¿Que yo he dicho que hay que reproducir el fusilamiento de Companys? Qué barbaridad…

Enviado por Fernando Jáuregui | 23/05/13

Triste episodio este que me ha tocado vivir, y de paso, a mis compañeros de tertulia de un día en la COPE…Así, claro, jamás habrá entendimiento entre unos y otros y quienes, inmensa mayoría, estamos por la negociación, el entendimiento y por que los nacionalismos se sientan cómodos, en lo posible, en el Estado, acabaremos engullidos por los extremos. En fin, reproduzco mi respuesta a las burradas que algún medio (no sé si RAC1 o un digital llamado e-noticies, o ambos) ha intentado poner en mi boca.

¿Fusilar a Companys? Menuda barbaridad…
Fernando Jáuregui

Nada, que no hay nada que hacer. Es lo que uno –y perdón por personalizar en esta ocasión: hoy, me temo, toca, muy a pesar mío—piensa a veces al encontrarse con ciertos episodios de esa cierta ‘guerra mediática’ entre lo que llaman ‘Madrid’ y lo que otros llaman ‘Cataluña’; que, menos mal, ni es todo Madrid ni toda Cataluña. El caso es que una emisora a la que algunos consideran ‘oficialista’ de la Generalitat catalana –a saber…–pone en mi boca esta frase, textual: “Y si fusilamos a Companys, mejor todavía”. Horror. En efecto, pronuncié esa frase en el curso de una tertulia radiofónica en la Cope, en Badajoz, en un programa al que también asistió el presidente de Extremadura, José Manuel Monago, personaje controvertido, como se sabe, en algunos ámbitos catalanes.
Solo que el significado de mis palabras, si no hubiesen sido sacadas de contexto, era absolutamente el contrario, y el tono era, como bien se percibe en la grabación, claramente sarcástico: estaba diciendo -es mi línea de expresión habitual-que con Cataluña hay que negociar, que no basta con decir ‘no’ a todo desde ‘Madrid’ y que yo incluso sería partidario de reformar la Constitución para permitir, a cambio de otras cosas –menos emisoras oficiales, otro tratamiento lingüístico, menos ‘embajadas’…–, que Cataluña tenga un régimen fiscal distinto. Negociar, en suma. Porque mantenerse en esa línea ‘dura’ del ‘no a todo’, decía yo, sería exacerbar una línea de distanciamiento que nos llevaría a la aberración de algo casi semejante al ‘declaremos el estado de excepción’ tras el establecimiento del Estat Catalá en 1934, o incluso al “y si encima fusilamos a Companys, mejor todavía”.

Aislar esta frase, como hizo la emisora considerada nacionalista/secesionista, varía por completo el sentido de mi discurso, me hace aparecer como una especie de salvaje y me otorga un ‘pensamiento’ que es radicalmente el contrario al mío. Siendo, como soy, totalmente enemigo de la pena de muerte, sea contra quien sea y en las circunstancias que sea, habiendo dedicado mi vida y mi actividad profesional a fomentar el diálogo y el entendimiento entre ‘Madrid’ y ‘Cataluña’, se puede comprender mi pasmo al verme reflejado con ímpetus asesinos y haciéndome decir, sin más: “y si fusilamos a Companys, mejor todavía”. Diosss…

Lo peor es que, en estos tiempos de Internet, estas cosas quedan. Las recogen, quizá con la mejor voluntad (o no), algunos periódicos digitales, quedan imperecederamente reflejadas en Google, incendian las redes sociales. Y vaya usted a explicar a quien aisló la frase de marras -no puede haber sido sino maliciosamente– el daño moral que causa a alguien que, como quien suscribe, se ha forzado, hasta el extremo de crear un periódico ‘on line’ bilingüe en Cataluña -con los costes que ello tiene y las incomprensiones que ello provoca en ‘ambos lados’-, en dar cabida a todo el pensamiento democrático y respetuoso. Sea cual sea, nacionalista o no, secesionista o no, así como para contar sin prejuicios ni deformaciones lo que quienes creemos en la libertad de expresión consideramos la realidad. Cierto: en las últimas horas recibí llamadas de disculpa en las que unos medios –RAC1– culpaban a los otros –un digital llamado e-noticies– de esa manipulación. Ya era tarde…

Claro que quizá alguno trate de provocar ese daño moral. Todo sirve para alimentar los fanatismos de algunos que quieren la guerra, y ya se sabe que la primera víctima en las guerras es la verdad. Cierto, no soy catalán ni, por tanto, podría ser nacionalista catalán. Tampoco me considero nacionalista español. Nada, no soy más que un periodista que pretende hacer su trabajo con honradez. Lo cual, en mi código, no incluye sacar frases de contexto, ni encender hogueras artificiales, ni barrer para casa, ni hacerle la pelota al que paga, ni buscar enemigos de la ‘causa’ –a mí, desde luego, no me encontrarán en ese campo de enemigos: déjenme en paz…– En fin, que si alguien quería provocarme un acceso de tristeza, lo ha conseguido. Que ese alguien malicioso, o amarillo, se sienta satisfecho. No sé si ha conseguido mucho más, y probablemente ha hecho un flaco favor a esa ‘causa’, sea la que sea; en todo caso, la de él es una causa sectaria, ya se ve. Pues eso: que a veces uno, cabizbajo, piensa que nada, que no hay nada que hacer, por muy buena voluntad que le eches. Pero hay que seguir intentándolo.

fjauregui@diariocritico.com

Cuando un amigo se va…

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/05/13

(oh, no hay foto en Google de Emilio Octavio de Toledo. Google ya no sirve…)

SE NOS MURIÓ EMILIO OCTAVIO DE TOLEDO, RARA AVIS DONDE LAS HUBIESE

Fernando Jáuregui

Lo importante, con serlo, de Emilio Octavio de Toledo y Ubieto no es que hubiese sido alto cargo, secretario de Estado en Defensa y Educación, en los ministerios desempeñados por Gustavo Suárez Pertierra; lo más importante, aun siéndolo, no son sus libros sobre ciencia jurídica, ni sus clases en la Universidad, ni su labor docente y académica, ni su carácter de historiador de la jurisprudencia. Todo ello fue, sin duda, una faceta destacada de su vida, truncada demasiado pronto, a los sesenta y cuatro años mal cumplidos. Pero, para quien suscribe, lo importante en Emilio Octavio de Toledo no fueron sus cargos, ni el excelentísimo e ilustrísimo señor con los que podía anteponer su nombre y de los que él se mondaba de risa. Para quienes le conocimos, lo verdaderamente importante de Emilio era su condición humana. No hay muchos tipos que te fascinen cuando hablan –y él hablaba mucho, sabiendo, rara avis, lo que decía–, y que te hagan, al tiempo, sentirte escuchado e incluso apreciado, lo cual enrarece el avis a tope.

Sus compañeros de la Facultad de Derecho, allá por los primeros años setenta, nunca olvidaremos su porte aristocrático, su trato afable –podía ser colérico a veces, jamás rencoroso–, su talante progresista contra los vientos dominantes, su bondad. Quienes fuimos, somos y seremos, amigos de su esposa, la gran catedrática de Penal Susana Huerta, no podemos obviar el cariño que repartió entre los suyos, ni su dedicación convencida al servicio público, ni la independencia con que siempre ejerció sus cargos: era incapaz de callar sus opiniones en privado y también en público, y eso, claro está, a veces le costaba caro. Y doy fe de que siempre sustentó sus tesis en datos incontrovertibles; hubiese sido un buen –e incómodo—periodista. Como tanta gente inteligente que escogió, por su bien, otros caminos…

Y allí, en su entierro, en el crematorio de La Almudena, estaban, estábamos, en este domingo de mayo lluvioso y desapacible, sus amigos de siempre. Los de la Facultad, como José Manuel Gómez Benítez, o María Emilia Casas, o Miguel Fernández Bragado, o Luis Figueroa; los del Ministerio, como Suárez Pertierra o Miguel Siva; los que escribieron con él sus libros, o los de la Universidad, como Carlos Berzosa, que fue rector de ‘su’ Complutense, o tantos otros, que habían comprobado de sobras su talante y su talento. No va a ser fácil, no, dejar de polemizar durante horas y con un gintonic a mano, quizá en su querida Covarrubias, o dondequiera que sea, con este Emilio Octavio de Toledo que nos deja un agujero de doloroso recuerdo, querido Emilio, y ahora qué será de nosotros, y de nuestras-incontrovertibles-opiniones, si tú no vienes, carajo, a rebatirlas.

¿Es la corrupción generalizada cosa del pasado? Brindo por eso. Y porque otros pasados, Videla, no vuelvan

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/05/13

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DOS PERSONAJES UNIDOS POR LOS TITULARES DE ESTA SEMANA
(¿tienen algo que ver el horrible Videla y el presunto ingeniero financiero irregular –vamos a llamarlo así– Blesa? Claro que no hay comparación entre ellos. Excepto un dato: ambos contribuyeron a dejar el mundo un poco peor de lo que lo conocieron. Ambos abusaron de los demás, ambos mostraron desprecio por sus congéneres. Por lo demás, quiero dejar claro aquí que mi sentimiento de lástima por Blesa, que olvidó las reglas del ‘fair play’, nada tiene que ver con la repugnancia hacia quien desprecia la vida de los demás, a los que aniquiló en nombre de no sé qué ideas; ¿puede haber algo más odioso?)
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La Historia, dicen, hay que conocerla para que no se repita. No sé si estudiando Historia aprendemos a no volver a las viejas andadas, llámense corrupción, llámense cosas aún más graves. Y pienso, en estas horas, en todos esos casos de ente que ha pretendido reírse de los demás mortales, quizá creyéndose superiores a nosotros y también, al leer las noticias de las últimas horas, me ha venido a la cabeza un pasaje, lamentablemente olvidado, que viví cuando trabajaba en Ginebra para Efe, treinta y cinco años hace ya.

Todos los casos que estamos conociendo, desde Bárcenas hasta Blesa –salvando, por favor, las distancias–, desde Urdangarín hasta algunos episodios de los ERE, son cosa del pasado. Como Gürtel, aún pendiente de juicio. Como tantos casos que han ido apareciendo aquí y allá. Yo creo, espero, que corromper y corromperse desde la cosa pública –y desde la privada– ya no es tan fácil ahora como hace unos cuantos años. Ni aquí, ni en casi ninguna parte, y ahora estoy pensando en la Argentina del horrible Videla. Lo que no quiere decir que no haya que castigar a quien delinquió, entre otras cosas como advertencia de futuro. Sin utilizar –ay, la Asamblea de Madrid…– la tremenda acusación ‘corrupto’ como arma política arrojadiza, porque entonces estamos devaluando el término.

Y, desde luego, me parece que ese pasado de corrupción bastante generalizada –unos más, otros menos, desde luego– invalida a toda una generación de representantes. Se hacen precisas caras nuevas cuando entramos en una era nueva, caras limpias de sospecha y…con ideas frescas, que buena falta hacen.

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Y ahora déjenme, ya que estoy evocando el pasado, recordar el episodio que viví en Ginebra, en 1978. Allí conocí a Martita, una chica argentina que estaba en nuestro círculo de amigos, muchos de ellos exiliados argentinos y chilenos. Se empeñó Martita, simpatizante montonera, en regresar a Buenos Aires; todos le rogamos que no lo hiciera, en vano. Jamás volvimos, ni sus familiares, a saber de ella. He evocado el horror de aquellos años, finales de los setenta, en los que tantos amigos exiliados, escapados del genocidio, hicimos, al leer la muerte del ex general, traidor al uniforme y a su patria, Videla. Si hubiese un más allá, ¿qué destino se reserva a quien solamente sembró el mal?

Unifico corrupción más o menos reciente con estos recuerdos terribles y los unifico: hay que abolir ya toda posibilidad de abuso de unas personas sobre otras, hay que sembrar la infamia sobre las cabezas de quienes se aprovechan de los otros. La infamia, y el castigo, que en Argentina el consuelo es, al menos, que el genocida murió en prisión, viviendo en sus últimos años el asco que por él sintieron sus compatriotas. En otros países que yo me sé, el dictador genocida murió en la cama, aunque eso sí, su última imagen doliente fue robada por su propio yerno: corrupción hasta el último minuto. Quizá de aquellos polvos…

La primavera viene caliente, vaya que sí…

Enviado por Fernando Jáuregui | 12/05/13

Menudas encuestas las de este domingo en El País y El Mundo, que son los periódicos que lideran la actualidad, mal que nos pese (o no…que diría Rajoy). El campo está abonado para un resurgimiento del 15-m.

Ahora sí que se la juega Rajoy…

Enviado por Fernando Jáuregui | 05/05/13

Este miércoles, una nueva oportunidad para que Mariano Rajoy nos convenza (y lo mismo sea dicho de Alfredo Pérez-Rubalcaba). ¿Darán la talla esta vez nuestros políticos? La ocasión se la pintan calva a ambos, y a los demás que suboirán al atril. El país está expectante, harto sin duda de tanta dilación, de tanta mediocridad, pero siempre ofreciendo otra oportunidad a nuestros representantes…¿hasta cuándo?

¡Diosss, otro viernes negrísimo!

Enviado por Fernando Jáuregui | 03/05/13

Entre el sondeo del CIS, que muestra una distancia insalvable entre los ciudadanos y sus representantes, y las previsiones de la UE para España, otro viernes negro se cierne sobre nuestras cabezas. ¿A qué esperan para reaccionar, para hacer algo, decir algo que nos saque del pasmo en el que nos hallamos?

Se me ha ocurrido enviar a mi columna sindicada de OTR este comentario,ciertamente preocupado:

Entre las previsiones de la Comisión europea y los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas, la verdad es que este fue otro ‘viernes negro’ para Mariano Rajoy. Y para todos nosotros, claro. Pienso que alegrarse de que la UE empeore los ya suficientemente malos pronósticos para este año elaborados por el Gobierno es algo gratuito y, en todo caso, errado: los fracasos de nuestros representantes acabarán cayendo, seguirán cayendo, sobre nuestras cabezas. Y lo mismo voy a decir sobre los catastróficos datos del CIS: la desconfianza extrema de los ciudadanos hacia su clase política, en general, y hacia el partido que nos gobierna y el principal de la oposición, en particular, es una muestra de que algo no está funcionando ni medianamente bien en nuestra democracia, de la misma manera que los varapalos en los análisis europeos indican sin lugar a dudas que las cosas no marchan en la planificación económica española.

Como periodista, hubiese dado cualquier cosa por haber estado presente en la reunión del Consejo de Ministros de este viernes. Y en la del anterior, por cierto, donde se debatió fundamentalmente, me cuentan, qué decir a los españoles tras haberse conocido la cifra oficial de desempleados, ese número que ha quedado grabado en nuestros corazones: 6.202.700. Aseguran que ha habido gran ‘movida’ interna en el PP desde entonces, y el ‘huracán Esperanza Aguirre’ sería solamente la punta de un importante iceberg. Aunque no menor es la ‘movida’ que intuimos en el PSOE, que no remonta el vuelo –más bien al contrario—pese a los batacazos continuos que se pegan los ‘populares’.

¿Qué ocurriría hoy si se celebrasen elecciones ahora? Si nos atenemos a lo que los sondeos de opinión –que no son ni más ni menos que eso, recordémoslo—nos vienen diciendo, no cabe duda de que el PP habría perdido su mayoría absoluta, pero no a favor de más escaños para los socialistas, que los verían alarmantemente disminuídos, sino a favor de la tercera y cuarta formaciones, Izquierda Unida y UPyD, que se convertirían en árbitros imprescindibles a la hora de formar un Gobierno. Italianización, pues, al canto, aunque forzoso es tener en cuenta que el porcentaje de quienes no piensan votar, seguramente hartos de promesas incumplidas y de una situación política de la que se han distanciado enormemente, también crece de manera considerable.

Encontrarnos con la inestabilidad actual de Italia, sin la fortaleza de la Administración italiana, a la hora de poder formar un Gobierno, parece algo indeseable. Máxime cuando la situación económica es la que es (y la que será…), cuando el prestigio de la ‘marca España’ anda bajo mínimos, cuando la estabilidad territorial experimenta convulsiones y cuando la reputación de la Jefatura del Estado, que es un vértice equilibrador de la nación, se despeña, siempre según la encuesta del CIS a la que me refiero. Una quiebra brutal del sistema de partidos, básicamente porque la ciudadanía no confía en ellos, cuando ni la judicatura, ni la Corona suscitan la suficiente confianza ni el mínimo respaldo, sería algo peligrosísimo para la supervivencia del sistema tal y como ahora lo conocemos.

No resulta demasiado arriesgado prever movimientos sociales de rechazo a-lo-que-hay si continúa el inmovilismo de una clase política que, no le demos más vueltas, disgusta a la ciudadanía. Y estas, ya le digo, amable lector, no son buenas noticias ni para Rajoy, ni para Pérez-Rubalcaba, ni para Rosa Díez –la más valorada dentro del suspenso general–, ni para Cayo Lara, ni para usted, ni para mí, ni para nadie. Ni siquiera para Artur Mas, créame. Así que ya solo nos queda abrocharnos los cinturones de seguridad y gritar muy alto, a ver si el piloto y la tripulación, o sea, los encargados de llevar la nave, se enteran de que este avión en el que viajamos pierde altura, mucha altura. Y es que algo parece estar pasando en los motores, de los que sale humo, mucho humo.

Ya solo queda confiar…en Rubalcaba. Así, como suena.

Enviado por Fernando Jáuregui | 28/04/13


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(Rubalcaba está envejecido –tiene mi edad–, desmejorado, como falto de energía. Comprendo que no todo el mundo confíe en él, ni siquiera en su propio partido. Pero le toca, como último servicio y antes de dar el relevo a ¿Madina?, dar el ‘do de pecho’ y de verdad presentar propuestas concretas que no puedan ridiculizar desde el Gobierno y sus mariachis. Menudo momento de respondabilidad para él)
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Todo el mundo tiene su cuarto de hora de protagonismo. Alfredo Pérez Rubalcaba ha tenido ya, durante bastantes años, mucho más que eso, y ahora las encuestas muestran un grado de hostilidad hacia él por parte de la ciudadanía que, al menos a mí, me parece que no es del todo justo. Y, en cualquier caso, aunque arrecien las presiones para que las primarias se adelanten y los nombres de sus posibles sucesores se hallen en plena circulación, el caso es que Rubalcaba está ahí: es el secretario general del segundo partido de España, el llamado líder de la oposición. Y a él le toca mover ficha cuando el contrincante está como absorto mirando al tablero, incapaz, a lo que parece, de planear una estrategia de victoria.

Lo malo es que no queda otro remedio que confiar en que, efectivamente, Rubalcaba presente este lunes algún plan concreto –concreto, don Alfredo– para reactivar la economía, crear empleo y ofrecer protección social, según prometió el viernes el propio líder socialista. Hasta ahora, es cierto, el PSOE ha presentado propuestas, pero ninguna demasiado tangible: reforma constitucional, sí, pero ¿qué artículos y títulos hay que tocar? Federalismo, de acuerdo, mas ¿cómo articularlo? Reforma fiscal, por supuesto, aunque ¿nos podrían detallar cómo? La pasada semana, Oscar López, el ‘número tres’ del PSOE presentaba algunas interesantes propuestas para incentivar la hoy escasa democracia interna del partido; tuve ocasión de preguntarle por estas concreciones, y la verdad es que no supo responderme con la contundencia que yo hubiese deseado.

Bien, pues ya llegó el momento de Rubalcaba. No puede el principal partido de la oposición seguir escudándose en que hay que aguardar a la conferencia política que el PSOE ha convocado para este otoño, porque las estructuras se están resquebrajando. Creo que, una vez que nos vemos obligados a alejar nuestra esperanza en las medidas que puedan anunciar Mariano Rajoy y su equipo, tenemos que exigir a las otras fuerzas políticas que, con sacrificio, generosidad, valor e imaginación, pongan sobre el tapete soluciones o, al menos, iniciativas que, desde el lado del poder, no se puedan desechar sin más como ‘ocurrencias’ o como inservibles. Rubalcaba tiene que acelerar las primarias para su sucesión –causan rubor los argumentos con los que algunos, instalados en las cercanías del poder actual del PP, tratan de descalificar a posibles sucesores; de Madina han llegado a decir…¡hasta que es filoetarra!–; tiene que desvelar ya en qué consiste el cambio radical que propone; y tiene que tender una mano sincera al Gobierno de Rajoy, de manera que de forma alguna pueda este rechazarla, so pena de perder toda la credibilidad que le queda.

Ambos, Rajoy y Rubalcaba, enzarzados en una pelea pretendidamente ideológica, tienen que entender que a la mayoría de los españoles nos importa un pimiento si gobierna la llamada derecha o la llamada izquierda; han de comprender que sus rostros, poco carismáticos, a muchos no les dicen nada, o, peor, les suscitan reacciones negativas; y que lo que quieren los españoles, los parados y los que conservan un trabajo, los asalariados mileuristas en precario y los pequeños empresarios que ven subir el nivel del mar a la altura de sus cuellos, son soluciones. No aguardar a que se pudran los problemas y pase el temporal, porque muchos marineros pueden perecer en él de aquí a ese 2016 en el que se cifra ahora el comienzo de la recuperación efectiva.

Rajoy dejó pasar el viernes una oportunidad de oro para salir y dar la sensación de que agarra al toro por los cuernos. Se lo dejó todo a la cuadrilla, que confesó no tener salidas a esa hecatombe que son seis millones doscientos mil parados. Cierto que pidió una comparecencia parlamentaria, pero esta se va a prolongar en el tiempo. Rubalcaba, en ese viernes de alarmas, prometió soluciones para hoy mismo: no se entiende que haya aguardado tanto, si es que realmente las tiene, para expresarlas. Bien venidas sean, en todo caso, si son acertadas o, al menos, debatibles por esta sociedad civil que sigue, equivocadamente en mi opinión, aguardándolo todo de sus representantes.

El caso es que, antes de irse –porque se está yendo–, Alfredo Pérez Rubalcaba tiene que dar un do de pecho que ponga en pie a todo el teatro. Comprendo, querido lector, que tenga usted dudas acerca de su capacidad para emocionar aún al respetable y ganarse este cuarto de hora de verdadero protagonismo, que es el que se consume en las grandes tareas. Yo también las tengo, pero ¿alguien sugiere algo mejor?

La silenciosa voz de los parados y de otros millones en la calle

Enviado por Fernando Jáuregui | 25/04/13

La silenciosa voz de los parados y de otros millones en la calle

Desde luego no son eso que se llaman escrache , hoy legitimados por el presidente del Supremo, ni, mucho menos, los asaltos al Parlamento, ni siquiera las manifestaciones o las encuestas. Nada de eso puede calificarse con un genérico “esta es la voz de la calleâ€. Ni esa voz se puede atribuir a la mayoría silenciosa, que no habla porque la sociedad civil, aquí en España y desde siempre, simplemente no tiene voz.

Está claro que tampoco es la voz de la calle la que se limita a votar cada cuatro años, y no hay político que pueda atribuírsela por el mero hecho de que, hace dos años, por ejemplo, obtuvo mayoría absoluta en las urnas; la democracia, como los galones o el derecho a ser el altavoz de los demás, hay que ganarla día a día.

Por eso, me entristece tanto que un gobierno que me parece básicamente honrado, pese a todo lo que se contradice, y que hace lo que puede –ya lo sé: esto no parece un elogio, ni quiere serlo- aguarde hasta este viernes de primavera para contarnos qué será de nosotros. Con qué medidas que afectan a nuestro bienestar, o, más bien malestar, nos va a sorprender. Y este es lamentablemente el caso en tal jornada como la de hoy.

Mire usted: no hacen, desde los atriles políticos, más que hablarnos de la necesaria nueva forma de gobernarnos para recuperar nuestra confianza. Y, así, nos prometen desde primarias a todo trapo hasta la elección directa, y no en un Congreso, el Secretario General del partido, promesa esta última aventada ayer por el ‘número tres’ del PSOE, Oscar López. O nos sorprenden con ideas, por cierto ya antiguas, acerca de reparaciones de urgencia en la normativa electoral, como el desbloqueo de las listas, que por cierto nunca llega. Y así, un largo etcétera.

Cambios lampedusianos, en el sentido de que hay que mudar algo, lo menos posible, para que todo siga igual. Todo eso y mucho más que pudieran sugerirnos, no pasa de ser cosmético y desde luego no es bastante en el país de los 6 millones y un largo pico de parados.

Hay no solamente que replantearse muy a fondo la reforma laboral y el equilibrio en el reparto de las rentas; es que hay que consensuarlo todo, y no solamente en el seno del Pacto de Toledo. Cuando los bienes máximos para el desarrollo de la persona, el estado de bienestar, los derechos fundamentales establecidos en la Constitución, están en peligro, la primacía del partido propio y el ataque al ajeno son cosas no solo secundarias, sino posiblemente nocivas.

Urge un profundo replanteamiento de todo el arquitrabe del sistema –no, claro, el derrocamiento del mismo que piden cuatro descerebrados-. Un replanteamiento que oiga, ya digo, la voz ronca de la calle, esa voz no distorsionada por energúmenos que dicen que quieren cargarse el ‘régimen’, sino esa voz no tan difícil de percibir y entender que sale del alma del ciudadano común y corriente. Muchos, aún calladamente, están diciendo que este, el de la sorpresa de las medidas del viernes en el Consejo de Ministros, no es el camino. Aunque sean medidas que se toman, conste que no lo dudo, por nuestro bien.

fjauregui@diariocritico.com

Muchas críticas a mi artículo

Enviado por Fernando Jáuregui | 22/04/13

Muchas críticas he recibido, sí, y quizá la mayor parte merecidas, a mi artículo de este domingo. Solo quería decir, no en mi defensa, que yo no abomino de lo ocurrido en Portugal en la ‘revolución de los claveles’, que viví de manera entusiasta e ‘in situ’. Me he explicado mal, y lo siento; lo que quería decir es que, treinta y nueve años después, nadie quiere recordar aquella salida del Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Se compartan o no, hay que entender algunas manifestaciones…

Enviado por Fernando Jáuregui | 13/04/13


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No, yo no voy generalmente a manifestaciones. Desde luego, no a la republicana de mañana. Y menos aún a escraches, que algunos quieren confundir con manifestaciones, sobre todo en ciertos medios aineados con tesis gubernamentales. Pero creo que hay que comprender muchas de las cosas que están pasando, analizarlas en sus justos términos.
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Escucho a un corresponsal extranjero en una radio nacional (SER) justificar eso que ha dado en llamarse escrache, palabro que el Ministerio del Interior quisiera hasta prohibir: la gente no tiene contacto, en España, con los políticos, dice, con un asomo de superioridad, pero no sin razón, el periodista anglosajón. Y eso, claro, justifica para él la salida de la gente a la calle, en momentos de tensión y ansiedad ciudadanas, aunque sea a rodear las casas de los políticos, el penúltimo el presidente del Congreso y ‘número tres’ en la jerarquía del Estado, el muy moderado Jesús Posada. Naturalmente, no justifico estas invasiones de la privacidad de la gente, sea tal gente o no miembro de la casta política, faltaría más. Pero creo que no vendría mal un poco de serenidad y autocrítica a la hora de analizar lo que está pasando, que es mucho y muy serio.

Claro que hay que culpar a eso que llamo ‘casta política’, integrada por Gobierno(s), oposición(es), algo del funcionariado y bastante de las instituciones, de la sensación de malestar generalizado que se palpa en España. Y no deja de tener razón el mentado corresponsal que ayer por la mañana hablaba en una radio de difusión nacional cuando dice que en otros países democráticos el contacto entre esa clase política y el ciudadano de a pie está mucho más normalizado y es, por supuesto, mucho más frecuente. Pero, claro, ¿cómo va a salir a la calle a estrechar manos el político, cualquier político, que teme ser abucheado por esos votantes defraudados, por esos hombres y mujeres cabreados, empobrecidos, acostumbrados a esperarlo todo del Gobierno y a culpar de todo al ‘porco Governo’…o a la oposición, o al Rey, o a quien sea?

Por eso me digo a mí mismo que la culpa del nacional-pesimismo no la tiene solamente –solamente– el estamento de nuestros representantes. La falta de sociedad civil es, en España, asfixiante, y desde luego no podemos desconocer que una larga, larguísima, tradición de gobernar sin la menor participación del ciudadano, sin mirarle siquiera, tiene la mayor parte de la responsabilidad de esta España que sigue tan invertebrado como cuando lo denunciaba Ortega. Y entonces la decepción se estructura en redes sociales que convocan a los ‘onceeme’ o, mañana, a los ‘catorcea’, para protestar contra un estado de cosas que les parece injusto, para pedir cambios que les parecen necesarios.

¿Cómo esperar otra cosa cuando desde el Parlamento se vetan preguntas incómodas para el estatus monárquico, se desaloja del Congreso a tirones a ancianos desesperados porque, a manos de las preferentes, lo han perdido todo, o se califica de ‘escrache’, con tintes casi delictivos, a una simple manifestación ante un partido político? ¿Cómo no entender el abandono ciudadano a sus representantes cuando iniciativas legislativas populares avaladas por más de un millón de personas, por ejemplo la que pretendía regular los desahucios, son simplemente tiradas a la papelera, o poco menos, a la hora de elaborar la ley? No es este, no, el modo de contener la marea, hasta ahora y en general muy civilizada por cierto, que toma las calles día sí y día también, para protestar contra tantas situaciones patentemente injustas.

Y claro que no estoy criticando tan solo a un Gobierno que estoy deseando, por nuestro bien, que acierte, y que en materia de contacto con los ciudadanos está fracasando de manera estrepitosa (como sus antecesores, los antecesores de estos, y…). Ni me estoy refiriendo apenas a la dejadez o las ‘ocurrencias’ –como las expropiaciones de casas ‘a tres meses’ de la Junta andaluza, idea respaldada por el mismísimo Rubalcaba—de algunos sectores de la oposición, igualmente desprestigiados y, si no, véanse las encuestas. Ni siquiera quiero centrarme en la corrupción floreciente en un inmediato pasado, que ahora sale, como un torrente, a la luz, y que salpica desde a nuestra primera institución hasta a ayuntamientos pequeños: quiero creer que ahora ninguno de esos desmanes sería ya posible, y eso que tenemos ganado.

Claro que todo eso es criticable. Pero también lo es que algunos de los líderes sociales que surgen en el hervidero ciudadano, desde Ada Colau hasta, ponga usted si quiere, Jorge Verstrynge, pasando por algunos dirigentes sindicales –todo mi respeto hacia los reelegidos Toxo y Méndez, a quienes considero honrados…y equivocados– y por algún ex dirigente político dedicado a la causa republicana, como Julio Anguita, actúen a veces más como esos actores que utilizan la protesta política para la promoción personal que al servicio de la protesta ciudadana. Tampoco están sirviendo, me parece, para la articulación del país en el Estado moderno, fuerte, eficaz y solidario que alguna vez, en esta primera transición ya acabada, estuvimos a punto de ser. Quizá ahora, en esta segunda transición ante la que patentemente estamos, tengamos una nueva oportunidad; pero, la verdad, ninguna de las actitudes en presencia hace concebir demasiadas esperanzas. Y eso, si continúa, hará inevitable un profunda cambio de rostros y de actitudes, ya lo verán