción de la sociedad española a la que hemos dado en llamar ‘clase política’ alienta, en el fondo, signos de vida inteligente. Que hay contactos, vamos. Y no porque lo diga algún digital, que asegura que entre Rajoy y Rivera hay algo más que los desdenes públicos que publicamos, qué remedio, en los periódicos. No: la verdad es que parece que los ‘teléfonos rojos’ están funcionando, que se hablan entre ellos, esa peculiar casta de ‘los cuatro’ –o de los tres, para ser más exactos—que se ha dado cuenta de que está a punto de ser expulsada del cuerpo nacional, harta como está la ciudadanía de sus actitudes, que son, ay, las de siempre: de hartazgo.

Y no, no conozco lo que se dicen en esas llamadas de teléfono rojo a teléfono rojo, o azul, o naranja, o hasta morado. Mentecato habrá que hablará de que se puede dar un ‘pasteleo’ entre ellos para evitar la catástrofe máxima, pero la verdad es que ojalá que tal ‘pasteleo’, o sea, intento de acuerdo, existiera. Si existe o no lo comprobará el Rey cuando, el próximo día 28, jornada en la que, por separado y en un auténtico maratón, recibe a ‘los cuatro’, tras haberse encontrado a partir de este martes con los demás: una jornada histórica en la que el jefe del Estado sabrá si la presidenta del Congreso puede o no convocar una sesión de investidura para el 3 de agosto, como estaba previsto, o habrá de posponerse este acto parlamentario porque, simplemente, no hay acuerdo en lontananza. A partir de ahí, nos tendrán que explicar qué se gana esperando unas semanas más a convocar esa sesión de investidura: ¿necesitan acaso nuestros líderes políticos comprobar con mayor certidumbre aún la falta de apoyo de una ciudadanía que ya les da claramente la espalda, que pide acuerdos razonables y que se dejen de postureos peligrosísimos?

Creo que los cronistas políticos carecemos, en suma, de los datos clave; hasta qué punto están rechinando las estructuras internas de los partidos ante una situación que amenaza con hacer saltar nada menos que el sistema. O hasta qué punto las llamadas desde La Zarzuela, entre otros centros de poder, están logrando alarmar a estos cuatro señores que tienen nuestro destino en sus pecadoras manos. Porque, en este país en el que muy rara vez se habla claro, las cosas ya no se pueden decir con mayor claridad: cierto que la UE nos soporta con paciencia, cierto que la sociedad civil, que anda como ausente, hace que las panaderías abran todos los días, los bancos sigan funcionando y sobre todo las playas se llenen de bañistas. Pero que no se engañe nadie: la normalidad está lejos porque todo está en tela de juicio y el futuro amenaza con lo que amenaza. Quisiera estar seguro de que, en sus momentos de lucidez, se lo dicen unos a otros cuando marcan los números tan reservados, tan secretos, tan exclusivos para ellos, en sus teléfonos rojos.

¿Usted cree que en agosto lo solucionamos? Pues más bien no, me temo…

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/07/16


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(Creo que Pedro Sánchez, en quien tantas esperanzas pusimos hace dos años, tiene que ser quien propicie el gran giro hacia la gobernabilidad. Ya nadie, y no hay más aque ver los periódicos y comentarios de todas las tendencias, comprende su posición, ni la de la algunos de sus cercanos en el PSOE. Se están suicidando, ¿es que no lo ven?)
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Como es lógico, a quienes nos dedicamos, con mejor o peor fortuna, a las tareas del comentario político, nos abruman con preguntas del tipo ‘¿tú crees que en agosto tendremos ya Gobierno?’. Mi respuesta es siempre la más cauta: ‘no parece que haya tiempo para que, ya el 5 de agosto, se haya dado un acuerdo entre los partidos para que Mariano Rajoy gane la investidura; las posiciones siguen estando muy alejadas’ es, más o menos, lo que digo. Y no, no parece que, de aquí a la primera semana de agosto, que es cuando, en principio, se fijó el comienzo de la sesión de investidura, las absurdas ‘líneas rojas’, los vetos que nadie comprende ya, los empecinamientos, experimenten un giro de ciento ochenta grados y el diálogo entre los partidos y sus líderes (y lo digo bien así: algunos partidos están hartos de sus líderes) dé el fruto apetecido.

Así que todo indica, y cuánto me gustaría equivocarme, que vamos a tener un poco más de lo mismo en esta semana, verdaderamente importante, que comienza: temo que vamos a intuir la desesperación del Rey ante la tozudez egoísta de unos líderes mucho más preocupados por la supervivencia o la primogenitura de sus partidos que por el bien de la patria. Al margen de las imprudencias verbales de Rivera, cuando dijo que pedirá al Rey que medie para que el PSOE abandone su ‘no, no, no’ a cualquier acuerdo que desbloquee la situación, reconozco que me gustaría que el jefe del Estado, en sus contactos esta semana con ‘los cuatro’ (acabaremos llamándoles ‘la banda de los cuatro’, si siguen exasperándonos tanto), dé algún puñetazo sobre la mesa: basta ya. Pero, de lo que conocemos del buen monarca que es Felipe VI, cabe deducir que su exquisita prudencia le llevará a ver, oir y, hasta cierto punto, callar, ante lo que le digan los empecinados. Y ya digo que me encantaría estar equivocado, porque pienso que el jefe del Estado tiene, al menos, el derecho al cabreo y a expresarlo.

Creo, en suma, que va a ser preciso un poco más de tiempo para que ‘los cuatro’ abandonen sus peleas de hemeroteca, sus y-tu-mas, sus teorías en el vacío sobre derechas e izquierdas, sus todo-va-bien-así- que-para- qué- cambiar y perciban que, en efecto, esto no puede seguir así. Quizá les venga bien la reflexión agosteña, mientras los ciudadanos se olvidan de ellos. Creo, y hasta espero, que los teléfonos rojos sonarán mucho este mes de agosto y que, al regreso, la luz se perciba al final del túnel. Si no, como ha dicho el ex Bono en una entrevista que ha tenido no poco eco, se tendrán que marchar los cuatro, reconociendo su incapacidad absoluta para solucionar el conflicto que ellos mismos han creado. Desde luego, unas terceras elecciones, que es una hipótesis aborrecible que se va abriendo paso como el penúltimo remedio, no podrían tenerles a ellos como protagonistas; ya ni siquiera en las del pasado 26 de junio tendría que haber estado alguno que yo me sé al frente de su candidatura.

Grandes remedios, giros valientes de timón es lo que obviamente se precisa. Nada más fácil –en teoría, claro—que decir que ‘ante la situación que vivimos, ofrecemos nuestra ayuda al ganador de las elecciones para que encabece un Gobierno de salvación nacional que, durante un año y medio, lleve a cabo todas esas reformas imprescindibles para que no vuelva a ocurrirnos lo que nos está ocurriendo’. A lo que el ganador de las elecciones habría de responder con un enorme acuerdo sobre ese programa reformista y con la formación de ese Ejecutivo amplio, verdaderamente de Cambio. Y, si no son capaces de hacerlo, pues entonces lo de Bono: que se dejen de verborreas y que se vayan, que seguro que hay reemplazos mejores que ellos para estos momentos de sin vivir en los que vivimos.

La Constitución (y ellos) meten al Rey en un brete

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/07/16


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(con esta situación a las que nos están llevando, incluso la Monarquía puede correr peligro. ¿Seguro que es eso lo que ‘ellos’ quieren?
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Mal asunto cuando los constitucionalistas comienzan a disputar acerca de lo que el Rey puede o no hacer de acuerdo con los preceptos, de una desconcertante ambigüedad, de nuestra ley fundamental. Unas declaraciones de Albert Rivera acerca de que solicitará al Rey que pida a los socialistas que se abstengan en la votación de investidura de Rajoy, si es que la hay, han provocado un aluvión de críticas al líder de Ciudadanos: “la Constitución prohíbe que el Rey borbonee”, ha llegado a declarar, con su particular gracejo, el ministro de Exteriores en funciones, José Manuel García Margallo.

Y uno, que, sin ser obviamente un profesional del constitucionalismo, ha tenido que leerse cientos de veces determinados pasajes de esa ley de leyes que nos dimos los españoles en 1978 y que, a mi entender, tiene ya más agujeros que un queso de gruyere, no está tan seguro de que las palabras, casi siempre sabias, de Margallo y de muchos otros que se han expresado en términos similares, aunque no tan castizos, estén tan cargadas de razón como podría entenderse a primera vista. Condenar al Monarca a ser un simple escucha de lo que le digan los líderes políticos, sin que pueda apenas expresar de manera más o menos tajante sus opiniones, es vaciar por completo la jefatura del Estado, condenarla a un papel de mero florero. Y me parece que el buen Rey que es Felipe VI, y la aborrecible coyuntura política por la que nos están haciendo atravesar, no merecen ni ese trato ni ese rol.

Claro que no estoy abogando por un intervencionismo del jefe del Estado en asuntos que deberían competir a eso que ha dado en llamarse ‘clase política’. Pero en tertulias y en otros comentarios opiné, tras los resultados del pasado 20 de diciembre, casi repetidos, aun con la mejora del PP, el 26 de junio, que “el Rey se la va a acabar cargando, se limite a no hacer nada o intente hacer algo para desbloquear la situación que los vetos, apriorismos y egoísmos de los responsables políticos han ido creando”. Y, merced a las declaraciones de Rivera, ahora que el titular de la Corona va a comenzar las consultas para la investidura la semana próxima, la triste profecía comienza a hacerse realidad.

Pero ¿por qué diablos no va a poder aconsejar el Monarca, en sus encuentros privados y teóricamente secretos con quienes pretender ser nuestros representantes, que abandonen sus absurdos discursos y se pongan a la tarea de acordar una Legislatura, aunque sea corta, de reformas legislativas y constitucionales que hagan imposible que una situación como la que vivimos se repita, olvidando cosas secundarias, como si eso conviene o no al fortalecimiento de sus partidos?

“ El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”, dice el artículo 56.1 de la Constitución, en un modelo de ambigüedad que da para muchas interpretaciones. Y, en el artículo 61, se dice que corresponde al Rey “Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución”. Por fin, y para terminar con esta excursión por los predios de nuestra ley fundamental, el artículo 99 establece que “ Después de cada renovación del Congreso de los Diputados, y en los demás supuestos constitucionales en que así proceda, el Rey, previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del Presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno”. Ni siquiera se advierte que este candidato haya de ser el representante de uno de los partidos que se han presentado a las elecciones, con lo que, en un supuesto de máximo riesgo para la Corona, su titular podría proponer a las fuerzas políticas la figura de un independiente, si no se llega a un consenso entre los ‘cuatro’ aspirantes actuales a La Moncloa y en evitación del supuesto indeseable máximo, otra repetición de las elecciones. Posibilidad de la que, por cierto, comienza ya a hablarse como si fuese una hipótesis que pueda darse, qué remedio.

Por lo demás, la Constitución no establece un plazo límite para las consultas reales, y ya se sabe que esos plazos empiezan a contar solamente a partir de que se celebra la primera sesión de investidura. Si no se logra llegar a esa sesión, esas consultas reales podrían prolongarse teóricamente durante meses, o durante años, haciendo inviable el sistema político y la propia figura del Rey. En este marco, ¿cómo no pensar en que el Monarca tiene que pedir al ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, que se someta a la sesión de investidura aunque no logre, porque los demás se lo niegan atendiendo a intereses variados y no siempre ‘sanctos’, los apoyos suficientes? ¿Cómo creer que Felipe de Borbón vaya a obviar recomendar a Ciudadanos y socialistas que cambien sus actitudes actuales, que comienzan –hágase, si no, un análisis a fondo de lo que están diciendo todos los medios—a ser del todo incomprendidas por la ciudadanía?

Entiendo que la responsabilidad de Felipe VI, que ha demostrado hasta ahora ser uno de los grandes reyes de la Historia de España en circunstancias especialmente complicadas, no empieza y concluye en recibir en audiencia a cada uno de los líderes parlamentarios –lamentable que los de Esquerra Republicana de Catalunya, además de los de Bildu, no quieran acudir: pero ¿no era hablando como se entiende la gente?–, darles la mano y despachar con ellos naderías durante el tiempo que dure el encuentro. Si el jefe del Estado no puede argumentar nada, aconsejar nada, si no puede decir cosas con sentido de futuro desde su posición ‘au dessus de la mêlée”, mejor es que ni se celebren tales encuentros; total ¿para qué?.

Yo me sentiría mucho mejor, más confiado, si supiera que Felipe VI, desde su indudable posición de autoridad moral, sí argumenta, aconseja y hasta da algún puñetazo sobre la mesa en estos momentos de tan grave zozobra política nacional. Y digo grave, sí, aunque los españoles, tan hartos ya de esta enorme insensatez, solo piensen, al parecer, en la escapatoria de unas vacaciones que nunca como ahora servirán para olvidar. Pero, al regreso, los viejos dinosaurios, es de temer, seguirán ahí.

Rajoy gana un set, no el partido

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/07/16

Descolocados y con el pie cambiado dejó Mariano Rajoy el martes en el Congreso a socialistas y Podemos cuando comprobaron que algunos nacionalistas catalanes y vascos habían votado a favor de la propuesta de PP y Ciudadanos para la vicepresidencia de la Mesa de la Cámara Baja. La cosa no va más allá de donde va, un mero acuerdo para el órgano rector de la sede parlamentaria, pero hay que reconocer que Rajoy se ha ganado además los plácemes generales con la designación de Ana Pastor como presidenta de la Cámara, contando con los votos de la formación naranja de Albert Rivera. Hay quien se pregunta cuánto van a costar esos diez ‘votos fantasmas’ que se unieron a ‘populares’ y Ciudadanos para sacar adelante la vicepresidencia. Y no falta, y probablemente con mucha razón, quien reproche la ‘falta de transparencia’ con la que el presidente en funciones actuó en sus contactos con los nacionalistas… que para colmo negaron cínica y oficialmente lo evidente: que los votos eran suyos.

El caso es que, aun mostrando lo encanalladas que están las formas (y los fondos) en la política española, evidenciando las dobleces de unos y otros, bordeando el ridículo de que se diesen diez votos sin paternidad conocida para apoyar a PP y C’s en los órganos rectores de la Mesa, hay que admitir que Rajoy se ha apuntado un tanto. Y no seré yo, ciertamente, quien se una a los ataques por haber contado con ‘nacionalistas y separatistas’ en este primer ‘contubernio’ parlamentario. Cierto que al socialista Pedro Sánchez se le criticó hasta la saciedad porque en algún momento pensó en apoyarse en Convergencia catalana (o como se llame eso ahora), en el PNV y hasta en Esquerra para formar una mayoría con Podemos que le hiciese superar la investidura para convertirse en presidente del Gobierno; pero desde luego el caso no era el mismo que ahora, porque en esa ocasión la gobernación del socialista hubiese quedado seriamente condicionada: recuérdese como Pablo Iglesias reclamó una vicepresidencia, los servicios secretos, Defensa, los medios públicos de comunicación…

Y, en cambio, ahora, como mucho, la máxima concesión que Rajoy va a hacer a los nacionalistas será facilitar que los catalanes tengan grupo parlamentario propio y los vascos obtengan algún tipo de prebenda concreta –¿la aproximación de los presos vascos a cárceles en nacionales. Euskadi, como por otra parte prevé la Constitución?- que les sirva para esgrimirla en la próxima campaña autonómica frente a Podemos y Bildu. Lo cual, por otro lado, tampoco viene mal a los intereses nacionales, sobre todo si se logra quitar a Esquerra Republicana la hegemonía de la ‘voz catalana’ en el Congreso de los Diputados.

Siempre he dicho que involucrar a los nacionalistas -y, si posible fuera, a los separatistas- en la gobernación del Estado no puede sino traer consecuencias beneficiosas para la unidad de la nación y para una mayor estabilidad política. Ignoro si Rajoy, en el colmo de la pirueta negociadora, conseguirá que CDC y PNV le apoyen también en su investidura -me parece improbable–, pero, por lo pronto, se ha iniciado el acercamiento. Ahora, la pelota está en el propio tejado de Rajoy, cuyas ofertas programáticas para ganarse aliados para la investidura no pueden calificarse sino de excesivamente tímidas. Y también, algo, está el balón en el tejado de Albert Rivera, que en algún momento tendrá que cambiar su anunciada abstención a la investidura de Rajoy por un voto afirmativo que incluso, entiendo, debería conllevar entrar en un Gobierno presidido por el hasta ahora repudiado presidente del PP y presidente del Ejecutivo en funciones: la presencia de Ciudadanos en ese Gobierno solo podría redundar a favor de los cambios regeneracionistas y en una mayor garantía contra la corrupción.

Porque la verdad es que ya no espero nada de un PSOE empeñado en el ‘no’, independientemente de las contrapartidas negociadoras que podría obtener con una posición más flexible. Cualquier giro importante en las posiciones del PSOE pasaría por un desmentido a sí mismo en el pronunciamiento del comité federal y por una salida de Pedro Sánchez, excesivamente comprometido de manera personal en sus negativas a cualquier acuerdo con el PP, de la secretaría general. Y ninguna de esas cosas se podrán sustanciar antes de que, el 5 de agosto, se celebre la segunda votación de investidura, que a tantos nos gustaría que se solventase ya con la formación de un Gobierno que, inevitablemente, estaría presidido por Mariano Rajoy.

Pero él ha ganado el set del pasado martes con la constitución de la Mesa del Congreso (y del Senado, donde el PP cuenta con mayoría absoluta): está lejos de ganar el partido, en el que el árbitro será esta vez el propio Rey, a quien, entre unos y otros, están colocando en una situación muy difícil. Confío en que Rajoy asuma la responsabilidad de la investidura, ofreciendo lo que en sus manos esté ofrecer para ganarse la mayor cantidad de apoyos posible, de la misma manera que espero que los restantes partidos entiendan que, qué remedio, a Rajoy le toca ganar en esta competición, pero que se trata de un partido de dobles. O de triples. Y ahí hay que saber repartir el juego.

‘¡Es el Parlamento, estúpido!’, diría, por ejemplo, Montesquieu

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/07/16


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(conste que no llamamos ‘estúpido’ a nadie; pero es una estupidez estar impidiendo los cambios imprescindibles para hacer una España moderna y más democrática. Y ¿quiénes son los responsables, eh, quiénes?)
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Cierto que el Parlamento español ha quedado en los últimos siete meses para lo que ha quedado: para que los líderes políticos se reúnan en algún salón ‘privado’ para, llegan a decir, negociar tranquilamente, lejos de los oídos indiscretos de los periodistas que son la conexión con los ciudadanos, y para, luego, ofrecer la versión pactada de sus encuentros a esos mismos periodistas, que se agolpan en la misma incómoda sala de prensa para escuchar más o menos lo mismo que ya llevan meses escuchando. O sea, el Parlamento español –del Senado ya ni hablemos: gran piscina—se ha convertido en una especie de ‘press center’ que, teóricamente, resucitará de manera oficial este martes, quién sabe si para volver a declinar o para, confiemos, recuperar sus altas funciones de arquitrabe de una democracia.

Porque el Parlamento es, debería ser, eso: el centro neurálgico de la vida política democrática española. Las anomalías patentes por las que pasa esa vida política han hecho que el hemiciclo se haya convertido en atracción de turistas y las salas de comisiones en lugares vacíos y algo fantasmales que aguardan su renacer ante el aburrimiento de los bedeles. Veremos qué ocurre este martes, cuando se constituyan, más o menos con los mismos mimbres de la anterior y fallida Legislatura, las cámaras Alta –ya digo: gran piscina, gran pinacoteca—y Baja, a la que supongo que esta vez no acudirán algunos de determinados grupos parlamentarios para montar un ‘show’ entre guardería y circense, porque eso ya han comprobado que da malos resultados; a los españoles, tan acostumbrados como estamos, pobres de nosotros, a casi todo, nos sigue gustando un mínimo de seriedad en el recinto parlamentario; que innovación, cambio y nueva política nada tienen que ver con llevar bebés al escaño, prometer el cargo con discursos esotéricos, hablar de cal viva o besarse en la boca ante los sorprendidos ministros en su escaño azul.

Claro que sería imprescindible una reforma a fondo en los reglamentos de ambas cámaras para que las cosas funcionaran de modo más transparente que con esa ‘negociación en la sombra’, un toma y daca constante, para cubrir las Mesas y, por tanto, la presidencia, especialmente del Congreso, que en la Cámara Alta ya se sabe quién va a ser el presidente, merced a la mayoría absoluta obtenida por el PP. Pero han sido muchas las veces que se han pedido y prometido esas reformas, y nulas las ocasiones en las que nuestra peculiar –vamos a llamarla, piadosamente, así– clase política se ha puesto a ello.

Así las cosas, ¿quién ejercerá la presidencia del Congreso, quién se convertirá dentro de unas horas en la tercera personalidad en el protocolo del Estado, el hombre o la mujer encargado/a de llevar al Rey las propuestas, de ordenar los debates parlamentarios, de mantener el orden cuando Sus Señorías, festivas, tratan de establecer el caos? Cuando peguntas a tus fuentes, te aseguran, muy serias, pero mendaces, que no se está negociando el nombre de un presidente. Pero claro que Hernando&Hernando, entre otros, negocian a todo vapor: ¿de nuevo el socialista Patxi López, para mantener aquello de que alguien de la oposición equilibre los excesos del Ejecutivo? ¿Uno de Ciudadanos, para facilitar el acuerdo que dé paso a la investidura de Rajoy? ¿Uno del PP, se habla de García Margallo y hasta de Dolores de Cospedal, entre otros en la rumorología, porque es el PP quien más escaños tiene, aunque no sean los suficientes como para gobernar, y por tanto quien se queda con la presidencia, y a hacer puñetas pactos y componendas?

Quién sabe. Hasta Pablo Iglesias, en su infinita audacia, intentó ‘colar’ el nombre del catalán Doménech como presidente de la Cámara Baja. Ahí queda eso. Veremos si la capacidad de pacto, si el deseo de pluralismo, se muestran al menos en este trámite parlamentario, que es, por supuesto, mucho más que un trámite. Será el primer síntoma de que nuestros aspirantes a representarnos han entendido el mensaje de que negociar es ceder algo a cambio de algo, renunciar a tener la razón en todo y desistir de pensar que el adversario está en todo equivocado. Yo, sinceramente, optimista irremediable como soy, confío aún en que esta semana que entra comenzará a hacerse irreversible la imposibilidad de que se llegue a la ignominia de esas terceras elecciones de las que algunos hablan ya sin empacho, y confieso mi esperanza en que los cuatro actores principales de esta tragicomedia en la que ya no deberían ser ni figurantes entiendan los mensajes no de las urnas, que han desoído, sino el clamor de un país que empieza a estar hasta las narices, por decir algo. Si Montesquieu levantara la cabeza, sin duda recurriría hoy a la célebre frase del asesor de Clinton y proclamaría: ‘¡Es el Parlamento, estúpido!’.

Carta abierta a Pedro Sánchez en la víspera de su suicidio político

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/07/16

Quisiera que no piense que me siento un ciudadano diferente por ser periodista; puede que esté mejor informado en algunas, pocas, cuestiones, y, en cambio, mucho peor enterado de lo que la calle cree y piensa que el común de los mortales. O sea, lo mismo que usted. Pero creo, en este cuarto de hora, que tengo al menos este instrumento a mi alcance, y me siento hoy en la obligación de, en la muy humilde medida de mis fuerzas, tratar de hacerle llegar, señor Sánchez, una voz desesperanzada que sé que comparto con muchos.

Cuando usted llegó a la secretaría general del PSOE, don Pedro Sánchez, me ilusionó con reservas la posibilidad de un cambio, la llegada de una fuerza que soplase un viento nuevo y fresco sobre el inmovilismo en el que la Vieja Política nos tenía instalados. Luego, usted cometió algunos errores, el mayor de ellos renunciar a toda posibilidad de negociar a varias bandas un Gobierno reformista. Era un ‘o ellos, o nosotros’ en el que era seguro que ustedes, o sea, muchos de nosotros, iban, íbamos, a salir perdiendo. Luego vinieron el acuerdo con Ciudadanos, que ya se ha desmarcado de ustedes y, por lo que ví este martes tras el encuentro con Rajoy, ha iniciado una lenta, muy cauta, aproximación al ganador, es decir, al PP. Y vino aquello de ‘usted no es un político decente’, y el empeño en seguir a la estela de Podemos, hasta el punto de hacer un ridículo total inmediatamente antes de que hubiese que convocar las segundas elecciones.

Han sido demasiados dislates, aunque, claro está, no solamente atribuibles al PSOE. Pero a los socialistas les correspondía, les corresponde, el gesto de la máxima generosidad. Los españoles han votado a un Rajoy, aunque sea en clara minoría, como presidente. Y eso todos lo admiten. Y al PSOE puede que lo hayan votado como fuerza moderadora, impulsora de las reformas posibles. Al PSOE le toca tragarse el sapo de sus propias palabras y facilitar, como hará sin duda Albert Rivera, la investidura de Rajoy, y que él gobierne con su exigua minoría de 137 escaños más el de Coalición Canaria. Tendrá que pactarlo todo, va a ser difícil hacer progresar la legislatura y no es la mejor solución. Pero no hay otra mejor o, al menos, ni ustedes ni los demás nos ofrecen algo más alentador, al marfgen de asegurarnos, sin pruebas, que no se producirá la catástrofe total de unas terceras elecciones.

Siempre he dicho que me siento ciudadano antes que periodista; para un periodista, lo que vivimos es apasionante. Para un ciudadano, desesperante. No me erijo en portavoz de nada ni de nadie, pero me da la impresión de que al común de los mortales les importa poco que el PP, el PSOE, Ciudadanos, Podemos o quien sea, se abrasen en su búsqueda de la fórmula para sobrevivir. A mí, a nosotros, lo que nos importa es que sobreviva el sistema democrático y que, si es posible, se fortalezca.

Acudir este miércoles a la cita con Rajoy –que sigue impasible, como si, en lugar de tener que negociar, hubiese obtenido una mayoría absoluta—armado apenas del ‘no a todo’, sería una grave equivocación. Acabará, a la postre, con usted y con su partido: otros, en otras latitudes, tan socialdemócratas y con tanta solera como ustedes, han caído y el sistema de partidos en Europa, en América, en todas partes, ha experimentado una profunda renovación. En España está comenzando a producirse, y usted y su comité federal, tan inoperante, ya deberían haberlo advertido: tienen a los españoles sumidos en el desconcierto, porque nadie entiende bien eso de aferrarse a las hemerotecas, a corrupciones y corruptelas pasadas, a la pureza de la izquierda frente al desvarío de la derecha, mientras transcurren los meses de desgobierno, de apatía, de desprestigio en el exterior.

Espero que me entienda: no soy partidario de Rajoy, cuyo constante inmovilismo, cuya falta de sintonía con la gente, he criticado muchas veces. Ni tampoco lo soy de ningún otro, incluyéndoles a ustedes. Pienso, seguramente como una mayoría, que todos han dado, están dando, un espectáculo lamentable. Pero Rajoy ha ganado y esto necesita no ya un Gobierno de gran coalición, sino casi de salvación nacional, que le obligue a propiciar el cambio que es posible, que no es el que usted predicaba.

No he apreciado en usted –lamentable su discurso ante el comité federal el pasado sábado: ni un avance sobre lo de siempre, aunque las cosas no sean ya como antes— ni la más mínima autocrítica. Ni un proceso de reflexión sobre lo que están indicando los votantes. Tampoco le pido, todavía al menos, que se marche y deje de ser un obstáculo: aún le queda el pretexto, no sé si algo falso, de estar cumpliendo los dictados de su comité federal, cuya opinión ya se saltó usted una vez al acudir al voto directo de la militancia. Creo, sinceramente, que está usted preso de sus propios vetos arrogantes y que ahora no saben, ni usted ni la dirección de su partido, cómo hacer para cambiar el rumbo. Pero no queda otro remedio que cambiarlo: no está usted arriesgando solamente su propio cuello político (que tiene, reconozcámoslo, una importancia relativa), sino muchas cosas más. Con su actitud, ha propiciado usted el fortalecimiento de Rajoy, y no culpe de ello a otros, mucho más irresponsables ante la vida en general que responsables directos del cataclismo.

Y, por favor, que los más pedestres de los suyos no digan que este comentario, ya digo que surgido del desaliento, está inspirado por no sé qué derecha estúpida, por quién sabe qué gobernantes deficientes. Hemos vuelto a los peores tiempos en los que la crítica se consideraba un síntoma de que quien la ejercía estaba vendido ‘al otro lado’. Y así, las dos Españas. O las cuatro. O las diecisiete. Y la democracia, retrocediendo pasos, como la libertad de expresión.

Concluyo, con todo respeto, diciéndole que cada vez me recuerda usted en mayor medida a ese Artur Mas, que, mal rodeado y peor aconsejado, a base de decir ‘no’ a todo, cabalgando sobre su soberbia y su revanchismo, pretendiendo lo más, que era imposible, se cargó su propio partido, la coalición que lo sustentaba y toda posibilidad de lograr nuevas y grandes ventajas para Cataluña. Mírese, señor Sánchez, al espejo: ¿no ve usted ciertas similitudes en este y en otros casos que acabaron francamente mal?

Hacia la insensatez total

Enviado por Fernando Jáuregui | 10/07/16


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¿Nos llevan de nuevo a la insensatez total?¿No recuerdan lo que le pasó a Rosa Díez y a tantos que se empeñaron en el error antes que ella?
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Pregunté una vez a un ex director general de Tráfico cuál era la razón por la que en Portugal cada fin de semana se producían decenas de accidentes de carretera con el resultado ‘un morto, dois feridos’, mientras que, en España, menos accidentes causan muchísimos más muertos y heridos. “La idiosincrasia”, me dijo, con la mirada de quien considera el desastre algo inevitable; “lo lógico es que, cuando ves que vas a chocar, intentes esquivar el golpe, pero el conductor típico español acelera directo a la confrontación para castigar al otro, al que considera infractor y, en todo caso, un imbécil. Es lo mismo que con la fiesta de los toros: allí, embolan los cuernos y aquí, los afilamos”. No sé por qué –sí lo sé—cada vez que contemplo un lance político como los que tanto proliferan estos meses en la piel de toro, recuerdo aquel veredicto, quizá algo tremendista, del veterano funcionario de Tráfico. Sostenella y no enmendalla, dar una lección al idiota del adversario, que no ha entendido el mensaje de las urnas que tan nítido queda, en cambio, para uno, parece, a veces, la motivación sustancial de una acción que brilla por su falta de autocrítica; tanto que hemos escuchado a un candidato que sufrió un duro revés el pasado 26-j decir que ello ocurrió por su “exceso de lucidez” (de él, no de los electores). Increíble, pero cierto.

Así que, ante las importantes ‘cumbres’ de esta semana, entre Rajoy y Rivera, Rajoy e Iglesias y, cuando toque, Rajoy y Sánchez, la verdad es que quien suscribe ya no puede albergar demasiadas ilusiones de que intenten evitar el choque, el duelo a garrotazos, tan hispano. Ninguno de ellos se va a apear del burro, valga la castiza expresión, porque todos se muestran tan seguros de que están haciendo lo correcto por el bien de España que acabarán, a este paso, hundiéndonos en las tan temidas terceras elecciones, si Dios, ellos –que no– o, en último extremo, el buen Rey que tenemos y al que tanto están desgastando, no lo remedian.

Y, sin embargo, el plan sería bien sencillo: diseñar una Legislatura de año y medio o dos años, fuertemente reformista, con un programa trazado y pactado entre las tres fuerzas políticas que podrían pactarlo y entonces, con una legislación y una Constitución reformadas para que no vuelva a ocurrirnos lo que nos está ocurriendo, afrontar, entonces sí, allá por 2018, unas nuevas elecciones con un sistema por ejemplo, presidencialista, a dos vueltas, como en tantos países donde sobresaltos parecidos a los que por acá sufrimos jamás se han dado: se habrán dado otros, de acuerdo, pero ninguno como este ‘a la belga’, que nos aflige.

Claro que este plan precisa que Rajoy vuelva grupas sobre su distante inmovilismo, que Sánchez aprenda que ‘flexibilidad’ es una palabra que existe en el diccionario español, que Rivera abandone apriorismos y se convenza de cuál es su verdadero papel y que Iglesias se resigne a no ser el interlocutor privilegiado de Obama cuando este le concede, qué remedio, tres minutos antes de partir en Torrejón de Ardoz. Olvidar las hemerotecas, el ‘y tú más’, admitir que la corrupción es algo que se conjuga básicamente en pasado y asumir cada cual que no está inevitablemente designado por los dioses para ir al Olimpo de La Moncloa sería lo sustancial para que el plan, mire usted qué sencillo, funcione. Bueno, no tan sencillo, en realidad…

Si resulta que el comité federal del PSOE, órgano inoperante y paquidérmico donde los haya, es incapaz de mostrar a Sánchez, a punto de convertirse en el peor secretario general que haya conocido este gran partido, que no queda sino un camino, el del acuerdo, dejándose de ‘derechas’ e ‘izquierdas’, que ahora no vienen al caso, pues que celebren de una vez el congreso federal ese que tan aplazado tienen; y, entonces, que la militancia tome las decisiones que sus representantes son incapaces de adoptar. O, si no, que se suiciden todos políticamente, que otros partidos han muerto por sus obcecaciones y ya nadie guarda memoria de ellos. Y exactamente lo mismo sea dicho del Partido Popular, aunque la verdad es que veo a Rajoy mucho más proclive al giro, incluso al gran giro –espero no equivocarme de nuevo con la gran esfinge—, que a algunos de sus inminentes interlocutores. A los ‘emergentes’ –puede que me equivoque, claro; hace tiempo que no logro hablar con Rivera– los encuentro muy despistados, la verdad, y creo que solamente les toca desempeñar un papel secundario en este gran juego. Sobre todo a Iglesias, que, pese a su soberbia innata, es lo suficientemente inteligente como para saber que no se recuperará fácilmente del golpe sufrido el 26-j y que ahora le corresponde ser una especie de ‘oposición secundaria’ que impulse, desde una cierta modestia, los cambios, aunque con cinco millones de votos a las espaldas, claro.

Así que, una vez que se ha marchado Obama, hacedor de grandes acuerdos internacionales, aunque acaso algo culpable de que alguien como Trump pueda alcanzar la Casa Blanca, hay que ponerse a ello sin más dilaciones ni pretextos. Porque, a este paso, eso de acabar el mes de julio con un Gobierno, presidido por Rajoy, a la vista, me parece que va a resultar tan difícil como convertir la fiesta nacional española en una ‘tourada’ portuguesa. A embestir tocan, hala.

Jornada de irreflexión

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/06/16

No, no espero nada de ellos. Pero ¿qué hubiese ocurrido si ayer, día de cierre de campaña, Pedro Sánchez hubiese salido diciendo que va a reflexionar, conocidos los resultados, sobre con quièn pactar, incluyendo un PP ‘regenerador’? ¿Y si Rajoy admitiendo que el PP tiene ante sí un congreso –llevan cuatro meses posponiéndolo– en el que se podría plantear otra candidatura, con elecciones primarias, al frente del PP?¿Y si Rivera se hubiese expresado con mucha más claridad: sí, admitiré apoyar a Rajoy mientras él admita que no va a estar ahí toda la vida? Aquí el único camaleón es Pablo Iglesias, que cada día aparece más convencional y moderado, aunque tengamos razones para dudar de si es verdad.

El caso es que todos mantienen vetos, así que no aumentarán sus votos. Y nosotros seguiremos en la incertidumbre, mientras el mundo gira, vaya si gira, necesitando gobiernos fuertes, capaces de sostener la mirada de los más poderosos en Bruselas.

Pero, claro, ¿qué es para cada uno de nuestros aspirantes un Gobierno fuerte? Ya digo: he ahí mi reflexión triste en este día en el que ‘ellos’ no están, sin duda, reflexionando

http://www.diariocritico.com/noticia/500295/y-sin-embargo-espana-asciende-en-el-ranking-europeo.html