Sánchez fue el problema; falta ver si Rajoy es la solución

Enviado por Fernando Jáuregui | 02/10/16

Nunca me gustó hacer leña del árbol caído, pero, en este caso, releo cuanto he escrito desde finales de 2015 y reconozco, no sé si con legítimo orgullo, con falsa modestia o con algo de aprensión, que he opinado multitud de veces que Pedro Sánchez, aquel fallido e imposible candidato a presidir el Gobierno de España, se estaba suicidando políticamente con su ‘no, no, no’ a cualquier acuerdo con el Partido Popular, en general, y con Mariano Rajoy, en particular. En un libro que ya ha quedado desfasado por los acontecimientos, aunque apareció en mayo, ‘¡Es el cambio, estúpido!’, mi colega Federico Quevedo y yo analizábamos lo ocurrido en el bienio 2014-2016, una era de cambios mal planificados que, decíamos, de ninguna manera podía dejar incólume a Sánchez, sus múltiples errores y sus variadas peripecias. Pero tampoco puede aceptarse que ahora ha llegado la hora del triunfo ilimitado de Mariano Rajoy. Es, más bien, la hora en la que Rajoy, que saca muchos cuerpos de ventaja a Sánchez en cuanto a sabiduría y marrullería políticas, debe comportarse con la altura de miras y la altura de vuelo que no ha solido practicar en sus años en el poder.

Para mí resulta obvio, y así lo vengo diciendo también desde hace tiempo, que el PSOE facilitará ahora, vía la acción en el grupo parlamentario de la gestora encabezada por el realista Javier Fernández, la abstención en la votación que facilitará la investidura de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno que ya no esté en funciones, sino funcionando plenamente. No podía, simplemente no podía, el partido que comandaba, tan mal, Pedro Sánchez enfrentarse a unas elecciones: hubiese sido el final, el PASOK, la liquidación. Y gentes que son animales políticos, como la presidenta andaluza Susana Díaz, que es el futuro, lo sabían bien. “A ver si te crees que estamos haciendo todo esto para tener unas terceras elecciones”, le dijo la ‘lideresa’ recientemente a un periodista amigo con quien se topó en el Ave.

Y entonces, contando todavía con el apoyo de un Albert Rivera que me consta que salió bastante decepcionado de su alianza con Rajoy, pero más aún de la que mantuvo antes con Sánchez, el presidente en funciones dejará de serlo, y se convertirá en presidente sin más. ¿Para hacer qué? El presidente es, eso sí, persona con sentido común, que seguramente no creerá que las mieles del poder que le retorna se deben exclusivamente a su labor, tímidamente conciliadora, pero más tímidamente aún reformista en sus propuestas. Le ha llegado, también lo he repetido muchas veces, sabiendo que no iba a cumplirse, el momento de ser un estadista que nos saque del marasmo. que, menos mal, no ha llegado a su culmen con unas terceras elecciones generales en un año, y qué año, Dios.

Esa es la parte buena, que algunos insensatos lamentan, porque piensan que el Partido Popular sacaría ahora más tajada ante las urnas: : no habrá terceras elecciones. Suspiro casi general de alivio, cuando ya incluso se preparaba una infame reforma electoral exprés para evitar que, encima, se celebrasen el día de Navidad, que era cuando hubiesen tocado, maaaadre mía. Pero ahora hay que gestionar ese triunfo, propiciado por la marcha de Sánchez, que desbloquea muchas cosas y pone a otros ante sus responsabilidades: ya no existe la ‘bestia negra del ‘no a todo’’. Los nostálgicos y quienes equipara(ba)n predicar la abstención con favorecer sin más a Rajoy y con posiciones de la derecha, tendrán razón… si Rajoy no inaugura una etapa regeneracionista de todos esos males que hemos visto que pesan sobre la desdichada política española.

Porque la presumible ‘era Rajoy’ –no se me ocurre que ahora nos pueda venir, no sé durante cuánto tiempo, ninguna otra—va a convivir con noticias que han quedado enterradas bajo la crónica de sucesos que ha sido el estallido –con enmienda posible, creo—del PSOE. Convivirá, por ejemplo, con el ‘juicio Gürtel’, que al fin comienza esta semana; con el de las ‘tarjetas black’; con los preparativos de Puigdemont para realizar su referéndum secesionista; con el enfado que la Unión Europea tiene, no sé si muy justificadamente, con España. Va a convivir con el presumible, aunque limitado, auge de los movimientos de izquierda inmadura, en el que algunos miles de votantes del PSOE van a buscar refugio temporal. Y, sobre todo, va a convivir con la propia falta de popularidad del líder conservador y con el escepticismo de muchos millones de españoles hacia su gestión desganada, inmóvil, que no ilusiona.

Ahí es donde tendrá que moverse el mago de la quietud. Que el fin del caos impuesto por Sánchez no sirva para, por contraste, imponernos la calma chicha, el parón. Cierto: el PSOE, que no ha salido, me parece, tan irremediablemente roto del lance como algunos de mis compañeros creen, va a tardar un tiempo en volver a ser una oposición creíble y viable. Y eso puede que sea lo peor: que solamente Rivera, desde el centro, y Podemos, desde la izquierdista muy izquierdista, valga la redundancia, pueden actuar de acicate de la galvana marianista. Confiemos en que ambas formaciones ‘emergentes’ también sepan actuar con acierto. En fin: que la Legislatura rajoyana, por la que nadie daba un euro, ha quedado casi inaugurada de hecho. Que sea, ay, para bien de este país nuestro, tan necesitado de tantos cambios, de tanto Cambio.

Paisaje en medio de la batalla: al menos, no habrá elecciones

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/10/16

Hay quien, escuchando las tertulias en las que expreso mis opiniones, me advierte de que puedo estar instalado en el error al afirmar, como afirmo, que, dadas las circunstancias, lo único que puede asegurarse es que no habrá terceras elecciones generales este año. Y que, por tanto, Rajoy saldrá investido este mes de octubre, con la abstención de todo el grupo parlamentario socialista o solamente de una parte de él, en función de lo dividido que salga el partido con más larga historia de España del trance en el que lo han metido su secretario general (si es que lo sigue siendo), Pedro Sánchez, y un puñado de incondicionales.

No, no habrá terceras elecciones, salvo, claro, que la catástrofe en la que estamos todos embarcados adquiera aún mayores proporciones. Y no las habrá por una razón. Que poco tiene que ver, ay, con el hecho de que eso, que no las haya, convenga al interés nacional: no conviene a los intereses del PSOE. Los socialistas no pueden, simplemente, afrontar unos comicios porque, primero, su cabeza de candidatura se está tambaleando, si es que, cuando esta crónica vez la luz, no ha caído ya; segundo, porque se encuentra sumido en una crisis interna tan profunda que, aunque se presentase, sufriría uno de los varapalos más históricos que se hayan registrado en la historia política de la socialdemocracia mundial: tanto, que probablemente significaría la desaparición pura y simple del partido que fundó Pablo Iglesias –el original—el 2 de mayo de 1879. Y tercero, porque, en estas condiciones, una campaña electoral se haría imposible para este partido: ¿podría realizar mítines Sánchez en determinadas localidades de Andalucía, Extremadura, Aragón, Valencia, Castilla-La Mancha, etc?¿Podría contar con Felipe González, con Guerra, con otros veteranos, en su apoyo?¿Podría lanzar algún mensaje constructivo, elaborar un programa creíble, más allá de la liquidación de sus adversarios internos argumentando falsas razones ideológicas?

Claro que no. Y lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Sánchez se ha metido en una ratonera sin salida, sin alternativas –¿de verdad cree que ahora ni siquiera la desesperación y el oportunismo de Podemos iban a acompañarle en su loca aventura?–, sin más apoyos que los que acudían este sábado ante la sede de Ferraz a dar unos cuantos gritos contra el Gobierno Rajoy y a tomarse un plato de paella. Sánchez se ha convertido en un apestado, en un juguete roto: perdió la partida y sospecho que tanto él como los suyos lo saben, porque la reconciliación, si no pasa por su defenestración, es ahora inviable en el PSOE. Salvo, claro, que todos hagan un ejercicio de generosidad (y de cinismo) como jamás se haya visto. Y yo, en esas cosas he dejado de creer.

¿Y entonces? Pues, con gestora o sin gestora, habrá diputados socialistas que se abstengan en una investidura, alegando que las condiciones actuales no permiten otra cosa. Habrá sido una medicina de caballo para evitar algo, esas elecciones, que resultaban un energumenismo político. Y será Rajoy, qué remedio, quien siga en el sillón de La Moncloa.

Sé que hay quienes aún creen (temen) que esos comicios del 18 de diciembre, y que estuvieron a punto de celebrarse el 25, Navidad, acaben por celebrarse. Tranquilícense: eso no ocurrirá. O intranquilícense del todo si ocurriera, que es algo que se me antoja casi imposible. Al menos, la crisis ha servido, confío, para despejar el panorama por este lado. Ahora toca la regeneración de la clase política como un todo, no solamente de los socialistas, vencedores o perdedores en esta absurda batalla que nunca debería haberse producido y de la que culpo directamente a Sánchez y a su entorno más directo. Ahora toca formar un Gobierno fuerte, no inmovilista –no inmovilista, señor Rajoy: espero que él también haya aprendido algo de estos lances–, impulsado desde el Parlamento para que proceda a esa regeneración que ya se ve que es cada día más necesaria.

Han aflorado, de golpe, todas las enormes contradicciones acumuladas desde el inicio de la primera transición: toca ahora, como decía Adolfo Suárez, arreglar las cañerías, fortalecer las paredes, cambiar la disposición de las ventanas y las puertas, sin que la casa se nos caiga encima.

La revolución de octubre, a la española

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/09/16

La famosa obra de John Reed, referente a la revolución rusa de octubre de 1917, ‘diez días que cambiaron el mundo’, me viene al pelo para titular este comentario, que piensa, precisamente, en la ‘revolución’ que, necesariamente, vamos a vivir en las estructuras políticas españolas desde este sábado, comité federal del PSOE, hasta que, el día 31, acabe el plazo para lograr una investidura y haya que convocar elecciones. Vamos a tener un octubre de infarto, que tendrá una indudable influencia en el porvenir de España, y lo digo con temor, pero también con esperanza.

Ignoro si la revolución, que debe detener el peligro de unas terceras elecciones este año, se producirá en diez días, en algo menos o en algo más. Pero los cambios se inician este mismo sábado con lo que pueda ocurrir en el PSOE, que no olvidemos que es el segundo partido de este país, aunque a veces parezca que han resignado esta responsabilidad, y se continuarán en una próxima sesión de investidura, que supongo que, a trancas y barrancas, consagrará a Rajoy como inestable nuevo/viejo presiente el Gobierno de la cuarta potencia de la Unión Europea. Y no habrá, claro es, terceras elecciones, laus Deo.

Los cambios han de ser profundos, porque ha de garantizarse una voluntad reformista que signifique que quienes nos gobiernan entiendan que hemos entrado en una segunda transición, cosa que parece que, hasta ahora, no se ha entendido ni en el Gobierno en funciones ni, mucho menos, en el principal partido de la oposición, que ya vemos cómo anda. O, mejor, cómo se estanca.

No hace falta ser adivino profesional para certificar que va a ser un octubre de alto voltaje. En el que se pondrán a prueba las auténticas cualidades y efectos de eso que ha dado en llamarse clase política. Hasta ahora, lo que una parte de esa clase está demostrando es que es más apta para la crónica de sucesos, o casi de tribunales, que para el análisis político, y me estoy refiriendo, para que nadie se confunda, exclusivamente a este Partido Socialista que, liderado, o tal vez ya no, por Pedro Sánchez, está cubriendo de oprobio el propio sagrado concepto de respeto al ciudadano al que sus representantes deben servir. Y que no me hablen, por favor, de lucha ente ‘derechas’ e ‘izquierdas’. Eso está bien para los tiempos en los que Reed escribía sus crónicas, para la Rusia que dejaba de ser zarista, de las peleas ente Kerenski y Lenin. Ahora, por favor, ya no más de eso.
La ‘revolución de octubre’ que yo quiero para mi país es la de la tranquilidad, del progreso, la mayor justicia social y la reforma de una legislación que se nos ha quedado vieja; la del diálogo con todos los territorios, evitando riesgos secesionistas. Quiero, más bien, una ‘evolución de octubre’, más que una revolución, si es posible. Y, sobre todo, quiero que sirva para algo más que para seguir destruyendo un país que merece unos aspirantes a representarle algo mejores. Por favor, déjenlo ya. Déjalo ya.

Siento vergüenza, y no culpo a todos de igual manera

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/09/16

Atrinchérese numantinamente cuanto quiera el ya no sé si aún secretario general del PSOE Pedro Sánchez, pero la suya es una muerte política cierta, y póngale usted un plazo de horas, más que de días. Heroica resistencia la suya, que, sin embargo, ahora se queda en empecinamiento de la nada y para nada. Su ‘no, no y no’ a la investidura de Rajoy, en la que el PSOE podría haber negociado ventajosamente -sobre todo para los intereses del país- una abstención, queda en agua de borrajas, en una tozudez que nos ha hecho perder a todos los españoles un año y que a Pedro Sánchez le va a costar figurar en las páginas negras de la historia de un gran partido, el que fundó Pablo Iglesias hace casi ciento cuarenta años, y a cuyo derrumbe asiste, seguro que con satisfacción, el ‘otro’ Pablo Iglesias.

Porque la desastrosa gestión de Sánchez en sus dos años y medio al frente del que sigue siendo el principal partido de la oposición ha sido tan nefasta que ha servido no solo para cuartear y crear odios irreconciliables en su propia formación, sino para fortalecer a las concurrentes, es decir, consolidar a Rajoy en el Gobierno -que es lo que él decía que trataba de evitar- y hacer feliz a Podemos con lo que ocurre en el interior del PSOE. Y, sin embargo, el horror de lo que está sucediendo en la sede de Ferraz y en las de todas las federaciones tiene al menos un lado optimista: se ha puesto fin al caos.

Sí, porque ahora el PSOE ya no puede, simplemente no puede, concurrir a unas elecciones, tal y como está: descabezado, desilusionado, dividido. ¿Quién sería el cabeza de cartel electoral? ¿Un Pedro Sánchez que se hace fuerte frente a los ‘barones’, frente a los veteranos, frente a parte de la militancia y frente, creo, a la mayoría de los votantes? ¿Dónde, con quién, haría Sánchez campaña electoral, en quién se apoyaría?

Pedro Sánchez, en efecto, se ha suicidado, pero que no espere que su guardia pretoriana también lo haga en masa. Pronto empezarán las deserciones de los más íntimos, convencidos de que la locura emprendida por su jefe -que no es de ahora- solamente les llevará al desastre, y poco ayudará al bienestar de la nación, que es mucho más importante que Sánchez, Luena, Hernando, Óscar López y todo el PSOE junto.

Así que no habrá terceras elecciones. Si se requiriese, porque la ‘rebeldía pedrista’ persistiese hasta un punto más allá de cualquier lógica, estoy seguro de que muchos diputados del grupo Socialista se abstendrían en una sesión de investidura de Rajoy, para facilitar que se forme Gobierno. Después, ya le llegará al PSOE el turno de regenerarse. De momento, ha perdido incluso la capacidad de ser una oposición constructiva, influyente, capaz de impulsar, en connivencia con Ciudadanos y ocasionalmente con Podemos, esas reformas que España tanto necesita. Esa ha sido la labor de ‘míster no’, que no halla sino palabras de reproche, unánimes, en los medios de comunicación, en los restantes partidos -que bastante conmiseración y elegancia, hay que decirlo, están teniendo, en general y pese a la locuacidad ocasional de alguno que yo me sé- y en los ámbitos internacionales. Que se vaya cuanto antes y deje que entre todos reconstruyamos una situación imposible.

Ahora es el turno de Mariano Rajoy. Una vez más, y confiemos en que no en vano, tenemos que pedirle que se muestre como lo que no ha sido hasta ahora, limitándose a ser un buen estratega: un estadista. Capaz de aglutinar un Ejecutivo que pueda hacer frente a esos desafíos que tan abiertamente lanza el independentismo catalán, que sea capaz de recuperar el prestigio perdido en el extranjero, la credibilidad de la clase política por parte de una ciudadanía literalmente, me parece, harta. Tenemos que lograr un Rajoy generoso, reformista al máximo, imaginativo, simpático para el votante y contribuyente. Que pueda aproximarse a la mejor parte del nacionalismo catalán, al Partido Nacionalista Vasco, que bastantes muestras ha dado ya de realismo, a Ciudadanos, incluso a Podemos*y a lo que salga de la lucha fratricida en la que los socialistas -y culpo básicamente a Sánchez en persona, para que nadie me acuse de ambigüedad- se han empantanado.
Creo, pues, que hay que ver esta situación como una oportunidad, no como una catástrofe. “La crisis en la mayor bendición que puede sucederles a personas y países porque la crisis trae progresos; la creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, dejó escrito Einstein. Pues eso, y digamos adiós, sin demasiada pena, es la verdad, a un Pedro Sánchez que ha pasado con bastante más pena que gloria, digan lo que digan esos que se reclaman, sin mayores títulos, como las voces de la militancia.

Sánchez debe marcharse hoy mismo, por el bien del PSOE

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/09/16

http://www.diariocritico.com/noticia/503524/algo-muy-gordo-tiene-que-pasar.html

Esto es lo que escribí esta mañana, antes de que todo estallase en pedazos. Hoy jueves debería ser el último día de Sánchez en la secretaría general del PSOE. Está dando una imagen lamentable. Ahora es imposible que el PSOE concurra a unas elecciones, así que habrá diputados socialistas que se abstengan en la votación de investidura de Rajoy.

¿Quiere ser Sánchez un Corbyn en joven?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/09/16

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(Puede que Sánchez sueñe con ser Corbyn y regenerar la izquierda. Pero ni él es ‘Corbyn el joven’, ni Gran Bretaña es España, ni aquí conducimos por el mismo lado que los británicos. Ah! Ni Rajoy es Cameron))

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Cuántas veces los aplausos y vítores de los ‘fans’ y de los amigos, en un mítin o en la presentación de un libro, igual da, han engañado a un líder político, a un autor, sobre la verdadera calidad de su obra. Es verdad que a Pedro Sánchez, en Galicia, en Euskadi o en la fiesta de la Rosa en Gavá, le aplauden a rabiar cada vez que repite eso de ‘no es no’. Y que el aún líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, en un (demasiado, ay) vibrante discurso, le dijo aquello, que este domingo era titular en no pocos medios, de “¡Pedro, por Dios, líbranos de Rajoy!”.

En eso, y en la hostilidad manifiesta de una mayoría de ‘barones’ socialistas frente al presunto apoyo total de la militancia, apoya Sánchez su estrategia de cara a su comité federal, en el que le van a pedir cuentas de los resultados vascos y gallegos: hay mucha gente en ese órgano, el máximo del PSOE entre congresos, que patentemente no quiere ya a Sánchez. Otros, a saber si son más, sí le quieren. Lo comprobaremos este sábado de presumible batalla, aunque ya verán que quizá –quizá– no será para tanto y que los que piensan que los ‘díscolos’ acabarán pidiendo una gestora, para el partido, que eche a Sánchez, van a quedar, acaso, defraudados.

Así que la previsible ‘hoja de ruta’ de un Sánchez ya lanzado a la vorágine sería más o menos esta, descartado ya de plano el apoyo de Ciudadanos a sus planes: hay que regenerar y renovar el partido, basarlo en la militancia y no en los representantes territoriales, que son lo antiguo, buscar una alianza con Podemos antes de que Podemos nos acabe fagocitando –que todo puede ser, aunque, a la vista de Galicia y Euskadi, no sea tan fácil—y tratar de convencer a los nacionalistas y, si se puede, a los descaradamente separatistas, de que aparquen sus obsesiones de secesionismo, porque lo fundamental, para construir un país nuevo, una nación de naciones, es echar al corrupto Rajoy. Así, el PSOE podría incluso presentarse como el ‘pacificador territorial’ y el modernizador radical de una España que ahora vive en el inmovilismo gracias a Rajoy: hemos frenado el referéndum catalán…al menos por dos años, sueña con poder decir Sánchez. ¿Podrá?.

Sospecho que el plan le va a salir mal a Pedro Sánchez. Primero, porque jugar, a estas alturas, con el fuego de Esquerra Republicana (y hasta con la ex Convergencia, si me apuran) no es lo mismo que hablar con el muy tratable PNV de Iñigo Urkullu. Segundo, porque el Gobierno que saldría de la mezcolanza, si es que todos aceptasen las condiciones para jugar en ese juego, irritaría a muchos millones de españoles, que piensan que las elecciones las ha ganado ese Rajoy al que se trata de desalojar a toda costa de La Moncloa. Tercero, porque el previsible refuerzo en la alianza de PP y Ciudadanos –a Rivera, Sánchez ya le ha perdido para su causa hace tiempo—impediría llevar a efecto las reformas imprescindibles que, en cambio, una alianza de Ciudadanos y PSOE frente a un Gobierno de Rajoy sí facilitaría, a base de gobernar desde el Parlamento en una oposición ‘constructiva’ al Ejecutivo, que sirviese de acicate al escaso entusiasmo reformista de Rajoy.

No, con estos mimbres, entre los que se incluye el hecho de que nadie en el Comité Federal vaya a atreverse a proponer la abstención del PSOE para que Rajoy salva investido, esa investidura de Rajoy se hace imposible: que no espere tampoco apoyo alguno del PNV. Y creo que la investidura de Sánchez, también se hace imposible. Porque ya me dirá usted cómo va a convencer al Partido Demócrata catalán, ex CDC, a los de Esquerra y a los de Bildu para que se olviden durante un par de años de sus aspiraciones básicas en aras de llevarle a él, Sánchez, a una investidura que, a su vez, le sitúe en el principal sillón monclovita. Para colmo, el miércoles, un año después de las elecciones catalanas, Puigdemont va a salir con bien de una moción de confianza en el Parlament basando su discurso en los plazos ciertos para una independencia que él sabe muy incierta. ¿Cómo podría el líder socialista pactar con quien quiere romper España, pensarán no pocos militantes de Punta Umbría, Torrelavega, Zamora o Albacete, por citar algunos ejemplos entre otros ocho mil posibles?

Volvamos, pues, al origen del asunto: a partir de ahí, Sánchez puede hacerse fuerte con los suyos y frente a los ‘otros’ suyos, reclamando un inmediato congreso federal (ya lleva siete meses de retraso por cierto), intentando perpetuarse en la secretaría general frente a una posible candidatura alternativa de Susana Díaz (lo siguen asegurando por Sevilla) y apelando directamente a la militancia.

Un suicidio que romperá el partido, lo hará insignificante en esas temidas y cada día más probables terceras elecciones y le lanzará a él directamente a los infiernos de los derrotados. En buena parte, por su propia culpa; pero también el partido, el PSOE, ha jugado un papel muy importante en el muy previsible descalabro que, si no se toman a tiempo –¿este mismo sábado?– las medidas urgentes, va a sufrir el Partido Socialista: ha impedido muchas cosas al secretario general (tal vez por fortuna, en algunas materias), no ha reaccionado ante los dislates, ha aceptado como bueno que todo valía para echar a Rajoy, cuando, en realidad, lo que se está haciendo es consolidar a Rajoy al frente del Gobierno. Y, si no, espere usted al resultado de esas terceras elecciones que nos vienen, si es que, como parece, nos vienen.

Un disparate, vamos. En Podemos, las dos fracciones se frotan las manos, en un cántico de unidad: solamente acceder a un Gobierno con Sánchez, con el que después ya se vería lo que se hace, puede reconciliar las estrategias tan dispares que nos muestran Pablo Iglesias y Errejón. Interesante debate, por cierto, el que han abierto sobre lo que debe ser la izquierda, que tiene no poco que ver con el del laborismo británico que acaba de reelegir a Corbyn, líder del ‘ala izquierdista’. Aunque, bien mirado, también puede que Sánchez, olvidando que esto no es Gran Bretaña ni Rajoy es Cameron, y que aquí se conduce por el otro lado, quiera ser una especie de Corbyn en versión joven, alta y guapa. Maaadre mía…

¡Es el sistema, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/09/16

Dicen que el miedo al cambio es el principio de la muerte, y que el cambio por el cambio, la muerte súbita. Yo diría que este, susto o muerte, es el dilema en el que se debate la España política cuando unas elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco inauguran un período en el que los españoles nos jugamos mucho más que comprobar si, efectivamente, Núñez Feijoo seguirá al frente de la Xunta e Iñigo Urkullu en la lehendakaritza vasca. Nos jugamos ni más ni menos que la supervivencia del sistema que nos dimos a partir de 1976, cuarenta años ya, cuando empezó a desmontarse el franquismo y a instaurarse la democracia. Nos tenemos, por tanto, que pensar muy bien qué es lo que vamos a hacer a partir de este lunes. Si es que a los de la sociedad civil, o llámela usted minoría silenciosa si quiere, nos dan la oportunidad de decidir qué es lo que queremos hacer, que no es que nos lo pregunten mucho, la verdad: porque ¿para qué diablos han servido las dos veces que nos han llamado a votar este año?.

La propuesta de ‘Gobierno alternativo’ de Pedro Sánchez es lo que va a sobrevolar nuestras vidas –bueno, acaso solo las de los cada vez menos que nos interesamos por el caótico devenir de esta política ‘made in Spain’–. Pero como el secretario general socialista ha evitado explayarse al respecto, porque huye de los medios de comunicación como de la peste, e incluso ha abierto un frente antimediático, no sabemos muy bien si en ese ‘Gobierno de progreso’ piensa limitarse a la ecuación imposible PSOE-Podemos-Ciudadanos, que ya le han dicho que no, aunque al menos ha logrado abrir una brecha interna en la formación morada, o va a ampliar su propuesta a unos ‘nacionalismos regenerados’.

O sea, a unos nacionalismos dispuestos, con tal de deshacerse de Rajoy y del PP en el Gobierno central, a ‘aparcar’ de momento sus exigencias de un referéndum secesionista en el caso catalán, que por cierto ya están aparcadas en el caso vasco: ¡quién nos iba a decir, no hace tantos años al fin y al cabo, que Euskadi se iba a convertir en un ejemplo de calma, cooperación y estabilidad para todo el resto de España! Y eso lo ha hecho un hombre, Urkullu, sin demasiada cooperación, por cierto, desde el Estado, más allá de no poner en cuestión concierto y cupo económicos.

Sobre lo que no se ha insistido lo bastante, a mi juicio, es en que ese ‘Gobierno Frankenstein’, como lo definió Pérez Rubalcaba (con cuyos editoriales periodísticos parece que está bastante enfadado Pedro Sánchez), acabaría de golpe con el sistema: hablamos de incluir en él, por acción o por omisión, a formaciones que ni siquiera acuden a las preceptivas consultas del Rey previas a la investidura, y cuyos intereses pasan, muy legítimamente por cierto, por el fin de la Monarquía y la desmembración territorial de España.

Eso será legítimo, pero no estoy seguro de que sea exactamente lo que votó la inmensa mayoría de quienes apoyaron al PSOE con su sufragio. Y debería pensar Sánchez en que ninguno de sus predecesores, ninguno, ni Felipe González, ni Almunia, ni Zapatero, ni Rubalcaba, ni un solo medio de comunicación que realmente cuente, ni una institución, ni uno solo de sus ‘barones’ territoriales, con la excepción casi anecdótica de la balear Francina Armengol, respaldaría ese plan. Ni respaldaría poner el futuro del PSOE en manos de una minoría de la cada vez más exigua militancia, porque la cuasi-mayoría ni siquiera acudiría a la llamada a votar los planes del secretario general. Y el tan pospuesto congreso, ahora, despedazaría al que sigue siendo, de manera crecientemente precaria, segundo partido de la nación.

Sánchez, lanzado a una actividad que él, y quienes le aplauden en sus mítines y una parte de su Ejecutiva, dicen beneficiosa para el país –librarnos de Rajoy y de la corrupción del PP, etc–, no parece darse cuenta de que estamos cayendo en el peligro del ‘tsiprismo’ o del ‘portugalismo’, con el agravante de que en España se dan problemas institucionales y territoriales que en Grecia y Portugal ni siquiera se plantean. Y que España es el cuarto país en importancia cuantitativa de Europa. Aquí, el riesgo es que se haga tabla rasa del conjunto del sistema, desde la Corona, cuya preocupación en este sentido es evidente, hasta algunas costumbres sociales establecidas desde hace tantos años.

Me parece que muchos, en el propio PSOE, piensan que estamos preparados para reformas en profundidad, pero no, desde luego, para eso. Yo creo que, más que a la militancia, Sánchez, si quiere ser justo, libre y benéfico en verdad, y no mirar simplemente a presuntos intereses personales, debería apelar también a los simpatizantes y votantes del PSOE: a ver qué opinan de la disyuntiva que, tal vez sin querer, está abriendo. Las dos Españas ahora se definen así: la que apuesta por el mantenimiento, con reformas más o menos en profundidad, del sistema, y la que quiere derribarlo.

En ese dilema del ser o no ser se debaten ahora Pedro Sánchez, que no tiene la suficiente talla de estadista como para protagonizar tal disyuntiva, el PSOE, que no parece tener claro por dónde tirar sin perder mucho de lo conseguido, que es cada vez menos, y creo que una parte de la sociedad española. No esos once millones y pico que votaron al PP y Ciudadanos, que parecen tenerlo claro. Pero sí una parte importante de quienes apoyaron en las urnas al propio PSOE y a otras formaciones, en las que incluyo a Podemos, como estamos viendo en el interesantísimo debate interno que aflora en la formación morada, y a la propia Convergencia Democrática de Catalunya, o como se llame ahora lo que dejó vivo la impericia y el personalismo de Artur Mas. Un ejemplo, por cierto, hacia el que yo creo que debería mirar con mucha atención el señor Sánchez, con perdón.

Lo confieso: no entiendo a Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/16

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((Lo confieso: de los cuatro, que ya se ve que muy guapos y estilizados, a Sánchez es al que menos entiendo))
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Comprendo que el hecho de que uno, que no es nadie, diga que no entiende a Pedro Sánchez, al secretario general del PSOE y candidato a lo mismo y a la presidencia del Gobierno de España, eso le importe un pito. Aunque, la verdad, seamos legión los que, desde posiciones que algún día fueron de simpatía hacia él, afirmamos ahora nuestra incapacidad de saber a qué diablos responden sus salidas.

Cierto que uno, en su ignorancia, creyó, desde hace años, que una gran coalición entre Partido Popular y PSOE, ahora con el aditamento de Ciudadanos, hubiese sido una buena fórmula para resolver incluso problemas territoriales (y económicos, y sociales, y meramente legales) enquistados en el cuerpo nacional.

Cierto también que, a la vista de la coyuntura lamentable, y oído reiteradamente el ‘no, no y no y qué parte del no, etc’, uno hubo de acomodarse a la propuesta de Albert Rivera, consistente en permitir la investidura de Rajoy y, desde el Parlamento, con una mayoría de oposición PSOE-Ciudadanos, contando ocasionalmente para cuestiones puntuales con Podemos (o con los nacionalistas, por qué no), obligar al Ejecutivo minoritario de Rajoy a realizar las grandes reformas, incluso constitucionales, que el país necesita. Desde esa mayoría de oposición se hubiese podido reformar la Constitución, forzar negociaciones con los nacionalismos en busca de soluciones territoriales, cambiar la normativa electoral…e incluso, a medio plazo –año y medio–, sustituir al propio Rajoy por otra figura al frente de su partido y del Gobierno. Y luego, entonces sí, nuevamente a elecciones, pero ahora con las cañerías legales y constitucionales reforzadas y reformadas, para que nunca vuelva a ocurrir lo que ahora nos está ocurriendo.

Hasta ahora, todo eso lo he comprendido y compartido. Mi incomprensión comienza en ese ‘no’, inicialmente sin abrir puertas alternativas. Y continúa ahora, cuando la alternativa propuesta por Sánchez, de manera algo difusa –ha evitado los contactos demasiado ‘explicativos’ con los medios de comunicación–, es la de un Gobierno ‘de progreso’ para echar al del PP, aunque sea este último quien ganó las elecciones de diciembre y de junio.

Ese Gobierno alternativo no podría ser uno presidido por el PSOE, completado con Ciudadanos, antigua aliado de los socialistas y luego de los ‘populares’, y con Podemos, que tiende las manos que haya que tender…excepto a Ciudadanos, con el que nada tiene que ver la formación morada. Y viceversa. O sea, imposible esa fórmula.

Así que el ‘Gobierno alternativo’ tendría que contar con PSOE, Podemos, PNV, Partido Demócrata catalán (antigua Convergencia) y la abstención ‘pactada’ de Esquerra Republicana y quizá de Bildu…suponiendo que pudiese contar con el disputado voto de Coaliciòn Canaria, que hasta ahora se lo ha venido dando a Rajoy.

La gente cuenta y recuenta en esa amalgama de escaños socialistas, morados, de formaciones asociadas con Podemos, nacionalistas y separatistas, a ver si sale la mayoría para la investidura. Nunca se han hecho, en el mundillo político, tantas sumas y restas. Como dice Rajoy, las matemáticas apoyarían esta solución que Sánchez contempla: tendría un voto más, en el mejor de los casos, que el conglomerado PP-Ciudadanos.

La lógica de lo que debe ser un Gobierno cohesionado, en cambio, no la apoya. Puede que la realidad tampoco, porque he escuchado a Iñigo Urkullu mostrarse muy reticente a la ‘fórmula Sánchez’, y a los nacionalistas catalanes –no digamos ya a Esquerra—negándose a apearse de la exigencia de un referéndum de autodeterminación para Cataluña, una exigencia que el Comité Federal del PSOE rechaza con una tajante ‘línea roja’. Así que imposible de toda imposibilidad. Salvo que el máximo órgano socialista entre congresos cambie de opinión, que no creo.

¿Entonces? Pues puede que Sánchez esté desafiando a la ley de la gravedad, que está a punto de hacerle caer, a base de juegos en el trampolín. Puede que quiera afianzar, ya que no el sillón en La Moncloa, sí al menos el de su despacho de secretario general en Ferraz, porque se cree respaldado mayoritariamente por la militancia, que apoyaría suficientemente sus tesis en una consulta o/y en un congreso, que los ‘barones’ rechazan de manera tajante. Porque hemos descubierto estos días el imparable enfrentamiento, hasta ahora más bien soterrado, entre Sánchez y algunos de los presidentes regionales de su partido: Asturias, Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura, quizá Valencia. Le queda como aliada territorial la presidenta de Baleares, además de los secretarios/as de Euskadi, Galicia y Castilla y León. De los demás tenemos noticias difusas y confusas.

Un lío, vamos. Nada menos que el secretario general enfrentado a los ‘barones’, a los veteranos, a una parte de su propia ejecutiva federal y a varias federaciones. Haciéndose fuerte en la comisión permanente de esa Ejecutiva, en algunos asesores…y en la militancia, que vaya usted a saber por dónde saldría si le presentasen las cosas de una manera completa, con todos los pros y los contras, y no con una mera pregunta que redactaría el preguntante, o sea, Sánchez, tipo ‘¿apoya usted que hagamos lo posible por echar a Rajoy de La Moncloa’?. Es lo malo de esas consultas: que, a veces, según los intereses de quien las plantea, todo se simplifica demasiado.

Añádase a todo esto el haber cosechado los peores resultados electorales en la historia del PSOE y la previsión de que, si hubiera unas nuevas elecciones en diciembre –de lo que se culparía mayoritariamente a los socialistas–, el partido de Sánchez podría empeorarlos aún más: dejaría, así, al país en manos de Rajoy, sin posibilidad de que la oposición interviniese en posibles reformas, unas reformas que tanto cuestan al inmovilista presidente ‘popular’. Y potenciaría el papel de acicate ‘reformista’ de Ciudadanos.

Mézclese todo ello y tendremos el balance de dos años al frente de la secretaría general de un partido que, en las dos próximas semanas, o menos, se juega hasta la supervivencia como formación importante. Eso sí, con Sánchez al frente. Ni Artur Mas, en sus momentos más errados, fue capaz de causar tanto destrozo. Lo digo, claro, desde la incomprensión. Porque digo yo que por algo aplaudirán los suyos tanto a Sánchez en los mítines electorales: pensarán que, por fin, ‘las izquierdas’ –Sánchez dixit, contraponiéndolas a ‘las derechas’– van a mandar en España. Pues con estos mimbres, insisto, sigo sin entenderlo. Limitado que soy, limitados que somos unos cuantos, puede que muchos.

fjauregui@diariocritico.com

La procesión del silencio

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/09/16

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((mucho micrófono para tan poca declaración))

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Ahora que están a punto de concluir las campañas electorales en Galicia y País Vasco para dar paso a las presumiblemente trascendentales elecciones del domingo, me atrevería a resumir lo que ha sido la galopada electoral de los principales dirigentes de PP y PSOE definiéndola con algo así como ‘la procesión del silencio’. No me refiero a que no haya habido palabras: ha habido muchas y muy reiterativas, confirmándose cada cual en sus archiconocidas posiciones desde los atriles de los mítines o desde el chafardeo en los ‘selfies’ con admiradores/as. Lo que no ha habido ha sido debate político, ni verdaderas declaraciones a los medios de comunicación, de los que los principales líderes, los que más se juegan en el envite, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, se han mantenido bastante alejados, para enfado de los informadores que han tenido que seguir sus periplos.

Ambos tienen miedo a hablarnos del futuro; de ahí que el secretario general socialista no haya concedido una sola entrevista en profundidad desde ya ni recuerdo cuándo, y que Mariano Rajoy, quitando la (breve) rueda de prensa en Bratislava, más o menos lo mismo. Quizá por eso se han disparado en las últimas horas las especulaciones acerca de una presunta –yo creo que no real, pero esta no deja de ser una mera impresión personal—intentona por parte de Sánchez de aglutinar una propuesta para ser investido como cabeza de un ‘Gobierno de progreso’; ya sabe usted, con Podemos, los nacionalistas vascos y catalanes, etcétera. Y también puede que por eso se barajen las hipótesis más fantásticas en torno a si alguien puede o no pedir como condición para un pacto la cabeza de Rajoy, que es una cabeza que nadie quiere cortar, que se sepa, en el PP. Una cabeza, en todo caso, muy parca a la hora de las manifestaciones ‘con enjundia’ sobre el futuro que nos/le aguarda.

Los silencios alientan el nerviosismo, los rumores. Y no me limito a hablar de los dirigentes del PP y el PSOE. Que dos dirigentes de una formación como Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, se lancen a debatir entre ellos cómo ha de encaminarse una formación que se reclama de izquierda a través de mensajes de ciento cuarenta caracteres en las redes sociales tampoco deja de ser todo un ejemplo: ¿es en tan corto espacio como puede resumirse una polémica que, a mi juicio, tiene enorme interés para los ciudadanos, se reclamen de ‘las izquierdas’ o de ‘las derechas’, como quiere el líder socialista Sánchez dividir al cuerpo político español?

No sé si la falta de mensajes significa falta de ideas. Cada día que pasa y en el que nadie acude a propiciar soluciones para el enorme atasco político que vivimos me confirma en que es así: no hay soluciones porque no hay ideas para propiciar soluciones. Y, si las hay, se mantienen celosamente guardadas en función de tácticas y estrategias en las que quienes menos cuentan son, precisamente, esos ciudadanos sometidos a la procesión del silencio. Hay que concluir que el bien de la nación y el respeto al elector son menos importantes que la supervivencia del partido.

Claro que, como los días de mucho son vísperas de poco, tras este período de lenguas atadas se va a producir un torrente de acontecimientos, de manifestaciones, de tomas de postura. Prepárese usted porque, en las próximas dos semanas, vamos a asistir a una considerable barahúnda, en la que tanto bulto no contribuirá precisamente a una mayor claridad. Y, de ahí, saldrá lo que tenga que salir, que probablemente será un mal remedio, producto de ingredientes como la mudez y la verborrea, mezclados en dosis explosivas.

En los últimos días he apostado unas cuantas cenas a que no habrá terceras elecciones. En el cuarto de hora en el que escribo estas líneas, temo que estoy a punto de arrepentirme de haber cruzado tales apuestas, porque corro un serio riesgo de perderlas. Claro que ¿quién diablos iba a pensar alguna vez que llegaríamos a una situación en la que el único acuerdo que se vislumbra entre las fuerzas políticas sea uno para forzar un cambio en la ley electoral que nos libre de tener que ir a votar, gracias a un calendario endiablado propiciado por ‘ellos’ mismos, nada menos que el día de Navidad?

Bueno, seamos justos para concluir, que no todo es malo: es cierto que a veces sí se consulta a los ciudadanos. Ahí está, sin ir más lejos, ese referéndum que ha organizado el Ayuntamiento de Sevilla para ajustar el calendario de las jornadas de la feria de Abril. Ele ahí, que no falte la gracia salerosa atenuando el secarral político…

Vale, ganan Feijoo y Urkullu. ¿Y luego?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/09/16

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((y, además, Urkullu advertía hoy en La Vanguardia sobre los excesos de los independentistas. Una entrevista importante, que recomiendo))

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Un mínimo análisis de las encuestas en varios periódicos de este domingo nos lleva a la conclusión de que Núñez Feijoo logrará la mayoría absoluta en Galicia y de que Urkullu podrá seguir gobernando en Euskadi con ayuda del PSE y quizá, sugiere algún sondeo, también necesite al PP. O sea, dos de los rostros considerados como más sensatos entre los políticos españoles se mantendrán en San Caetano y en Ajuria Enea, respectivamente. Hasta ahí, como en los diez primeros minutos de los discursos de Rajoy, no hay demasiada novedad: todo es previsible, y conste que yo sí creo en la fiabilidad general de las encuestas, que pueden equivocarse en un escaño más o menos, pero que reflejan una tendencia inequívoca. Lo interesante viene a continuación: ellos ganan, sí. ¿Y?

Bien, en primer lugar los mismos sondeos predicen sendos descalabros para los socialistas, en Galicia y en el País Vasco. Hay quien quiere acusar a la política e Pedro Sánchez del hipotético desastre, pero ya se sabe que el veredicto de las urnas ofrece muchas visiones interesadas. Qué duda cabe, en todo caso, de que Sánchez, como Rajoy, se han involucrado personalmente no poco en las dos campañas y que algo del premio y/o del castigo de lo que digan esas urnas les caerá en la cabeza al uno y, sobre todo, al otro.

Porque el secretario general del PSOE no va a poder evitar convocar, quizá en la misma noche electoral del domingo, un comité federal, acaso para el 1 de octubre, y sabe que en ese órgano, máximo decisorio del PSOE entre congresos, no va a salir del todo bien parado. Sus presuntas meditaciones de futuro –digo presuntas porque hace tiempo que Sánchez no concede entrevistas periodísticas que nos iluminen algo el camino de las hipótesis–, una eventual consulta a los militantes acerca de tratar de ir a un ‘Gobierno de progreso’ con quienes ya sabemos, no parecen hallar mucho calor ni entre los ‘barones’ ni en los influyentes integrantes del ‘viejo testamento’ ni, por lo que dicen las encuestas, en el votante tradicional del PSOE.

Así que sospecho que Pedro Sánchez, que está siendo muy vapuleado por los medios, incluyendo a los menos afectos a Rajoy, lo tiene bastante negro. Por mucho que sus tesis federalistas representen un principio (algo etéreo, sí) de solución para algunos serios problemas de España, como el territorial, lo tendría que ensayar dentro de un pacto con Ciudadanos y puntualmente con Podemos, desde la oposición parlamentaria a un Gobierno…que todo indica que estaría encabezado por Rajoy. Durante un año y medio o dos años, que es lo que duraría la próxima Legislatura, porque el veterano gallego no presenta indicios de querer moverse, ni su partido de desear su traslado a un despacho fuera de La Moncloa.

Y, entretanto, no se pierda usted otra conclusión casi unánime de las encuestas: Podemos sobrepasa a los socialistas (y a Bildu, que cae) en Euskadi. Y las Mareas, o sea, Podemos y aliados múltiples, son la segunda fuerza en Galicia, por delante del PSdeG, que sale seriamente cuarteado de este lance. Teniendo en cuenta que también son las derivaciones podemitas, con la personalidad aliada de Ada Colau, las que dominan presumiblemente en una Cataluña especialmente agitada a partir de finales de este mes, llegamos a la conclusión de que la formación morada, con sus terminales más o menos homogéneas, sería determinante para decidir sobre la unidad de España en un futuro no muy lejano. Por eso mismo digo que el panorama ‘normalizado’ –es una manera de hablar, claro está— supondría que, en la tarea de ‘gobernar a Rajoy’ desde el Parlamento, Ciudadanos y el PSOE tendrían que contar puntualmente con Podemos, les guste o no, como intermediario hacia los afanes nacionalistas. Y ahí ya veríamos en qué quedaba el famoso referéndum catalán, que yo sospecho que, de una u otra manera, habrá de celebrarse algún día.

Pero todo eso será, desde luego, cuando el PSOE se aclare y sepa qué quiere ser de mayor, al tiempo que se va haciendo cada vez menor. Queda una semana, la última de campaña en Galicia y Euskadi, para el comienzo de la gran movida. Una semana en la que, menos mal, tendremos también fotos del Rey con Obama y hablando ante la Asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York. Como si estuviésemos en plena normalidad política, vamos…