Siento vergüenza, y no culpo a todos de igual manera

Enviado por Fernando Jáuregui | 29/09/16

Atrinchérese numantinamente cuanto quiera el ya no sé si aún secretario general del PSOE Pedro Sánchez, pero la suya es una muerte política cierta, y póngale usted un plazo de horas, más que de días. Heroica resistencia la suya, que, sin embargo, ahora se queda en empecinamiento de la nada y para nada. Su ‘no, no y no’ a la investidura de Rajoy, en la que el PSOE podría haber negociado ventajosamente -sobre todo para los intereses del país- una abstención, queda en agua de borrajas, en una tozudez que nos ha hecho perder a todos los españoles un año y que a Pedro Sánchez le va a costar figurar en las páginas negras de la historia de un gran partido, el que fundó Pablo Iglesias hace casi ciento cuarenta años, y a cuyo derrumbe asiste, seguro que con satisfacción, el ‘otro’ Pablo Iglesias.

Porque la desastrosa gestión de Sánchez en sus dos años y medio al frente del que sigue siendo el principal partido de la oposición ha sido tan nefasta que ha servido no solo para cuartear y crear odios irreconciliables en su propia formación, sino para fortalecer a las concurrentes, es decir, consolidar a Rajoy en el Gobierno -que es lo que él decía que trataba de evitar- y hacer feliz a Podemos con lo que ocurre en el interior del PSOE. Y, sin embargo, el horror de lo que está sucediendo en la sede de Ferraz y en las de todas las federaciones tiene al menos un lado optimista: se ha puesto fin al caos.

Sí, porque ahora el PSOE ya no puede, simplemente no puede, concurrir a unas elecciones, tal y como está: descabezado, desilusionado, dividido. ¿Quién sería el cabeza de cartel electoral? ¿Un Pedro Sánchez que se hace fuerte frente a los ‘barones’, frente a los veteranos, frente a parte de la militancia y frente, creo, a la mayoría de los votantes? ¿Dónde, con quién, haría Sánchez campaña electoral, en quién se apoyaría?

Pedro Sánchez, en efecto, se ha suicidado, pero que no espere que su guardia pretoriana también lo haga en masa. Pronto empezarán las deserciones de los más íntimos, convencidos de que la locura emprendida por su jefe -que no es de ahora- solamente les llevará al desastre, y poco ayudará al bienestar de la nación, que es mucho más importante que Sánchez, Luena, Hernando, Óscar López y todo el PSOE junto.

Así que no habrá terceras elecciones. Si se requiriese, porque la ‘rebeldía pedrista’ persistiese hasta un punto más allá de cualquier lógica, estoy seguro de que muchos diputados del grupo Socialista se abstendrían en una sesión de investidura de Rajoy, para facilitar que se forme Gobierno. Después, ya le llegará al PSOE el turno de regenerarse. De momento, ha perdido incluso la capacidad de ser una oposición constructiva, influyente, capaz de impulsar, en connivencia con Ciudadanos y ocasionalmente con Podemos, esas reformas que España tanto necesita. Esa ha sido la labor de ‘míster no’, que no halla sino palabras de reproche, unánimes, en los medios de comunicación, en los restantes partidos -que bastante conmiseración y elegancia, hay que decirlo, están teniendo, en general y pese a la locuacidad ocasional de alguno que yo me sé- y en los ámbitos internacionales. Que se vaya cuanto antes y deje que entre todos reconstruyamos una situación imposible.

Ahora es el turno de Mariano Rajoy. Una vez más, y confiemos en que no en vano, tenemos que pedirle que se muestre como lo que no ha sido hasta ahora, limitándose a ser un buen estratega: un estadista. Capaz de aglutinar un Ejecutivo que pueda hacer frente a esos desafíos que tan abiertamente lanza el independentismo catalán, que sea capaz de recuperar el prestigio perdido en el extranjero, la credibilidad de la clase política por parte de una ciudadanía literalmente, me parece, harta. Tenemos que lograr un Rajoy generoso, reformista al máximo, imaginativo, simpático para el votante y contribuyente. Que pueda aproximarse a la mejor parte del nacionalismo catalán, al Partido Nacionalista Vasco, que bastantes muestras ha dado ya de realismo, a Ciudadanos, incluso a Podemos*y a lo que salga de la lucha fratricida en la que los socialistas -y culpo básicamente a Sánchez en persona, para que nadie me acuse de ambigüedad- se han empantanado.
Creo, pues, que hay que ver esta situación como una oportunidad, no como una catástrofe. “La crisis en la mayor bendición que puede sucederles a personas y países porque la crisis trae progresos; la creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura”, dejó escrito Einstein. Pues eso, y digamos adiós, sin demasiada pena, es la verdad, a un Pedro Sánchez que ha pasado con bastante más pena que gloria, digan lo que digan esos que se reclaman, sin mayores títulos, como las voces de la militancia.

Sánchez debe marcharse hoy mismo, por el bien del PSOE

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/09/16

http://www.diariocritico.com/noticia/503524/algo-muy-gordo-tiene-que-pasar.html

Esto es lo que escribí esta mañana, antes de que todo estallase en pedazos. Hoy jueves debería ser el último día de Sánchez en la secretaría general del PSOE. Está dando una imagen lamentable. Ahora es imposible que el PSOE concurra a unas elecciones, así que habrá diputados socialistas que se abstengan en la votación de investidura de Rajoy.

¿Quiere ser Sánchez un Corbyn en joven?

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/09/16

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(Puede que Sánchez sueñe con ser Corbyn y regenerar la izquierda. Pero ni él es ‘Corbyn el joven’, ni Gran Bretaña es España, ni aquí conducimos por el mismo lado que los británicos. Ah! Ni Rajoy es Cameron))

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Cuántas veces los aplausos y vítores de los ‘fans’ y de los amigos, en un mítin o en la presentación de un libro, igual da, han engañado a un líder político, a un autor, sobre la verdadera calidad de su obra. Es verdad que a Pedro Sánchez, en Galicia, en Euskadi o en la fiesta de la Rosa en Gavá, le aplauden a rabiar cada vez que repite eso de ‘no es no’. Y que el aún líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, en un (demasiado, ay) vibrante discurso, le dijo aquello, que este domingo era titular en no pocos medios, de “¡Pedro, por Dios, líbranos de Rajoy!”.

En eso, y en la hostilidad manifiesta de una mayoría de ‘barones’ socialistas frente al presunto apoyo total de la militancia, apoya Sánchez su estrategia de cara a su comité federal, en el que le van a pedir cuentas de los resultados vascos y gallegos: hay mucha gente en ese órgano, el máximo del PSOE entre congresos, que patentemente no quiere ya a Sánchez. Otros, a saber si son más, sí le quieren. Lo comprobaremos este sábado de presumible batalla, aunque ya verán que quizá –quizá– no será para tanto y que los que piensan que los ‘díscolos’ acabarán pidiendo una gestora, para el partido, que eche a Sánchez, van a quedar, acaso, defraudados.

Así que la previsible ‘hoja de ruta’ de un Sánchez ya lanzado a la vorágine sería más o menos esta, descartado ya de plano el apoyo de Ciudadanos a sus planes: hay que regenerar y renovar el partido, basarlo en la militancia y no en los representantes territoriales, que son lo antiguo, buscar una alianza con Podemos antes de que Podemos nos acabe fagocitando –que todo puede ser, aunque, a la vista de Galicia y Euskadi, no sea tan fácil—y tratar de convencer a los nacionalistas y, si se puede, a los descaradamente separatistas, de que aparquen sus obsesiones de secesionismo, porque lo fundamental, para construir un país nuevo, una nación de naciones, es echar al corrupto Rajoy. Así, el PSOE podría incluso presentarse como el ‘pacificador territorial’ y el modernizador radical de una España que ahora vive en el inmovilismo gracias a Rajoy: hemos frenado el referéndum catalán…al menos por dos años, sueña con poder decir Sánchez. ¿Podrá?.

Sospecho que el plan le va a salir mal a Pedro Sánchez. Primero, porque jugar, a estas alturas, con el fuego de Esquerra Republicana (y hasta con la ex Convergencia, si me apuran) no es lo mismo que hablar con el muy tratable PNV de Iñigo Urkullu. Segundo, porque el Gobierno que saldría de la mezcolanza, si es que todos aceptasen las condiciones para jugar en ese juego, irritaría a muchos millones de españoles, que piensan que las elecciones las ha ganado ese Rajoy al que se trata de desalojar a toda costa de La Moncloa. Tercero, porque el previsible refuerzo en la alianza de PP y Ciudadanos –a Rivera, Sánchez ya le ha perdido para su causa hace tiempo—impediría llevar a efecto las reformas imprescindibles que, en cambio, una alianza de Ciudadanos y PSOE frente a un Gobierno de Rajoy sí facilitaría, a base de gobernar desde el Parlamento en una oposición ‘constructiva’ al Ejecutivo, que sirviese de acicate al escaso entusiasmo reformista de Rajoy.

No, con estos mimbres, entre los que se incluye el hecho de que nadie en el Comité Federal vaya a atreverse a proponer la abstención del PSOE para que Rajoy salva investido, esa investidura de Rajoy se hace imposible: que no espere tampoco apoyo alguno del PNV. Y creo que la investidura de Sánchez, también se hace imposible. Porque ya me dirá usted cómo va a convencer al Partido Demócrata catalán, ex CDC, a los de Esquerra y a los de Bildu para que se olviden durante un par de años de sus aspiraciones básicas en aras de llevarle a él, Sánchez, a una investidura que, a su vez, le sitúe en el principal sillón monclovita. Para colmo, el miércoles, un año después de las elecciones catalanas, Puigdemont va a salir con bien de una moción de confianza en el Parlament basando su discurso en los plazos ciertos para una independencia que él sabe muy incierta. ¿Cómo podría el líder socialista pactar con quien quiere romper España, pensarán no pocos militantes de Punta Umbría, Torrelavega, Zamora o Albacete, por citar algunos ejemplos entre otros ocho mil posibles?

Volvamos, pues, al origen del asunto: a partir de ahí, Sánchez puede hacerse fuerte con los suyos y frente a los ‘otros’ suyos, reclamando un inmediato congreso federal (ya lleva siete meses de retraso por cierto), intentando perpetuarse en la secretaría general frente a una posible candidatura alternativa de Susana Díaz (lo siguen asegurando por Sevilla) y apelando directamente a la militancia.

Un suicidio que romperá el partido, lo hará insignificante en esas temidas y cada día más probables terceras elecciones y le lanzará a él directamente a los infiernos de los derrotados. En buena parte, por su propia culpa; pero también el partido, el PSOE, ha jugado un papel muy importante en el muy previsible descalabro que, si no se toman a tiempo –¿este mismo sábado?– las medidas urgentes, va a sufrir el Partido Socialista: ha impedido muchas cosas al secretario general (tal vez por fortuna, en algunas materias), no ha reaccionado ante los dislates, ha aceptado como bueno que todo valía para echar a Rajoy, cuando, en realidad, lo que se está haciendo es consolidar a Rajoy al frente del Gobierno. Y, si no, espere usted al resultado de esas terceras elecciones que nos vienen, si es que, como parece, nos vienen.

Un disparate, vamos. En Podemos, las dos fracciones se frotan las manos, en un cántico de unidad: solamente acceder a un Gobierno con Sánchez, con el que después ya se vería lo que se hace, puede reconciliar las estrategias tan dispares que nos muestran Pablo Iglesias y Errejón. Interesante debate, por cierto, el que han abierto sobre lo que debe ser la izquierda, que tiene no poco que ver con el del laborismo británico que acaba de reelegir a Corbyn, líder del ‘ala izquierdista’. Aunque, bien mirado, también puede que Sánchez, olvidando que esto no es Gran Bretaña ni Rajoy es Cameron, y que aquí se conduce por el otro lado, quiera ser una especie de Corbyn en versión joven, alta y guapa. Maaadre mía…

¡Es el sistema, estúpido!

Enviado por Fernando Jáuregui | 24/09/16

Dicen que el miedo al cambio es el principio de la muerte, y que el cambio por el cambio, la muerte súbita. Yo diría que este, susto o muerte, es el dilema en el que se debate la España política cuando unas elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco inauguran un período en el que los españoles nos jugamos mucho más que comprobar si, efectivamente, Núñez Feijoo seguirá al frente de la Xunta e Iñigo Urkullu en la lehendakaritza vasca. Nos jugamos ni más ni menos que la supervivencia del sistema que nos dimos a partir de 1976, cuarenta años ya, cuando empezó a desmontarse el franquismo y a instaurarse la democracia. Nos tenemos, por tanto, que pensar muy bien qué es lo que vamos a hacer a partir de este lunes. Si es que a los de la sociedad civil, o llámela usted minoría silenciosa si quiere, nos dan la oportunidad de decidir qué es lo que queremos hacer, que no es que nos lo pregunten mucho, la verdad: porque ¿para qué diablos han servido las dos veces que nos han llamado a votar este año?.

La propuesta de ‘Gobierno alternativo’ de Pedro Sánchez es lo que va a sobrevolar nuestras vidas –bueno, acaso solo las de los cada vez menos que nos interesamos por el caótico devenir de esta política ‘made in Spain’–. Pero como el secretario general socialista ha evitado explayarse al respecto, porque huye de los medios de comunicación como de la peste, e incluso ha abierto un frente antimediático, no sabemos muy bien si en ese ‘Gobierno de progreso’ piensa limitarse a la ecuación imposible PSOE-Podemos-Ciudadanos, que ya le han dicho que no, aunque al menos ha logrado abrir una brecha interna en la formación morada, o va a ampliar su propuesta a unos ‘nacionalismos regenerados’.

O sea, a unos nacionalismos dispuestos, con tal de deshacerse de Rajoy y del PP en el Gobierno central, a ‘aparcar’ de momento sus exigencias de un referéndum secesionista en el caso catalán, que por cierto ya están aparcadas en el caso vasco: ¡quién nos iba a decir, no hace tantos años al fin y al cabo, que Euskadi se iba a convertir en un ejemplo de calma, cooperación y estabilidad para todo el resto de España! Y eso lo ha hecho un hombre, Urkullu, sin demasiada cooperación, por cierto, desde el Estado, más allá de no poner en cuestión concierto y cupo económicos.

Sobre lo que no se ha insistido lo bastante, a mi juicio, es en que ese ‘Gobierno Frankenstein’, como lo definió Pérez Rubalcaba (con cuyos editoriales periodísticos parece que está bastante enfadado Pedro Sánchez), acabaría de golpe con el sistema: hablamos de incluir en él, por acción o por omisión, a formaciones que ni siquiera acuden a las preceptivas consultas del Rey previas a la investidura, y cuyos intereses pasan, muy legítimamente por cierto, por el fin de la Monarquía y la desmembración territorial de España.

Eso será legítimo, pero no estoy seguro de que sea exactamente lo que votó la inmensa mayoría de quienes apoyaron al PSOE con su sufragio. Y debería pensar Sánchez en que ninguno de sus predecesores, ninguno, ni Felipe González, ni Almunia, ni Zapatero, ni Rubalcaba, ni un solo medio de comunicación que realmente cuente, ni una institución, ni uno solo de sus ‘barones’ territoriales, con la excepción casi anecdótica de la balear Francina Armengol, respaldaría ese plan. Ni respaldaría poner el futuro del PSOE en manos de una minoría de la cada vez más exigua militancia, porque la cuasi-mayoría ni siquiera acudiría a la llamada a votar los planes del secretario general. Y el tan pospuesto congreso, ahora, despedazaría al que sigue siendo, de manera crecientemente precaria, segundo partido de la nación.

Sánchez, lanzado a una actividad que él, y quienes le aplauden en sus mítines y una parte de su Ejecutiva, dicen beneficiosa para el país –librarnos de Rajoy y de la corrupción del PP, etc–, no parece darse cuenta de que estamos cayendo en el peligro del ‘tsiprismo’ o del ‘portugalismo’, con el agravante de que en España se dan problemas institucionales y territoriales que en Grecia y Portugal ni siquiera se plantean. Y que España es el cuarto país en importancia cuantitativa de Europa. Aquí, el riesgo es que se haga tabla rasa del conjunto del sistema, desde la Corona, cuya preocupación en este sentido es evidente, hasta algunas costumbres sociales establecidas desde hace tantos años.

Me parece que muchos, en el propio PSOE, piensan que estamos preparados para reformas en profundidad, pero no, desde luego, para eso. Yo creo que, más que a la militancia, Sánchez, si quiere ser justo, libre y benéfico en verdad, y no mirar simplemente a presuntos intereses personales, debería apelar también a los simpatizantes y votantes del PSOE: a ver qué opinan de la disyuntiva que, tal vez sin querer, está abriendo. Las dos Españas ahora se definen así: la que apuesta por el mantenimiento, con reformas más o menos en profundidad, del sistema, y la que quiere derribarlo.

En ese dilema del ser o no ser se debaten ahora Pedro Sánchez, que no tiene la suficiente talla de estadista como para protagonizar tal disyuntiva, el PSOE, que no parece tener claro por dónde tirar sin perder mucho de lo conseguido, que es cada vez menos, y creo que una parte de la sociedad española. No esos once millones y pico que votaron al PP y Ciudadanos, que parecen tenerlo claro. Pero sí una parte importante de quienes apoyaron en las urnas al propio PSOE y a otras formaciones, en las que incluyo a Podemos, como estamos viendo en el interesantísimo debate interno que aflora en la formación morada, y a la propia Convergencia Democrática de Catalunya, o como se llame ahora lo que dejó vivo la impericia y el personalismo de Artur Mas. Un ejemplo, por cierto, hacia el que yo creo que debería mirar con mucha atención el señor Sánchez, con perdón.

Lo confieso: no entiendo a Sánchez

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/09/16

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((Lo confieso: de los cuatro, que ya se ve que muy guapos y estilizados, a Sánchez es al que menos entiendo))
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Comprendo que el hecho de que uno, que no es nadie, diga que no entiende a Pedro Sánchez, al secretario general del PSOE y candidato a lo mismo y a la presidencia del Gobierno de España, eso le importe un pito. Aunque, la verdad, seamos legión los que, desde posiciones que algún día fueron de simpatía hacia él, afirmamos ahora nuestra incapacidad de saber a qué diablos responden sus salidas.

Cierto que uno, en su ignorancia, creyó, desde hace años, que una gran coalición entre Partido Popular y PSOE, ahora con el aditamento de Ciudadanos, hubiese sido una buena fórmula para resolver incluso problemas territoriales (y económicos, y sociales, y meramente legales) enquistados en el cuerpo nacional.

Cierto también que, a la vista de la coyuntura lamentable, y oído reiteradamente el ‘no, no y no y qué parte del no, etc’, uno hubo de acomodarse a la propuesta de Albert Rivera, consistente en permitir la investidura de Rajoy y, desde el Parlamento, con una mayoría de oposición PSOE-Ciudadanos, contando ocasionalmente para cuestiones puntuales con Podemos (o con los nacionalistas, por qué no), obligar al Ejecutivo minoritario de Rajoy a realizar las grandes reformas, incluso constitucionales, que el país necesita. Desde esa mayoría de oposición se hubiese podido reformar la Constitución, forzar negociaciones con los nacionalismos en busca de soluciones territoriales, cambiar la normativa electoral…e incluso, a medio plazo –año y medio–, sustituir al propio Rajoy por otra figura al frente de su partido y del Gobierno. Y luego, entonces sí, nuevamente a elecciones, pero ahora con las cañerías legales y constitucionales reforzadas y reformadas, para que nunca vuelva a ocurrir lo que ahora nos está ocurriendo.

Hasta ahora, todo eso lo he comprendido y compartido. Mi incomprensión comienza en ese ‘no’, inicialmente sin abrir puertas alternativas. Y continúa ahora, cuando la alternativa propuesta por Sánchez, de manera algo difusa –ha evitado los contactos demasiado ‘explicativos’ con los medios de comunicación–, es la de un Gobierno ‘de progreso’ para echar al del PP, aunque sea este último quien ganó las elecciones de diciembre y de junio.

Ese Gobierno alternativo no podría ser uno presidido por el PSOE, completado con Ciudadanos, antigua aliado de los socialistas y luego de los ‘populares’, y con Podemos, que tiende las manos que haya que tender…excepto a Ciudadanos, con el que nada tiene que ver la formación morada. Y viceversa. O sea, imposible esa fórmula.

Así que el ‘Gobierno alternativo’ tendría que contar con PSOE, Podemos, PNV, Partido Demócrata catalán (antigua Convergencia) y la abstención ‘pactada’ de Esquerra Republicana y quizá de Bildu…suponiendo que pudiese contar con el disputado voto de Coaliciòn Canaria, que hasta ahora se lo ha venido dando a Rajoy.

La gente cuenta y recuenta en esa amalgama de escaños socialistas, morados, de formaciones asociadas con Podemos, nacionalistas y separatistas, a ver si sale la mayoría para la investidura. Nunca se han hecho, en el mundillo político, tantas sumas y restas. Como dice Rajoy, las matemáticas apoyarían esta solución que Sánchez contempla: tendría un voto más, en el mejor de los casos, que el conglomerado PP-Ciudadanos.

La lógica de lo que debe ser un Gobierno cohesionado, en cambio, no la apoya. Puede que la realidad tampoco, porque he escuchado a Iñigo Urkullu mostrarse muy reticente a la ‘fórmula Sánchez’, y a los nacionalistas catalanes –no digamos ya a Esquerra—negándose a apearse de la exigencia de un referéndum de autodeterminación para Cataluña, una exigencia que el Comité Federal del PSOE rechaza con una tajante ‘línea roja’. Así que imposible de toda imposibilidad. Salvo que el máximo órgano socialista entre congresos cambie de opinión, que no creo.

¿Entonces? Pues puede que Sánchez esté desafiando a la ley de la gravedad, que está a punto de hacerle caer, a base de juegos en el trampolín. Puede que quiera afianzar, ya que no el sillón en La Moncloa, sí al menos el de su despacho de secretario general en Ferraz, porque se cree respaldado mayoritariamente por la militancia, que apoyaría suficientemente sus tesis en una consulta o/y en un congreso, que los ‘barones’ rechazan de manera tajante. Porque hemos descubierto estos días el imparable enfrentamiento, hasta ahora más bien soterrado, entre Sánchez y algunos de los presidentes regionales de su partido: Asturias, Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura, quizá Valencia. Le queda como aliada territorial la presidenta de Baleares, además de los secretarios/as de Euskadi, Galicia y Castilla y León. De los demás tenemos noticias difusas y confusas.

Un lío, vamos. Nada menos que el secretario general enfrentado a los ‘barones’, a los veteranos, a una parte de su propia ejecutiva federal y a varias federaciones. Haciéndose fuerte en la comisión permanente de esa Ejecutiva, en algunos asesores…y en la militancia, que vaya usted a saber por dónde saldría si le presentasen las cosas de una manera completa, con todos los pros y los contras, y no con una mera pregunta que redactaría el preguntante, o sea, Sánchez, tipo ‘¿apoya usted que hagamos lo posible por echar a Rajoy de La Moncloa’?. Es lo malo de esas consultas: que, a veces, según los intereses de quien las plantea, todo se simplifica demasiado.

Añádase a todo esto el haber cosechado los peores resultados electorales en la historia del PSOE y la previsión de que, si hubiera unas nuevas elecciones en diciembre –de lo que se culparía mayoritariamente a los socialistas–, el partido de Sánchez podría empeorarlos aún más: dejaría, así, al país en manos de Rajoy, sin posibilidad de que la oposición interviniese en posibles reformas, unas reformas que tanto cuestan al inmovilista presidente ‘popular’. Y potenciaría el papel de acicate ‘reformista’ de Ciudadanos.

Mézclese todo ello y tendremos el balance de dos años al frente de la secretaría general de un partido que, en las dos próximas semanas, o menos, se juega hasta la supervivencia como formación importante. Eso sí, con Sánchez al frente. Ni Artur Mas, en sus momentos más errados, fue capaz de causar tanto destrozo. Lo digo, claro, desde la incomprensión. Porque digo yo que por algo aplaudirán los suyos tanto a Sánchez en los mítines electorales: pensarán que, por fin, ‘las izquierdas’ –Sánchez dixit, contraponiéndolas a ‘las derechas’– van a mandar en España. Pues con estos mimbres, insisto, sigo sin entenderlo. Limitado que soy, limitados que somos unos cuantos, puede que muchos.

fjauregui@diariocritico.com

La procesión del silencio

Enviado por Fernando Jáuregui | 21/09/16

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((mucho micrófono para tan poca declaración))

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Ahora que están a punto de concluir las campañas electorales en Galicia y País Vasco para dar paso a las presumiblemente trascendentales elecciones del domingo, me atrevería a resumir lo que ha sido la galopada electoral de los principales dirigentes de PP y PSOE definiéndola con algo así como ‘la procesión del silencio’. No me refiero a que no haya habido palabras: ha habido muchas y muy reiterativas, confirmándose cada cual en sus archiconocidas posiciones desde los atriles de los mítines o desde el chafardeo en los ‘selfies’ con admiradores/as. Lo que no ha habido ha sido debate político, ni verdaderas declaraciones a los medios de comunicación, de los que los principales líderes, los que más se juegan en el envite, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, se han mantenido bastante alejados, para enfado de los informadores que han tenido que seguir sus periplos.

Ambos tienen miedo a hablarnos del futuro; de ahí que el secretario general socialista no haya concedido una sola entrevista en profundidad desde ya ni recuerdo cuándo, y que Mariano Rajoy, quitando la (breve) rueda de prensa en Bratislava, más o menos lo mismo. Quizá por eso se han disparado en las últimas horas las especulaciones acerca de una presunta –yo creo que no real, pero esta no deja de ser una mera impresión personal—intentona por parte de Sánchez de aglutinar una propuesta para ser investido como cabeza de un ‘Gobierno de progreso’; ya sabe usted, con Podemos, los nacionalistas vascos y catalanes, etcétera. Y también puede que por eso se barajen las hipótesis más fantásticas en torno a si alguien puede o no pedir como condición para un pacto la cabeza de Rajoy, que es una cabeza que nadie quiere cortar, que se sepa, en el PP. Una cabeza, en todo caso, muy parca a la hora de las manifestaciones ‘con enjundia’ sobre el futuro que nos/le aguarda.

Los silencios alientan el nerviosismo, los rumores. Y no me limito a hablar de los dirigentes del PP y el PSOE. Que dos dirigentes de una formación como Podemos, Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, se lancen a debatir entre ellos cómo ha de encaminarse una formación que se reclama de izquierda a través de mensajes de ciento cuarenta caracteres en las redes sociales tampoco deja de ser todo un ejemplo: ¿es en tan corto espacio como puede resumirse una polémica que, a mi juicio, tiene enorme interés para los ciudadanos, se reclamen de ‘las izquierdas’ o de ‘las derechas’, como quiere el líder socialista Sánchez dividir al cuerpo político español?

No sé si la falta de mensajes significa falta de ideas. Cada día que pasa y en el que nadie acude a propiciar soluciones para el enorme atasco político que vivimos me confirma en que es así: no hay soluciones porque no hay ideas para propiciar soluciones. Y, si las hay, se mantienen celosamente guardadas en función de tácticas y estrategias en las que quienes menos cuentan son, precisamente, esos ciudadanos sometidos a la procesión del silencio. Hay que concluir que el bien de la nación y el respeto al elector son menos importantes que la supervivencia del partido.

Claro que, como los días de mucho son vísperas de poco, tras este período de lenguas atadas se va a producir un torrente de acontecimientos, de manifestaciones, de tomas de postura. Prepárese usted porque, en las próximas dos semanas, vamos a asistir a una considerable barahúnda, en la que tanto bulto no contribuirá precisamente a una mayor claridad. Y, de ahí, saldrá lo que tenga que salir, que probablemente será un mal remedio, producto de ingredientes como la mudez y la verborrea, mezclados en dosis explosivas.

En los últimos días he apostado unas cuantas cenas a que no habrá terceras elecciones. En el cuarto de hora en el que escribo estas líneas, temo que estoy a punto de arrepentirme de haber cruzado tales apuestas, porque corro un serio riesgo de perderlas. Claro que ¿quién diablos iba a pensar alguna vez que llegaríamos a una situación en la que el único acuerdo que se vislumbra entre las fuerzas políticas sea uno para forzar un cambio en la ley electoral que nos libre de tener que ir a votar, gracias a un calendario endiablado propiciado por ‘ellos’ mismos, nada menos que el día de Navidad?

Bueno, seamos justos para concluir, que no todo es malo: es cierto que a veces sí se consulta a los ciudadanos. Ahí está, sin ir más lejos, ese referéndum que ha organizado el Ayuntamiento de Sevilla para ajustar el calendario de las jornadas de la feria de Abril. Ele ahí, que no falte la gracia salerosa atenuando el secarral político…

Vale, ganan Feijoo y Urkullu. ¿Y luego?

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/09/16

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((y, además, Urkullu advertía hoy en La Vanguardia sobre los excesos de los independentistas. Una entrevista importante, que recomiendo))

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Un mínimo análisis de las encuestas en varios periódicos de este domingo nos lleva a la conclusión de que Núñez Feijoo logrará la mayoría absoluta en Galicia y de que Urkullu podrá seguir gobernando en Euskadi con ayuda del PSE y quizá, sugiere algún sondeo, también necesite al PP. O sea, dos de los rostros considerados como más sensatos entre los políticos españoles se mantendrán en San Caetano y en Ajuria Enea, respectivamente. Hasta ahí, como en los diez primeros minutos de los discursos de Rajoy, no hay demasiada novedad: todo es previsible, y conste que yo sí creo en la fiabilidad general de las encuestas, que pueden equivocarse en un escaño más o menos, pero que reflejan una tendencia inequívoca. Lo interesante viene a continuación: ellos ganan, sí. ¿Y?

Bien, en primer lugar los mismos sondeos predicen sendos descalabros para los socialistas, en Galicia y en el País Vasco. Hay quien quiere acusar a la política e Pedro Sánchez del hipotético desastre, pero ya se sabe que el veredicto de las urnas ofrece muchas visiones interesadas. Qué duda cabe, en todo caso, de que Sánchez, como Rajoy, se han involucrado personalmente no poco en las dos campañas y que algo del premio y/o del castigo de lo que digan esas urnas les caerá en la cabeza al uno y, sobre todo, al otro.

Porque el secretario general del PSOE no va a poder evitar convocar, quizá en la misma noche electoral del domingo, un comité federal, acaso para el 1 de octubre, y sabe que en ese órgano, máximo decisorio del PSOE entre congresos, no va a salir del todo bien parado. Sus presuntas meditaciones de futuro –digo presuntas porque hace tiempo que Sánchez no concede entrevistas periodísticas que nos iluminen algo el camino de las hipótesis–, una eventual consulta a los militantes acerca de tratar de ir a un ‘Gobierno de progreso’ con quienes ya sabemos, no parecen hallar mucho calor ni entre los ‘barones’ ni en los influyentes integrantes del ‘viejo testamento’ ni, por lo que dicen las encuestas, en el votante tradicional del PSOE.

Así que sospecho que Pedro Sánchez, que está siendo muy vapuleado por los medios, incluyendo a los menos afectos a Rajoy, lo tiene bastante negro. Por mucho que sus tesis federalistas representen un principio (algo etéreo, sí) de solución para algunos serios problemas de España, como el territorial, lo tendría que ensayar dentro de un pacto con Ciudadanos y puntualmente con Podemos, desde la oposición parlamentaria a un Gobierno…que todo indica que estaría encabezado por Rajoy. Durante un año y medio o dos años, que es lo que duraría la próxima Legislatura, porque el veterano gallego no presenta indicios de querer moverse, ni su partido de desear su traslado a un despacho fuera de La Moncloa.

Y, entretanto, no se pierda usted otra conclusión casi unánime de las encuestas: Podemos sobrepasa a los socialistas (y a Bildu, que cae) en Euskadi. Y las Mareas, o sea, Podemos y aliados múltiples, son la segunda fuerza en Galicia, por delante del PSdeG, que sale seriamente cuarteado de este lance. Teniendo en cuenta que también son las derivaciones podemitas, con la personalidad aliada de Ada Colau, las que dominan presumiblemente en una Cataluña especialmente agitada a partir de finales de este mes, llegamos a la conclusión de que la formación morada, con sus terminales más o menos homogéneas, sería determinante para decidir sobre la unidad de España en un futuro no muy lejano. Por eso mismo digo que el panorama ‘normalizado’ –es una manera de hablar, claro está— supondría que, en la tarea de ‘gobernar a Rajoy’ desde el Parlamento, Ciudadanos y el PSOE tendrían que contar puntualmente con Podemos, les guste o no, como intermediario hacia los afanes nacionalistas. Y ahí ya veríamos en qué quedaba el famoso referéndum catalán, que yo sospecho que, de una u otra manera, habrá de celebrarse algún día.

Pero todo eso será, desde luego, cuando el PSOE se aclare y sepa qué quiere ser de mayor, al tiempo que se va haciendo cada vez menor. Queda una semana, la última de campaña en Galicia y Euskadi, para el comienzo de la gran movida. Una semana en la que, menos mal, tendremos también fotos del Rey con Obama y hablando ante la Asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York. Como si estuviésemos en plena normalidad política, vamos…

Un ‘éxito’ de Barberá: protagonista en Bratislava

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/09/16

Este país nuestro sigue sorprendiéndonos cada día: que nombres como los de Rita Barberá, Manuel Chaves o José Antonio Griñán, que pertenecen al pasado ya inoperativo y hasta algo rancio, hayan sido los que hayan protagonizado los titulares de la semana, resulta, cuando menos, sintomático. Máxime si la ex alcaldesa valenciana se convirtió nada menos que en la protagonista de las preguntas de los medios a Mariano Rajoy en la importante ‘cumbre’ de Bratislava, que se celebró en medio de una justificada alarma por el futuro de una Europa que ha venido funcionando razonablemente bien…hasta ahora.

Hace tiempo que tengo la tesis de que nuestros próceres políticos necesitan de esa corrupción pretérita –la actual ni es tan importante ni discurre por los cauces de la que imperó hace diez, cinco, tres años—para lanzársela a la cabeza, en ese juego aberrante del ‘y tú más’ que les sirve de pretexto para no hacer pactos que redunden en bien del progreso de España. Creo que ni Barberá, cuyas actitudes poco elegantes a favor de su decía que querido partido son evidentes, ni los ex presidentes andaluces y del PSOE, que bastante están pagando sus negligencias políticas, se han llevado ni un euro, ni una peseta, a sus bolsillos particulares. Y si alguien puede demostrar lo contrario, que lo haga de una vez. Y conste que evito mostrar la menor simpatía por ellos: simplemente, me gustaría dejar las cosas en las dimensiones que creo que tienen, que sean los jueces los que actúen, y no esas legiones de juzgadores profesionales cuya dedicación primordial en la vida es lapidar el árbol caído, que de los poderosos bien se cuidan.

Lo que ocurre es que la a mi juicio desmesurada petición fiscal contra Griñán ha servido al PP para sugerir que ya está bien de ver la paja en el ojo ajeno y nada de la viga en el propio. Que Pedro Sánchez ya no puede escudarse en la corrupción del PP para mantener su ‘no, no y no’ a facilitar una investidura de Rajoy, que, con todos sus claros y oscuros –que vaya si los hay; de ambas cosas hay bastante—ha sido quien ha ganado las elecciones y quien, aún por mayor distancia, volvería a ganar, dicen las cuestionadas encuestas, unos terceros comicios en un año, Dios (y Sánchez) quieran evitarlos.

Así que ahora se entiende aún menos qué diablos tiene el secretario general del PSOE en la cabeza cuando dice que ni quiere esos terceros comicios –su círculo pretoriano le tiene convencido de que mejorarían en escaños y darían la puntilla a Podemos, contra lo que evidencian otros sondeos–, ni quiere liderar una opción alternativa, lo que también es falso. Y cuando sabe tan bien como usted o como yo que no va a poder jamás tejer esa alternativa juntando a Podemos y Ciudadanos, y que necesitaría a nacionalistas vascos, a separatistas catalanes y a Bildu para, con Podemos, sumar los votos suficientes para destronar a Rajoy de La Moncloa en una sesión de investidura.

También sabe Sánchez que ese ‘Gobierno de progreso’ no podrá formarlo jamás con la anuencia de los dirigentes, ni de las bases, ni de los votantes socialistas. Y menos con los del ‘viejo testamento’, como el ex presidente extremeño Rodríguez Ibarra, guardando las esencias. Ya ha advertido Susana Díaz, que controla el mayor granero de escaños y votos socialistas y que es persona calculadora y de sentido común, que, tras las elecciones vascas y gallegas, en las que presumiblemente el PSOE cosechará sendos malos resultados (esto lo digo yo, no ella), habrá un comité federal –parece que el secretario general y los que le quedan fieles en la ejecutiva se resisten a convocarlo, pero tendrán que hacerlo—en el que dirá ‘lo que tenga que decir’.

Y da la impresión de que tanto ella como otros ‘barones’ y miembros del comité que no son ‘barones’ tienen mucho que decir, muchas cuentas que pasar –Sánchez no se habla con varios de esos ‘barones’ territoriales—y una política que rectificar: el PSOE debe permanecer en la oposición, que es lo que han querido los votantes, y por tanto facilitar, con su abstención y condiciones, la investidura de alguien del PP, referiblemente de alguien menos viscoso que Rajoy.

De manera que nos hallamos ante el último fin de semana de campaña autonómica en Galicia y en Euskadi de cara a las elecciones del domingo 25, fecha tras la que se empezará a montar el gran castillo de fuegos artificiales, el ruido de un centenar de mascletás barberianas y los efectos de un tsunami devastador para los intereses de alguno(s). Lo que no puede ocurrir de ninguna manera es que todo siga igual en un mundo cambiante, mire usted, si no, a Europa o a los Estados Unidos, en una sociedad anhelante y con un Gobierno que lleva nueve meses en funciones y funcionando, por tanto, a medio gas, como mucho. ¿MI apuesta? Me arriesgo, pero no creo que demasiado: esas terceras elecciones no se celebrarán, cueste lo que cueste, haya que cambiar los rostros y las actitudes que haya que cambiar. Y pido a Dios que no me equivoque, como tantas veces me ocurre por culpa de un inveterado optimismo. Porque lo peor que nos puede pasar no es que se marchen Sánchez, o –muy improbable a corto plazo—Rajoy: lo peor serían esas terceras elecciones por las que todo el mundo, más divertido aún que alarmado, preguntaba el viernes a Rajoy en Bratislava. Y no, por Barberá solamente le preguntábamos nosotros, los periodistas españoles, claro.

¡Menos mal! Volvemos al ‘y tú más’ que tanto bien nos ha hecho…

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/09/16

¡Qué alivio! Llegué a creer por un momento que empezábamos a perder las buenas costumbres, iniciando un camino de acuerdos constructivos de cara a posibles pactos que nos saquen del marasmo. Pero no: volvemos a donde solíamos. Al ‘y tú mas’. ¿Rita Barberá? Juego de niños comparado con lo de Chaves y Griñán; pues anda que tú, que tienes el juicio por el ‘caso Gürtel este otoño…; Nada que ver con la magnitud del escándalo de los ERE andaluces… En fin, estoy seguro de que todo esto le suena a usted a ‘deja vu’. Más de lo mismo y tiro porque me toca.

Más de una vez he dicho que hay que cerrar las hemerotecas. Que los jueces han de ejercer su trabajo, castigando conductas corruptas y que ni los medios pueden ejercer de otra cosa que de meros –nada menos—descubridores de presuntos escándalos, y no de juzgadores, ni los máximos dirigentes políticos pueden tirarse a la cabeza corruptelas que ya están en los tribunales utilizándolas como pretexto para no pactar un futuro regeneracionista. ¿Cómo vamos a entronizar en La Moncloa a Rajoy, con todo lo que tiene en la mochila? dice Sánchez, y sin duda no le falta razón. Pues ya me dirá usted quiénes son los socialistas para dar lecciones, con lo que tienen en Andalucía, replican en el PP, igualmente no faltos de motivos. Y ahí andamos, en la parálisis.

Lo que ocurre es que todas esas son cosas que responden a un pasado lamentable, no a un presente en la que aquellas formas corruptas ya no tienen una fácil repetición: han mejorado las leyes para luchar contra los corruptos y ha crecido la vigilancia, al tiempo que la exigencia pública de transparencia y honradez se ha vuelto mucho más inquisitorial, puede que en exceso en algunas ocasiones.

Nunca he hecho leña del árbol caído, ni la voy a hacer ahora, máxime cuando mi impresión es que ni Barberá, ni Chaves, ni Griñán, por citar apenas los tres casos más sonados, se han llevado un euro a sus bolsillos particulares. Otra cosa es la sanción política que sus negligencias merezcan. Y lo mismo puedo decir del ex ministro José Manuel Soria y sus ‘mentirijillas’, por citar un ejemplo más.

Para mí, la corrupción más grave, y no estoy pidiendo ‘mano blanda’ contra nadie que haya robado, malversado, mentido, etc., es la que consiste en cachondearse –con perdón de la palabra—del respetable. Cuando tú contratas a alguien para que te saque las castañas del fuego, para que administre tu vida política y económica y sales con la impresión de que te han estafado. Como si llamases a Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, para que te arreglen las cañerías y te salen con que tienen que irte de elecciones el día de Navidad. Que estos señores a los que votamos y pagamos no hayan llegado aún a un acuerdo para ponerse a gobernar me parece, sí, mucho peor que cualquiera de las andanzas de la ex presidenta valenciana o de los ex presidentes del PSOE, y conste que tampoco pongo la mano en el fuego por nadie en unos casos que en profundidad desconozco.

Creo que la ciudadanía tiene que tomar conciencia de que la auténtica corrupción que está demostrando el sistema es el desprecio al voto que, por dos veces ya, hemos emitido los españoles. LO demás no lo minimizaré, pero me parece que es bastante secundario. Cosa de jueces, no de tribunas parlamentarias, que deberían albergar mayor amplitud de miras que los mil euros de Rita o los ‘despistes’ –ejem—de Griñán. Confío en que usted me entienda; estoy seguro de que me entiende.

¿Me permite salir en presunta defensa de Rita, Chaves, Griñán y Puerto?

Enviado por Fernando Jáuregui | 15/09/16

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((talento ‘juzgador’ de los medios: no han sido condenados, pero colocamos a según quhién en fotografías tras los barrotes. ¿Dónde quedan las máximas de Concepción Arenal? ¿Dónde la presunción de inocencia?¿Dónde la verdadera lucha contra los verdaderamente corruptos, que son los poderosos, no los caídos?)) Pregunto??

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Dicen que en este país nuestro llamado España cada habitante lleva en su alma un seleccionador de futbol, un político…y un juez. Es este un país lleno de juzgadores, sin toga ni conocimientos jurídicos. Capaces de convertir en villanos a señores a los que jueces influidos por factores ambientales han decretado que deben ser imputados (investigados, perdón) por prevaricación, malversación, cohecho o por apropiación indebida que en muchos casos no ha existido.O, simplemente, por haberse equivocado pensando que hacían lo correcto o, al menos, lo que en ese momento estaba permitido y luego fue prohibido.

Espero que usted me entienda: naturalmente que no estoy pidiendo hacer la vista gorda contra el corrupto, contra aquel que ha desviado dinero público hacia su bolsillo: tolerancia cero con esos. Lo que sí pido es un trato diferente, que no incluya la pena infamante, con quienes se hayan equivocado de buena fe en el ejercicio de su cargo, con aquellos a los que una apuesta que pensaban en favor de su comunidad les ha salido mal, con aquellos que quizá por pereza, negligencia o simplemente mala pata, no se llegaron a enterar de que otros, subordinados suyos, abusaban o, sin más, robaban. O con quienes actuaron en una coyuntura que luego, merced a esa inseguridad jurídica tan made in Spain, cambió de pronto.

Ignoro el grado de culpas de Rita Barberá, tan cruelmente tratada pos los suyos y los ajenos. Y lo mismo puedo decir de Manuel Chaves y José Antonio Griñán; conozco a los tres y reconozco que puedo ser un ingenuo de tomo y lomo, pero no estoy nada seguro de que merezcan pasar por el infierno por el que están pasando, mientras otros, ya sea en la vida pública, en la privada, o en ambas, se han ido de rositas o han visto injustificadamente prescritos sus casos gracias a tribunales cortos de vista.

No, insisto: no estoy abogando por mirar hacia otro lado ante la corrupción, sino por todo lo contrario: porque nos centremos en la verdadera corrupción, y que no convirtamos a esta en un pretexto para no hacer los pactos políticos que necesitan los españoles.

Ni tampoco estoy disparando contra un presuntamente excesivo celo judicial: creo que los jueces están, eso sí, sometidos a una presión mediática, ambiental, que en alguna ocasión –no siempre, desde luego– les impide actuar con plena libertad. Lo que quiero decir, en resumen, es que no me gustan ciertas actuaciones de Barberá, ni de Chaves, ni de Griñán, ni de Soria, ni la de mi paisana la ex alcaldesa de Santoña, Puerto Gallego, que ha tenido que dejar su escaño por una antigua denuncia falangista, ni la de mi amigo Abel Caballero, a quien se pretendió imputar por un no demostrado ‘soborno’ de un bolígrafo y un reloj.

No los defiendo, porque tribunales hay que actuarán espero que correctamente. Lo único que digo es que hemos vuelto a instaurar la pena de la picota y de ahí a la pira purificadora puede que haya un paso. Que una cosa es un país limpio, honrado y justo, y otra una nación llena de dazibaos acusatorios que, encima, sirven de pretexto para tirarse a la cabeza las hemerotecas, mientras seguimos con un Gobierno en funciones en el que todos llaman ‘corruptos’ a todos, mientras no hay un solo funcionario que quiera desatascar un papel no vaya a ser que aparezca, merced a vaya usted a saber qué ‘vendetta’, en los papeles. Lo de Concepción Arenal: odia el delito y compadece al delincuente. Y compadece aún más al presunto inocente a quien nadie le reconoce esta presunción.