Pedro y Mariano, dos que se entenderán

Enviado por Fernando Jáuregui | 20/07/14

Sánchez y Rajoy, condenados a entenderse, aunque el primero diga que de ninguna manera quiere pactos con la derecha . Creo que ha sido un error del inminente secretario general del PSOE cerrar tan tajantemente esta posibilidad.

¿Jubilar a Rajoy? Y ¿quién le jubila?

Enviado por Fernando Jáuregui | 06/07/14


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(Pedro Sánchez parte como favorito en las elecciones del PSOE. Le conozco y le respeto, como a Madina y a Pérez Tapias. Y a otros que no se presentan. Pero pienso que ha dicho una sandez en la entrevista que ‘La Vanguardia’ le hace este domingo. Siento decirlo).
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Leí este domingo, en una de las múltiples entrevistas que estos días se hacen a los candidatos a la secretaría general del PSOE, que uno de ellos, Pedro Sánchez, dice que “la regeneración democrática pasa por la jubilación de Rajoy”. Nada menos. Y temo que esta es la tónica general del pensamiento de los tres aspirantes a hacerse con el segundo partido del país, doscientos mil militantes, centenares de sedes repartidas por toda España, numerosos cargos institucionales y casi siglo y medio de historia, con luces y sombras, a sus espaldas. Veremos en qué para el debate que los tres, Sánchez, Madina y Pérez Tapias protagonizan este lunes, qué ideas nuevas aporta cada cual al debate para una nueva era. Pero, desde luego, la regeneración democrática del país no pasa por la ‘jubilación’ de un Rajoy que no solo ni siquiera ha cumplido aún los sesenta, sino que sigue, hasta que unas nuevas elecciones se la arrebate, o no, manteniendo una mayoría absoluta en el Parlamento.

La política española no debe hacerse a base de titulares como el que comento. Ya no. Como tanta gente, miro con interés y esperanza el debate interno en el PSOE, un debate que hemos de reconocer que abrió Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha sabido retirarse con dignidad cuando los pésimos resultados obtenidos en las elecciones europeas del pasado mayo así lo impusieron. Me consta, no obstante, que tenía decidido marcharse desde hace al menos un año, y así se lo había comunicado en enero al rey Juan Carlos, entre otras, muy contadas, personas. Y me consta también que el monarca le pidió que siguiese y hasta que concurriese a las elecciones primarias internas previstas en principio para otoño, pero Rubalcaba se negó, poniendo en marcha un proceso que tal vez se le haya ido algo de las manos.

El caso es que este lunes puede ser un día grande para la democracia. O no, que diría Rajoy. Desde luego, hablar de la ‘necesaria’ jubilación de un presidente del Gobierno al que le falta año y medio y muchas cosas por hacer (esperemos) para agotar la Legislatura, me parece una salida por la tangente. Lo que se precisa son ideas para cooperar a regenerar esta democracia tan perfectible que tenemos. Y compromisos: desbloqueo de las candidaturas, limitación de mandatos, una nueva ley de partidos, reformar los sindicatos, una propuesta creíble y concreta de reforma constitucional pactada con el PP si el PP se deja, que debería dejarse. Los tres candidatos hablan de ‘dar un giro a la izquierda’ y de ‘reformar el PSOE’, pero son estos conceptos muy genéricos. Yo quiero saber si mantendrán el pacto constitucional en torno a la forma monárquica del Estado, qué diablos piensan que hay que hacer en Cataluña –donde el PSC no ha dado pie con bola–, hasta dónde llegaría en un pacto con el Gobierno del me parece que no tan ‘jubilable’ Rajoy. Y un etcétera tan largo como usted, amable lector, quiera.

Pienso, me temo que casi en solitario, que la presidenta de la Junta andaluza, Susana Díaz, debería haberse presentado a esta educada y casi amistosa contienda. No lo hizo alegando intereses de su región –¿por qué no iba a defenderlos siendo secretaria general del partido?–. Ahora, su sombra tutelará el partido, gane quien gane, Sánchez o Madina –a Pérez Tapias las encuestas le auguran un tercer puesto–, las elecciones del próximo domingo. Y, ante un presunto desinterés de los militantes socialistas a la hora de votar, todo el mundo dirá “si se hubiese presentado Susana…”. Un lastre añadido para el próximo secretario general, que no lo va a tener fácil, desde luego.

Por eso mismo, porque creo, desde una cauta lejanía, que España necesita un PSOE capaz de ser alternativa al PP –yo no quiero un partido único en la práctica, como no quiero un Parlamento excesivamente fragmentado–, espero mucho del debate de este lunes. Ya sé que habrá quien lo descalifique ‘a priori’, pero, en estos tiempos de ‘escuelas de verano’ y de fundaciones de ideas que no dan una sola, a mí me parece que el proceso que se ha impuesto a sí mismo el partido de Felipe González, de Zapatero, de Rubalcaba y también de Ramón Rubial y de tantos otros que escribieron páginas gloriosas y también negativas para la Historia de España, es un proceso que debe contemplarse con respeto. Y, espero, con interés. Claro que eso dependerá de la inteligencia, la generosidad, la sabiduría y el valor que muestren –o no– los tres hombres que aspiran a convertirse en líderes de la oposición a ese me parece que nada ‘jubilable’ Rajoy. Que también, por cierto, tendrá que ponerse a hacer los deberes más pronto que tarde, porque aquí las mayorías absolutas no duran para siempre y el día menos pensado llega un joven hasta anteayer medio desconocido y va y, urnas mediante, te jubila.

Regenerando no es ‘regenerado’

Enviado por Fernando Jáuregui | 01/07/14

No seamos demasiado severos. Al menos, Mariano Rajoy ha incorporado a su léxico la palabra ‘regenerar’. Ahora, a buscar en el diccionario qué diablos quiere decir

Debate en las filas socialistas

Enviado por Fernando Jáuregui | 30/06/14



La nueva era

Enviado por Fernando Jáuregui | 27/06/14



El arte de dimitir

Enviado por Fernando Jáuregui | 26/06/14

Entiendo que un político, un alto cargo institucional o empresarial deben cuestionarse su permanencia en el puesto no cuando se demuestra su culpabilidad ante un proceso judicial, sino en el momento en el que resulta evidente que esta permanencia en el cargo resulta un escándalo para la sociedad. O un engorro para los propios y los ajenos. Dimitir es verbo quye se conjuga difícilmente en el léxico patrio. Desde ese punto de vista, aplaudo la decisión del eurodiputado Willy Meyer, a quien nadie podría, sino su propia conciencia –y sin duda sus diferencias dentro de Izquierda Unida–, haber exigido la dimisión presentada. Como aplaudo el paso, muy tardío, dado por Magdalena Alvarez al renunciar a la vicepresidencia del Banco Europeo de Inversiones, por mucho que este ‘salto adelante’ tiene muchos matices, claros y oscuros, más allá de que sea yo incapaz de dilucidar si la ex ministra es inocente o culpable de los cargos que se le imputan, tal está siendo la confusión que se deriva de la instrucción de la juez Alaya. Y como, desde luego, aplaudo, por su afán de clarificar de manera definitiva el panorama, el súbito anuncio de Alfredo Pérez Rubalcaba en el sentido de que, además de la secretaría general del PSOE, abandona su escaño parlamentario. Todo un ejemplo, sí señor, de saber marcharse ligero de equipaje.

Por eso mismo, porque empiezan a proliferar los (buenos) ejemplos en contrario, no puedo sino exigir que la aún infanta Cristina renuncie públicamente a sus derechos dinásticos, como pido que el Rey les prive, a ella y, claro, a su marido, de los títulos honoríficos concedidos por la Corona; tanto da que la Audiencia Provincial, tras el, a mi juicio, pésimo auto del juez Castro, levante la imputación de la hermana del monarca, porque ya digo que la ciudadana Cristina de Borbón ha mantenido una conducta cuando menos polémica y, en verdad, escandalosa. Quizá no merezca la cárcel; yo no deseo verla en prisión. Pero, desde luego, no merece ser representante de la aristocracia (gobierno de los mejores) española.

Y, por ello mismo, me duele que mi muy respetado Cándido Méndez, que lleva veinte años como secretario general de UGT, prefiera culpar a la Guardia Civil, que actuó en los casos de presunto desvío del dinero que la UGT andaluza recibía para formación, que realizar una investigación a fondo sobre qué es lo que está pasando en el histórico sindicato, que debería ser un ejemplo y que me temo que, por diversos motivos, acumula desprestigio y desinterés entre los ciudadanos. Culpar de los escándalos que se producen en casa a la Guardia Civil, o al juez de turno, o a la Unidad de Delitos Fiscales de la Policía, o al largo brazo del Gobierno, o a la conspiración universal, puede, en algunos casos, tener una parte de razón. Pero nunca toda la razón.

Y en España faltan, desde luego, la seguridad jurídica que da el saber que la justicia es igual para todos y que todos los órganos y personas citados se comportan de manera razonablemente correcta, sin dejarse influenciar ni por las presiones ambientales ni por las pasiones propias; pero también falta un mínimo sentido de la autocrítica en el cuerpo social de este país nuestro y muy especialmente en eso que últimamente ha dado en llamarse, con razón o sin ella, la ‘casta dirigente’. ¿Cómo no van a sentirse ‘casta’ cuando en España existen diez mil aforados –y conste que pienso que el rey que abdicó debe, necesariamente, ser uno de ellos–, que reciben un trato claramente desigual por parte de la Justicia del que podríamos tener usted o yo?

Que un juez te impute puede, o no, ser causa de la dimisión de un político, de un banquero, de la hija y hermana de un rey; supongo que depende qué estemos, en cada caso, entendiendo por esa figura tan fluida que es la imputación. Se han cometido demasiadas injusticias al apartar de la vida pública a personas imputadas que luego resultaron del todo inocentes. Se han cometido demasiados errores, dilaciones y dislates judiciales –que esa es otra que tenemos que hacernos mirar–.

Pero hay que mirarse al espejo: la española no es una sociedad del todo libre de culpa y es más dada a ejercer la crítica con sus representantes que consigo misma. Quizá todo se deba, en buena parte, a lo que digo: lo verdaderamente escandaloso es lo poco dados a dimitir, a abandonar la poltrona, que son algunos. Por eso aplaudo hoy a Pérez Rubalcaba, a Willy Meyer y, fíjese, hasta a Magdalena Alvarez.

Por qué no asistí, hace 39 años, a la proclamación de Juan Carlos

Enviado por Fernando Jáuregui | 19/06/14


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(esta vez, en la jura de Don Felipe, había menos cardenales, menos militares, menos generales Armada, menos ministros franquistas)
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Franco había muerto hacía dos días. Y el Rey a quien Franco había dejado como sucesor, Juan Carlos I, juraba el cargo, de acuerdo con los principios del Movimiento, en las Cortes. Los procuradores franquistas, los ciudadanos, que habían dejado de ser eso, franquistas, si es que alguna vez lo fueron, hacía muchos años, las cancillerías extranjeras, estaban muy atentos a lo que el nuevo Rey diría en su discurso. Como este jueves 19 de junio de 2014 lo estábamos todos ante el tono y el contenido de lo que el recién estrenado Felipe VI fuese a transmitir a los españoles. El parlamento del Rey Juan Carlos, a quien la oposición ‘dura’ al régimen llamó, equivocándose en casi cuatro décadas, ‘el breve’, fue muy cauto. Pero aquello sonaba, a quienes supieran escuchar, como algo diferente, me dijeron quienes pudieron escucharlo en directo. Yo no pude.

Y no pude porque, en esos momentos, estaba siendo detenido por varios agentes de la Guardia Civil, a punta de metralleta, en las afueras de la cárcel de Carabanchel, donde se desarrollaba una manifestación por la libertad de los presos políticos que en esa prisión se encontraban encerrados. Nos detuvieron a tres periodistas y a los actores Juan Diego, Aurora Bautista y María Luisa San José, entre otros. Eran tiempos aquellos en los que la libertad de manifestación no existía, ni la de la expresión, ni otras muchas bajo las que han nacido ya varias generaciones de españoles, gracias, en parte, a que aquel Rey no cumplió –ni se esperaba que lo hiciera—su juramento de fidelidad al caduco Movimiento. Juan Carlos sabía, lo mismo que su hijo, que había que poner en marcha “una Monarquía renovada para un tiempo nuevo”.

Cuando, tras un día lleno de enseñanzas, de algunos miedos y de cierto jolgorio, abandonamos la celda de Las Salesas, tras haber pasado, indemnes, por las temibles dependencias de la Dirección General de Seguridad –donde hoy se ubica, en la Puerta del Sol, el palacio de la Comunidad de Madrid–, supimos que algo iba a cambiar. Que algo había comenzado a cambiar en aquella jornada en la que un grupo de guardias civiles, deteniendo a tres actores conocidos y a sus acompañantes periodistas, quiso demostrar al país, y al mundo, que todo seguía ‘atado y bien atado’. No era así: había comenzado el proceso de la gran mudanza y se vieron forzados a ponernos en libertad a las pocas horas.

Ahora, Felipe VI, que lo tiene difícil, no lo tiene, no obstante, tan complicado como su padre en aquella misma tesitura: los militares son ahora modelo de acatamiento a la legalidad democrática, España forma parte del ‘club’ europeo, la situación económica es, con todo, mucho mejor que aquella. Y la Benemérita no anda deteniendo a actores y periodistas que se manifiestan por la libertad de unos presos políticos que ya, por mucho que ETA se empeñe, no existen. Ah, y por no existir, ya ni ETA, en puridad, existe.

Catorce mil días son muchos días

Enviado por Fernando Jáuregui | 18/06/14

Este momento en el que escribo es, me parece, el de homenajear al Rey saliente, que ha cumplido catorce mil días, casi treinta y nueve años, en el cargo y que en la tarde de este miércoles firmaba solemnemente su abdicación. He tenido la fortuna de poder cubrir informativamente los últimos años del dictador y los casi cuarenta de reinado de Juan Carlos I –incluso acompañándole en algún viaje– , y espero que esta suerte profesional se me extienda a los primeros tiempos de Felipe VI. Tres épocas necesariamente diferentes, porque nadie en su sano juicio puede pensar que la que le corresponde a Felipe de Borbón es una continuación de la que tuvo a Juan Carlos de Borbón como jefe del Estado.

Los mil días de Juan Carlos, el Rey que abdicó por propia voluntad, tras pensárselo mucho, eso sí, han estado llenos de acontecimientos, han tenido más claros que oscuros, pero también de esto último ha habido, cómo no. Pero, pensándolo y repasándolo todo con un libro de la historia de España en la mano, no cabe más remedio que pedir a los dioses que, cuando peor estemos, estemos como ahora: hemos disfrutado de una democracia mejorable, pero democracia al fin; hemos conocido una era de paz de duración casi inédita en los últimos siglos. Y, hasta cierto punto, pienso que podemos afirmar que ha sido una era de prosperidad también prácticamente inédita en el país.

Todo ello, ya digo, con los patentes claroscuros, con las corrupciones que han jalonado las últimas décadas, con la falta de transparencia que ha caracterizado las relaciones de las instituciones con los ciudadanos, lo que ha llevado a la desconfianza de la gente respecto de estas instituciones; y, claro, con la legión de parados que constituyen la peor pesadilla patente en todas las encuestas. No puedo olvidar las desigualdades económicas cada vez más evidentes. Nada debe silenciarse en la hora del balance. Pero, para quien lleva más de cuarenta años de mirón profesional, asomado a las primeras filas de butaca para ver la escena, es decir, alguien como quien suscribe, la conclusión no puede ser más que positiva: el Rey ha significado un principio de equilibrio político e incluso, con todo, territorial; ha respetado y hecho respetar la Constitución, ha actuado como mediador y como primer agente comercial del país, se ha ganado el respeto –en no pocos países, incluso el cariño– internacional. Ha sido un patriota, mucho más allá de decisivas actuaciones puntuales, como la de aquella noche del 23 de febrero de 1981.

Claro que catorce mil días y catorce mil y una noches dan para mucho: para algunos escándalos, para sembrar algunas dudas que han hecho descender la popularidad de la Monarquía en España, para algunos deslices familiares, no directamente imputables estos últimos al Monarca, pero en los que, de alguna manera, se le puede reprochar una excesiva benignidad hacia las trapisondas de su yerno y las presuntas de su hija. Ha sido un Rey poco afortunado familiarmente, quizá porque él se lo ha buscado, pero que ha encontrado en su hijo al mejor heredero posible; en ese sentido, y en otros muchos, Juan Carlos de Borbón, que ha apurado la vida a tope, ha sido, es, un hombre con suerte. Y creo que nosotros, los españoles, hemos tenido también la suerte de poder compartir esta época con él.

La pregunta, ante este cuarto de hora histórico, es: y ahora ¿qué? Espero que Felipe VI, en su discurso de este jueves, ilumine algunas de nuestras muchas incertidumbres.fjauregui@diariocritico.com

La llegada de Felipe VI

Enviado por Fernando Jáuregui | 17/06/14



El viaje de Iberdrola

Enviado por Fernando Jáuregui | 16/06/14

La invitación de Iberdrola

Mucha indignación en las redes, alguna de ellas anónima, ante la invitación de Iberdrola a un grupo de periodistas -.-en el que yo también estaba—para asistir a un partido del mundial de futbol. Se han dicho cosas tremendas sobre la tropa mediática, que quizá algunos merezcamos –la interpretación es libre–, pero no por esto. Ni en el tono en el que –ah, el inmoderado Twitter—se han dicho: ‘la casta’, la Gurthel mediática, todos paniaguados del PP, estómagos agradecidos…

-Iberdrola es una compañía más, que hace mucho negocio en Brasil. Otras empresas también invitan a periodistas a que conozcan su realidad, sea con motivo de una junta general, de la inauguración de unas instalaciones, de una nueva línea aérea…O porque sí, porque esa empresa quiere tener contacto con los medios, que es algo imprescindible en este mundo. Es una práctica existente en todos los países desarrollados, y a nadie se le ocurre decir que esa empresa, esa institución, ese Gobierno –antes se llevaba a los periodistas, en los viajes oficiales, en el avión presidencial, o en el del Rey; ahora se hace solo ocasionalmente, porque somos muchos—esté comprando a los medios.

-Iberdrola es patrocinador de ‘la Roja’. Y parte de ese patrocinio es fomentar la difusión a través de los medios no solamente de las crónicas deportivas en sí, sino de las circunstancias que rodean a los partidos, a los jugadores, el ambiente. No diré que el de este fin de semana ha sido un viaje de trabajo, porque no ha sido así. Pero si uno de los anunciantes de mi periódico me invita a conocer su realidad, sea cual fuere, voy encantado. Y si encima me gusta el fútbol y hace buen tiempo en Brasil, mejor. Posiblemente, esta vez haya sido envidiable y acaso hasta envidiado. Otras veces…

-En mi vida profesional me he tragado muchos viajes, más agradables unos, menos otros. Lógicamente, cuando una empresa te lleva a ver sus instalaciones, o algo que ha hecho o está haciendo, procura tratarte lo mejor posible. Este ha sido el caso actual. Pero he tenido otras experiencias menos placenteras. Supongo que lo bueno y lo malo va con la profesión.

-Ya sé que no todos los mensajes que se han enviado estos días a través de las redes son producto de iniciativas personales; en las redes, como en todo, hay campañas interesadas, filias y fobias, hooligans. Y gentes de buena voluntad, que acaso no conocen el fondo de algunos problemas y se indignan porque los vientos soplan ahora a favor de la indignación: nada más manipulable que la indignación.

Pero pienso que, antes de la descalificación absoluta –no siempre en términos de buena educación, pero eso también lo da Twitter–, convendría saber si ese o esos periodistas están ‘trabajando a favor’ de los intereses de Iberdrola, si, en efecto, se han dejado ‘comprar’. Bien barato, por cierto: un viaje, dos días de hotel y una entrada de futbol. Por supuesto, no estoy descalificando a todos los que han criticado la presencia de periodistas en Brasil; sí me parecen cuestionables ciertas exageraciones y algunas muestras de mal gusto en la expresión. Ya digo: a veces, anónima.

-De acuerdo: dejamos pendiente el debate sobre la influencia que la publicidad pueda o no tener en la conducta de los medios. Por supuesto, quien se anuncia puede razonablemente esperar un mejor trato por parte de la publicación que sea. Son reglas de un juego no escrito, que incluye el que un profesional de los medios no puede marginarse ni de la publicidad –que es la manera más honrada, que yo sepa, de financiar una publicación—ni de cuanto lleva aparejado. Hay que abandonar viejos clichés sobre lo malo que es el empresario, y más si es una multinacional, y más aún si pasa recibo por sus servicios (la luz). Y criticar lo que haya que criticar. Y conocer lo que debe conocerse.

-Entre esas reglas del juego está también el hecho de que hablamos de empresas privadas y de trato privado a periodistas que no son funcionarios públicos, y que, por tanto, no tienen capacidad de alterar las reglas del juego sobre las que opera el anunciante. Todo lo más, puede la empresa, institución o Gobierno de que se trate aspirar, legítimamente, a que, a través del conocimiento, se le trate con algo más de simpatía: pero no recuerdo que Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, haya tenido un especial trato de favor ante algunas declaraciones que a mí, al menos, me parecieron inconvenientes. Y lo dije. LO mismo que sobre la forma de tarificación de la energía.

-Creo que no resulta ni justo, ni proporcionado, establecer algunos paralelismos, y entregarse a algunos apriorismos; así no haremos nunca un país mejor.

-Me temo que estas líneas no van a contribuir a una reflexión colectiva sobre el papel de los periodistas, que, ya digo, es tantas veces cuestionable, algunas heroico, la mayor parte de las ocasiones simple cumplimiento, mejor o peor, del deber. Puede que incluso sirve esto para azuzar el fuego: no es la primera vez que desde la hoguera de las vanidades en 140 caracteres se fusila a alguien, o a un colectivo. Supongo que, cuando ejerces una tarea cara al público, estos son riesgos del oficio. Yo, desde luego, me prometo a mí mismo una reflexión acerca de lo que pueda haber hecho mal. No tengo conciencia de ello, no en este caso al menos.

Un saludo a todos, por supuesto críticos incluidos. Faltaría más